Harry Potter y la orden del fenix

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Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
2
Título original: Harry Potter and the Order of the Phoenix
Traducción: Gemma Rovira Ortega


Ilustración: Dolores Avendaño

Copyright © J.K. Rowling, 2003
Copyright © Ediciones Salamandra, 2004

El Copyright y la Marca Registrada del nombre y del personaje
Harry Potter, de todos los demás nombres propios y personajes,
así como de todos los símbolos y elementos relacion ados,
son propiedad de Warner Bros., 2000

Publicaciones y Ediciones Salamandra, S.A.
Mallorca, 237 - 08008 Barcelona - Tel. 93 215 11 99
www.salamandra.info

Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida, sin la
autorización escrita de los titulares del "Copyright", bajo las sanciones
establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por
cualquier medio o procedimiento, incluidos la repro grafía y el tratamiento
informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler
o préstamo públicos.

ISBN: 84-7888-746-6
Depósito legal: NA-913-2004

1" edición, febrero de 2004
2" edición, marzo de 2004
Printed in Spain

Impreso y encuadernado en:
RODESA - Pol. Ind. San Miguel. Villatuerta (Navarra )

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
3
El texto digitalizado corresponde a la versión comercializada en España.
Las notas a pie de página indican el término o la f rase correspondiente a la versión
comercializada en Argentina: las notas no son explicativas en ningún caso, sino que en todos
ellos lo que se transcribe es el vocablo que aparece en la versión comercializada en Argentina
en lugar del correspondiente de la versión española escaneada en el que se haya puesto la
nota dentro del texto.
No se tiene constancia en el momento de esta digitalización acerca de cuantas versiones haya
de esta traducción, pero aparentemente al menos en México hay otra versión diferente de las
dos antes mencionadas.
Hay unas cuantas diferencias más, por ejemplo: “Has pasado” por “pasaste”, “sucesos en el
cementerio” por “sucesos del cementerio”, “eh, tú” por “tú”, etc, que no se consignan.
Tampoco se hace referencia a las diferencias respecto al tratamiento de la segunda persona
del plural ("os dije" "venid" etc, que en la edición argentina sería "les dije" "vengan" etc)
Las notas se ponen solamente en la primera ocurrenc ia de la diferencia, y en adelante se dan
por sobreentendidas... salvo excepciones. :-)

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
4




para Neil, Jessica y David,
que hacen mágico mi mundo

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
5

1
Dudley, dementado


El día más caluroso en lo que iba de verano llegaba a su fin, y un silencio amodorrante se
extendía sobre las grandes y cuadradas casas de Pri vet Drive. Los coches, normalmente
relucientes, que había aparcados 1 en las entradas de las casas estaban cubiertos de polvo, y
las extensiones de césped, que solían ser de un ver de esmeralda, estaban resecas y
amarillentas porque se había prohibido el uso de mangueras debido a la sequía. Privados de
los habituales pasatiempos de lavar el coche y de cortar el césped, los habitantes de Privet
Drive se habían refugiado en el fresco interior de las casas, con las ventanas abiertas de par
en par, en el vano intento de atraer una inexistente brisa. El único que se había quedado fuera
era un muchacho que estaba tumbado boca arriba en u n parterre de flores, frente al número
4.
Era un chico delgado, con el pelo negro y con gafas 2, que tenía el aspecto enclenque y
ligeramente enfermizo de quien ha crecido mucho en poco tiempo. Llevaba unos vaqueros
rotos y sucios, una camiseta ancha y desteñida, y las suelas de sus zapatillas de deporte 3
estaban desprendiéndose por la parte superior. El aspecto de Harry Potter no le granjeaba el
cariño de sus vecinos, quienes eran de esa clase de gente que cree que el desaliño debería
estar castigado por la ley; pero como el chico se había escondido detrás de una enorme mata
de hortensias, esa noche los transeúntes no podían verlo. De hecho, sólo habrían podido
descubrirlo su tío Vernon o su tía Petunia, si hubieran asomado la cabeza por la ventana del
salón y hubieran mirado hacia el parterre 4 que había debajo.
En general, Harry creía que debía felicitarse por haber tenido la idea de esconderse allí.
Quizá no estuviera muy cómodo tumbado sobre la dura y recalentada tierra, pero al menos en
aquel lugar nadie le lanzaba miradas desafiantes ni hacía rechinar los dientes hasta tal punto
que no podía oír las noticias, ni lo acribillaba a desagradables preguntas, como había ocurrido
cada vez que había intentado sentarse en el salón p ara ver la televisión con sus tíos.
De pronto, como si aquel pensamiento hubiera entrad o revoloteando por la ventana
abierta, se oyó la voz de Vernon Dursley, el tío de Harry.
—Me alegro de comprobar que el chico ha dejado de i ntentar meterse donde no lo
llaman. Pero ¿dónde andará?
—No lo sé —contestó tía Petunia con indiferencia—. En casa no está.
Tío Vernon soltó un gruñido.
—«Ver las noticias»... —dijo en tono mordaz—. Me gu staría saber qué es lo que se trae
entre manos. Como si a los chicos normales les importara lo que dicen en el telediario 5. Dudley
no tiene ni idea de lo que pasa en el mundo, ¡dudo que sepa siquiera cómo se llama el Primer
Ministro! Además, ni que fueran a decir algo sobre su gente en nuestras noticias...
—¡Vernon! ¡Chissst! —le advirtió tía Petunia—. ¡La ventana está abierta!
—¡Ah, sí!... Lo siento, querida.

1 Estacionados 2 Anteojos 3 Zapatillas 4 Cantero 5 Noticiario

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Los Dursley se quedaron callados. Harry oyó la cancioncilla 6 publicitaria que anunciaba
los cereales Fruit'n'Bran mientras observaba a la señora Figg, una anciana chiflada amante de
los gatos que vivía en el cercano paseo Glicinia y que en ese momento caminaba sin ninguna
prisa por la acera. Iba con el entrecejo fruncido y refunfuñaba, y Harry se alegró de estar
escondido detrás de las hortensias, pues últimament e a la señora Figg le había dado por
invitarlo a tomar el té cada vez que se lo encontraba en la calle. Ya había doblado la esquina y
se había perdido de vista cuando la voz de tío Vern on volvió a salir flotando por la ventana.
—¿Y Dudders? ¿Ha ido a tomar el té?
—Sí, a casa de los Polkiss —respondió tía Petunia c on ingenuidad—. Tiene tantos
amiguitos, es tan popular...
Harry hizo un esfuerzo y contuvo un bufido. Los Dursley estaban en la inopia 7 respecto a
su hijo Dudley. Se habían tragado todas esas absurdas mentiras de que durante las vacaciones
de verano cada tarde iba a tomar el té con diferent es miembros de su pandilla. Harry sabía
muy bien que Dudley no había ido a tomar el té a ni nguna parte: todas las noches él y sus
amigos se dedicaban a destrozar el parque, fumaban en las esquinas y lanzaban piedras a los
coches en marcha y a los niños que pasaban por la c alle. Harry los había visto en acción
durante sus paseos nocturnos por Little Whinging, pues había pasado la mayor parte de las
vacaciones deambulando por las calles y hurgando en los cubos de basura en busca de
periódicos.
Las primeras notas de la sintonía que anunciaba el telediario de las siete llegaron a los
oídos de Harry, y se le contrajo el estómago. Quizá esa noche, por fin, tras un mes de
espera...
—Un número récord de turistas en apuros llena los aeropuertos, ya que la huelga de los
empleados españoles del servicio de equipajes alcanza su segunda semana...
—Ponerlos a dormir la siesta el resto de su vida, eso es lo que haría yo con ellos —gruñó
tío Vernon cuando el locutor todavía no había termi nado la frase, pero daba igual lo que dijera:
fuera, en el parterre, Harry se relajó. Si hubiera pasado algo, era evidente que lo habrían
contado al inicio del telediario; la muerte y la destrucción son más importantes que los turistas
en apuros 8.
Harry suspiró lenta y profundamente y miró hacia el cielo, de un azul intenso. Aquel
verano había experimentado lo mismo todos los días: la tensión, las expectativas, el alivio
pasajero, y luego otra vez la tensión... Y siempre, cada vez más insistente, la pregunta de por
qué no había pasado nada todavía.
Siguió escuchando por si descubría alguna pequeña p ista que pudiera haber pasado
desapercibida a los muggles: una desaparición sin resolver, quizá, o algún extraño accidente...
Pero después de la noticia de la huelga de empleado s del servicio de equipajes, dieron otra
sobre la sequía que asolaba el sudeste del país («¡ Espero que el vecino de al lado esté
escuchando! —bramó tío Vernon—. ¡Ya sé que pone los aspersores en marcha a las tres de la
madrugada!»); luego, otra de un helicóptero que había estado a punto de estrellarse en un
campo de Surrey; y, a continuación, la del divorcio de una actriz famosa de su famoso marido
(«Como si nos interesaran sus sórdidos asuntos priv ados», comentó con desdén tía Petunia,
que había seguido el caso obsesivamente en todas la s revistas del corazón a las que había
podido echar mano).
Harry cerró los ojos al intenso y resplandeciente azul del anochecer y oyó que el locutor
decía:
—Y por último, el periquito Bungy ha descubierto un a novedosa manera de refrescarse
este verano. Bungy, que vive en el Cinco Plumas de Barnsley, ha aprendi do a hacer esquí
acuático! Mary Dorkins se ha desplazado hasta allí para darnos más detalles...

6 Canción 7 Completamente engañados 8 Varados

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Harry abrió los ojos. Si habían llegado a la noticia de los periquitos que practicaban esquí
acuático, no podía haber nada más que valiera la pe na escuchar. Rodó con cuidado hasta
quedar boca abajo y se puso a cuatro patas, preparado para salir gateando de su refugio bajo
la ventana.
Se había movido unos cuantos centímetros cuando var ias cosas sucedieron en un abrir y
cerrar de ojos.
Una fuerte detonación, parecida al ruido de un disparo, rompió el perezoso silencio; un
gato salió disparado de debajo de un coche aparcado y desapareció; del salón de los Dursley
llegaron un chillido, un juramento y el ruido de porcelana rota, y como si ésa fuera la señal
que Harry hubiera estado esperando, se puso en pie de un brinco al mismo tiempo que sacaba
de la cintura de sus vaqueros una delgada varita mágica de madera, como si desenvainara una
espada; pero antes de que pudiera enderezarse del t odo, su coronilla chocó contra la ventana
abierta de los Dursley. El ruido de la colisión hizo que tía Petunia gritara aún más fuerte.
Harry tuvo la impresión de que su cabeza se había p artido por la mitad. Se tambaleó,
con los ojos bañados en lágrimas, e intentó enfocar la calle para localizar el origen de la
detonación, pero cuando apenas había conseguido rec obrar el equilibrio, dos grandes manos
moradas salieron por la ventana abierta y se cerraron con fuerza alrededor de su cuello.
—¡Guarda eso! —le gruñó tío Vernon al oído—. ¡Inmed iatamente! ¡Antes de que alguien
lo vea!
—¡Suél-ta-me! —exclamó Harry con voz entrecortada.
Forcejearon durante unos segundos; Harry tiraba de los dedos como salchichas de su tío
con la mano izquierda, mientras con la derecha mantenía con firmeza su varita mágica en alto;
entonces, al mismo tiempo que el dolor que Harry no taba en la coronilla le producía una
punzada muy desagradable, tío Vernon dio un grito y lo soltó, como si hubiera recibido una
descarga eléctrica. Al parecer una fuerza invisible había invadido a su sobrino y le había
impedido sujetarlo.
Jadeando, Harry cayó hacia delante sobre la mata de hortensias, se enderezó y miró
alrededor. No había ni rastro de lo que había causado la detonación, pero en cambio unas
cuantas caras miraban desde varias ventanas cercana s. Harry se guardó apresuradamente la
varita en los vaqueros e intentó adoptar una expresión inocente.
—¡Qué noche tan agradable! —gritó tío Vernon, salud ando con la mano a la señora del
número siete, la vecina de enfrente, que lo fulminaba con la mirada desde detrás de sus
visillos—. ¿Ha oído cómo ha petardeado ese coche? ¡Petunia y yo nos hemos dado un susto de
muerte!
Siguió manteniendo su espantosa sonrisa de maníaco hasta que los vecinos curiosos
hubieron desaparecido de sus respectivas ventanas; entonces la sonrisa de tío Vernon se
convirtió en una mueca de ira y le hizo señas a Harry para que se acercara.
Harry dio unos pasos hacia donde estaba su tío, pro curando detenerse fuera del alcance
de sus manos para que no pudiera seguir estrangulán dolo.
—Pero ¿qué demonios te propones con eso, chico? —pr eguntó tío Vernon con una voz
ronca que temblaba de rabia.
—¿Qué me propongo con qué? —replicó fríamente Harry, que no paraba de mirar a uno y
otro lado de la calle con la esperanza de descubrir a la persona que había producido aquel
estruendo.
—Haciendo ese ruido; parecía el pistoletazo de sali da 9 de una carrera debajo de
nuestra...
—No he sido yo —dijo Harry con firmeza.

9 Largada

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8
El delgado y caballuno rostro de tía Petunia apareció junto a la cara, redonda y morada,
de tío Vernon. Tía Petunia estaba pálida.
—¿Qué hacías acechando debajo de nuestra ventana?
—Sí, eso es... ¡Bien dicho, Petunia! ¿Qué hacías debajo de nuestra ventana, chico?
—Escuchar las noticias —contestó Harry con tono res ignado.
Su tío y su tía se miraron indignados.
—¡Escuchar las noticias! ¿Otra vez?
—Bueno, es que cada día son diferentes, ¿sabes? —di jo Harry.
—¡No te hagas el listo conmigo, chico! ¡Quiero saber qué es lo que tramas en realidad, y
no vuelvas a venirme con el cuento ése de que estab as «escuchando las noticias»! Sabes
perfectamente que tu gente...
—¡Cuidado, Vernon! —susurró tía Petunia, y el hombre bajó la voz hasta que Harry
apenas pudo oírlo.
—¡... que tu gente no sale en nuestras noticias!
—Eso es lo que tú te crees —repuso Harry.
Los Dursley lo miraron con los ojos desorbitados unos segundos; entonces tía Petunia
dijo:
—Eres un pequeño embustero. ¿Qué hacen todas esas.. . —ella también bajó la voz, de
modo que Harry tuvo que leerle los labios para entender la siguiente palabra— lechuzas, sino
traerte noticias?
—¡Aja! —exclamó tío Vernon con un susurro triunfant e—. ¿Nos tomas por tontos, chico?
¡Como si no supiéramos que son esos pestilentes pajarracos los que te traen las noticias!
Harry vaciló un instante. Esa vez le costaba trabajo decir la verdad, aunque era imposible
que sus tíos supieran lo mucho que le dolía admitir lo.
—Las lechuzas... no me traen noticias —dijo con voz monótona.
—No te creo —le espetó tía Petunia al instante.
—Yo tampoco —agregó tío Vernon con ímpetu.
—Sabemos que estás tramando algo raro —continuó tía Petunia.
—No somos idiotas —dijo tío Vernon.
—Bueno, eso sí que es una noticia para mí —afirmó H arry, cada vez más enojado, y
antes de que los Dursley pudieran ordenarle que regresara, había girado sobre sus talones,
cruzado el jardín delantero, saltado la valla y empezado a alejarse por la calle dando grandes
zancadas.
Había metido la pata, y lo sabía. Más tarde tendría que enfrentarse a sus tíos y pagar por
su grosería, pero en ese momento eso no le importab a demasiado: tenía asuntos mucho más
urgentes en la cabeza.
Harry estaba convencido de que aquella detonación l a había causado alguien al
aparecerse o desaparecerse. Era el mismo ruido que Dobby, el elfo doméstico, hacía cuando se
esfumaba. ¿Y si Dobby estuviera allí, en Privet Drive? ¿Y si Dobby lo estuviera siguiendo en
ese mismo instante? En cuanto se le ocurrió esa ide a, Harry se dio la vuelta y se quedó
mirando la calle, pero ésta parecía completamente desierta, y Harry estaba seguro de que
Dobby no sabía cómo hacerse invisible.
Siguió andando, sin fijarse apenas por dónde iba, porque paseaba tan a menudo por
aquellas calles que sus pies lo llevaban automáticamente a sus sitios preferidos. Miraba hacia

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
9
atrás con frecuencia. Algún ser mágico había estado cerca de él mientras se encontraba
tumbado entre las marchitas begonias del parterre de tía Petunia, de eso no tenía ninguna
duda, pero ¿por qué no le había hablado, por qué no se había manifestado, por qué se
escondía?
Y entonces, cuando su sentimiento de frustración alcanzó el punto máximo, su certeza se
difuminó.
Al fin y al cabo, quizá no hubiera sido un ruido má gico. Quizá estuviera tan ansioso por
detectar la más mínima señal de contacto con el mun do al que él pertenecía que reaccionaba
de forma exagerada ante ruidos normales. ¿Estaba se guro de que no se trataba del ruido de
algo que se había roto en la casa de algún vecino?
Harry notó un vacío en el estómago, y casi sin dars e cuenta volvió a invadirlo la
sensación de desesperanza que lo había atormentado todo el verano.
Al día siguiente por la mañana el despertador sonar ía a las cinco en punto para que
Harry pudiera pagar a la lechuza que le entregaba El Profeta; pero ¿tenía sentido que siguiera
recibiéndolo? Últimamente Harry se limitaba a echar le un vistazo a la primera plana antes de
dejarlo tirado en cualquier sitio; cuando los idiotas que dirigían el periódico se dieran cuenta
por fin de que Voldemort había regresado, ésa sería la noticia de la portada en grandes
titulares, y ésa era la única que a Harry le importaba.
Si tenía suerte, a la mañana siguiente también lleg arían lechuzas con cartas de sus
mejores amigos, Ron y Hermione, aunque ya se habían agotado sus esperanzas de que sus
cartas le llevaran noticias.
«Como comprenderás, no podemos hablar mucho de ya-s abes-qué 10... Nos han pedido
que no digamos nada importante por si nuestras cartas se pierden... Estamos muy ocupados,
pero ahora no puedo darte detalles... Están pasando muchas cosas, ya te lo contaremos todo
cuando te veamos...»
Pero ¿cuándo irían a verlo? A nadie parecía importarle que no hubiera una fecha exacta.
Hermione había escrito en su tarjeta de felicitación de cumpleaños: «Creo que te veremos
pronto», pero ¿qué quería decir «pronto»? Por lo qu e Harry había podido deducir de las vagas
pistas que contenían sus cartas, Hermione y Ron est aban en el mismo sitio, seguramente en
casa de los padres de Ron. Harry no soportaba imagi nárselos divirtiéndose en La Madriguera
cuando él estaba atrapado en Privet Drive. De hecho, estaba tan enfadado con ellos que había
tirado, sin abrirlas, las dos cajas de chocolatinas 11 de Honeydukes que le habían enviado por
su cumpleaños. Después, cuando vio la mustia ensala da que tía Petunia puso en la mesa a la
hora de cenar, se arrepintió de haberlo hecho.
¿Y qué era eso que tenía tan ocupados a Ron y a Her mione? ¿Por qué no estaba él
ocupado? ¿Acaso no había demostrado que era capaz d e llevar a cabo cosas mucho más
importantes que las que hacían ellos? ¿Había olvidado todo el mundo su proeza? ¿Acaso no
había sido él quien había entrado en aquel cementerio y había visto cómo asesinaban a Cedric,
y al que habían atado a aquella lápida y casi habían matado?
«No pienses en eso», se dijo Harry, severo, por ené sima vez a lo largo del verano. Ya era
bastante desagradable que el cementerio apareciera continuamente en sus pesadillas para que
también pensara en él durante el día.
Dobló una esquina y continuó andando por la calle M agnolia; un poco más allá, pasó por
delante del estrecho callejón que discurría junto a la pared de un garaje donde había visto por
primera vez a su padrino. Al menos Sirius parecía e ntender cómo se sentía Harry. Había que
reconocer que sus cartas contenían tan pocas noticias de verdad como las de Ron y Hermione,
pero por lo menos incluían palabras de precaución y de consuelo en lugar de tentadoras
insinuaciones: «Ya sé que esto debe de ser frustrante para ti... No te metas en líos y todo
saldrá bien... Ten cuidado y no hagas nada precipitadamente...»

10 del Innombrable 11 Chocolates

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
10
Bueno, pensó Harry mientras cruzaba la calle Magnolia, torcía por la avenida Magnolia y
se dirigía hacia el parque, él había seguido, en general, los consejos de Sirius. Al menos había
dominado el impulso de atar su baúl al palo de su e scoba e ir por su cuenta a La Madriguera.
De hecho, Harry creía que su comportamiento había s ido muy bueno, teniendo en cuenta lo
decepcionado y enfadado que estaba por llevar tanto tiempo confinado en Privet Drive, sin
poder hacer otra cosa que esconderse en los parterr es con la esperanza de oír algo que
indicara qué estaba haciendo lord Voldemort. Con todo, era muy mortificante que el que te
aconsejaba que no hicieras nada precipitadamente fuera un hombre que había cumplido doce
años de condena en Azkaban, la prisión de magos, qu e se había fugado de ella, había
intentado cometer el asesinato por el que lo habían condenado y luego había desaparecido con
un hipogrifo robado.
Harry saltó la verja del parque, que estaba cerrado , y echó a andar 12 por la reseca
hierba. El parque estaba tan vacío como las calles de los alrededores. Cuando llegó a los
columpios 13 se sentó en el único que Dudley y sus amigos todav ía no habían conseguido
romper, pasó un brazo alrededor de la cadena y se quedó mirando el suelo con aire taciturno.
Ya no podría volver a esconderse en el parterre de los Dursley. Tendría que pensar otra
manera de escuchar las noticias del día siguiente. Entre tanto no tenía más perspectiva que la
de pasar otra noche de impaciencia y agitación, por que incluso cuando se salvaba de las
pesadillas sobre Cedric, tenía sueños inquietantes en los que aparecían largos y oscuros
pasillos que terminaban en muros y puertas cerradas con llave, y que él suponía que tenían
algo que ver con la sensación de estar prisionero que lo acosaba cuando estaba despierto.
Notaba a menudo unos desagradables pinchazos en la vieja cicatriz de la frente, pero sabía
que eso ya no les interesaría mucho ni a Ron, ni a Hermione, ni a Sirius. En el pasado, el dolor
en su cicatriz era una señal de que Voldemort estab a volviendo a cobrar fuerza, aunque, ahora
que Voldemort había regresado, seguramente sus amig os le recordarían que aquella sensación
crónica era de esperar..., pero no significaba nada por lo que tuviera que preocuparse... Nada
nuevo.
La injusticia de aquella situación iba minándolo poco a poco y le daban ganas de gritar de
rabia. ¡De no haber sido por él, nadie sabría siqui era que Voldemort había regresado! ¡Y su
recompensa era quedarse atrapado en Little Whinging durante cuatro semanas enteras,
incomunicado con el mundo mágico, sin poder hacer otra cosa que agazaparse en medio de las
marchitas begonias para poder oír la noticia de que un periquito practicaba esquí acuático!
¿Cómo podía ser que Dumbledore se hubiera olvidado de él con tanta facilidad? ¿Y por qué
Ron y Hermione no lo habían invitado a reunirse con ellos? ¿Durante cuánto tiempo tendría
que seguir soportando que Sirius le dijera que se portara bien y fuera un buen chico; o resistir
la tentación de escribir a esos ineptos de El Profeta y explicarles que Voldemort había vuelto?
Aquel torbellino de ideas daba vueltas en la cabeza de Harry, y las tripas se le retorcían de
rabia, mientras una noche aterciopelada y sofocante iba cerrándose sobre él; el aire olía a
hierba seca y recalentada, y lo único que se oía era el débil murmullo del tráfico de la calle,
más allá de la valla del parque.
No sabía cuánto tiempo llevaba sentado en el colump io cuando unas voces lo sacaron de
su ensimismamiento y levantó la cabeza. Las farolas 14 de las calles de los alrededores
proyectaban un resplandor neblinoso lo bastante intenso para distinguir la silueta de un grupo
de personas que avanzaban por el parque. Una de ell as cantaba a voz en grito 15 una canción
muy ordinaria. Las otras reían. Al poco rato empezó a oírse también el débil ruidito de varias
bicicletas de carreras caras, que aquellas personas llevaban cogidas por el manillar 16.
Harry sabía de quiénes se trataba. La figura que ib a delante era, sin lugar a dudas, su
primo Dudley Dursley, que regresaba a casa acompaña do de su leal pandilla.
Dudley estaba más enorme que nunca, pero un año de riguroso régimen y el
descubrimiento de un nuevo talento del muchacho habían operado un cambio considerable en

12 Comenzó a caminar 13 Hamacas 14 Los faroles 15 A los gritos 16 Manubrio

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11
su físico. Como tío Vernon explicaba encantado a todo el que estuviera dispuesto a escucharlo,
desde hacía poco Dudley ostentaba el título de Camp eón de los Pesos Pesados de la Liga de
Boxeo Interescolar Juvenil del Sudeste. El «noble deporte», como lo llamaba tío Vernon, había
conseguido que Dudley pareciera todavía más imponen te de lo que a Harry le parecía en los
tiempos de la escuela primaria, cuando Dudley lo utilizaba a él de punching ball. Harry ya no
temía a su primo, pero aun así no creía que el hech o de que Dudley hubiera aprendido a
golpear más fuerte y con mayor puntería fuera motivo de celebración. Los niños del vecindario
le tenían pánico, más pánico incluso que el que le tenían a «ese Potter» que, según les habían
contado, era un gamberro empedernido e iba al Centr o de Seguridad San Bruto para
Delincuentes Juveniles Incurables.
Harry vio cómo las oscuras figuras cruzaban el césped y se preguntó a quién habrían
estado pegando aquella noche. «Mirad alrededor —pen só Harry sin proponérselo mientras los
observaba—. Vamos... Mirad alrededor... Estoy aquí sentado, solo... Venid y atreveos...»
Si los amigos de Dudley lo veían allí sentado, seguro que se iban derechitos hacia él, ¿y
qué haría entonces Dudley? No querría quedar mal de lante de la pandilla, pero le daba pánico
provocar a Harry... Sería muy divertido plantearle ese dilema a Dudley, hostigarlo, mirarlo con
atención, sin que él pudiera reaccionar... Y si alguno de los demás tenía la intención de pegar
a Harry, él estaba preparado: llevaba su varita. Qu e lo intentaran... Harry estaría encantado
de descargar parte de su frustración sobre los chicos que en otros tiempos habían hecho de su
vida un infierno.
Pero no se dieron la vuelta, así que no vieron a Harry, y ya e staban llegando a la valla.
Harry dominó el impulso de llamarlos..., pero provo car una pelea no habría estado bien... No
debía emplear la magia..., volvería a exponerse a la expulsión.
Las voces de la pandilla de Dudley fueron apagándos e; iban hacia la avenida Magnolia, y
Harry ya no los distinguía.
«Ya lo ves, Sirius —pensó Harry con desánimo—. No h ago nada con precipitación. No me
meto en líos. Exactamente lo contrario de lo que hiciste tú.»
Se puso en pie y se desperezó. Por lo visto, tía Petunia y tío Vernon consideraban que la
hora a la que Dudley aparecía en casa era la hora c orrecta de llegar, pero el tiempo que
sobrepasara a esa hora ya era demasiado tarde. Tío Vernon había amenazado con encerrar a
Harry en el cobertizo si volvía a llegar después que Dudley, así que, conteniendo un bostezo y
todavía con el entrecejo fruncido, Harry echó a and ar hacia la verja del parque.
La avenida Magnolia, al igual que Privet Drive, estaba llena de grandes y cuadradas casas
con jardines perfectamente cuidados, cuyos propieta rios también eran grandes y cuadrados y
conducían coches muy limpios parecidos al de tío Vernon. Harry prefería Little Whinging por la
noche, cuando las ventanas, con las cortinas echada s 17, dibujaban formas de relucientes
colores en la oscuridad, y él no corría el peligro de oír murmullos desaprobadores sobre su
aspecto de «delincuente» cuando se cruzaba con los dueños de las casas. Caminaba deprisa,
pero cuando estaba hacia la mitad de la avenida Mag nolia, la pandilla de Dudley volvió a
aparecer ante él: estaban despidiéndose en la esquina de la calle Magnolia. Harry se detuvo a
la sombra de un gran lilo y esperó.
—... chillaba como un cerdo, ¿verdad? —decía Malcol m entre las risotadas de los demás.
—Buen gancho de derecha, Big D —dijo Piers.
—¿Mañana a la misma hora? —preguntó Dudley.
—En mi casa. Mis padres no estarán —respondió Gordo n.
—Hasta mañana entonces —se despidió Dudley.
—¡Adiós, Dud!
—¡Hasta luego, Big D!

17 Corridas

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
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Harry esperó a que el resto de la pandilla se pusiera en marcha antes de seguir andando.
Cuando sus voces se hubieron apagado de nuevo, dobl ó la esquina de la calle Magnolia y,
acelerando el paso, no tardó en situarse a escasa distancia de Dudley, que caminaba tan
campante, tarareando de forma poco melodiosa.
—¡Eh, Big D!
Dudley se dio la vuelta.
—¡Ah! —gruñó—. Eres tú.
—¿Desde cuándo te llaman «Big D»? —preguntó Harry.
—Cállate —le espetó Dudley, y giró la cabeza.
—Qué nombre tan fardón 18 —dijo Harry, sonriendo y situándose junto a su primo—.
Aunque para mí siempre serás «Cachorrito».
—¡He dicho que te calles! —gritó Dudley, que había cerrado aquellas manos suyas que
parecían jamones.
—¿No saben tus amigos que así es como te llama tu m adre?
—Cierra el pico.
—A ella nunca le dices que cierre el pico. ¿Qué me dices de «Peoncita 19» y «Muñequito
precioso»? ¿Puedo usarlos?
Dudley no replicó. El esfuerzo que tenía que hacer para no golpear a Harry parecía exigir
todo su autocontrol.
—¿A quién habéis estado pegando esta noche? —pregun tó Harry, y la sonrisa se borró de
sus labios—. ¿A otro niño de diez años? Ya sé que hace un par de noches le diste una paliza a
Mark Evans.
—Se la había buscado —gruñó Dudley.
-¿Ah, sí?
—Me contestó mal.
—¿En serio? ¿Qué te dijo? ¿Que pareces un cerdo al que han enseñado a caminar sobre
las patas traseras? Porque eso no es contestar mal, Dud, eso es decir la verdad.
Un músculo palpitaba en la mandíbula de Dudley. A H arry le produjo gran satisfacción
comprobar lo furioso que estaba poniendo a su primo; sentía que estaba desviando toda su
frustración hacia Dudley; era la única válvula de escape que tenía.
Torcieron a la derecha por el estrecho callejón don de Harry había visto por primera vez a
Sirius y que formaba un atajo entre la calle Magnol ia y el paseo Glicinia. Estaba vacío y mucho
más oscuro que las calles que unía porque allí no h abía farolas. El ruido de sus pasos quedaba
amortiguado entre las paredes del garaje que había a un lado y una alta valla que había al
otro.
—Te crees muy mayor porque llevas esa cosa, ¿verdad ? —dijo Dudley pasados unos
segundos.
—¿Qué cosa?
—Eso... Esa cosa que llevas escondida.
Harry volvió a sonreír.
—No eres tan tonto como pareces, ¿verdad, Dud? Claro, supongo que si lo fueras no

18 Pretencioso 19 Caramelito

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
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serías capaz de andar y hablar al mismo tiempo.
Harry sacó su varita mágica. Vio que Dudley la miraba de reojo.
—Lo tienes prohibido —se apresuró a decir Dudley—. Sé que lo tienes prohibido. Te
expulsarían de esa escuela para bichos raros a la que vas.
—¿Cómo sabes que no han cambiado las normas, Big D?
—No las han cambiado —aseguró Dudley, aunque no par ecía del todo convencido. Harry
soltó una risita—. No tienes agallas para enfrentarte a mí sin esa cosa, ¿verdad que no? —
gruñó Dudley.
—Y tú necesitas tener a cuatro amigos detrás para p egar a un niño de diez años. ¿Te
acuerdas de ese título de boxeo del que tanto alardeas? ¿Cuántos años tenía tu oponente?
¿Siete? ¿Ocho?
—Tenía dieciséis, para que lo sepas —protestó Dudley—, y cuando terminé con él estuvo
veinte minutos sin conocimiento, y pesaba el doble que tú. Ya verás cuando le cuente a papá
que has sacado esa cosa...
—¿Vas a ir a papi? ¿Le da miedo a su campeoncito de boxeo la horrible varita de Harry?
—Por la noche no eres tan valiente, ¿verdad? —dijo Dudley con sorna.
—Ahora es de noche, Cachorrito. Se llama así cuando el cielo se pone oscuro.
—¡Me refiero a cuando estás en la cama! —le espetó Dudley, que se había parado.
Harry se paró también y miró fijamente a su primo. Pese a que no veía muy bien la
enorme cara de Dudley, distinguió en ella una extraña mirada de triunfo.
—¿Qué quieres decir con eso de que cuando estoy en la cama no soy tan valiente? —
preguntó Harry desconcertado—. ¿De qué quieres que tenga miedo? ¿De las almohadas?
—Anoche te oí —replicó Dudley entrecortadamente—. H ablabas en sueños. ¡Gemías!
—¿Qué quieres decir? —insistió Harry, pero notaba algo frío y pesado en el estómago. La
noche pasada había vuelto a ver en sueños el cement erio.
Dudley soltó una fuerte carcajada y luego puso una vocecilla aguda y quejumbrosa:
—«¡No mates a Cedric! ¡No mates a Cedric!» ¿Quién e s Cedric? ¿Tu novio?
—Mientes —dijo Harry como un autómata, pero se le h abía quedado la boca seca. Sabía
que Dudley no mentía; si no, ¿cómo podía saber algo de Cedric?
—«¡Papá! ¡Ayúdame, papá! ¡Me va a matar, papá! ¡Buu aaah!»
—Cállate —le dijo Harry en voz baja—. ¡Cállate, Dudley! ¡Te aviso!
—«¡Ven a ayudarme, papá! ¡Mamá, ven a ayudarme! ¡Ha matado a Cedric! ¡Ayúdame,
papá! Va a...» ¡No me apuntes con esa cosa!
Dudley retrocedió hacia la pared del callejón. Harry apuntaba directamente con la varita
hacia el corazón de su primo. Sentía latir en sus v enas los catorce años de odio hacia él.
Habría dado cualquier cosa por atacarlo en aquel momento, por lanzarle un conjuro tan fuerte
que tuviera que volver a su casa arrastrándose como un insecto, mudo, con antenas...
—No vuelvas a hablar de eso —lo amenazó Harry—. ¿Me has entendido?
—¡Apunta hacia otro lado!
—Te he preguntado si me has entendido.
—¡Apunta hacia otro lado!
—¿ME HAS ENTENDIDO?

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
14
—¡APARTA ESA COSA DE...!
Dudley soltó un extraño y estremecedor grito ahogado, como si le hubieran echado
encima un cubo de agua helada.
Algo le había pasado a la noche. El cielo, de color añil salpicado de estrellas, se quedó de
pronto completamente negro, sin una sola luz: las e strellas, la luna y el resplandor de las
farolas que había en ambos extremos del callejón ha bían desaparecido. El murmullo de los
coches y el susurro de los árboles también habían cesado. Un frío glacial se había apoderado
de la noche, hasta entonces templada y agradable. E staban rodeados de una oscuridad total,
impenetrable y silenciosa, como si una mano gigante hubiera cubierto el callejón con un
grueso y frío manto, dejándolos ciegos.
Al principio Harry creyó que había hecho magia sin darse cuenta, pese a que se había
estado conteniendo con todas sus fuerzas; pero entonces cayó en que él no tenía el poder de
apagar las estrellas. Giró la cabeza hacia uno y ot ro lado, intentando ver algo, pero la
oscuridad se le pegaba a los ojos como un ingrávido velo.
La aterrorizada voz de Dudley sonó en los oídos de Harry.
—¿Q-qué ha-haces? ¡Para!
—¡No hago nada! ¡Cállate y no te muevas!
—¡N-no veo nada! ¡M-me he quedado ciego!
—¡He dicho que te calles!
Harry permaneció allí plantado, inmóvil, dirigiendo los ojos a derecha e izquierda sin ver
nada. El frío era tan intenso que temblaba de pies a cabeza; se le puso la carne de gallina en
los brazos y se le erizó el vello de la nuca. Abrió los ojos al máximo, mirando alrededor, pero
no pudo ver nada.
Era imposible... No podía ser que estuvieran allí.. ., en Little Whinging... Aguzó el oído...
Los oiría antes de verlos...
—¡S-se lo diré a papá! —gimoteó Dudley—. ¿D-dónde e stás? ¿Q-qué haces?
—¿Quieres callarte de una vez? —susurró Harry—. Estoy intentando escu...
Pero se quedó callado. Acababa de oír justo lo que temía.
Había algo en el callejón además de ellos dos, algo que respiraba, produciendo un ruido
ronco y vibrante. Harry seguía de pie, temblando de frío, y notó una fuerte sacudida de terror.
—¡B-basta! ¡Para ya! ¡Te voy a pe-pegar un puñetazo ! ¡Te juro que te voy a pegar!
—Cállate, Dudley...
¡ZAS!
Un puño chocó contra un lado de la cabeza de Harry y lo levantó del suelo. Ante sus ojos
aparecieron unas lucecitas blancas. Por segunda vez en una hora, tuvo la impresión de que la
cabeza se le había partido por la mitad, y un momen to después aterrizó en el duro suelo y su
varita salió volando.
—¡Eres un imbécil, Dudley! —gritó Harry, y el dolor hizo que se le llenaran los ojos de
lágrimas.
Se puso a cuatro patas y empezó a tantear con deses peración a su alrededor, en la
oscuridad. Oyó a Dudley, que se alejaba dando tumbos, chocando contra la valla del callejón,
tambaleándose.
—¡VUELVE, DUDLEY! ¡VAS DIRECTO HACIA ÉL!
Se oyó un chillido espantoso y entonces cesó el ruido de los pasos de Dudley. Al mismo

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
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tiempo, Harry sintió un frío espeluznante detrás de él que sólo podía significar una cosa: había
más de uno.
—¡DUDLEY, MANTEN LA BOCA CERRADA! ¡HAGAS LO QUE HAG AS, MANTEN LA BOCA
CERRADA! ¡Varita! —farfulló Harry desesperado, agitando las manos por la superficie del suelo
como si fueran arañas—. ¿Dónde está? Varita..., vam os... ¡Lumos!
Pronunció el conjuro automáticamente, pues necesita ba con urgencia luz para encontrar
la varita; con gran alivio, y casi sin poder creerlo, vio aparecer un resplandor a pocos
centímetros de su mano derecha. La punta de la varita se había encendido. Harry la agarró, se
puso en pie y se dio la vuelta.
Se le revolvió el estómago.
Una figura altísima y encapuchada se deslizaba con suavidad hacia él, suspendida encima
del suelo; no se le veían los pies ni la cara, tapados por la túnica, y a medida que se acercaba
se iba tragando la noche.
Harry retrocedió, tambaleándose, y levantó la varit a.
—¡Expecto patronum!
Una voluta de vapor plateada salió de la punta de l a varita mágica y el Dementor
aminoró el paso, pero el conjuro no había funcionado bien; Harry, tropezando de nuevo,
retrocedió un poco más al mismo tiempo que el Demen tor se le echaba encima. El pánico le
nublaba la mente...
«Concéntrate...»
Un par de manos grises, viscosas y cubiertas de costras salieron de debajo de la túnica
del Dementor y se dirigieron hacia Harry, mientras un ruido de avidez 20 le penetró en los
oídos.
—¡Expecto patronum!
Su voz sonó débil y distante. Otra voluta de humo p lateado, más débil que la anterior,
salió de la varita: ya no podía hacerlo, ya no podía lograr que el conjuro funcionara.
Oyó una risa dentro de su cabeza, una risa aguda y estridente... Percibió el olor del
aliento putrefacto, de un frío mortal, del Dementor, que le llenaba los pulmones y lo
ahogaba...
«Piensa... algo alegre...»
Pero no había alegría dentro de él... Los helados dedos del Dementor se acercaban a su
cuello, la aguda risa cada vez era más fuerte, y sonó una voz dentro de su cabeza:
«Inclínate ante la muerte, Harry... Quizá ni siquie ra sea dolorosa... Yo no puedo
saberlo... Yo no he muerto nunca...»
Jamás volvería a ver ni a Ron ni a Hermione...
Y sus caras aparecieron dibujadas con claridad en su mente mientras intentaba respirar.
—¡EXPECTO PATRONUM!
Un ciervo, enorme y plateado, salió de la punta de la varita de Harry y con la cornamenta
golpeó al Dementor donde éste habría tenido el cora zón. El Dementor se echó hacia atrás,
ingrávido como la oscuridad, y cuando el ciervo lo embistió, se alejó revoloteando como un
murciélago, derrotado.
—¡Por aquí! —le gritó Harry al ciervo. Luego giró sobre los talones y echó a correr a toda
velocidad por el callejón, manteniendo en alto la varita encendida—. ¡Dudley! ¡Dudley!

20 Parecido a un estertor

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
16
Apenas había dado una docena de pasos cuando los alcanzó: Dudley estaba acurrucado
en el suelo, tapándose la cara con los brazos. El segundo Dementor estaba inclinado sobre él,
sujetándole las muñecas con sus pegajosas manos, ti rando de ellas poco a poco, separándolas
casi con ternura, y bajaba la encapuchada cabeza ha cia la cara de Dudley como si fuera a
besarlo.
—¡A por él 21! —bramó Harry, y con un fuerte estrépito el ciervo que había hecho
aparecer pasó al galope por su lado.
El rostro sin ojos del Dementor estaba apenas a dos centímetros del de Dudley cuando
los cuernos plateados lo golpearon; el Dementor salió despedido por los aires y, al igual que su
compañero, se alejó volando y quedó absorbido por l a oscuridad; después el ciervo fue a
medio galope hasta el final del callejón y se disolvió en una neblina plateada.
La luna, las estrellas y las farolas volvieron a co brar vida. Una tibia brisa recorrió el
callejón. En los jardines del vecindario, los árbol es susurraban, y volvió a escucharse el
prosaico murmullo de los coches que circulaban por la calle Magnolia. Harry se quedó de pie,
quieto, con todos los sentidos en tensión, intentan do asimilar el brusco regreso a la
normalidad. Pasados unos instantes se dio cuenta de que tenía la camiseta pegada al cuerpo:
estaba empapado en sudor.
No podía creer lo que acababa de pasar: Dementores allí, en Little Whinging.
Dudley seguía acurrucado en el suelo, gimoteando y tembloroso. Harry se agachó para
comprobar si estaba en condiciones de levantarse, pero entonces oyó unos fuertes pasos que
corrían detrás de él. Volvió a levantar la varita mágica instintivamente y giró sobre los talones
para enfrentarse al recién llegado.
La señora Figg, la vecina vieja y chiflada, apareci ó jadeando. El canoso cabello se le
había salido de la redecilla, y llevaba una cesta de la compra, que hacía un ruido metálico,
colgada de la muñeca y los pies medio fuera de las zapatillas de gruesa tela de cuadros
escoceses. Harry se apresuró a esconder su varita mágica, pero...
—¡No guardes eso, necio 22! —le gritó la señora Figg—. ¿Y si hay alguno más s uelto por
aquí? ¡Oh, voy a matar a Mundungus Fletcher!
21 ¡Atácalo! 22 Tonto

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
17

2
Una bandada de lechuzas


—¿Qué? —preguntó Harry sin comprender.
—¡Se ha marchado! —dijo la señora Figg, retorciéndo se las manos—. ¡Ha ido a ver a no
sé quién por un asunto de un lote de calderos robados! ¡Ya le dije que iba a desollarlo vivo si
se marchaba, y mira! ¡Dementores! ¡Suerte que infor mé del caso al señor Tibbles! Pero ¡no
hay tiempo que perder! ¡Corre, tienes que volver a tu casa! ¡Oh, los problemas que va a
causar esto! ¡Voy a matarlo!
—Pero... —La revelación de que su chiflada vecina, obsesionada con los gatos, sabía qué
eran los Dementores supuso para Harry una conmoción casi tan grande como encontrarse a
dos de ellos en el callejón—. ¿Usted es...? ¿Usted es bruja?
—Soy una squib, como Mundungus sabe muy bien, así que ¿cómo demon ios iba a
ayudarte para que te defendieras de unos Dementores? Te ha dejado completamente
desprotegido, cuando yo le advertí...
—¿Ese tal Mundungus ha estado siguiéndome? Un momento..., ¡era él! ¡El se desapareció
delante de mi casa!
—Sí, sí, sí, pero por fortuna yo había apostado al señor Tibbles debajo de un coche, por
si acaso, y el señor Tibbles vino a avisarme, pero cuando llegué a tu casa ya no estabas, y
ahora... ¡Oh! ¿Qué dirá Dumbledore? ¡Eh, tú! —le gr itó a Dudley, que estaba tumbado en el
suelo del callejón en posición supina—. ¡Levanta tu gordo trasero del suelo, rápido!
—¿Usted conoce a Dumbledore? —preguntó Harry, miran do fijamente a la señora Figg.
—Pues claro que conozco a Dumbledore. ¿Quién no conoce a Dumbledore? Pero vámonos
ya porque no voy a poder ayudarte si vuelven; nunca he transformado ni siquiera una bolsita 23
de té.
La señora Figg se inclinó, agarró uno de los inmens os brazos de Dudley con sus
apergaminadas manos y tiró de él.
—¡Levántate, zoquete! ¡Levántate!
Pero Dudley o no podía o no quería moverse, así que permaneció en el suelo, tembloroso
y pálido como la cera, con los labios muy apretados.
—Ya me encargo yo —dijo Harry, que cogió a Dudley p or el brazo y dio un tirón.
Haciendo un gran esfuerzo consiguió ponerlo de pie. Parecía que su primo estaba a punto
de desmayarse. Sus diminutos ojos giraban en sus ór bitas y tenía la cara cubierta de sudor; en
cuanto Harry lo soltó, Dudley se tambaleó peligrosamente.
—¡Deprisa! —insistió la señora Figg histérica.
Harry se colocó uno de los enormes brazos de Dudley sobre los hombros y lo arrastró
hacia la calle, encorvándose un poco bajo su peso. La señora Figg iba dando tumbos delante
de ellos, y al llegar a la esquina asomó la cabeza, nerviosa, y miró hacia la calle.
—Ten la varita preparada —le dijo a Harry cuando en traron en el paseo Glicinia—. Ahora
no importa el Estatuto del Secreto; de todos modos lo vamos a pagar caro, tanto da que nos
cuelguen por un dragón o por un huevo de dragón. ¡A y, el Decreto para la moderada limitación

23 Un saquito

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
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de la brujería 24 en menores de edad!... Esto es ni más ni menos lo que temía Dumbledore.
¿Qué es eso que hay al final de la calle? Ah, es el señor Prentice... No escondas la varita,
muchacho, ¿no te he dicho que yo no te serviría de nada?
Pero no resultaba fácil sujetar con firmeza una varita mágica y al mismo tiempo arrastrar
a Dudley. Harry, impaciente, le dio un codazo en la s costillas a su primo, pero éste parecía
haber perdido todo interés por moverse por sí mismo . Dejaba caer todo su peso sobre los
hombros de Harry y arrastraba sus grandes pies por el suelo.
—¿Por qué no me dijo que era una squib, señora Figg? —preguntó Harry, jadeando por el
esfuerzo que tenía que hacer para seguir andando—. Con la de veces que he ido a su casa...
¿Por qué no me dijo nada?
—Órdenes de Dumbledore. Tenía que vigilarte, pero sin revelar mi identidad porque eres
demasiado joven. Perdona que te haya hecho pasarlo tan mal, Harry, pero los Dursley no te
habrían dejado ir a mi casa si hubieran creído que conmigo te lo pasabas bien. No fue fácil, te
lo aseguro... Pero ¡oh, cielos! —exclamó trágicamen te, y empezó a retorcerse las manos otra
vez—. Cuando Dumbledore se entere de esto... ¿Cómo ha podido marcharse Mundungus? Se
suponía que estaba de guardia hasta medianoche. ¿Dó nde se habrá metido? ¿Cómo voy a
explicarle a Dumbledore lo que ha sucedido? Yo no puedo aparecerme.
—Tengo una lechuza; si quiere, puedo prestársela —s e ofreció Harry, quien luego emitió
un gruñido y se preguntó si su columna vertebral acabaría partiéndose bajo el peso de Dudley.
—¡No lo entiendes, Harry! Dumbledore tendrá que act uar cuanto antes porque los del
Ministerio tienen sus formas de detectar la magia hecha por menores de edad; ya deben de
saberlo, te lo digo yo.
—Pero si estaba defendiéndome de unos Dementores... , tenía que usar la magia. Seguro
que les preocupará más saber qué hacían unos Dement ores flotando por el paseo Glicinia, ¿no
cree?
—¡Ay de mí, ojalá fuera así! Pero me temo que... ¡M UNDUNGUS FLETCHER, VOY A
MATARTE!
Se oyó un fuerte estampido, y un fuerte olor a licor mezclado con el de tabaco rancio
llenó el aire al mismo tiempo que un individuo acha parrado 25 y sin afeitar, con un abrigo
harapiento, se materializaba justo delante de ellos. Tenía las piernas cortas y arqueadas, el
cabello, de color rojo anaranjado, largo y desgreñado, y unos ojos con bolsas que le daban el
aire compungido de un basset. En las manos llevaba un bulto plateado que Harry reconoció al
instante: era una capa invisible.
—¡Cállate, Figgy! —exclamó el individuo mirando a l a señora Figg y luego a Harry y a
Dudley—. ¿No teníamos que operar en secreto?
—¡Ya te daré yo secreto! —gritó la señora Figg—. ¡Dementores! ¡Inútil, ladrón, holgazán!
—¿Dementores? —repitió Mundungus horrorizado—. ¿Dem entores, aquí?
—¡Sí, aquí mismo, saco de cagarrutas 26 de murciélago, aquí! —chilló la señora Figg—.
¡Los Dementores han atacado al muchacho durante tu guardia!
—¡Caramba! —dijo Mundungus atemorizado; observó a H arry y luego volvió a mirar a la
señora Figg—. Caramba, yo...
—¡Y tú por ahí, comprando calderos robados! ¿No te dije que no te marcharas? ¿No te
avisé?
—Yo..., bueno..., yo... —Mundungus estaba muy aboch ornado—. Es que..., es que era
una buenísima ocasión...

24 Prudente limitación de la magia 25 Rechoncho y de baja estatura 26 Excrementos

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
19
La señora Figg levantó el brazo del que colgaba la cesta de la compra y dio un porrazo 27
con él en la cara y en el cuello de Mundungus; a juzgar por el ruido metálico que hizo la cesta,
debía de estar llena de latas de comida para gatos.
—¡Ay! ¡Uy! ¡Vieja destornillada! ¡Alguien va a tene r que contarle lo ocurrido a
Dumbledore!
—¡Sí!... ¡Ya lo creo!... —gritó la señora Figg sin parar de golpear con la cesta a
Mundungus—. ¡Y... será... mejor... que lo hagas... tú... y le cuentes... por qué... no estabas...
aquí... para ayudar!
—¡Se te va a caer la redecilla! —dijo Mundungus, en cogiéndose y protegiéndose la
cabeza con los brazos—. ¡Ya me voy! ¡Ya me voy!
Sonó otro fuerte estampido y Mundungus desapareció.
—¡Ojalá Dumbledore lo mate! —exclamó la señora Figg furiosa—. Y ahora, ¡vamos,
Harry! ¿A qué esperas?
Harry decidió no gastar el poco aliento que le quedaba indicando que apenas podía
caminar bajo el peso de Dudley, así que le dio un t irón a su primo, que seguía medio
inconsciente, y echó a andar.
—Te acompañaré hasta la puerta —dijo la señora Figg cuando llegaron a Privet Drive—.
Por si hay alguno más por aquí... ¡Oh, cielos, qué catástrofe! Y has tenido que defenderte de
ellos tú solo... Y Dumbledore nos advirtió que tení amos que evitar a toda costa que hicieras
magia... Bueno, supongo que no sirve de nada llorar cuando la poción ya se ha derramado...
Pero ahora el mal está hecho.
—Entonces... —comentó Harry entrecortadamente—, ¿Du mbledore... me ha puesto...
vigilancia?
—Por supuesto —respondió la señora Figg con impaciencia—. ¿Qué esperabas? ¿Que te
dejara pasear por ahí solo después de lo que pasó en junio? ¡Vamos, muchacho, me habían
dicho que eras inteligente! Bueno, entra y no salga s —le dijo cuando llegaron al número
cuatro—. Supongo que alguien se pondrá en contacto contigo pronto.
—¿Qué va a hacer usted? —se apresuró a preguntar Ha rry.
—Me voy derechita a casa —contestó la señora Figg; echó un vistazo a la oscura calle y
se estremeció—. Tendré que esperar a que me envíen más instrucciones. Tú quédate en casa.
Buenas noches.
—¡Espere un momento! ¡No se marche todavía! Quiero saber...
Pero la señora Figg ya había echado a andar a buen paso, con las zapatillas de cuadros
escoceses como chancletas, mientras la cesta de la compra 28 continuaba produciendo aquel
curioso ruido metálico.
—¡Espere! —le gritó Harry.
Tenía un millón de preguntas que hacerle a cualquie ra que estuviera en contacto con
Dumbledore; pero, pasados unos segundos, la oscurid ad se tragó a la señora Figg. Con el
entrecejo fruncido, Harry se colocó bien a Dudley sobre los hombros y se dirigió lenta y
dolorosamente hacia el sendero del jardín del número cuatro.
La luz del vestíbulo estaba encendida. Harry se gua rdó la varita en la cintura de los
vaqueros, tocó el timbre y vio cómo la silueta de tía Petunia se hacía más y más grande,
distorsionada por el cristal esmerilado de la puerta de la calle.
—¡Diddy! Ya era hora, estaba poniéndome un poco..., un poco... ¡Diddy! ¿Qué te pasa?

27 Golpeó 28 Para las compras

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20
Harry miró de reojo a Dudley y se escabulló de debajo de su brazo justo a tiempo. Su
primo se quedó de pie un momento, oscilando, con la cara de un verde pálido... De pronto,
abrió la boca y vomitó en el felpudo.
—¡Diddy! ¿Qué te pasa, Diddy? ¡Vernon! ¡Vernon!
El tío de Harry salió del salón, moviéndose con la gracia de un elefante y meneando el
bigote de morsa de aquí para allá, como hacía siemp re que se ponía nervioso. Corrió a ayudar
a tía Petunia para conseguir que Dudley, que no se tenía en pie, cruzara el umbral, mientras él
evitaba pisar el charco de vómito.
—¡Está enfermo, Vernon!
—¿Qué tienes, hijo? ¿Qué ha pasado? ¿Te ha dado la señora Polkiss algo raro con el té?
—¿Cómo es que vas manchado de tierra, cariño? ¿Te h as tumbado en el suelo?
—Un momento... No te habrán atracado 29, ¿verdad, hijo?
Tía Petunia soltó un grito desgarrador.
—¡Llama a la policía, Vernon! ¡Llama a la policía! ¡Diddy, tesoro, dile algo a mami! ¿Qué
te han hecho?
Con todo el follón 30, nadie se había fijado todavía en Harry, lo cual f ue una suerte para
él. Consiguió colarse dentro justo antes de que tío Vernon cerrara la puerta, y mientras los
Dursley seguían avanzando ruidosamente por el vestí bulo hacia la cocina, Harry se dirigió con
cautela y sin hacer ruido hacia la escalera.
—¿Quién ha sido, hijo? Danos nombres. Los atraparem os, no te preocupes.
—¡Chissst! ¡Está intentando decirnos algo, Vernon! ¿Qué es, Diddy? ¡Cuéntaselo a mami!
Harry tenía un pie en el primer escalón cuando Dudl ey recuperó la voz.
—Él.
Harry se quedó inmóvil, con una mueca en la cara, p reparado para el estallido.
—¡Chico! ¡Ven aquí!
Con una mezcla de miedo y rabia, Harry levantó con lentitud el pie del escalón y se dio la
vuelta para seguir a los Dursley.
La cocina, impecable, tenía un brillo casi irreal en contraste con la oscuridad del exterior.
Tía Petunia hizo sentar a Dudley en una silla; el c hico todavía estaba muy verde y sudoroso.
Tío Vernon estaba de pie delante del escurreplatos, fulminando a Harry con sus diminutos y
entrecerrados ojos.
—¿Qué le has hecho a mi hijo? —preguntó con un rugi do amenazador.
—Nada —contestó Harry pese a saber que tío Vernon n o iba a creérselo.
—¿Qué te ha hecho, Diddy? —dijo tía Petunia con voz insegura mientras con una esponja
le limpiaba el vómito a su hijo de la chaqueta de cuero—. ¿Ha sido... con lo que tú ya sabes,
tesoro? ¿Ha utilizado... esa cosa?
Dudley, tembloroso, asintió muy despacio.
—¡No es verdad! —saltó Harry; tía Petunia soltó un gemido y tío Vernon levantó los
puños—. No le he hecho nada, no he sido yo, ha sido...
En ese preciso instante una lechuza entró como una flecha por la ventana, cruzó volando
la cocina y rozó la coronilla de tío Vernon; a continuación, dejó a los pies de Harry el gran

29 Asaltado 30 Escándalo

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21
sobre de pergamino que llevaba en el pico, se dio la vuelta con agilidad, tocando ligeramente
con las puntas de las alas la parte superior de la nevera 31, salió por donde había entrado y
cruzó el jardín.
—¡Lechuzas! —bramó tío Vernon, y mientras cerraba d e golpe la ventana de la cocina, la
maltrecha vena de su sien empezó a latir con furia—. ¡Otra vez lechuzas! ¡No quiero ver más
lechuzas en mi casa!
Pero Harry ya había empezado a abrir el sobre y sacó la carta que había dentro. Notaba
los latidos del corazón en la garganta, a la altura de la nuez.
Querido señor Potter:
Nos han informado de que ha realizado usted el enca ntamiento Patronus a las
21.23 horas de esta noche en una zona habitada por muggles y en presencia de un
muggle.
La gravedad de esta infracción del Decreto para la moderada limitación de la
brujería en menores de edad ha ocasionado su expuls ión del Colegio Hogwarts de
Magia y Hechicería. En breve, representantes del Ministerio se desplazarán hasta su
lugar de residencia para destruir su varita.
Dado que usted ya recibió una advertencia oficial por una infracción anterior de la
Sección Decimotercera de la Confederación Internaci onal del Estatuto del Secreto de
los Brujos, lamentamos comunicarle que se requiere su presencia en una vista
disciplinar en el Ministerio de la Magia el día 12 de agosto a las 09.00 horas.
Con mis mejores deseos. Atentamente,
Mafalda Hopkirk
Oficina Contra el Uso
Indebido de la Magia
Ministerio de la Magia
Harry leyó la carta dos veces de arriba abajo. Aunq ue oía hablar a tío Vernon y a tía
Petunia, no los escuchaba. Se le había quedado la m ente en blanco, pero un hecho había
penetrado en su conciencia como un dardo paralizado r: lo habían expulsado de Hogwarts.
Todo había terminado. Ya no podría volver allí.
Levantó la cabeza y miró a los Dursley. Tío Vernon estaba lívido de ira y gritaba con los
puños en alto; tía Petunia tenía los brazos alrededor de Dudley, que volvía a vomitar.
El cerebro de Harry, aturdido durante unos instante s, se puso de nuevo en
funcionamiento. «En breve, representantes del Ministerio se desplazarán hasta su lugar de
residencia para destruir su varita.» Sólo podía hacer una cosa: tenía que echar a correr, en
ese mismo momento. Harry no sabía adonde iría, pero de una cosa estaba seguro: tanto
dentro como fuera de Hogwarts, necesitaba su varita mágica. Como si estuviera soñando, sacó
su varita y se dio la vuelta dispuesto a salir de la cocina.
—¿Adonde te has creído que vas? —le gritó tío Verno n. Al ver que Harry no contestaba,
cruzó la cocina a grandes zancadas para cerrarle el paso—. ¡Todavía no he acabado contigo,
chico!
—Apártate —dijo Harry con voz queda.
—Vas a quedarte aquí y explicarme por qué mi hijo...
—Si no te apartas de la puerta, voy a echarte un ma leficio —afirmó Harry, levantando su
varita.
—¡A mí no vas a amenazarme con eso! —gruñó tío Vern on—. ¡Sé que no estás
autorizado a utilizarla fuera de esa casa de locos que llamas colegio!
—La casa de locos me ha expulsado —respondió Harry— . Ahora puedo hacer lo que me

31 Heladera

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
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dé la gana. Te doy tres segundos. Uno, dos...
Un fuerte estruendo resonó en la cocina. Tía Petunia se puso a chillar, tío Vernon pegó un
grito y se agachó, pero por tercera vez aquella noche Harry buscó el origen de un alboroto que
no había provocado él. Esa vez lo descubrió de inme diato: había una lechuza, aturdida y con
las plumas alborotadas, posada en el alféizar. Acababa de chocar contra la ventana cerrada.
Ignorando el angustiado grito de «¡Lechuzas!» de tí o Vernon, Harry cruzó la habitación
corriendo y abrió la ventana de golpe. La lechuza estiró una pata en la que llevaba atado un
pequeño rollo de pergamino, sacudió las plumas y em prendió el vuelo en cuanto Harry hubo
cogido la carta. Con manos temblorosas, el chico desenrolló el segundo mensaje, que estaba
apresuradamente escrito con tinta negra y emborrona do.
Harry:
Dumbledore acaba de llegar al Ministerio y está intentando arreglarlo todo. NO
SALGAS DE LA CASA DE TUS TÍOS. NO HAGAS MÁS MAGIA. NO ENTREGUES TU
VARITA.
Arthur Weasley
Dumbledore estaba intentando arreglarlo todo... ¿Qué significaba eso? ¿Acaso
Dumbledore tenía suficiente poder para invalidar las decisiones del Ministerio de la Magia?
¿Había entonces alguna posibilidad de que le permit ieran volver a Hogwarts? Un pequeño
brote de esperanza floreció en el pecho de Harry, pero enseguida el miedo volvió a atenazarlo:
¿cómo iba a negarse a entregar su varita sin hacer magia? Tendría que batirse en duelo con
los representantes del Ministerio, y si lo hacía podría considerarse afortunado si no acababa en
Azkaban, por no hablar de la expulsión.
Su cerebro trabajaba a toda velocidad... Podía huir y arriesgarse a que el Ministerio lo
capturara, o quedarse donde estaba y esperar a que fueran a buscarlo allí. La primera opción
lo tentaba mucho más, pero sabía que el señor Weasl ey quería lo mejor para él... Y después
de todo, Dumbledore había arreglado situaciones mucho peores otras veces.
—Vale —dijo Harry—. He cambiado de idea. Me quedo. Se dejó caer en una de las sillas
de la cocina, frente a Dudley y a tía Petunia. Los Dursley parecían sorprendidos por el brusco
cambio de opinión de Harry. Tía Petunia miró con de sesperación a tío Vernon. La vena de la
morada sien de tío Vernon palpitaba con más violencia que nunca.
—¿Quién te envía esas malditas lechuzas? —le pregun tó, rabioso, su tío.
—La primera me la ha enviado el Ministerio de la Magia para comunicarme mi expulsión
—respondió Harry con calma. Mientras hablaba, aguza ba el oído para captar cualquier ruido
procedente del exterior, por si llegaban los representantes del Ministerio; además, era más
fácil y menos enervante contestar a las preguntas d e tío Vernon que enfrentarse a sus
bramidos—. La segunda era del padre de mi amigo Ron, que trabaja en el Ministerio.
—¿El Ministerio de la Magia? —gritó tío Vernon—. ¿Estás diciéndome que hay gente como
tú en el gobierno? Claro, eso lo explica todo, todo; no me extraña que el país se esté viniendo
abajo. —Como Harry no dijo nada, tío Vernon lo fulm inó con la mirada y le espetó—: ¿Y por
qué te han expulsado?
—Porque he hecho magia.
—¡Aja! —rugió tío Vernon, y dio un puñetazo en la p arte superior de la nevera, cuya
puerta se abrió; unos cuantos tentempiés de bajo co ntenido graso, que consumía Dudley,
salieron despedidos y cayeron al suelo—. ¡Así que lo reconoces! ¿Qué le has hecho a tu primo?
—Nada —contestó Harry, ya no tan calmado—. Eso no l o he hecho yo...
—Sí lo ha hecho —masculló inesperadamente Dudley.
De inmediato, tío Vernon y tía Petunia se pusieron a agitar las manos para hacer callar a
Harry mientras se inclinaban sobre Dudley.

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
23
—Sigue, hijo —dijo tío Vernon—, ¿qué te ha hecho?
—Cuéntanoslo, ricura —susurró tía Petunia.
—Me ha apuntado con la varita —farfulló Dudley.
—Sí, es verdad, pero no he utilizado... —se defendió Harry, enojado, aunque...
—¡Cállate! —gritaron tío Vernon y tía Petunia al unísono.
—Sigue, hijo —repitió tío Vernon con los pelos del bigote agitadísimos.
—Se ha quedado todo oscuro —dijo Dudley con voz ron ca, estremeciéndose—. Muy
oscuro. Y entonces he o-oído... cosas. Dentro de mi cabeza.
Tío Vernon y tía Petunia se miraron horrorizados. U na de las cosas que más aborrecían
del mundo era la magia (seguida muy de cerca por lo s vecinos que hacían más trampas que
ellos respecto a la prohibición del uso de mangueras); pero la gente que oía voces estaba
también en esa lista. Era evidente que creían que Dudley se había vuelto loco.
—¿Qué cosas has oído, Peoncita? —preguntó tía Petun ia con un hilo de voz. Se había
quedado muy pálida y tenía lágrimas en los ojos.
Pero Dudley parecía incapaz de explicarse. Volvió a estremecerse y sacudió su enorme y
rubia cabeza; pese a la sensación de pavor que se h abía apoderado de Harry desde la llegada
de la primera lechuza, sintió cierta curiosidad. Los Dementores hacían que la gente reviviera
los peores momentos de su vida. ¿Qué se habría vist o obligado a oír su malcriado, mimado y
bravucón primo?
—¿Cómo te has caído, hijo? —preguntó tío Vernon con una voz artificialmente tranquila,
el tipo de voz que habría adoptado junto a la cama de una persona gravemente enferma.
—He tro-tropezado —contestó Dudley con voz tembloro sa—. Y entonces...
Se señaló el enorme pecho. Harry lo comprendió. Dud ley estaba recordando aquel frío
húmedo que te llenaba los pulmones, cuando los Deme ntores te sorbían la esperanza y la
alegría.
—Horrible —graznó Dudley—. Frío. Mucho frío.
—Ya —dijo tío Vernon con serenidad forzada mientras tía Petunia, nerviosa, le ponía una
mano en la frente a su hijo para comprobar si tenía fiebre—. ¿Qué ha pasado luego, Dudders?
—He sentido... sentido... como... como si... como si...
—Como si nunca más fueras a ser feliz —aportó Harry con un tono muy débil.
—Sí —susurró Dudley, que no paraba de temblar.
—¡Ya veo! —exclamó tío Vernon, cuya voz había recup erado su volumen habitual, y se
enderezó—. Le has hecho un maleficio a mi hijo para que oiga voces y crea que está
condenado... a la desgracia o algo así, ¿no?
—¿Cuántas veces tengo que decírtelo? —respondió Harry subiendo el tono de voz, pues
se le estaba agotando la paciencia—. ¡No he sido yo! ¡Han sido dos Dementores!
—¿Dos qué? ¿Qué son esas paparruchas 32?
—De-men-to-res —repitió Harry, pronunciando con len titud y claridad—. Dos.
—¿Y qué demonios son los Dementores, si puede saber se?
—Vigilan la prisión de los magos, Azkaban —terció tía Petunia.
Tras aquellas palabras, hubo dos segundos de silenc io absoluto; luego tía Petunia se tapó

32 Tonterías

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
24
la boca con una mano, como si acabara de pronunciar una espantosa palabrota. Tío Vernon la
miraba con los ojos abiertos como platos. El cerebro de Harry era un mar de confusión. La
señora Figg era una cosa, pero... ¿tía Petunia?
—¿Cómo sabes eso? —le preguntó, perplejo, su marido .
Tía Petunia estaba horrorizada de sí misma. Miró a tío Vernon, cohibida, como pidiéndole
disculpas; después bajó un poco la mano, dejando al descubierto sus dientes de caballo.
—Hace muchos años... oí a aquel... infeliz... que se lo contaba a ella... —dijo con voz
entrecortada.
—Si te refieres a mi padre y a mi madre, ¿por qué n o los llamas por sus nombres? —dijo
Harry en voz alta, pero tía Petunia no le hizo caso. Parecía terriblemente aturullada 33.
Harry estaba atónito. Con excepción de un arrebato ocurrido años atrás, durante el cual
tía Petunia había gritado que la madre de Harry era un monstruo, él nunca la había oído
mencionar a su hermana. Le sorprendió que su tía hu biera recordado aquella información
sobre el mundo mágico durante tanto tiempo, cuando lo normal era que empleara toda su
energía en fingir que ese mundo no existía.
Tío Vernon abrió la boca, la cerró, la abrió una vez más, la cerró de nuevo y luego, como
si le costara trabajo recordar lo que había que hac er para hablar, la abrió por tercera vez y dijo
con voz ronca:
—Entonces... Entonces... ¿existen de verdad, existe n esos... demencomosellamen?
Tía Petunia asintió.
Tío Vernon miró primero a tía Petunia, luego a Dudl ey y por último a Harry, esperando
que en cualquier momento alguien gritara: «¡Inocent e! 34» Como nadie lo hizo, abrió la boca
una vez más, pero no tuvo que esforzarse en encontr ar más palabras porque, en ese preciso
instante, llegó la tercera lechuza de la noche. Entró a toda pastilla 35 por la ventana, que seguía
abierta, como una bala de cañón con plumas, y aterr izó con estrépito sobre la mesa de la
cocina, haciendo que los tres Dursley pegaran un bote 36, asustados. Harry cogió el segundo
sobre, que parecía oficial, del pico de la lechuza y lo abrió, mientras el animal se marchaba por
donde había llegado y se perdía en la noche.
—¡Estoy harto de esas condenadas lechuzas! —mascull ó tío Vernon, como un loco; fue
hacia la ventana y volvió a cerrarla de golpe.
Querido señor Potter:
Con relación a nuestra carta de hace unos veinte minutos, el Ministerio de Magia
ha revisado su decisión de destruir de inmediato su varita mágica. Puede conservar
usted su varita hasta la vista disciplinar del 12 de agosto, momento en el que se
tomará una decisión oficial.
Tras entrevistarse con el director del Colegio Hogw arts de Magia y Hechicería, el
Ministerio ha acordado que el asunto de su expulsió n también se decidirá en esa
vista. Por lo tanto, considérese excusado del coleg io hasta posteriores
investigaciones.
Con mis mejores deseos.
Atentamente,

Mafalda Hopkirk
Oficina Contra el Uso

33 Nerviosa 34 ¡Que la inocencia te valga! 35 Velocidad 36 Salto

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
25
Indebido de la Magia
Ministerio de Magia

Harry leyó la carta con rapidez tres veces seguidas . Aquel angustioso nudo que se le
había formado en el pecho se aflojó un tanto con el alivio de saber que todavía no lo habían
expulsado definitivamente, aunque sus temores no ha bían desaparecido, ni mucho menos.
Todo parecía depender de la vista del 12 de agosto.
—¿Y bien? —preguntó tío Vernon, devolviendo a Harry a la realidad—. ¿Qué pasa ahora?
¿Te han condenado a algo? ¿Existe la pena de muerte entre tu gente? —añadió, esperanzado,
como si se le acabara de ocurrir esa idea.
—Tengo que ir a una vista 37 —explicó Harry.
—¿Y allí te condenarán?
—Supongo que sí.
—Entonces no perderé la esperanza —aseguró tío Vern on con crueldad.
—Bueno, si eso es todo... —dijo Harry poniéndose en pie. Estaba deseando quedarse a
solas para pensar y quizá para enviarle una carta a Ron, a Hermione o a Sirius.
—¡No, claro que no es todo! —bramó tío Vernon—. ¡Si éntate inmediatamente!
—¿Y ahora qué pasa? —preguntó Harry con impaciencia .
—¡Dudley! —gritó tío Vernon—. ¡Quiero saber exactamente qué le ha ocurrido a mi hijo!
—¡Muy bien! —chilló Harry, y la rabia que sentía hizo que de la punta de su varita, que
todavía tenía en la mano, saltaran chispas rojas y doradas. Los tres Dursley, acobardados, se
encogieron—. Dudley y yo estábamos en el callejón q ue conecta la calle Magnolia y el paseo
Glicinia —explico Harry; hablaba deprisa, intentando no perder los estribos—. Dudley estaba
vacilándome 38 y yo saqué mi varita, pero no la utilicé. Entonces aparecieron dos Dementores...
—Pero ¿qué son los dementoides? —preguntó tío Verno n furioso—. ¿Qué hacen?
—Ya os lo he dicho: te quitan toda la alegría que tienes dentro —respondió Harry—, y si
tienen ocasión te besan y...
—¿Que te besan? —lo interrumpió tío Vernon con los ojos fuera de las órbitas—. ¿Que te
besan?
—Así llaman al hecho de que te saquen el alma por la boca.
Tía Petunia soltó un débil grito.
—¿El alma? No le habrán quitado... Él todavía tiene su...
Agarró a Dudley por los hombros y lo sacudió, como si pretendiera oír el alma de su hijo
repiqueteando en el interior del cuerpo del chico.
—Claro que no le han quitado el alma. Si lo hubieran hecho ya os habríais dado cuenta —
respondió Harry exasperado.
—Tú los ahuyentaste, ¿verdad, hijo? —-inquirió tío Vernon con ímpetu, como quien se
esfuerza por devolver la conversación a un plano qu e domina—. Les diste su merecido,
¿verdad?
—A los Dementores no puedes darles su merecido —sentenció Harry entre dientes.
—Entonces, ¿cómo es que está bien? —rugió tío Vernon—. ¿Por qué no está vacío?

37 Audiencia 38 Burlándose de mí

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
26
—Porque utilicé el encantamiento patronus...
¡ZUUUM! Con un fragor, un aleteo y una pequeña nube de polvo, una cuarta lechuza
salió a toda velocidad de la chimenea de la cocina.
—¡Por todos los demonios! —gritó tío Vernon, arranc ándose los pelos del bigote, algo que
no se había visto obligado a hacer durante mucho ti empo—. ¡No quiero ver más lechuzas en
mi casa, no pienso tolerarlo, te lo advierto!
Pero Harry ya había cogido el pergamino que la lechuza llevaba atado a una pata. Estaba
tan seguro de que aquella carta tenía que ser de Du mbledore y de que en ella lo explicaba
todo (los Dementores, la señora Figg, lo que tramaba el Ministerio, y cómo él, Dumbledore,
pensaba solucionar la situación) que, por primera vez en su vida, se llevó una desilusión al ver
la caligrafía de Sirius. Sin prestar atención a la perorata que tío Vernon estaba soltando sobre
las lechuzas, y entrecerrando los ojos para protege rse de otra nube de polvo que la última
había provocado al colarse por la chimenea, Harry leyó el mensaje de Sirius:
Arthur acaba de contarnos lo que ha sucedido. No vu elvas a salir de la casa, pase lo
que pase.
El contenido de la carta le pareció a Harry una reacción tan inapropiada ante lo ocurrido
aquella noche que le dio la vuelta al pergamino bus cando el resto del texto, pero no encontró
ni una sola palabra más.
Y notaba que estaba volviendo a perder la calma. ¿A caso nadie pensaba felicitarlo por
haber derrotado él solo a dos Dementores? Tanto el señor Weasley como Sirius estaban
actuando como si Harry se hubiera portado mal y com o si estuvieran reservándose la
reprimenda hasta que pudieran determinar el alcance de los daños ocasionados.
—... una bananada, quiero decir, una bandada de lec huzas entrando y saliendo de mi
casa. No pienso tolerarlo, chico, no voy a...
—No puedo impedir que vengan lechuzas —le espetó Ha rry al mismo tiempo que
arrugaba la carta de Sirius con la mano.
—¡Quiero saber la verdad de lo que ha pasado esta noche! —bramó tío Vernon—. Si han
sido los Demendadores los que le han hecho daño a D udley, ¿por qué te han expulsado? ¡Has
hecho eso que tú ya sabes, lo has admitido!
Harry respiró hondo para tranquilizarse. Empezaba a dolerle otra vez la cabeza. Lo que
más deseaba era salir de la cocina y perder de vista a los Dursley.
—Hice el encantamiento patronus para librarme de lo s Dementores —explicó,
obligándose a conservar la calma—. Es lo único que funciona con ellos.
—Pero ¿qué hacían esos dementoides en Little Whingi ng? —preguntó tío Vernon con
indignación.
—Eso no puedo decírtelo —respondió Harry cansinamente—. No tengo ni idea.
Las punzadas que notaba en la cabeza eran cada vez más fuertes, y le molestaba mucho
la intensa luz de los fluorescentes de la cocina. Su enfado iba disminuyendo poco a poco.
Estaba agotado, exhausto. Los Dursley lo miraban fijamente.
—Es por tu culpa —afirmó tío Vernon con energía—. T iene algo que ver contigo, chico,
estoy seguro. Si no, ¿por qué iban a venir aquí? ¿Qué iban a estar haciendo en ese callejón? Es
evidente que eres el único..., el único... —Al pare cer no lograba pronunciar la palabra
«mago»—. El único ya sabes qué en varios kilómetros a la redonda.
—No sé a qué han venido.
Pero tras las palabras de tío Vernon, el agotado cerebro de Harry se había puesto de
nuevo en funcionamiento. ¿Por qué habían ido los De mentores a Little Whinging? ¿Cómo iba a
ser una casualidad que hubieran aparecido en el cal lejón donde estaba Harry? ¿Los había
enviado alguien? ¿Había perdido el Ministerio de la Magia el control de los Dementores?

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
27
¿Habían abandonado Azkaban y se habían unido a Voldemort, como Dumbledore había
vaticinado?
—¿Esos Desmembradores vigilan una prisión de bichos raros? —preguntó tío Vernon
siguiendo trabajosamente el hilo de las ideas del muchacho.
—Sí —confirmó Harry.
Si al menos dejara de dolerle la cabeza, si al menos pudiera salir de la cocina y subir a su
oscuro dormitorio y pensar...
—¡Aja! ¡Venían a detenerte! —exclamó tío Vernon con el aire triunfante de quien ha
llegado a una conclusión irrefutable—. Seguro que es eso, ¿verdad, chico? ¡Estás huyendo de
la justicia!
—Claro que no —dijo Harry moviendo la cabeza como s i ahuyentara una mosca; su
mente iba a toda velocidad.
—Entonces, ¿por qué...?
—Debe de haberlos enviado él —sugirió Harry con un hilo de voz, más para sí que para
tío Vernon.
—¿Cómo dices? ¿Que debe de haberlos enviado quién?
—Lord Voldemort —dijo Harry.
Reparó en lo extraño que resultaba que los Dursley, que se encogían, hacían muecas y
chillaban cada vez que escuchaban palabras como «ma go», «magia» o «varita», pudieran oír
el nombre del mago más malvado de todos los tiempos sin alterarse lo más mínimo.
—Lord... Espera un momento —dijo tío Vernon, con la cara contraída, al mismo tiempo
que en sus ojos de cerdito brillaba una chispa de comprensión—. No es la primera vez que oigo
ese nombre... Ése fue el que...
—Asesinó a mis padres, sí —confirmó Harry.
—Pero desapareció —objetó tío Vernon con impacienci a, sin pararse a pensar que el
asesinato de los padres de Harry pudiera ser un tema delicado—. Aquel tipo gigantesco lo dijo.
Desapareció.
—Ha vuelto —sentenció Harry con rotundidad.
Era rarísimo estar allí de pie, en la aséptica cocina de tía Petunia, entre la nevera último
modelo y el televisor de pantalla plana, hablando c omo si tal cosa de lord Voldemort con tío
Vernon. Parecía que la llegada de los Dementores a Little Whinging había abierto una brecha
en el enorme aunque invisible muro que separaba el mundo implacablemente no mágico de
Privet Drive y el que había al otro lado. En cierto modo, las dos vidas de Harry se habían
fusionado y todo había quedado patas arriba; los Du rsley estaban pidiéndole detalles sobre el
mundo mágico, y la señora Figg conocía a Albus Dumb ledore; los Dementores se cernían sobre
Little Whinging, y quizá Harry no regresara a Hogwarts. El dolor de cabeza del muchacho iba
en aumento.
—¿Que ha vuelto? —susurró tía Petunia.
Miraba a Harry como nunca lo había hecho. Y de pron to, por primera vez en su vida,
Harry se dio plena cuenta de que tía Petunia era la hermana de su madre. No habría sabido
explicar por qué esa idea lo sacudió tan fuerte en aquel preciso instante. Lo único que sabía
era que él no era la única persona de las que había en la cocina que intuía lo que podía
significar que lord Voldemort hubiera regresado. Tía Petunia jamás lo había mirado de aquella
manera y en ese momento no tenía entrecerrados los grandes ojos claros (completamente
distintos de los de su hermana), con una expresión de asco o de enojo, sino muy abiertos y
asustados. La ficción que tía Petunia había mantenido durante toda la vida de Harry (que la
magia no existía y que no había otro mundo más que el que ella habitaba con tío Vernon)
parecía haberse derrumbado.

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
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—Sí —confirmó Harry, dirigiéndose a tía Petunia—. Volvió hace un mes. Yo lo vi.
Las manos de tía Petunia se posaron sobre los ancho s hombros de Dudley, cubiertos con
su ropa de cuero, y los apretaron.
—Espera un momento —intervino tío Vernon, mirando a su esposa, luego a Harry y luego
otra vez a tía Petunia, aparentemente atónito y des concertado por el entendimiento que
parecía haber surgido entre tía y sobrino—. Un mome nto. ¿Dices que ese lord
Voldcomosellame ha vuelto?
—Sí.
—El que mató a tus padres.
—Sí.
—¿Y ahora ha empezado a enviarte Desmembradores?
—Eso parece —respondió Harry.
—Entiendo —dijo tío Vernon. Miró a su esposa, que estaba tremendamente pálida, y
luego a Harry, al mismo tiempo que se subía la cintura de los pantalones. Harry tuvo la
impresión de que su tío se inflaba y de que su enorme rostro morado se dilataba ante sus
ojos—. Bueno, ya no me cabe duda —aseguró, y siguió inflándose, mientras la camisa se le
tensaba más y más—. ¡Ya puedes largarte de esta casa, chico 39!
—¿Qué? —dijo Harry.
—Ya me has oído. ¡FUERA! —gritó tío Vernon, tan fue rte que hasta tía Petunia y Dudley
dieron un brinco—. ¡FUERA! ¡FUERA! ¡Debí hacer esto hace muchos años! ¡Lechuzas que se
pasean por aquí como si tal cosa, pudines que explotan, medio salón destrozado, la cola de
Dudley, Marge flotando por el techo y ese Ford Anglia volador! ¡FUERA! ¡LARGO! ¡Se acabó!
¡Has pasado a la historia! No vas a quedarte aquí s i hay un loco que te persigue, ni vas a
poner en peligro la vida de mi esposa y de mi hijo, ni vas a causarnos más problemas. ¡Si
piensas seguir los pasos de tus padres, es asunto tuyo! ¡LARGO DE AQUÍ!
Harry se quedó clavado donde estaba. Tenía las cart as del Ministerio, del señor Weasley
y de Sirius arrugadas en la mano izquierda. «No vue lvas a salir de la casa, pase lo que pase.
NO SALGAS DE LA CASA DE TUS TÍOS.»
—¡Ya me has oído! —insistió tío Vernon, y se inclinó hacia delante hasta que su enorme y
morada cara quedó tan cerca de la de Harry que éste notó las salpicaduras de saliva en el
rostro—. ¡Andando! ¡Hace media hora estabas deseando marcharte! ¡Pues adelante! ¡Lárgate
de aquí y no vuelvas a pisar nuestra casa jamás! No sé por qué te acogimos en su día; Marge
tenía razón, debimos enviarte al orfanato. Fuimos d emasiado blandos contigo, creímos que
podríamos rehabilitarte, creímos que podríamos conv ertirte en una persona normal, pero
estabas podrido desde el principio, y ya estoy harto. ¡Lechuzas!
La quinta lechuza salió disparada de la chimenea, t an deprisa que chocó contra el suelo
antes de volver a emprender el vuelo con un fuerte aullido. Harry levantó las manos para
coger la carta, que iba en un sobre de color escarlata, pero el pájaro pasó volando por encima
de su cabeza y se dirigió hacia tía Petunia, que so ltó un chillido y se agazapó, tapándose la
cara con los brazos. La lechuza dejó caer el sobre rojo sobre la cabeza de tía Petunia, dio
media vuelta y volvió a colarse por la chimenea.
Harry se abalanzó sobre su tía para arrebatarle la carta, pero tía Petunia se le adelantó.
—Puedes abrirla si quieres —dijo Harry—, pero de to dos modos oiré lo que pone. Es un
vociferador 40.
—¡Suelta eso, Petunia! —rugió tío Vernon—. ¡No lo toques, podría ser peligroso!

39 ¡Lárgate de esta casa, muchacho! 40 Una carta vociferadora

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—Va dirigida a mí —se excusó tía Petunia con voz trémula—. ¡Va dirigida a mí, Vernon,
mira! Señora Petunia Dursley, La Cocina, Privet Drive Número Cuatro...
Contuvo la respiración, horrorizada. El sobre rojo había empezado a echar humo.
—¡Ábrelo! —le pidió Harry—. ¡Ábrelo ya! De todos mo dos ocurrirá.
—No.
A tía Petunia le temblaba la mano. Miró frenéticamente alrededor, como si buscara una
ruta de huida, pero era demasiado tarde: el sobre empezó a arder. Tía Petunia gritó y lo soltó
con rapidez.
Se oyó una voz imponente que resonaba en el reducid o espacio de la cocina; salía de la
carta en llamas, que había quedado sobre la mesa.
—«Recuerda mi última... Petunia.»
Tía Petunia estaba a punto de desmayarse. Se sentó en la silla, junto a Dudley, y se tapó
la cara con las manos. Los restos del sobre fueron quedando reducidos a cenizas en medio de
un profundo silencio.
—¿Qué es eso? —preguntó tío Vernon con voz ronca—. ¿Qué...? No... ¡Petunia!
Tía Petunia no dijo nada. Dudley miraba a su madre, estupefacto y con la boca abierta,
mientras el silencio lo envolvía todo en una espira l horrenda. Harry observaba a su tía
completamente perplejo y sentía que la cabeza le pa lpitaba como si estuviera a punto de
estallar.
—Petunia, querida —empezó tío Vernon con timidez—. Pe-Petunia...
Ella levantó la cabeza. Todavía temblaba. Tragó saliva y dijo con un hilo de voz:
—El chico... El chico tendrá que quedarse aquí, Vernon.
—¿Cómo dices?
—Que se queda —repitió ella sin mirar a Harry, y se puso de nuevo en pie.
—Pero si... Petunia...
—Si lo echamos, los vecinos hablarán —añadió tía Pe tunia. Estaba recuperando su tono
enérgico e irascible, aunque seguía muy pálida—. No s harán preguntas incómodas, querrán
saber adonde ha ido. Tendremos que quedárnoslo.
Tío Vernon estaba desinflándose como un neumático pinchado.
—Pero Petunia, querida...
Tía Petunia no le hizo caso. Se volvió hacia Harry y le ordenó:
—Vas a quedarte en tu habitación. No salgas de casa . Y ahora vete a la cama.
Harry no se movió de donde estaba.
—¿Quién te ha enviado ese vociferador?
—No hagas preguntas —le espetó tía Petunia.
—-¿Estás en contacto con algún mago?
—¡Te he dicho que te vayas a la cama!
—¿Qué significaba? ¿Recuerda mi última qué?
—¡A la cama!
—¿Cómo es que...?

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
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—¡Ya has oído a tu tía! ¡Sube a acostarte!

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
31

3
La avanzadilla 41


«Me han atacado unos Dementores y es posible que me expulsen de Hogwarts. Quiero
saber qué está pasando y cuándo voy a poder salir de aquí.»
Harry copió esas palabras en tres hojas de pergamin o diferentes en cuanto llegó al
escritorio de su oscura habitación. Dirigió la primera a Sirius, la segunda a Ron y la tercera a
Hermione. Hedwig, su lechuza, había salido a cazar; su jaula estaba v acía sobre el escritorio.
Harry se puso a dar vueltas por su dormitorio, espe rando que regresara; notaba la cabeza a
punto de estallar y tenía tantas cosas en que pensar que no creía que pudiera dormir, aunque
le escocían los ojos de cansancio. También le dolía la espalda de llevar a rastras a Dudley
hasta la casa, y los dos chichones que tenía en la cabeza (el que se había hecho al chocar
contra la ventana y el del puñetazo que le había pegado su primo) le producían un punzante
dolor.
No paraba de dar vueltas por el cuarto, consumido d e ira y frustración, rechinando los
dientes y con los puños apretados; y cada vez que pasaba por delante de la ventana, lanzaba
enfurecidas miradas al cielo salpicado de estrellas. Alguien había enviado a los Dementores
para que lo capturaran, la señora Figg y Mundungus Fletcher lo seguían en secreto, había sido
expulsado de Hogwarts, estaba pendiente una vista e n el Ministerio de la Magia... Y pese a
todo nadie le decía qué estaba ocurriendo.
¿Y qué demonios significaba aquel vociferador? ¿De quién era aquella voz tan horrible y
amenazadora que había resonado en la cocina?
¿Por qué continuaba atrapado allí sin información? ¿Por qué todos lo trataban como si
fuera un niño travieso? «No hagas más magia, quédat e en casa...»
Al pasar por delante del baúl del colegio le pegó una patada, pero en lugar de aliviar con
ello la rabia que sentía, se encontró aún peor porq ue ahora tenía que sumar el fuerte dolor del
dedo gordo del pie al del resto del cuerpo.
Justo cuando pasaba cojeando por delante de la vent ana, Hedwig entró volando con un
débil batir de alas, como un pequeño fantasma.
—¡Ya era hora! —gruñó Harry cuando el pájaro se pos ó con suavidad encima de su
jaula—. ¡Ya puedes soltar eso, tengo trabajo para ti!
Los grandes, redondos y ambarinos ojos de Hedwig lo miraron llenos de reproche por
encima de la rana muerta que sujetaba con el pico.
—Ven aquí —le ordenó Harry. Cogió los tres pequeños rollos de pergamino y se los ató a
la escamosa pata con una correa de cuero—. Lleva es to a Sirius, a Ron y a Hermione y no
vuelvas aquí sin unas buenas respuestas. Si es necesario, picotéalos hasta que hayan escrito
unos mensajes decentemente largos. ¿Entendido?
Hedwig emitió un amortiguado ululato sin soltar la rana.
—En marcha, pues —dijo Harry.
Hedwig echó a volar de inmediato. En cuanto la lechuza hub o salido por la ventana,
Harry se tumbó en la cama sin desvestirse y se quedó mirando el oscuro techo. Por si fuera
poco con los deprimentes sentimientos que experimen taba, encima se sentía culpable por
haber sido antipático con Hedwig; la lechuza era la única amiga que tenía en el númer o cuatro

41 La avanzada

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de Privet Drive. Pero ya haría las paces con ella, cuando llegara con las respuestas de Sirius,
Ron y Hermione.
Seguro que le contestaban enseguida; no podrían hac er caso omiso de un ataque de
Dementores. Probablemente al día siguiente, al despertar, encontraría tres gruesas cartas
llenas de muestras de solidaridad y de planes para su inmediato traslado a La Madriguera. Y
con esa reconfortante idea, el sueño se apoderó de él sofocando cualquier otro pensamiento.

Pero Hedwig no regresó a la mañana siguiente. Harry pasó el día entero en su habitación y
sólo salió para ir al cuarto de baño. En tres ocasiones, tía Petunia le introdujo comida en el
dormitorio a través de la gatera que tío Vernon hab ía instalado tres veranos atrás. Cada vez
que Harry la oía acercarse, intentaba interrogarla sobre el vociferador, pero si hubiera
interrogado al pomo 42 de la puerta habría obtenido las mismas respuestas. Por lo demás, los
Dursley ni se acercaron a su habitación. Harry comp rendió que no valía la pena forzarlos a
soportar su compañía; con otra pelea no conseguiría nada, salvo quizá enfadarse tanto que
acabaría haciendo más magia ilegal.
Así pasaron tres días. Harry tenía altibajos: algunas veces se sentía lleno de una
impaciente energía que le impedía concentrarse en n ada, y entonces recorría el dormitorio,
furioso con todos por permitir que sufriera en medi o de tanta confusión; otras veces lo
dominaba un letargo tan absoluto que podía estar una hora seguida tumbado en la cama con
la mirada perdida y muerto de miedo ante la perspectiva de una vista en el Ministerio.
¿Y si fallaban en su contra? ¿Y si lo expulsaban del colegio y le partían la varita por la
mitad? ¿Qué haría entonces, adonde iría? No podía v olver a vivir siempre con los Dursley, y
menos ahora que conocía aquel otro mundo, el mundo al que pertenecía en realidad. ¿Podría
irse a vivir con Sirius, como su padrino había sugerido un año atrás, antes de que se viera
obligado a huir de las autoridades? ¿Permitirían a Harry vivir allí solo, dado que todavía era
menor de edad? ¿Había sido su infracción del Estatu to Internacional del Secreto lo bastante
grave para que lo encerraran en una celda en Azkaban? Cada vez que ese pensamiento volvía
a aparecer en su mente, Harry se levantaba de la ca ma y se ponía a pasear otra vez por la
habitación.
La cuarta noche después de la partida de Hedwig, Harry estaba tendido en la cama, en
una de sus fases de apatía, contemplando el techo. Tenía la exhausta mente casi en blanco
cuando su tío entró en la habitación. Harry giró despacio la cabeza y lo miró. Tío Vernon
llevaba puesto su mejor traje y la expresión de su rostro era de inmensa suficiencia.
—Salimos —anunció.
—¿Cómo dices?
—Que nosotros, es decir, tu tía, Dudley y yo, salim os.
—Muy bien —respondió Harry sin ánimo, y volvió a mi rar el techo.
—Prohibido salir de la habitación hasta que volvamos.
—Vale 43.
—Prohibido tocar el televisor, el equipo de música o cualquier otra cosa.
—De acuerdo.
—Prohibido robar comida de la nevera.
—Entendido.
—Voy a cerrar tu puerta con llave.

42 Picaporte 43 Está bien

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
33
—Como quieras.
Tío Vernon lanzó a Harry una mirada de odio, desconfiando de la actitu d resignada de su
sobrino; salió de la habitación pisando fuerte y cerró la puerta tras él. Harry oyó que la llave
giraba en la cerradura y los pesados pasos de tío V ernon, que bajaba la escalera.
Transcurridos unos minutos, oyó cómo se cerraban las puertas de un coche, el rugido de un
motor y el inconfundible sonido del coche saliendo de la entrada de la casa.
A Harry no le importaba que los Dursley se hubieran marchado. Para él tanto daba que
estuvieran en la casa como que no. Ni siquiera pudo reunir la energía suficiente para
levantarse y encender la luz de su dormitorio. La habitación fue quedándose a oscuras
mientras él seguía tumbado escuchando los sonidos nocturnos que entraban por la ventana,
que Harry tenía todo el rato abierta a la espera de l dichoso momento en que regresara
Hedwig.
La casa, en ese instante vacía, crujía a su alreded or. Las cañerías gorgoteaban. Harry
seguía tumbado, sumido en la indiferencia, sin pensar en nada, suspendido en la tristeza.
De pronto oyó claramente un estrépito en la cocina. Se incorporó con brusquedad y
aguzó el oído. Los Dursley no podían haber regresad o todavía, era demasiado pronto, y
además Harry no había oído su coche.
Hubo silencio durante unos segundos, y entonces se oyeron voces.
«Ladrones», pensó Harry, y se levantó de la cama; p ero enseguida se le ocurrió que los
ladrones habrían hablado en voz baja, y quienquiera que fuese el que estaba en la cocina no
se molestaba en bajar la voz.
Se apresuró a coger la varita mágica de la mesilla de noche y se plantó delante de la
puerta de su dormitorio escuchando con atención. De repente dio un respingo, pues la
cerradura pegó un fuerte chasquido y la puerta se abrió de par en par.
Harry se quedó inmóvil, mirando a través del umbral hacia el oscuro rellano del piso de
arriba; aguzó el oído por si se producían más ruidos, pero no captó nada. Vaciló un momento y
luego salió de su habitación, deprisa y en silencio, y se colocó al final de la escalera.
El corazón se le subió a la garganta. Abajo, en el oscuro vestíbulo, había gente; sus
siluetas se destacaban contra el resplandor de las farolas que entraba por la puerta de cristal
de la calle. Eran ocho o nueve, y todos, si no se equivocaba, estaban mirándolo.
—Baja la varita, muchacho; a ver si le vas a sacar un ojo a alguien —dijo una voz queda
y gruñona.
El corazón de Harry latía con violencia. Conocía aquella voz, pero no bajó la varita.
—¿Profesor Moody? —preguntó con tono inseguro.
—No sé si debes llamarme «profesor» —gruñó la voz—; nunca llegué a enseñar gran
cosa, ¿no? Baja, queremos verte bien.
Harry bajó un poco la varita, pero sin dejar de asirla con fuerza, y no se movió. Tenía
motivos de sobra para desconfiar. Hacía poco que ha bía convivido durante nueve meses con
quien él creía que era Ojoloco Moody, para luego en terarse de que no era Moody, sino un
impostor; un impostor que, además, previamente a qu e lo desenmascararan, había intentado
matar a Harry. Pero antes de que el muchacho pudier a tomar una decisión sobre qué debía
hacer, otra voz, un poco ronca, subió flotando por la escalera.
—No pasa nada, Harry. Hemos venido a buscarte.
A Harry le dio un vuelco el corazón. También conocí a esa voz, aunque hacía un año
entero que no la oía.
—¿P-profesor Lupin? —dijo con incredulidad—. ¿Es usted?
—¿Por qué estamos aquí a oscuras? —preguntó una ter cera voz, esta vez desconocida,

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
34
de mujer—. ¡Lumos!
La punta de una varita se encendió e iluminó el ves tíbulo con una luz mágica. Harry
parpadeó. Las personas que había abajo estaban apiñadas alrededor del pie de la escalera, con
la mirada fija en él; algunas estiraban el cuello para verlo mejor.
Remus Lupin era quien estaba más cerca de Harry. Au nque todavía era muy joven, Lupin
parecía cansado y muy enfermo; tenía más canas que la última vez que lo había visto, y
llevaba la túnica más remendada y raída que nunca. Con todo, sonreía abiertamente a Harry,
quien intentó devolverle la sonrisa pese a la conmoción.
—¡Oh! Es como me lo imaginaba —dijo la bruja que ma ntenía la varita iluminada en alto.
Parecía la más joven del grupo; tenía el pálido rostro en forma de corazón, ojos oscuros y
centelleantes, y el cabello corto, de punta y de color violeta intenso—. ¿Qué hay 44, Harry?
—Sí, entiendo lo que quieres decir, Remus —terció u n mago negro y calvo que estaba al
fondo; tenía una voz grave y pausada y llevaba un a rete de oro en la oreja—. Es clavado 45 a
James.
—Salvo por los ojos —aportó otro mago de cabello pl ateado que hablaba con voz
jadeante—. Los ojos son de Lily.
Ojoloco Moody, que tenía el cabello largo y entrecano y al que le faltaba un trozo de
nariz, miraba con recelo a Harry, entrecerrando sus desiguales ojos. Un ojo era pequeño,
oscuro y brillante como un abalorio; el otro era grande, redondo y de color azul eléctrico: el
ojo mágico que podía ver a través de las paredes, d e las puertas y lo que hubiera detrás del
mismo Moody.
—¿Estás seguro de que es él, Lupin? —masculló—. Men udo problema vamos a tener si
llevamos a un mortífago que se hace pasar por él. Tendríamos q ue preguntarle algo que sólo
pueda saber el verdadero Potter. A menos que alguien haya traído Veritaserum 46.
—Harry, ¿qué forma adopta tu Patronus? —preguntó Lupin.
—La de un ciervo —contestó Harry nervioso.
—Es él, Ojoloco —dijo Lupin.
Consciente de que todos seguían mirándolo, Harry ba jó la escalera guardando la varita
en un bolsillo trasero de los vaqueros.
—¡No te pongas la varita ahí, muchacho! —bramó Mood y—. ¿Y si se enciende? ¿No
sabías que magos mucho mejores que tú han perdido una nalga?
—¿A quién conoces tú que haya perdido una nalga? —le preguntó con interés la mujer de
cabello de color violeta.
—¡Eso ahora no importa, pero sácate la varita del bolsillo de atrás! —gruñó Ojoloco—. Es
una norma elemental de seguridad de las que ya a na die le importan. —Fue pisando fuerte
hacia la cocina—. Y lo he visto con mis propios ojos —añadió de mal talante mientras la mujer
de cabello violeta miraba al techo.
Lupin extendió un brazo y le estrechó la mano a Har ry.
—¿Cómo estás? —le preguntó, mirándolo a los ojos.
—Bi-bien...
Harry no podía creer que aquello fuera real. Cuatro semanas sin ninguna noticia, ni la
más pequeña insinuación de un plan para rescatarlo de Privet Drive, y de pronto había un
montón de magos plantados con total naturalidad en el vestíbulo, como si hubieran concertado

44 Cómo estás 45 Igual 46 La poción de la verdad

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
35
aquella visita hacía mucho tiempo. Miró a la gente que rodeaba a Lupin, que seguía
contemplándolo con avidez. De pronto recordó que llevaba cuatro días sin peinarse.
—Yo... Tenéis mucha suerte de que los Dursley hayan salido... —farfulló.
—¿Suerte? ¡Ja! —dijo la mujer de cabello de color v ioleta—. He sido yo quien los ha
quitado de en medio. Les he enviado una carta por correo muggle diciéndoles que habían sido
preseleccionados para el Concurso de Jardines Subur banos Mejor Cuidados de Inglaterra.
Ahora van hacia la ceremonia de entrega de premios... O eso creen ellos.
Harry se imaginó por un momento la cara de tío Vern on cuando se diera cuenta de que
no había ningún Concurso de Jardines Suburbanos Mejor Cuidados de Inglaterra.
—Bueno, nos vamos, ¿no? —preguntó Harry—. ¿Ya?
—Sí, enseguida —dijo Lupin—. Sólo estamos esperando a que nos den luz verde.
—¿Adonde vamos? ¿A La Madriguera? —inquirió Harry e speranzado.
—No, no vamos a La Madriguera —contestó Lupin, y le hizo señas al muchacho para que
entrara en la cocina. El grupito de magos los sigui eron; todavía miraban a Harry con
curiosidad—. Eso sería demasiado arriesgado. Hemos montado el cuartel general en un lugar
indetectable. Nos ha costado bastante tiempo...
En ese instante Ojoloco Moody estaba sentado a la mesa de la cocina, bebiendo de una
petaca; su ojo mágico giraba en todas direcciones, deteniéndose en cada uno de los
electrodomésticos de los Dursley.
—Éste es Alastor Moody, Harry —prosiguió Lupin, señalando a Moody.
—Sí, ya lo sé —dijo Harry incómodo, pues le resultó extraño que le presentaran a alguien
a quien durante un año había creído conocer.
—Y ésta es Nymphadora...
—No me llames Nymphadora, Remus —protestó la joven bruja, estremeciéndose—. Me
llamo Tonks.
—Nymphadora Tonks, que prefiere que la llamen por su apellido —terminó Lupin.
—Tú también lo preferirías si la necia de tu madre te hubiera puesto «Nymphadora» —
farfulló Tonks.
—Y éste es Kingsley Shacklebolt. —Señaló al mago al to y negro, que inclinó la cabeza—.
Elphias Doge. —El mago de la voz jadeante asintió—. Dedalus Diggle...
—Ya nos conocemos —gritó el excitable Diggle, quitá ndose el sombrero de copa de color
violeta.
—Emmeline Vance. —Una bruja de porte majestuoso, qu e llevaba un chal verde
esmeralda, inclinó la cabeza—. Sturgis Podmore. —Un mago con la mandíbula cuadrada y
cabello grueso de color paja le guiñó un ojo—. Y He stia Jones. —Una bruja de mejillas
sonrosadas y cabello negro lo saludó con una mano desde el rincón de la tostadora.
Harry inclinó la cabeza torpemente ante cada uno de ellos a medida que se los
presentaban. Le habría gustado que no lo miraran; le parecía que, de pronto, lo habían subido
a un escenario. También se preguntaba por qué había tantos magos.
—Una sorprendente cantidad de personas se ofreciero n voluntarias para venir a buscarte
—explicó Lupin como si le hubiera leído el pensamiento; las comisuras de su boca temblaron
ligeramente.
—Sí... Bueno, cuantos más, mejor —agregó Moody en t ono misterioso—. Somos tu
guardia, Potter.
—Sólo estamos esperando que nos den la señal de que podemos marcharnos sin peligro

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
36
—dijo Lupin, y miró por la ventana de la cocina—. Nos quedan unos quince minutos.
—Estos muggles son muy limpios, ¿verdad? —comentó l a bruja que se llamaba Tonks,
que observaba a su alrededor examinando la cocina con gran interés—. Mi padre es muggle y
es un dejado. Supongo que habrá de todo, como ocurr e con los magos.
—Pues... sí —contestó Harry—. Oiga —añadió, volvién dose hacia Lupin—, ¿qué está
pasando? No he tenido noticias de nadie. ¿Qué hace Vo...?
Varios magos y brujas hicieron extraños ruidos silb antes; Dedalus Diggle volvió a
quitarse el sombrero y Moody gruñó:
—¡Silencio!
—¿Qué pasa? —preguntó Harry.
—Aquí no podemos hablar de eso, es demasiado arriesgado —dijo Moody, dirigiendo su
ojo normal hacia Harry. El mágico seguía clavado en el techo—. Maldita sea —añadió con
enojo, y se llevó una mano al ojo mágico—. Se atasca continuamente desde que lo usó aquel
canalla.
Y dicho eso se quitó el ojo, lo cual produjo un desagradable ruido de succión, como el de
un desatascador en un fregadero 47.
—Ojoloco, ya sabes que eso que estás haciendo es as queroso, ¿verdad? —comentó
Tonks con desparpajo.
—¿Me das un vaso de agua, Harry? —pidió Moody.
Harry fue hacia el lavaplatos, sacó un vaso limpio y lo llenó de agua en el fregadero, sin
dejar de sentirse atentamente observado por el grup o de magos. Sus insistentes miradas
empezaban a fastidiarlo.
—Salud —dijo Moody cuando Harry le entregó el vaso. Metió el ojo mágico en el agua y
lo empujó varias veces con un dedo; el ojo cabeceó mirando a los presentes uno por uno—.
Necesito una visibilidad de trescientos sesenta grados para el viaje de regreso.
—¿Cómo vamos a ir... a donde sea que vayamos? —preg untó Harry.
—En las escobas —contestó Lupin—. Es la única forma . Eres demasiado joven para
aparecerte, deben de estar vigilando la Red Flu y no vamos a jugárnosla 48 montando un
traslador no autorizado.
—Remus dice que vuelas muy bien —comentó Kingsley S hacklebolt con su voz grave.
—Vuela de maravilla —afirmó Lupin, que estaba mirando su reloj—. Bueno, será mejor
que subas a hacer el equipaje, Harry. Tenemos que estar preparados cuando llegue la señal.
—Voy a ayudarte —dijo Tonks alegremente.
Siguió a Harry hasta el vestíbulo y subió con él la escalera, mirando alrededor con gran
curiosidad e interés.
—Qué sitio tan raro —comentó—. Está demasiado limpi o, no sé si me entiendes. Es poco
natural. Ah, esto está mejor —añadió cuando entraron en la habitación de Harry y él encendió
la luz.
Su habitación, en efecto, estaba mucho más desorden ada que el resto de la casa.
Confinado allí durante cuatro días y de muy mal humor, Harry no se había molestado en
recoger nada. Casi todos los libros que tenía estaban esparcidos por el suelo, donde había
intentado distraerse con cada uno de ellos, pero luego los había ido dejando tirados; tampoco
había limpiado la jaula de Hedwig, que empezaba a oler mal; y su baúl estaba abierto, dejando

47 Como el de una sopapa 48 Arriesgarnos

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
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ver un revoltijo de prendas muggles y túnicas de mago desparramadas a su alrededor por el
suelo.
Harry empezó a recoger libros y los metió muy depri sa en su baúl. Tonks se detuvo
frente al armario abierto de Harry para mirar con ojo crítico la imagen que le devolvía el
espejo de la cara interna de la puerta.
—Creo que el color violeta no es el que más me favorece —comentó con aire pensativo,
tirando de un puntiagudo mechón de cabello—. ¿No cr ees que me da un aire un poco
paliducho?
—Pues... —dijo Harry mirándola por encima de la cubierta de Equipos de quidditch de
Gran Bretaña e Irlanda.
—Sí, no cabe duda —afirmó Tonks con rotundidad. A c ontinuación cerró con fuerza los
ojos dibujando una expresión crispada, como si intentara recordar algo. Un segundo más
tarde, su cabello se había vuelto de un tono rosa chicle.
—¿Cómo lo has hecho? —preguntó Harry, mirándola de hito en hito, cuando Tonks abrió
los ojos.
—Soy una metamorfomaga —contestó ella, y volvió a m irarse en el espejo, girando la
cabeza para verla desde todos los ángulos—. Quiere decir que puedo cambiar mi aspecto a mi
antojo —añadió al ver en el espejo la expresión de perplejidad de Harry, que se hallaba detrás
de ella—. Nací así. Obtuve un sobresaliente en Ocul tación y Disfraces en el curso de Auror sin
estudiar ni gota 49. Fue genial.
—¿Eres una Auror? —preguntó Harry impresionado. La carrera de cazador de magos
tenebrosos era la única que él se había planteado hacer cuando terminara los estudios en
Hogwarts.
—Sí —respondió Tonks con orgullo—. Kingsley también lo es, aunque él tiene un rango
superior. Yo sólo hace un año que terminé la carrera. Estuve a punto de suspender 50 Sigilo y
Rastreo. Soy tremendamente patosa 51; ¿no me has oído romper un plato cuando hemos
llegado?
—¿Se puede aprender a ser metamorfomago? —preguntó Harry, incorporándose, sin
acordarse en absoluto de que tenía que hacer el equipaje.
Tonks chasqueó la lengua.
—Seguro que a veces te gustaría ocultar esa cicatriz, ¿verdad?
Sus ojos buscaron la cicatriz con forma de rayo que Harry tenía en la frente.
—Sí, claro —murmuró Harry, y se dio la vuelta. No l e gustaba que la gente le mirara la
cicatriz.
—Bueno, me temo que tendrás que aprender de la form a más dura —dijo Tonks—. Hay
muy pocos metamorfomagos, y no se hacen, sino que n acen. Casi todos los magos han de
usar una varita mágica, o pociones, para alterar su aspecto. Pero debemos movernos, Harry;
se supone que estamos haciendo el equipaje —añadió con aire culpable, mirando el desorden
que había alrededor.
—Sí, sí —coincidió él, y recogió unos cuantos libros más.
—No seas tonto, iremos mucho más rápido si me encar go yo. ¡Bauleo! —gritó Tonks,
agitando su varita con un amplio movimiento sobre e l suelo. Libros, ropa, telescopio y balanza
se levantaron y volaron en tropel hacia el baúl—. N o ha quedado muy ordenado —observó
Tonks al acercarse al baúl y echar un vistazo al enmarañado interior—. Mi madre tiene una

49 Sin estudiar nada 50 Reprobar 51 Torpe

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habilidad especial para hacer que las cosas se coloquen en orden ellas solas, y hasta consigue
que los calcetines se doblen correctamente; pero yo nunca he sabido cómo lo hace. Hay que
dar una especie de coletazo 52... —Agitó la varita, esperanzada.
Uno de los calcetines de Harry dio una débil sacudida y volvió a caer sobre el desorden
del baúl.
—Bueno —dijo Tonks cerrando de golpe la tapa—, por lo menos está todo dentro. A esa
jaula tampoco le vendría mal un repaso. —Apuntó con la varita a la jaula de Hedwig—.
¡Fregotego! —Desaparecieron unas cuantas plumas y los excrement os—. Eso está un poco
mejor. Nunca he acabado de cogerle el tranquillo a 53 estos conjuros de las tareas domésticas.
Bueno, ¿lo tienes todo? ¿El caldero? ¿La escoba? ¡Caramba! ¿Tienes una Saeta de Fuego?
Tonks abrió mucho los ojos al ver la escoba que Har ry sujetaba con la mano derecha.
Aquella escoba era su orgullo y su alegría, un regalo de Sirius, una escoba de profesional.
—Y yo todavía llevo una Cometa 260 —murmuró Tonks c on envidia—. Vaya, vaya...
¿Todavía guardas la varita en los vaqueros? ¿Conservas las nalgas? Vale, nos vamos. ¡Baúl
locomotor!
El baúl de Harry se elevó unos centímetros sobre el suelo. Sosteniendo la varita como si
fuera una batuta de director de orquesta, Tonks hizo que el baúl cruzara volando la habitación
y saliera por la puerta por delante de ellos; la bruja sostenía la jaula de Hedwig con la mano
izquierda. Harry, que llevaba su escoba, la siguió por la escalera.
Entraron en la cocina y vieron que Moody ya había v uelto a ponerse el ojo, que después
de la limpieza giraba tan rápido que Harry se mareó con sólo mirarlo. Kingsley Shacklebolt y
Sturgis Podmore estaban examinando el microondas, y Hestia Jones se reía del pelapatatas 54
que había descubierto mientras hurgaba en los cajon es. Lupin estaba sellando una carta
dirigida a los Dursley.
—Excelente —dijo Lupin, levantando la cabeza al ver entrar a Tonks y a Harry—. Creo
que nos queda un minuto. Tendríamos que salir al ja rdín para estar preparados. Harry, he
dejado una carta a tus tíos diciéndoles que no se preocupen...
—No se preocuparán —aseguró Harry.
—... que estás a salvo...
—Eso sólo los deprimirá.
—... y que los verás el verano que viene.
—¿Es inevitable?
Lupin sonrió, pero no contestó a su pregunta.
—Ven aquí, muchacho —dijo Moody con brusquedad, hac iéndole señas a Harry con la
varita para que se acercara—. Tengo que desilusionarte.
—¿Que tiene que hacerme qué? —preguntó Harry nervio so.
—Un encantamiento desilusionador —explicó Moody mie ntras levantaba su varita—.
Lupin dice que tienes una capa invisible, pero no te serviría mientras volamos; esto te
disfrazará mejor. Allá vamos...
Le dio unos fuertes golpes en la coronilla, y Harry tuvo una extraña sensación, como si
Moody le hubiera aplastado un huevo en la cabeza; a continuación, notó que unos fríos hilos
recorrían su cuerpo desde el punto donde le había golpeado la varita.
—Muy bien, Ojoloco —celebró Tonks con admiración, c ontemplando la cintura de Harry.

52 Giro 53 Nunca logré aprender bien 54 Pelapapas

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Harry bajó la cabeza y se miró el cuerpo, o, mejor dicho, lo que había sido su cuerpo,
pues ya no se parecía en nada a lo que era antes. No se había vuelto invisible, sino que había
adoptado el color y la textura exactos de la cocina que tenía detrás. Por lo visto, se había
convertido en un camaleón humano.
—Vámonos —urgió Moody, y abrió la puerta trasera co n la varita para que todos salieran
al jardín perfectamente cuidado de tío Vernon—. Una noche despejada —gruñó Moody,
recorriendo el cielo con su ojo mágico—.
Habría preferido que estuviera un poco nublado. Bueno, tú —le gritó a Harry— vamos a
volar en formación cerrada. Tonks irá delante de ti, así que no te separes de su cola. Lupin te
cubrirá desde abajo. Yo iré detrás de ti. Los demás nos rodearán. No hemos de romper filas
bajo ningún concepto, ¿entendido? Si alguno de noso tros muere...
—¿Puede pasar? —preguntó Harry con aprensión, pero Moody no le hizo caso.
—... los otros que sigan volando, sin parar y sin romper filas. Si nos liquidan a todos
nosotros y tú sobrevives, Harry, la retaguardia está en estado de alerta para entrar en acción;
sigue volando hacia el este y ellos se reunirán contigo.
—No seas tan jovial, Ojoloco, o el muchacho creerá que no estamos tomándonos esto en
serio —intervino Tonks mientras ataba el baúl de Ha rry y la jaula de Hedwig a un arnés que
colgaba de su escoba.
—Sólo le explico el plan al muchacho —gruñó Moody—. Nuestra misión consiste en
entregarlo sano y salvo en el cuartel general, y si morimos en el intento...
—No va a morir nadie —terció Kingsley Shacklebolt c on su voz grave y tranquilizadora.
—¡Montad en las escobas, ésa es la primera señal! — dijo Lupin, de repente, señalando el
cielo.
Por encima de ellos, a lo lejos, una lluvia de brillantes chispas rojas había estallado entre
las estrellas. Harry las reconoció al instante: era n chispas de varita. Pasó la pierna derecha por
encima de su Saeta de Fuego, sujetó el mango con fu erza y notó que la escoba vibraba un
poco, como si estuviera deseando tanto como él emprender el vuelo una vez más.
—¡Segunda señal, vámonos! —gritó Lupin cuando de nu evo estallaron chispas, esta vez
verdes, por encima de sus cabezas.
Harry despegó con fuerza del suelo. El fresco aire nocturno le echó el pelo hacia atrás y
los pulcros y cuidados jardines de Privet Drive emp ezaron a alejarse, encogiéndose
rápidamente hasta formar un mosaico de cuadraditos verdes y negros, y la posible vista en el
Ministerio desapareció de su mente, como si aquella ráfaga de aire la hubiera hecho salir de su
cabeza. Tenía la sensación de que el corazón iba a explotarle de placer; volvía a volar, se
alejaba volando de Privet Drive, como había soñado todo el verano, regresaba a casa...
Durante unos maravillosos momentos, todos sus problemas quedaron reducidos a nada, se
volvieron insignificantes en el inmenso y estrellado cielo.
—¡Todo a la izquierda, todo a la izquierda, hay un muggle mirando hacia arriba! —gritó
de pronto Moody desde atrás. Tonks viró con brusque dad y Harry la siguió; vio cómo su baúl
oscilaba peligrosamente detrás de la escoba de la b ruja—. ¡Necesitamos más altitud!
¡Ascended cuatrocientos metros más!
El frío hizo que a Harry empezaran a llorarle los ojos a medida que seguían subiendo; en
ese momento, debajo ya no veía nada más que las mot itas de luz de las farolas y los faros de
los coches. Quizá dos de aquellos minúsculos puntos de luz fueran los faros del coche de tío
Vernon... Los Dursley debían de estar regresando a su casa, vacía ahora, rabiosos por el
inexistente Concurso de Jardines... Aquella idea hizo reír a Harry, aunque su risa quedó
apagada por el aleteo de las túnicas de los otros, los chasquidos del arnés que sujetaba su
baúl y la jaula, y el rugido del viento en sus oídos, mientras volaban a toda velocidad. Hacía un
mes que no se sentía tan vivo, tan feliz.
—¡Virando a la izquierda! —gritó Ojoloco—. ¡Pueblo al frente! —Giraron hacia la izquierda

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para evitar pasar por encima de la telaraña de luces que tenían a sus pies—. ¡Virad al sudeste
y seguid subiendo; más allá hay unas nubes bajas en las que podemos perdernos! —gritó
Moody.
—¡No nos hagas pasar entre nubes! —repuso Tonks eno jada—. ¡Vamos a quedar
empapados, Ojoloco!
Harry sintió alivio al oír decir eso, pues tenía las manos agarrotadas alrededor del mango
de la Saeta de Fuego. Lamentó no haberse puesto una chaqueta; estaba empezando a
temblar.
De vez en cuando rectificaban la trayectoria según las indicaciones de Ojoloco. Harry
entornaba al máximo los ojos frente a aquella corriente de viento helado que empezaba a
producirle dolor de oídos; sólo recordaba haber pasado tanto frío encima de una escoba en una
ocasión, durante un partido de quidditch contra Huf flepuff, en su tercer año de colegio, que
habían jugado en medio de una tormenta. La guardia de magos lo rodeaba continuamente
como aves de presa gigantes. Harry perdió la noción del tiempo: ya no sabía cuánto rato
llevaban volando, pero calculaba que por lo menos hacía una hora.
—¡Virad al sudoeste! —gritó Moody—. ¡Tenemos que ev itar la autopista!
Harry estaba tan helado que pensó con nostalgia en los secos y calentitos interiores de
los coches que circulaban por debajo; y luego, con más nostalgia aún, en cómo habría sido un
viaje con polvos flu. Quizá resultara incómodo gira r en las chimeneas, pero al menos con las
llamas no pasabas frío... Kingsley Shacklebolt describió un círculo alrededor de Harry, mientras
la calva y el pendiente 55 destellaban un poco bajo la luz de la luna... En e se momento
Emmeline Vance iba a su derecha, con la varita en la mano, girando la cabeza a derecha e
izquierda... Entonces ella también pasó volando por encima de Harry y la sustituyó Sturgis
Podmore...
—¡Deberíamos volver un instante sobre nuestros paso s, sólo para asegurarnos de que no
nos siguen! —gritó Moody.
—¿Te has vuelto loco, Ojoloco? —gritó Tonks desde d elante—. ¡Estamos todos helados
hasta el palo de la escoba! ¡Si seguimos desviándonos de nuestro camino no llegaremos ni la
semana que viene! ¡Además, ya falta poco!
—¡Ha llegado el momento de iniciar el descenso! —an unció la voz de Lupin—. ¡Tonks,
Harry, seguidme!
Harry siguió a Tonks en una caída en picado. Se dirigían hacia el grupo de luces más
grande que había visto hasta entonces, un enorme y extenso entramado de líneas relucientes
con trozos negros intercalados. Siguieron bajando hasta que Harry empezó a distinguir faros y
farolas, chimeneas y antenas de televisión. Estaba deseando llegar al suelo, aunque tenía la
impresión de que deberían descongelarlo para separa rlo de su escoba.
—¡Allá vamos! —gritó Tonks, y unos segundos más tar de había aterrizado.
Harry tomó tierra 56 justo detrás de ella y desmontó en una parcela de hierba sin cortar,
en medio de una pequeña plaza. Tonks ya había empez ado a desabrochar el arnés que
sujetaba el baúl de Harry. El chico, tembloroso, miró a su alrededor. Las sucias fachadas de los
edificios no parecían muy acogedoras; algunas tenía n los cristales de las ventanas rotos, y
éstos brillaban débilmente reflejando la luz de las farolas; la pintura de muchas puertas estaba
desconchada 57, y junto a varios portales se acumulaba la basura.
—¿Dónde estamos? —preguntó Harry, pero Lupin, en vo z baja, dijo:
—Espera un minuto.
Moody hurgaba en su capa con las nudosas manos entumecidas por el frío.

55 Aro 56 Aterrizó 57 Descascarada

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
41
—Ya lo tengo —masculló; a continuación, levantó algo que parecía un encendedor de
plata y lo accionó.
La farola más cercana hizo «pum» y se apagó. Volvió a accionar el artilugio, y se apagó
la siguiente; siguió accionándolo hasta que todas las farolas de la plaza se hubieron apagado y
la única luz que quedó fue la que procedía de unas ventanas con las cortinas echadas y la de la
luna en cuarto creciente.
—Me lo prestó Dumbledore —dijo Moody, guardándose e l apagador en el bolsillo—. Por si
algún muggle asoma la cabeza por la ventana, ¿sabes? Y ahora en marcha, deprisa.
Cogió a Harry por un brazo y lo guió por la parcela cubierta de hierba; cruzaron la calle y
subieron a la acera. Lupin y Tonks los siguieron; transportaban el baúl de Harry entre los dos e
iban flanqueados por el resto de la guardia, que llevaba las varitas en la mano.
De una de las ventanas del piso de arriba de la cas a más cercana, salía música
amortiguada. Un intenso olor a basura podrida se expandía desde el montón de bolsas de
desperdicios que había al otro lado de una verja destrozada.
—Es aquí —murmuró Moody; le puso a Harry un trozo d e pergamino en la desilusionada
mano y acercó el extremo iluminado de su varita para que pudiera ver el texto—. Léelo rápido
y memorízalo.
Harry miró el trozo de pergamino. La letra, de trazos estrechos, le resultaba vagamente
familiar. El texto rezaba:
El cuartel general de la Orden del Fénix está ubicado en el número 12 de Grimmauld
Place, en Londres.

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
42

4
El número 12 de Grimmauld Place


—¿Qué es la Orden del...? —preguntó Harry.
—¡Aquí no, muchacho! —gruñó Moody—. ¡Espera a que e stemos dentro!
Moody le arrebató a Harry el trozo de pergamino y le prendió fuego con la punta de la
varita. Mientras las llamas devoraban el mensaje, que cayó flotando al suelo, Harry volvió a
mirar las casas que había a su alrededor. Estaban delante del número 11; miró a la izquierda y
vio el número 10; a la derecha, sin embargo, estaba el número 13.
—Pero ¿dónde está...?
—Piensa en lo que acabas de memorizar —le recordó L upin con serenidad.
Harry lo pensó, y en cuanto llegó a las palabras «número 12 de Grimmauld Place», una
maltrecha puerta salió de la nada entre los números 11 y 13, y de inmediato aparecieron unas
sucias paredes y unas mugrientas ventanas. Era como si, de pronto, se hubiera inflado una
casa más, empujando a las que tenía a ambos lados y apartándolas de su camino. Harry se
quedó mirándola, boquiabierto. El equipo de música del número once seguía sonando. Por lo
visto, los muggles que había dentro no habían notado nada.
—Vamos, deprisa —gruñó Moody, empujando a Harry por la espalda.
El chico subió los desgastados escalones de piedra sin apartar los ojos de la puerta que
acababa de materializarse. La pintura negra estaba estropeada y arañada, y la aldaba de plata
tenía forma de serpiente retorcida. No había cerradura ni buzón.
Lupin sacó su varita y dio un golpe con ella en la puerta. Harry oyó unos fuertes ruidos
metálicos y algo que sonaba como una cadena. La pue rta se abrió con un chirrido.
—Entra, Harry, rápido —le susurró Lupin—, pero no t e alejes demasiado y no toques
nada.
Harry cruzó el umbral y se sumergió en la casi total oscuridad del vestíbulo. Olía a
humedad, a polvo y a algo podrido y dulzón; la casa tenía toda la pinta 58 de ser un edificio
abandonado. Miró hacia atrás y vio a los otros, que iban en fila detrás de él; Lupin y Tonks
llevaban su baúl y la jaula de Hedwig. Moody estaba de pie en el último escalón soltando l as
bolas de luz que el apagador había robado de las farolas: volvieron volando a sus bombillas y
la plaza se iluminó, momentáneamente, con una luz n aranja; entonces Moody entró
renqueando en la casa y cerró la puerta, y la oscuridad del vestíbulo volvió a ser total.
—Por aquí...
Le dio unos golpecitos en la cabeza a Harry con la varita; esta vez el muchacho sintió
que algo caliente le goteaba por la espalda y comprendió que el encantamiento desilusionador
había terminado.
—Ahora quédense todos quietos mientras pongo un poc o de luz aquí dentro —susurró
Moody.
Los murmullos de los demás le producían a Harry una extraña aprensión; era como si
acabaran de entrar en la casa de alguien que estaba a punto de morir. Oyó un débil silbido, y
entonces unas anticuadas lámparas de gas se encendi eron en las paredes y proyectaron una

58 Todo el aspecto

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luz, débil y parpadeante, sobre el despegado papel pintado y sobre la raída alfombra de un
largo y lúgubre vestíbulo, de cuyo techo colgaba una lámpara de cristal cubierta de telarañas y
en cuyas paredes lucían retratos ennegrecidos por e l tiempo que estaban torcidos. Harry oyó
algo que correteaba detrás del zócalo. Tanto la lámpara como el candelabro, que había encima
de una desvencijada mesa, tenían forma de serpiente .
Oyeron unos rápidos pasos y la madre de Ron, la señ ora Weasley, entró por una puerta
que había al fondo del vestíbulo. Corrió a recibirlos con una sonrisa radiante, aunque Harry se
fijó en que estaba mucho más pálida y delgada que l a última vez que la había visto.
—¡Oh, Harry, cuánto me alegro de verte! —susurró, y lo estrujó con un fuerte abrazo;
luego se separó un poco de él y lo examinó con ojo crítico—. Estás paliducho; necesitas
engordar un poco, pero me temo que tendrás que esperar hasta la hora de la cena. —Luego,
dirigiéndose al grupo de magos que Harry tenía detrás, la señora Weasley volvió a susurrar
con tono apremiante—: Acaba de llegar. La reunión ya ha comenzado.
Los magos emitieron ruiditos de interés y de expectación y empezaron a desfilar hacia la
puerta por la que la señora Weasley acababa de apar ecer. Harry se puso también en marcha,
siguiendo a Lupin, pero la señora Weasley lo retuvo.
—No, Harry, la reunión es sólo para miembros de la Orden. Ron y Hermione están arriba;
puedes esperar con ellos hasta que se acabe. Luego cenaremos. Y habla en voz baja en el
vestíbulo —añadió con un susurro apremiante.
—¿Por qué?
—No quiero que se despierte nada.
—¿Qué es lo que...?
—Ya te lo explicaré más tarde, ahora debo darme prisa. Tengo que asistir a la reunión,
pero antes te enseñaré dónde vas a dormir.
Se llevó un dedo a los labios y lo precedió de puntillas; pasaron por delante de un par de
largas y apolilladas cortinas, detrás de las cuales Harry supuso que debía de haber otra puerta,
y tras esquivar un gran paragüero que parecía hecho con la pierna cortada de un trol 59,
empezaron a subir la oscura escalera y pasaron junto a una hilera de cabezas reducidas
montadas en placas, colgadas en la pared. Harry las miró de cerca y vio que las cabezas eran
de elfos domésticos. Todos tenían la misma nariz en forma de hocico.
La perplejidad de Harry iba en aumento a cada paso que daba. ¿Qué demonios hacían en
una casa que parecía la del más tenebroso de los magos?
—Señora Weasley, ¿por qué...?
—Ron y Hermione te lo explicarán todo, querido. Lo siento, pero tengo mucha prisa —le
susurró la señora Weasley sin prestarle atención—. Mira —dijo cuando llegaron al segundo
rellano—, tu puerta es la de la derecha. Ya te avisaré cuando termine la reunión.
Y dicho eso, bajó apresuradamente la escalera.
Harry cruzó el lúgubre rellano, giró el pomo de la puerta, que tenía forma de cabeza de
serpiente, y abrió la puerta.
Vislumbró una habitación sombría con el techo alto y dos camas gemelas; entonces oyó
un fuerte parloteo, seguido de un chillido aún más fuerte, y su visión quedó por completo
oscurecida por una melena muy tupida. Hermione se h abía abalanzado sobre él para darle un
abrazo que casi lo derribó, mientras que la pequeña lechuza de Ron, Pigwidgeon, volaba
describiendo círculos, muy agitada, por encima de s us cabezas.
—¡Harry! ¡Ron, ha venido Harry! ¡No te hemos oído l legar! ¿Cómo estás? ¿Estás bien?
¿Estás enfadado con nosotros? Seguro que sí, ya sé que en nuestras cartas no te contábamos

59 Monstruo

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
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nada, pero es que no podíamos, Dumbledore nos hizo jurar que no te diríamos nada, oh, tengo
tantas cosas que contarte, y tú también... ¡Los Dementores! Cuando nos enteramos, y lo de la
vista del Ministerio... es indignante. He estado buscando información y no pueden expulsarte,
no pueden hacerlo, lo estipula el Decreto para la m oderada limitación de la brujería en
menores de edad en situaciones de amenaza para la vida...
—Déjalo respirar, Hermione —dijo Ron, sonriendo, al mismo tiempo que cerraba la
puerta detrás de Harry. Había crecido varios centímetros durante el mes que habían pasado
separados, y ahora parecía más larguirucho y desgarbado que nunca, aunque la larga nariz, el
reluciente cabello pelirrojo y las pecas no habían cambiado.
Hermione, todavía radiante, soltó a Harry, y antes de que pudiera decir nada más se oyó
un suave zumbido y una cosa blanca salió volando de lo alto de un oscuro armario y se posó
con suavidad en el hombro de Harry.
—¡Hedwig!
La lechuza, blanca como la nieve, hizo un ruidito seco con el pico y le dio unos cariñosos
golpecitos con él en la oreja, mientras Harry le acariciaba las plumas.
—Estaba muy enfadada —explicó Ron—. Nos mató a pico tazos cuando nos trajo tus
últimas cartas, mira esto...
Le enseñó a Harry el dedo índice de la mano derecha, donde tenía un corte ya casi
curado pero profundo.
—¡Oh, vaya! —exclamó Harry—. Lo siento, pero quería respuestas...
—Y nosotros queríamos dártelas, Harry —dijo Ron—. H ermione estaba volviéndose loca,
no paraba de decir que harías alguna tontería si seguías aislado y solo sin noticias, pero
Dumbledore nos hizo...
—...jurar que no me contarían nada —acabó Harry—. S í, Hermione ya me lo ha dicho.
Una cosa fría que salía del fondo de su estómago apagó el cálido sentimiento que había
prendido en su interior al ver a sus dos mejores amigos. De pronto, pese a que llevaba un mes
deseando verlos, sintió que habría preferido que Ron y Hermione lo dejaran en paz.
Se produjo un tenso silencio durante el cual Harry siguió acariciando a Hedwig
mecánicamente, sin mirar a los otros.
—Por lo visto, Dumbledore creía que eso era lo mejo r —aclaró Hermione con ansiedad.
—Ya 60 —dijo Harry. Se fijó en que las manos de Hermione también tenían las marcas del
pico de Hedwig, pero no lo lamentó.
—Creo que pensaba que donde estabas más seguro era con los muggles... —empezó a
decir Ron.
—¿Ah, sí? —se extrañó Harry, arqueando las cejas—. ¿Os han atacado unos Dementores
a alguno de vosotros este verano?
—Pues no, pero por eso ordenó que fueras vigilado t odo el tiempo por miembros de la
Orden del Fénix...
Harry notó un gran vacío en el estómago, como si ba jara por una escalera y se hubiera
saltado un escalón. De modo que todo el mundo sabía que estaban vigilándolo, menos él.
—Pues no ha funcionado muy bien, ¿no crees? —dijo H arry, haciendo todo lo posible para
no alterar la voz—. Al fin y al cabo he tenido que cuidarme yo solito, ¿no?
—Dumbledore estaba furioso —comentó Hermione con un a voz casi atemorizada—.
Nosotros lo vimos. Cuando se enteró de que Mundungus había abandonado su puesto antes de

60 Está bien

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
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que terminara su turno... Daba miedo verlo.
—Pues mira, me alegro de que se marchara —replicó Harry con frialdad—. Si se hubiera
quedado, yo no habría hecho magia y seguramente Dum bledore me habría dejado en Privet
Drive todo el verano.
—¿No estás..., no estás preocupado por la vista del Ministerio de la Magia? —preguntó
Hermione con voz queda.
—No —mintió Harry desafiante.
Se apartó de ellos, mirando alrededor, con Hedwig acurrucada en su hombro, pero
aquella habitación no era lo más apropiado para sub irle la moral. Era húmeda y oscura. Un
lienzo en blanco con un marco decorado era lo único que alegraba la desnudez de las
desconchadas paredes, y cuando Harry pasó por delante de él le pareció oír a alguien que,
escondido, reía por lo bajo.
—¿Y se puede saber por qué Dumbledore tenía tanto interés en mantenerme escondido?
—preguntó Harry, que seguía intentando controlar su voz y adoptar un tono despreocupado—.
¿Se molestaron en preguntárselo, por casualidad?
Levantó la cabeza justo a tiempo para ver cómo sus amigos intercambiaban una mirada
que significaba que estaba comportándose como ellos habían imaginado. Eso no ayudó a
mejorar su estado de ánimo.
—Le dijimos a Dumbledore que queríamos contarte lo que estaba pasando —contestó
Ron—. Se lo dijimos, Harry. Pero ahora Dumbledore está muy ocupado, sólo lo hemos visto
dos veces desde que vinimos aquí, y no tenía mucho tiempo para nosotros; nos hizo jurar que
no te contaríamos nada importante cuando te escribiéramos. Dijo que las lechuzas podían ser
interceptadas.
—De todos modos habría podido mantenerme informado si se lo hubiera propuesto —
replicó Harry de manera cortante—. No irás a decirme que no conoce formas de enviar
mensajes sin lechuzas, ¿no?
Hermione miró a Ron y dijo:
—Yo también lo pensé. Pero él no quería que supieras nada.
—Quizá piense que no se puede confiar en mí —dijo H arry, observando con atención sus
expresiones.
—No seas idiota —contestó Ron, que parecía muy desconcertado.
—O que no sé cuidar de mí mismo.
—¡Claro que no piensa nada de eso! —exclamó Hermion e agitada.
—¿Entonces por qué tenía que quedarme en casa de lo s Dursley mientras vosotros dos
participabais en todo lo que estaba pasando aquí? —preguntó Harry; las palabras salieron
atropelladamente de su boca, y a medida que las pro nunciaba, el volumen de su voz iba
aumentando—. ¿Por qué vosotros dos estáis al corriente de lo que está ocurriendo?
—¡Eso no es cierto! —lo interrumpió Ron—. Mamá no n os deja acercarnos a las
reuniones; dice que somos demasiado pequeños...
Pero sin poder contenerse más, Harry se puso a gritar.
—¡AH, YA!, NO HABÉIS ESTADO EN LAS REUNIONES, ¡QUÉ BIEN! PERO HABÉIS ESTADO
AQUÍ, ¿VERDAD? ¡HABÉIS ESTADO JUNTOS! ¡YO, EN CAMBI O, LLEVO UN MES ATRAPADO EN
CASA DE LOS DURSLEY! ¡Y YO HE HECHO COSAS MUCHO MÁS IMPORTANTES QUE VOSOTROS
DOS, Y DUMBLEDORE LO SABE! ¿QUIÉN SALVÓ LA PIEDRA FILOSOFAL? ¿QUIÉN SE DESHIZO
DE RIDDLE? ¿QUIÉN OS SALVÓ LA VIDA CUANDO OS ATACAR ON LOS DEMENTORES?
Harry soltó todos y cada uno de los amargos y resentidos pensamientos que había tenido

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
46
durante el último mes: su frustración ante la ausencia de noticias, la ofensa que le producía
saber que todos habían estado juntos sin él, la rabia que experimentaba porque habían estado
vigilándolo y nadie se lo había dicho... Todos los sentimientos de los que se avergonzaba a
medias se desbordaron por fin. Hedwig se asustó con el ruido y voló hasta lo alto del arm ario;
Pigwidgeon, alarmada, gorjeó y empezó a volar aún más deprisa p or encima de sus cabezas.
—¿QUIÉN TUVO QUE PASAR POR DELANTE DE DRAGONES Y ES FINGES Y DE TODO TIPO
DE BICHOS REPUGNANTES EL AÑO PASADO? ¿QUIÉN VIO QUE ÉL HABÍA REGRESADO?
¿QUIÉN TUVO QUE HUIR DE ÉL? ¡YO!
Ron estaba allí plantado con la boca abierta, atónito y sin saber qué decir, mientras que
Hermione parecía a punto de llorar.
—PERO ¿POR QUÉ TENÍA QUE SABER YO LO QUE ESTABA PAS ANDO? ¿POR QUÉ IBA A
MOLESTARSE ALGUIEN EN CONTARME LO QUE SUCEDÍA?
—Harry, nosotros queríamos contártelo, de verdad... —empezó Hermione.
—NO CREO QUE ESO OS PREOCUPARA MUCHO, PORQUE SI NO ME HABRÍAIS ENVIADO
UNA LECHUZA, PERO CLARO, DUMBLEDORE OS HIZO JURAR...
—Es verdad, Harry, nos...
—HE PASADO CUATRO SEMANAS CONFINADO EN PRIVET DRIVE , ROBANDO
PERIÓDICOS DE LOS CUBOS DE BASURA PARA VER SI ME ENTERABA DE LO QUE ESTABA
PASANDO...
—Nosotros queríamos...
—SUPONGO QUE OS HABRÉIS REÍDO DE LO LINDO, ¿VERDAD? , AQUÍ ESCONDIDOS,
JUNTITOS...
—No, Harry, en serio...
—¡Lo sentimos mucho, Harry! —dijo Hermione desesperada; tenía los ojos bañados en
lágrimas—. Tienes toda la razón. ¡Yo también estaría furiosa si me hubiera pasado a mí!
Harry la fulminó con la mirada, respirando entrecor tadamente; luego volvió a apartarse
de ellos y se puso a dar vueltas por la habitación. Hedwig ululó con tristeza desde lo alto del
armario. Hubo una larga pausa, sólo interrumpida po r el lastimero crujido de las tablas de
madera bajo los pies de Harry.
—A ver, ¿qué es esta casa? —preguntó.
—El cuartel general de la Orden del Fénix —contestó Ron de inmediato.
—-¿Y piensa alguien decirme qué demonios es la Orde n del Fénix?
—Es una sociedad secreta —se apresuró a responder H ermione—. La dirige Dumbledore;
él fue quien la fundó. La forman los que lucharon contra Quien-tú-sabes 61 la última vez.
—¿Quiénes? —inquirió Harry, y se detuvo con las man os metidas en los bolsillos.
—Bastante gente...
—Nosotros hemos conocido a unos veinte —le contó Ro n—, pero creemos que son más.
—¿Y bien? —preguntó Harry, mirándolos con atención.
—Esto 62... —dijo Ron—. ¿Qué?
—¡Voldemort! —exclamó Harry enfurecido, y Ron y Her mione hicieron una mueca de
dolor—. ¿Qué pasa? ¿Qué está tramando? ¿Dónde está? ¿Qué vamos a hacer para detenerlo?

61 El Innombrable 62 Este...

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
47
—Ya te lo hemos dicho, la Orden no nos deja participar en sus reuniones —comentó
Hermione, nerviosa—. Así que no tenemos muchos deta lles; pero sí una idea general —se
apresuró a añadir al fijarse en la expresión de los ojos de Harry.
—Verás, Fred y George han inventado unas orejas ext ensibles —explicó Ron—Son muy
útiles.
—¿Orejas...?
—Extensibles, sí. Pero últimamente hemos tenido que dejar de usarlas porque mamá nos
descubrió y se puso hecha una fiera. Fred y George tuvieron que esconderlas todas para que
mamá no las tirara a la basura. Pero las usamos bastante antes de que mamá se diera cuenta
de lo que estábamos haciendo. Ahora sabemos que alg unos miembros de la Orden están
siguiendo a unos conocidos mortífagos, están vigilándolos...
—Otros se dedican a reclutar a más gente para la Or den... —intervino Hermione.
—Y otros montan guardia no sé dónde —concluyó Ron—. Siempre están hablando de las
guardias.
—No será que me vigilan a mí, ¿verdad? —dijo Harry con sarcasmo.
—¡Ah, claro! —aseguró Ron como si acabara de compre nderlo.
Harry soltó un bufido. Se puso a pasear de nuevo por la habitación, mirando a cualquier
sitio menos a Ron y a Hermione.
—Entonces, ¿qué habéis estado haciendo vosotros dos , si no os dejaban entrar en las
reuniones? —preguntó—. Decíais que estabais muy ocupados.
—Y lo estábamos —contestó Hermione—. Hemos desconta minado esta casa; llevaba
muchos años vacía y se había criado de todo. Hemos conseguido limpiar a fondo la cocina, casi
todos los dormitorios y creo que mañana nos toca el sa... ¡Aaaaah!
Con dos fuertes estampidos, Fred y George, los herm anos gemelos de Ron, se habían
materializado de la nada en medio de la habitación. Pigwidgeon gorjeó, más alterada que las
otras veces, y echó a volar para reunirse con Hedwi g en lo alto del armario.
—¡Parad de hacer eso! —ordenó Hermione a los gemelo s, que tenían el mismo cabello
pelirrojo que Ron, aunque más tupido y ligeramente más corto.
—¡Hola, Harry! —lo saludó George con una radiante s onrisa—. Nos pareció oír tu dulce
voz.
—No reprimas tu rabia, Harry, suéltalo todo —le aco nsejó Fred, también sonriente—.
Quizá haya una o dos personas a ochenta kilómetros de aquí que no te han oído.
—Veo que habéis aprobado los exámenes de Aparición —comentó Harry malhumorado.
—Con muy buena nota —confirmó Fred, que tenía en la mano una cosa que parecía un
trozo de cuerda muy largo de color carne.
—Habríais tardado unos treinta segundos más si hubierais bajado por la escalera —dijo
Ron.
—El tiempo es galeones 63, hermanito —repuso Fred—. Bueno, Harry, estás dificultando la
recepción. Éstas son las orejas extensibles —añadió ante la expresión de desconcierto de
Harry, y le mostró la cuerda que tenía en la mano y que, según vio Harry, empezó a
arrastrarse hasta el rellano—. Estamos intentando oír lo que pasa abajo.
—Tened mucho cuidado —les recomendó Ron mirando la oreja—; si mamá vuelve a
encontrar una de ésas...
—Vale la pena correr el riesgo; la reunión de hoy es importante —dijo Fred.

63 Galleons

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
48
Entonces se abrió la puerta y por ella entró una larga cabellera pelirroja.
—¡Hola, Harry! —saludó alegremente la hermana peque ña de Ron, Ginny—. Me pareció
oír tu voz. —Miró a Fred y a George, y añadió—: No vais a conseguir nada con las orejas
extensibles. Mamá le ha hecho un encantamiento de impasibilidad a la puerta de la cocina.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó George alicaído.
—Tonks me ha explicado cómo descubrirlo —le contó G inny—. Sólo tienes que lanzar
algo contra la puerta, y si no logra hacer contacto quiere decir que la han impasibilizado. He
estado lanzándole bombas fétidas desde lo alto de l a escalera, pero salían despedidas antes de
tocarla, de modo que no hay forma de que las orejas extensibles puedan pasar por debajo.
Fred exhaló un hondo suspiro.
—¡Qué lástima! Estaba deseando averiguar qué ha est ado haciendo Snape.
—¡Snape! —saltó Harry—. ¿Está aquí?
—Sí —contestó George, que cerró la puerta con cuidado y se sentó en una de las camas;
Fred y Ginny lo siguieron—. Ha venido a dar parte 64. Es confidencial.
—¡Imbécil! —exclamó Fred sin darse cuenta.
—Ahora está en nuestro bando —le recordó Hermione e n tono reprobatorio.
—Eso no significa que no sea un imbécil. Basta con ver cómo nos mira —opinó Ron,
soltando un bufido.
—A Bill tampoco le cae bien —intervino Ginny, como si eso zanjara el asunto.
Harry todavía no estaba seguro de que se le hubiera pasado el enfado, pero su sed de
información estaba venciendo el impulso de seguir g ritando. Se dejó caer en una cama,
enfrente de los demás.
—¿Bill también está aquí? —preguntó—. ¿No estaba trabajando en Egipto?
—Solicitó un puesto de oficinista para poder volver a casa y colaborar con la Orden —
aclaró Fred—. Dice que echa de menos las tumbas, pe ro —compuso una sonrisita de
suficiencia— esto tiene sus compensaciones.
—¿Qué quieres decir?
—¿Te acuerdas de Fleur Delacour? —dijo George—. Ha aceptado un empleo en Gringotts
para «pegfeccionag» su inglés...
—Y Bill le ha dado un montón de clases particulares —añadió Fred con tono burlón.
—Charlie también ha entrado en la Orden —prosiguió George—, pero todavía está en
Rumania. Dumbledore quiere que entren en la Orden t odos los magos extranjeros que sea
posible, y Charlie intenta captarlos en sus días libres.
—¿Eso no podía hacerlo Percy? —preguntó Harry. La u ltima noticia que tenía del tercero
de los hermanos Weasley era que trabajaba en el Dep artamento de Cooperación Mágica
Internacional del Ministerio de La Magia.
Al oír las palabras de Harry, los Weasley y Hermione intercambiaron miradas cómplices y
llenas de misterio.
—Pase lo que pase, no menciones a Percy delante de mis padres —advirtió Ron a Harry
con voz tensa.
—¿Por qué no?
—Porque cada vez que alguien nombra a Percy, papá rompe lo que tenga en las manos y

64 Un informe

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
49
mamá se pone a llorar —contestó Fred.
—Ha sido espantoso —añadió Ginny con tristeza.
—Me parece que nos hemos librado de él —dijo George con una expresión muy
desagradable en la cara.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Harry.
—Percy y papá discutieron —comenzó Fred—. Nunca había visto a papá discutir así con
nadie. Normalmente es mamá la que grita.
—Fue la primera semana después de terminar el curso 65 —continuó Ron—. Estábamos a
punto de venir a reunirnos con los de la Orden. Percy llegó a casa y nos dijo que lo habían
ascendido.
—¿Bromeas? —dijo Harry.
Aunque sabía que Percy era una persona muy ambicios a, tenía la impresión de que el
hermano de Ron no había logrado mucho éxito con su primer empleo en el Ministerio de la
Magia. Percy había cometido el grave descuido de no darse cuenta de que su jefe estaba en
manos de lord Voldemort (pese a que en el Ministeri o nadie lo habría creído, pues todos
pensaban que el señor Crouch se había vuelto loco).
—Sí, a todos nos sorprendió —afirmó George—, porque Percy se metió en un buen lío por
lo de Crouch, y hubo una investigación y todo. Dijeron que Percy debería haberse dado cuenta
de que Crouch estaba chiflado y que habría tenido q ue informar a algún superior. Pero ya
conoces a Percy: Crouch lo había dejado al mando, y él no iba a protestar.
—Entonces, ¿cómo es que lo han ascendido?
—Eso fue exactamente lo que nos preguntamos nosotro s —respondió Ron, que parecía
encantado de poder mantener una conversación normal ya que Harry había parado de gritar—.
Llegó a casa muy satisfecho de sí mismo, más satisfecho incluso de lo habitual, no sé si podrás
imaginártelo; y le dijo a papá que le habían ofrecido un cargo en la oficina del propio Fudge.
Un cargo muy importante para tratarse de alguien qu e sólo hacía un año que había salido de
Hogwarts: asistente junior del ministro. Creo que e speraba que papá se quedara muy
impresionado.
—Pero papá no se quedó nada impresionado —comentó F red con gravedad.
—¿Por qué no? —preguntó Harry.
—Verás, por lo visto Fudge se pasea hecho una furia por el Ministerio vigilando que nadie
tenga ningún contacto con Dumbledore —explicó Georg e.
—Es que últimamente Dumbledore no está muy bien vis to en el Ministerio —agregó
Fred—. Todos creen que sólo causa problemas al decir que Quien-tú-sabes ha regresado.
—Papá dice que Fudge ha dejado muy claro que todo e l que tenga algo que ver con
Dumbledore ya puede ir vaciando su mesa —dijo George.
—El problema es que Fudge sospecha de papá, pues sa be que se lleva bien con
Dumbledore, y siempre ha creído que papá es un poco raro por su obsesión con los muggles.
—Pero ¿eso qué tiene que ver con Percy? —preguntó H arry confundido.
—A eso quería llegar. Papá cree que Fudge sólo quiere tener a Percy en su oficina porque
pretende utilizarlo para espiar a nuestra familia y a Dumbledore.
Harry emitió un débil silbido.
—Me imagino que eso a Percy le encantó.

65 Las clases

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
50
Ron soltó una risa un tanto sarcástica.
—Se puso hecho una fiera. Dijo... Bueno, dijo un montón de cosas terribles. Dijo que
había tenido que luchar contra la mala reputación de papá desde que entró a trabajar en el
Ministerio, y que papá no tiene ambición y que por eso siempre hemos sido... Bueno, ya
sabes, que por eso nunca hemos tenido mucho dinero...
—¿Qué? —se extrañó Harry, incrédulo, mientras Ginny hacía un ruido de gato enfadado.
—Ya, ya —musitó Ron con un hilo de voz—. Y eso no e s todo. Dijo que papá era un idiota
por relacionarse con Dumbledore, que Dumbledore iba a tener graves problemas y papá se iba
a hundir con él, y que él, Percy, sabía dónde estaba su lealtad: con el Ministerio. Y que si papá
y mamá iban a convertirse en traidores al Ministeri o, él pensaba asegurarse de que todo el
mundo supiera que ya no pertenecía a nuestra familia. Hizo el equipaje aquella misma noche y
se marchó. Ahora vive aquí, en Londres.
Harry maldijo por lo bajo. Percy siempre había sido el que menos le gustaba de todos los
hermanos de Ron, pero jamás habría imaginado que pu diera decirle semejantes cosas al señor
Weasley.
—Mamá lo ha pasado muy mal —prosiguió Ron—. Ya te i maginas, llorando y eso. Vino a
Londres para intentar hablar con Percy, pero él le cerró la puerta en las narices. No sé qué
hace Percy cuando se encuentra a papá en el trabajo , supongo que ignorarlo.
—Pero Percy tiene que saber que Voldemort ha regres ado —opinó Harry—. No es idiota,
tiene que saber que vuestros padres no se expondrían a perderlo todo si no tuvieran pruebas.
—Sí, bueno, tu nombre también salió en la discusión —siguió explicando Ron, y le lanzó a
Harry una mirada furtiva—. Percy dijo que la única prueba que tenían era tu palabra, y..., no
sé..., no creía que eso fuera suficiente.
—Percy se toma muy en serio todo lo que dice El Profeta —añadió Hermione con
aspereza, y los demás asintieron.
—¿De qué estás hablando? —quiso saber Harry, mirand o alrededor. Todos lo observaban
con recelo.
—¿No..., no recibías El Profeta? —preguntó Hermione, nerviosa.
—¡Sí, claro! —respondió Harry.
—¿Lo has... leído bien? —insistió ella, aún más ner viosa.
—No de cabo a rabo —confesó Harry, poniéndose a la defensiva—. Si tenían que informar
de algo relacionado con Voldemort, lo harían en la primera plana, ¿no?
Los otros hicieron una mueca de dolor al oír aquel nombre. Hermione prosiguió:
—Bueno, tendrías que haberlo leído de cabo a rabo p ara pillarlo 66, pero... Bueno, el caso
es que te mencionan un par de veces por semana.
—Pero yo lo habría visto...
—Si sólo leías la primera plana no —dijo Hermione, moviendo negativamente la cabeza—
. No estoy hablando de grandes artículos. Sólo te i ncluían de pasada, como si fueras un
personaje de chiste.
—¿Qué demonios...?
—Es muy desagradable, la verdad —prosiguió Hermione con una voz que denotaba una
calma forzada—. Están siguiendo los pasos de Rita.
—Pero ella ya no escribe para el periódico, ¿verdad?

66 Enterarte

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
51
—Oh, no, Rita ha cumplido su promesa. Porque no tiene alternativa, claro —añadió
Hermione con satisfacción—. Pero ella sentó las bases de lo que ellos intentan hacer ahora.
—¿Y se puede saber qué intentan hacer? —preguntó Ha rry, impaciente.
—Bueno, ya sabes que en sus artículos decía que te habías derrumbado por completo y
que ibas por ahí diciendo que te dolía la cicatriz y todo eso, ¿no?
—Sí —dijo Harry, que recordaba a la perfección las historias que Rita Skeeter había
contado de él.
—Pues ahora te describen como un pobre iluso que sólo quiere llamar la atención y que
se cree un gran héroe trágico o algo así —explicó Hermione, muy deprisa, como si de esa
forma sus palabras fueran a dolerle menos a su amig o—. No paran de incluir comentarios
insidiosos sobre ti. Si aparece alguna historia rocambolesca 67, dicen algo como: «Una historia
digna de Harry Potter», y si alguien sufre un accid ente divertido, escriben: «Esperemos que no
le quede una cicatriz en la frente, o luego tendrem os que idolatrarlo como a...»
—Yo no quiero que me idolatren... —saltó Harry acal orado.
—Ya lo sé —lo interrumpió Hermione, asustada—. Ya l o sé, Harry. Pero ¿no ves lo que
están haciendo? Quieren minar tu credibilidad. Me apuesto algo a que Fudge está detrás de
todo esto. Quieren hacer creer a los magos de a pie que no eres más que un niño estúpido, un
poco ridículo, que va por ahí contando cuentos chinos porque le gusta ser famoso y quiere que
se hable de él.
—Yo nunca he buscado... Yo no quería... ¡Voldemort mató a mis padres! —farfulló
Harry—. ¡Me hice famoso porque él mató a mi familia y porque no consiguió matarme a mí!
¿Quién va a querer ser famoso por algo así? ¿No se dan cuenta de que preferiría no haber...?
—Ya lo sabemos, Harry—dijo Ginny de todo corazón.
—Y como es lógico no han mencionado ni una sola pal abra del ataque de los Dementores
—añadió Hermione—. Alguien se lo ha prohibido. Y es o sí habría sido una historia sonada:
Dementores sueltos... Ni siquiera han informado de que violaste el Estatuto Internacional del
Secreto. Creíamos que lo harían, porque eso encaja perfectamente con esa imagen de ti, de
fanfarrón estúpido. Creemos que están aguardando el momento de tu expulsión; entonces se
van a poner las botas... Si te expulsan, claro —especificó—. Pero no deberían echarte; si se
atienen a sus propias normas no pueden hacerlo, no tienen argumentos.
Había vuelto a salir el tema de la vista, y Harry no quería pensar en eso. Intentó hablar
de otra cosa, pero no hizo falta que buscara nuevos temas de conversación porque en ese
instante se oyeron pasos que subían por la escalera.
—¡Oh!
Fred le dio un fuerte tirón a la oreja extensible; se oyó otro estampido, y él y George se
desaparecieron. Pasados unos segundos, la señora We asley entró por la puerta del dormitorio.
—La reunión ha terminado, ya podéis bajar a cenar. Todos se mueren de ganas de verte,
Harry. Por cierto, ¿quién ha dejado esas bombas fétidas frente a la puerta de la cocina?
—Crookshanks —dijo Ginny descaradamente—. Le encanta jugar con e llas.
—¡Ah! —dijo la señora Weasley—. Creía que quizá hub iera sido Kreacher; siempre está
haciendo cosas raras. Bueno, no olvidéis bajar la voz cuando paséis por el vestíbulo. Ginny,
llevas las manos sucias, ¿qué has estado haciendo? Ve y lávatelas antes de cenar, por favor.
Ginny sonrió a los otros y salió con su madre de la habitación, dejando solos a Harry,
Ron y Hermione. Ron y Hermione se quedaron mirando a Harry con aprensión, como si
temieran que empezara a gritar de nuevo ahora que se habían ido los demás. Al verlos tan
nerviosos, Harry se sintió un poco avergonzado.

67 Fantasiosa

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—Mirad... —masculló, pero Ron negó con la cabeza, y Hermione dijo en voz baja:
—Ya sabíamos que te enfadarías, Harry, no te culpam os de nada, de verdad, pero tienes
que entenderlo, nosotros intentamos persuadir a Dumbledore...
—Sí, ya lo sé —dijo Harry de manera cortante. Buscó un tema de conversación que no
estuviera relacionado con el director del colegio, porque cada vez que pensaba en Dumbledore
le hervía la sangre.
—¿Quién es Kreacher? —preguntó.
—El elfo doméstico que vive aquí —contestó Ron—. Un auténtico chiflado.
Hermione miró a Ron frunciendo el entrecejo.
—No es ningún chiflado, Ron.
—Su única ambición es que le corten la cabeza y la coloquen en una placa, como hicieron
con su madre —repuso Ron con enojo—. ¿Te parece eso normal, Hermione?
—Bueno, mira, si es un poco raro, él no tiene la culpa.
Ron miró al techo y luego a Harry.
—Hermione todavía anda liada con el PEDDO.
—¡No lo llames así! —protestó Hermione con indignac ión—. Es la pe, e, de, de, o,
Plataforma Élfica de Defensa de los Derechos Obreros. Y no soy sólo yo, Dumbledore también
dice que hemos de ser amables con Kreacher.
—Vale, vale —admitió Ron—. Vamos, estoy muerto de h ambre.
Salió seguido de sus amigos y fueron hasta el rellano, pero antes de que empezaran a
bajar la escalera...
—¡Un momento! —dijo Ron por lo bajo, y extendió un brazo para impedir que Harry y
Hermione siguieran caminando—. Todavía están en el vestíbulo, quizá oigamos algo.
Se asomaron con cautela por encima del pasamanos. E l lúgubre vestíbulo que había
debajo estaba abarrotado de magos y de brujas, entre ellos la guardia de Harry. Susurraban
con emoción. En el centro del grupo, Harry vio la oscura y grasienta cabeza y la prominente
nariz del profesor de Hogwarts que menos le gustaba : el profesor Snape. Harry se inclinó un
poco más sobre el pasamanos. Le interesaba mucho sa ber qué hacía Snape en la Orden del
Fénix...
En ese instante un delgado trozo de cuerda de color carne descendió ante los ojos de
Harry. Miró hacia arriba y vio a Fred y a George en el rellano superior, bajando con cuidado la
oreja extensible hacia el oscuro grupo de gente que había abajo. Pero, al cabo de un
momento, todos empezaron a desfilar hacia la puerta de la calle y se perdieron de vista.
—¡Maldita sea! —oyó Harry susurrar a Fred mientras recogía de nuevo la oreja
extensible.
Oyeron también cómo se abría la puerta de la calle, y luego cómo se cerraba.
—Snape nunca come aquí —le dijo Ron a Harry en voz baja—. Por suerte. ¡Vamos!
—Y no olvides hablar en voz baja en el vestíbulo, Harry —le susurró Hermione.
Cuando pasaban por delante de la hilera de cabezas de elfos domésticos colgadas en la
pared, vieron a Lupin, a la señora Weasley y a Tonks junto a la puerta de la calle, cerrando
mediante magia los numerosos cerrojos y cerraduras en cuanto los restantes magos hubieron
salido.
—Comeremos en la cocina —susurró la señora Weasley al reunirse con ellos al pie de la
escalera—. Harry, querido, si quieres cruzar el vestíbulo de puntillas, es esa puerta de ahí...

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¡PATAPUM!
—¡Tonks! —gritó la señora Weasley, exasperada, y se dio la vuelta para mirar a la bruja.
—¡Lo siento! —gimoteó Tonks, que estaba tumbada en el suelo—. Es ese ridículo
paragüero, es la segunda vez que tropiezo con...
Pero sus últimas palabras quedaron sofocadas por un espantoso, ensordecedor y
espeluznante alarido.
Las apolilladas cortinas de terciopelo en que Harry se había fijado al llegar a la casa se
habían separado, pero no había ninguna puerta detrá s de ellas. Durante una fracción de
segundo, Harry creyó que estaba mirando por una ventana, una ventana detrás de la cual una
anciana con una gorra negra gritaba sin parar, como si estuvieran torturándola; pero entonces
cayó en la cuenta de que no era más que un retrato de tamaño natural, aunque el más realista
y desagradable que había visto en su vida.
La anciana echaba espuma por la boca, sus ojos gira ban descontrolados y tenía la
amarillenta piel de la cara tensa y tirante; los otros retratos que había en el vestíbulo detrás
de ellos despertaron y empezaron a chillar también, hasta tal punto que Harry cerró con fuerza
los ojos y se tapó las orejas con las manos para protegerse del ruido.
Lupin y la señora Weasley fueron corriendo hacia el retrato e intentaron cerrar las
cortinas y tapar a la anciana, pero no podían con ellas y la anciana cada vez gritaba más fuerte
y movía sus manos como garras; parecía que intentab a arañarles la cara.
—¡Cerdos! ¡Canallas! ¡Subproductos de la inmundicia y de la cochambre! ¡Mestizos,
mutantes, monstruos, fuera de esta casa! ¿Cómo os a trevéis a contaminar la casa de mis
padres?
Tonks seguía disculpándose por su torpeza mientras levantaba la enorme y pesada
pierna de trol del suelo; la señora Weasley desistió de su intento de cerrar las cortinas y echó
a correr por el vestíbulo, haciéndoles hechizos atu rdidores a los otros retratos con su varita; y
un hombre de largo cabello negro salió disparado po r una puerta que Harry tenía enfrente.
—¡Cállate, vieja arpía! ¡Cállate! —bramó, y agarró la cortina que la señora Weasley
acababa de soltar.
La anciana palideció de golpe.
—¡Tú! —rugió, mirando con los ojos como platos a aq uel hombre—. ¡Traidor, engendro,
vergüenza de mi estirpe!
—¡Te digo que te calles! —le gritó el hombre, y haciendo un esfuerzo descomunal, Lupin
y él consiguieron cerrar las cortinas.
Cesaron los gritos de la anciana, y aunque todavía resonaba su eco, el silencio fue
apoderándose del vestíbulo.
Jadeando ligeramente y apartándose el largo y negro cabello de la cara, Sirius, el padrino
de Harry, se dio la vuelta.
—Hola, Harry —lo saludó con gravedad—. Veo que ya h as conocido a mi madre.

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5
La Orden del Fénix


-¿Tu...?
—Sí, mi querida y anciana madre —afirmó Sirius—. Ll evamos un mes intentando bajarla,
pero creemos que ha hecho un encantamiento de prese ncia permanente en la parte de atrás
del lienzo. Rápido, vamos abajo antes de que despierten todos otra vez.
—Pero ¿qué hace aquí un retrato de tu madre? —pregu ntó Harry, desconcertado,
mientras salían por una puerta del vestíbulo y bajaban un tramo de estrechos escalones de
piedra seguidos de los demás.
—¿No te lo ha dicho nadie? Ésta era la casa de mis padres —respondió Sirius—. Pero yo
soy el único Black que queda, de modo que ahora es mía. Se la ofrecí a Dumbledore como
cuartel general; es lo único medianamente útil que he podido hacer.
Harry, que esperaba un recibimiento más caluroso, s e fijó en lo dura y amarga 68 que
sonaba la voz de Sirius. Siguió a su padrino hasta el final de la escalera y por una puerta que
conducía a la cocina del sótano.
La cocina, una estancia 69 grande y tenebrosa con bastas paredes de piedra, n o era
menos sombría que el vestíbulo. La poca luz que había procedía casi toda de un gran fuego
que prendía 70 al fondo de la habitación. Se vislumbraba una nube de humo de pipa suspendida
en el aire, como si allí se hubiera librado una bat alla, y a través de ella se distinguían las
amenazadoras formas de unos pesados cacharros que c olgaban del oscuro techo. Habían
llevado muchas sillas a la cocina con motivo de la reunión, y estaban colocadas alrededor de
una larga mesa de madera cubierta de rollos de perg amino, copas, botellas de vino vacías y un
montón de algo que parecían trapos. La señora Weasl ey y su hijo mayor, Bill, hablaban en voz
baja, con las cabezas juntas, en un extremo de la mesa.
La señora Weasley carraspeó. Su marido, un hombre d elgado y pelirrojo que estaba
quedándose calvo, con gafas con montura de carey, miró alrededor y se puso en pie de un
brinco.
—¡Harry! —exclamó el señor Weasley; fue hacia él para recibirlo y le estrechó la mano
con energía—. ¡Cuánto me alegro de verte!
Detrás del señor Weasley, Harry vio a Bill, que todavía llevaba el largo cabello recogido
en una coleta, enrollando con precipitación los rollos de pergamino que quedaban encima de la
mesa.
—¿Has tenido buen viaje, Harry? —le preguntó Bill m ientras intentaba recoger doce rollos
a la vez—. ¿Así que Ojoloco no te ha hecho venir por Groenlandia?
—Lo intentó —intervino Tonks; fue hacia Bill con aire resuelto para ayudarlo a recoger, y
de inmediato tiró una vela sobre el último trozo de pergamino—. ¡Oh, no! Lo siento...
—Dame, querida —dijo la señora Weasley con exaspera ción, y reparó el pergamino con
una sacudida de su varita. Con el destello luminoso que causó el encantamiento de la señora
Weasley, Harry alcanzó a distinguir brevemente lo que parecía el plano de un edificio.
La señora Weasley vio cómo Harry miraba el pergamin o, agarró el plano de la mesa y se

68 Notó cuán dura y amarga 69 Habitación 70 Ardía

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lo puso en los brazos a Bill, que ya iba muy cargado.
—Estas cosas hay que recogerlas enseguida al final de las reuniones —le espetó, y luego
fue hacia un viejo aparador del que empezó a sacar platos.
Bill sacó su varita, murmuró: «¡Evanesco!» y los pergaminos desaparecieron.
—Siéntate, Harry —dijo Sirius—. Ya conoces a Mundun gus, ¿verdad?
Aquella cosa que Harry había tomado por un montón d e trapos emitió un prolongado y
profundo ronquido y despertó con un respingo.
—¿Alguien ha pronunciado mi nombre? —masculló Mundu ngus, adormilado—. Estoy de
acuerdo con Sirius... —Levantó una mano sumamente mugrienta, como si estuviera emitiendo
un voto, y miró a su alrededor con los enrojecidos ojos desenfocados.
Ginny soltó una risita.
—La reunión ya ha terminado, Dung —le explicó Siriu s mientras todos se sentaban a la
mesa—. Ha llegado Harry.
—¿Cómo dices? —inquirió Mundungus, mirando con expr esión fiera a Harry a través de
su enmarañado cabello rojo anaranjado—. Caramba, es verdad. ¿Estás bien, Harry?
—Sí —contestó él.
Mundungus, nervioso, hurgó en sus bolsillos sin dejar de mirar a Harry, y sacó una pipa
negra, también mugrienta. Se la llevó a la boca, la prendió con el extremo de su varita y dio
una honda calada. Unas grandes nubes de humo verdos o lo ocultaron en cuestión de
segundos.
—Te debo una disculpa —gruñó una voz desde las profundidades de aquella apestosa
nube.
—Te lo digo por última vez, Mundungus —le advirtió la señora Weasley—, ¿quieres hacer
el favor de no fumar esa porquería en la cocina, sobre todo cuando estamos a punto de cenar?
—¡Ay! —exclamó Mundungus—. Tienes razón. Lo siento, Molly.
La nube de humo se esfumó en cuanto Mundungus se gu ardó la pipa en el bolsillo, pero
el acre olor a calcetines quemados permaneció en el ambiente.
—Y si pretendéis cenar antes de medianoche voy a ne cesitar ayuda —añadió la señora
Weasley sin dirigirse a nadie en particular—. No, tú puedes quedarte donde estás, Harry,
querido. Has hecho un largo viaje.
—¿Qué quieres que haga, Molly? —preguntó Tonks con entusiasmo dando un salto.
La señora Weasley vaciló, un tanto preocupada.
—Pues..., no, Tonks, gracias, tú descansa también, ya has hecho bastante por hoy.
—¡Nada de eso! ¡Quiero ayudarte! —insistió la bruja de muy buen humor, y derribó una
silla cuando corría hacia el aparador, de donde Ginny estaba sacando los cubiertos.
Al poco rato, varios cuchillos enormes cortaban car ne y verduras por su cuenta,
supervisados por el señor Weasley, mientras su mujer removía un caldero colgado sobre el
fuego y los demás sacaban platos, más copas y comida de la despensa. Harry se quedó en la
mesa con Sirius y Mundungus, que todavía lo miraba parpadeando con aire lastimero.
—¿Has vuelto a ver a la vieja Figgy? —le preguntó Mundungus.
—No —contestó Harry—. No he visto a nadie.
—Mira, yo no me habría marchado —se disculpó Mundun gus, inclinándose hacia delante
con un dejo suplicante en la voz—, pero se me presentó una gran oportunidad...

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
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Harry notó que algo le rozaba la rodilla y se sobresaltó, pero sólo era Crookshanks, el
gato patizambo de pelo rojizo de Hermione, que se e nroscó alrededor de las piernas de Harry,
ronroneando, y luego saltó al regazo de Sirius, don de se acurrucó. Sirius le rascó
distraídamente detrás de las orejas al mismo tiempo que giraba la cabeza, todavía con gesto
torvo, hacia Harry.
—¿Has pasado un buen verano hasta ahora?
—No, ha sido horrible —contestó el muchacho.
Por primera vez, algo parecido a una sonrisa pasó de manera fugaz por la cara de Sirius.
—No sé de qué te quejas, la verdad.
—¿Cómo dices? —saltó Harry sin poder dar crédito a lo que acababa de oír.
—A mí, personalmente, no me habría importado que me atacaran unos Dementores. Una
pelea a muerte para salvar mi alma me habría venido de perlas para romper la monotonía. Tú
dices que lo has pasado mal, pero al menos has podi do salir y pasearte por ahí, estirar las
piernas, meterte en alguna pelea... Yo, en cambio, llevo un mes entero encerrado aquí dentro.
—¿Cómo es eso? —preguntó Harry con el entrecejo fru ncido.
—Porque el Ministerio de la Magia sigue buscándome, y a estas alturas Voldemort ya
debe de saber que soy un animago; Colagusano se lo habrá contado, de modo que mi enorme
disfraz no sirve de nada. No puedo hacer gran cosa para ayudar a la Orden del Fénix..., o eso
cree Dumbledore.
El tono un tanto monótono con que Sirius pronunció el nombre de Dumbledore hizo
comprender a Harry que Sirius tampoco estaba muy contento con el director. De pronto, Harry
sintió un renovado cariño hacia su padrino.
—Al menos tú sabías qué estaba pasando —dijo más an imado.
—Sí, claro —repuso Sirius con sarcasmo—. Yo sólo tenía que oír los informes de Snape,
aguantar sus maliciosas insinuaciones de que él estaba ahí fuera poniendo su vida en peligro
mientras yo me quedaba aquí cómodamente sentado y s in pegar golpe..., y sus preguntas
acerca de cómo iba la limpieza...
—¿Qué limpieza? —preguntó Harry.
—Hemos tenido que convertir esta casa en un sitio habitable —contestó Sirius, haciendo
un ademán que abarcó la desangelada 71 cocina—. Hacía diez años que nadie vivía aquí, desde
que murió mi querida madre, exceptuando a su viejo elfo doméstico, pero como se ha vuelto
loco hace una eternidad que no limpia nada.
—Sirius —dijo Mundungus, que al parecer no había pr estado ninguna atención a la
conversación y había estado examinando con minuciosidad una copa vacía—. ¿Esto es de plata
maciza?
—Sí —respondió Sirius, mirándola con desagrado—. La mejor plata del siglo quince
labrada por duendes, con el emblema de los Black grabado en relieve.
—Ya, pero eso se podrá quitar —murmuró Mundungus, a brillantando la copa con el puño.
—¡Fred, George! ¡No! ¡He dicho que los llevéis! —gritó la señora Weasley.
Harry, Sirius y Mundungus se volvieron y de inmedia to se apartaron de la mesa. Fred y
George habían encantado un gran caldero de estofado , una jarra de hierro de cerveza de
mantequilla 72 y una pesada tabla de madera para cortar el pan, junto con el cuchillo, que en
ese momento volaban a toda velocidad hacia ellos. El caldero patinó a lo largo de la mesa y se
detuvo justo en el borde, dejando una larga y negra quemadura en la superficie de madera; la

71 Lúgubre 72 Cerveza de manteca

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jarra de cerveza de mantequilla cayó con un gran estruendo y su contenido se derramó por
todas partes; el cuchillo del pan resbaló de la tabla, se clavó en la mesa y se quedó temblando
amenazadoramente justo donde hasta unos segundos an tes Sirius había tenido la mano.
—¡Por favor! —gritó la señora Weasley—. ¡No hacía falta! ¡Ya no lo aguanto más! ¡Que
ahora os permitan hacer magia no quiere decir que tengáis que sacar la varita a cada paso!
—¡Sólo pretendíamos ahorrar un poco de tiempo! —se disculpó Fred, y corrió a arrancar
el cuchillo del pan de la mesa—. Perdona, Sirius, no era mi intención...
Harry y Sirius se echaron a reír; Mundungus, que se había caído hacia atrás volcando
también la silla, empezó a maldecir tan pronto como se hubo levantado del suelo;
Crookshanks había soltado un fuerte bufido y había corrido a re fugiarse debajo del aparador,
donde se veían sus enormes ojos amarillos, que relu cían en la oscuridad.
—Niños —los regañó el señor Weasley dejando el cald ero de estofado en el centro de la
mesa—, vuestra madre tiene razón; ahora que habéis alcanzado la mayoría de edad se supone
que tenéis que dar ejemplo de responsabilidad...
—¡Ninguno de vuestros hermanos ha causado nunca est os problemas! —dijo, rabiosa, la
señora Weasley a los gemelos mientras con un porraz o ponía otra jarra de cerveza de
mantequilla, que también se derramó, encima de la m esa—. ¡Bill no se pasaba el día
apareciéndose a cada momento! ¡Charlie no encantaba todo cuanto encontraba! ¡Percy...!
Se detuvo en el acto y contuvo la respiración al mismo tiempo que le dirigía una mirada
asustada a su marido, cuyo rostro, de pronto, se ha bía quedado inexpresivo.
—Vamos a comer —dijo Bill con rapidez.
—Esto tiene un aspecto estupendo, Molly —intervino Lupin, sirviéndole el estofado con un
cucharón y acercándole el plato desde el otro lado de la mesa.
Durante unos minutos sólo se oyó el tintineo de pla tos y cubiertos y el ruido de las sillas
arrastrándose, y todos se pusieron a comer. Entonce s la señora Weasley miró a Sirius y le
dijo:
—Se me olvidó comentarte, Sirius, que hay algo atrapado en ese escritorio del salón que
no para de vibrar y tamborilear. A lo mejor sólo es un boggart, desde luego, pero quizá
deberíamos pedirle a Alastor que le echara un vistazo antes de soltarlo.
—Como quieras —contestó Sirius con indiferencia.
—Y las cortinas están llenas de doxys —añadió la se ñora Weasley—. He pensado que
mañana podríamos ocuparnos de ellas.
—Será un placer —dijo Sirius. Harry detectó el sarcasmo en su voz, pero no estaba
seguro de que los demás también lo hubieran percibido.
Enfrente de Harry, Tonks distraía a Hermione y a Gi nny transformando su nariz entre
bocado y bocado: apretaba mucho los ojos y ponía la misma expresión de dolor que había
adoptado en el dormitorio de Harry; de ese modo, hinchaba la nariz hasta convertirla en una
protuberancia picuda que se parecía a la de Snape, la encogía hasta reducirla al tamaño de un
champiñón pequeño y luego hacía que le saliera un m ontón de pelo por cada orificio nasal. Por
lo visto, era un entretenimiento habitual a la hora de las comidas, porque Hermione y Ginny
pronto empezaron a pedir sus narices favoritas.
—Haz esa que parece un morro de cerdo, Tonks. Tonks complació a su público, y Harry,
al levantar la cabeza, tuvo por un momento la impresión de que una versión femenina de
Dudley le sonreía desde el otro lado de la mesa. El señor Weasley, Bill y Lupin discutían
acaloradamente sobre duendes.
—Todavía no han dicho nada —apuntó Bill—. Aún no sé si creen o no que ha regresado.
Es posible que prefieran no tomar partido y que quieran mantenerse al margen.
—Estoy seguro de que nunca se pasarían al bando de Quien-tú-sabes —afirmó el señor

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Weasley haciendo un gesto negativo con la cabeza—. Ellos también han sufrido pérdidas; ¿te
acuerdas de lo de aquella familia de duendes a la q ue mató la última vez, cerca de
Nottingham?
—Creo que depende de lo que les ofrezcan —opinó Lupin—. Y no me refiero al dinero. Si
les ofrecen las libertades que les hemos negado durante siglos, seguro que se lo pensarán.
¿Todavía no has tenido suerte con Ragnok, Bill?
—De momento sigue en contra de los magos —respondió Bill—, y no para de protestar
por lo del asunto Bagman; dice que el Ministerio hizo una maniobra de encubrimiento. Mira,
esos duendes no le robaron el oro...
Hacia la mitad de la mesa un estallido de carcajada s ahogó el resto de las palabras de
Bill. Fred, George, Ron y Mundungus se retorcían de risa en sus sillas.
—... y entonces... —decía Mundungus mientras las lá grimas le resbalaban por las
mejillas—, entonces me dice, en serio, me dice: «Oye, Dung, ¿de dónde has sacado esos
sapos? ¡Porque un hijo de mala bludger 73 me ha robado a mí los míos!» Y yo le contesto: «¿Te
han robado los sapos, Will? ¡No me digas! Y ahora, ¿qué? ¿Piensas comprarte unos cuantos?»
Y esa gárgola inútil, chicos, podéis creerme, va y me compra sus propios sapos por mucho
más dinero del que le habían costado la primera vez...
—Gracias, Mundungus, pero creo que podemos pasar si n los detalles de tus negocios —
dijo la señora Weasley con aspereza mientras Ron se inclinaba sobre la mesa, riendo a
carcajadas.
—Perdona, Molly —se apresuró a decir Mundungus, secándose las lágrimas y guiñándole
un ojo a Harry—, pero es que Will se los había robado a Warty Harris, o sea, que en realidad
yo no hice nada malo.
—No sé dónde aprendiste los conceptos del bien y de l mal, Mundungus, pero creo que te
perdiste un par de lecciones fundamentales —respond ió la señora Weasley con frialdad.
Fred y George escondieron la cara detrás de sus cop as de cerveza de mantequilla;
George no paraba de hipar. Por algún extraño motivo, la señora Weasley le lanzó una mirada
muy desagradable a Sirius antes de levantarse e ir a buscar un enorme pastel de ruibarbo que
había de postre. Harry miró a su padrino.
—A Molly no le cae bien Mundungus —le dijo Sirius e n voz baja.
—¿Cómo es posible que pertenezca a la Orden? —pregu ntó Harry, también en voz baja.
—Porque es útil —contestó Sirius—. Conoce a todos los sinvergüenzas; es lógico, puesto
que él también lo es.
Pero también es muy fiel a Dumbledore, que una vez lo sacó de un apuro. Conviene
contar con alguien como Dung, porque él oye cosas que nosotros no oímos. Pero Molly cree
que invitarlo a cenar es ir demasiado lejos. Todavía no lo ha perdonado por haber abandonado
su puesto cuando se suponía que estaba vigilándote.
Tras tres raciones de pastel de ruibarbo con crema, a Harry empezó a apretarle la cintura
de los vaqueros (lo cual resultaba un tanto alarman te, pues los había heredado de Dudley).
Dejó la cuchara en el plato en el momento en que se hizo una pausa en la conversación
general: el señor Weasley estaba recostado en el respaldo de la silla, saciado y relajado;
Tonks, cuya nariz había recuperado su aspecto habitual, bostezaba abiertamente; y Ginny, que
había conseguido hacer salir a Crookshanks de debajo del aparador, estaba sentada con las
piernas cruzadas en el suelo, lanzándole al gato co rchos de cerveza de mantequilla para que
fuera a buscarlos.
—Creo que ya es hora de acostarse —dijo la señora W easley con un bostezo.
—Todavía no, Molly —intervino Sirius, apartando su plato vacío y volviéndose para mirar

73 Madre

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a Harry—. Mira, estoy sorprendido. Creía que lo primero que harías en cuanto llegaras aquí
sería empezar a hacer preguntas sobre Voldemort.
La atmósfera de la habitación cambió con aquella rapidez que Harry asociaba a la llegada
de Dementores. Hasta hacía unos segundos había rein ado un ambiente relajado y soñoliento,
pero de pronto se había vuelto tenso. Un escalofrío recorrió la mesa cuando Sirius pronunció el
nombre de Voldemort. Lupin, que se disponía a beber un sorbo de vino, bajó con lentitud la
copa y adoptó una expresión vigilante.
—¡Lo he hecho! —repuso Harry indignado—. Les he pre guntado por él a Ron y a
Hermione, pero me han dicho que como ellos no pertenecían a la Orden no...
—Y tienen razón —lo interrumpió la señora Weasley—. Sois demasiado jóvenes.
Estaba sentada, muy tiesa, en su silla, con los puños apretados sobre los reposabrazos 74;
ya no había ni rastro de somnolencia en ella.
—¿Desde cuándo tiene uno que pertenecer a la Orden del Fénix para hacer preguntas? —
terció Sirius—. Harry se ha pasado un mes encerrado en esa casa de muggles. Creo que tiene
derecho a saber qué ha pasa...
—¡Un momento! —le cortó George.
—¿Por qué Harry puede hacer preguntas? —quiso saber Fred enojado.
—¡Nosotros llevamos un mes intentando sonsacaros algo y no habéis soltado prenda! —
protestó George.
—«Sois demasiado jóvenes, no pertenecéis a la Orden » —dijo Fred con una vocecilla
aguda increíblemente parecida a la de su madre—. ¡Harry ni siquiera es mayor de edad!
—Yo no tengo la culpa de que no os hayan contado a qué se dedica la Orden —comentó
Sirius con calma—, eso lo han decidido vuestros padres. Harry, por otra parte...
—¡Tú no eres nadie para decidir lo que le conviene a Harry! —saltó la señora Weasley. Su
rostro, por lo general amable, había adoptado una e xpresión amenazadora—. Supongo que no
habrás olvidado lo que dijo Dumbledore.
—¿A qué te refieres en concreto? —preguntó Sirius c on educación, pero con el tono de
quien se prepara para pelear.
—A lo de que no teníamos que contarle a Harry más d e lo que necesita saber —dijo la
señora Weasley poniendo mucho énfasis en las dos últimas palabras.
Ron, Hermione, Fred y George giraban la cabeza de u n lado a otro, de Sirius a la señora
Weasley, como si estuvieran mirando un partido de t enis. Ginny estaba arrodillada en medio
de un montón de corchos de cerveza de mantequilla a bandonados, y escuchaba la
conversación con la boca entreabierta. Lupin no apartaba los ojos de Sirius.
—No pretendo contarle más de lo que necesita saber, Molly —aseguró Sirius— Pero dado
que fue él quien vio regresar a Voldemort —una vez más, un estremecimiento colectivo
recorrió la mesa después de que Sirius pronunciara ese nombre—, tiene más derecho que
nadie a...
—¡Harry no es miembro de la Orden del Fénix! —dijo la señora Weasley—. Sólo tiene
quince años y...
—Y se ha enfrentado a situaciones más graves que muchos de nosotros —afirmó Sirius.
—¡Nadie pone en duda lo que ha hecho! —exclamó la s eñora Weasley elevando la voz;
sus puños temblaban sobre los reposabrazos de la silla—. Pero sigue siendo...
—¡No es ningún niño! —soltó Sirius con impaciencia.

74 Apoyabrazos

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
60
—¡Tampoco es ningún adulto! —insistió la señora Weasley, cuyas mejillas estaban
poniéndose coloradas—. ¡Harry no es James, Sirius!
—Sé perfectamente quién es, Molly, muchas gracias —dijo Sirius en un tono frío.
—¡No estoy muy segura! —le espetó la señora Weasley —. A veces, por cómo le hablas,
se diría que crees que has recuperado a tu amigo.
—¿Y qué hay de malo en eso? —preguntó Harry.
—¡Lo que hay de malo, Harry, es que tú no eres tu padre, por mucho que te parezcas a
él! —le respondió la señora Weasley sin apartar los ojos de Sirius—. ¡Todavía vas al colegio, y
los adultos responsables de ti no deberían olvidarlo!
—¿Significa eso que soy un padrino irresponsable? — preguntó Sirius elevando la voz.
—Significa que otras veces has actuado con precipitación, Sirius, y por eso Dumbledore
no para de recordarte que debes quedarte en casa y...
—¡Si no te importa, vamos a dejar a un lado las ins trucciones que he recibido de
Dumbledore! —gritó Sirius.
—¡Arthur! —exclamó la señora Weasley buscando con l a mirada a su marido—
¡Apóyame, Arthur!
El señor Weasley no habló de inmediato. Se quitó las gafas y se puso a limpiarlas
parsimoniosamente con su túnica sin mirar a su mujer. No contestó hasta que se las hubo
colocado de nuevo con mucho cuidado.
—Dumbledore sabe que la situación ha cambiado, Molly. Está de acuerdo en que habrá
que informar a Harry, hasta cierto punto, ahora que va a quedarse en el cuartel general.
—¡Sí, pero eso no es lo mismo que invitarlo a preguntar todo lo que quiera!
—Personalmente —terció Lupin con voz queda, apartan do por fin la vista de Sirius,
mientras la señora Weasley giraba con rapidez la cabeza hacia él, creyendo que por fin iba a
tener un aliado— creo que es mejor que nosotros le expliquemos a Harry los hechos, no todos,
Molly, sino la idea general, a que obtenga una versión tergiversada a través de... otros.
Su expresión era afable, pero Harry estaba seguro d e que por lo menos Lupin sabía que
algunas orejas extensibles habían sobrevivido a la purga de la señora Weasley.
—Bueno —cedió ésta, respirando hondo y recorriendo la mesa con la mirada por si
alguien le ofrecía su apoyo, lo cual no ocurrió—; bueno..., ya veo que mi opinión queda
invalidada. Sólo voy a decir una cosa: Dumbledore debía de tener sus razones para no querer
que Harry supiera demasiado, y hablo como alguien q ue desea lo mejor para Harry...
—Harry no es hijo tuyo —dijo Sirius en voz baja.
—Como si lo fuera —repuso la señora Weasley con fiereza—. ¿A quién más tiene?
—¡Me tiene a mí!
—Sí —respondió la señora Weasley torciendo el gesto —, pero no te ha resultado nada
fácil cuidar de él mientras estabas encerrado en Azkaban, ¿verdad?
Sirius hizo ademán de levantarse de la silla.
—Molly, tú no eres la única de los que estamos aquí que se preocupa por Harry —
intervino Lupin con dureza—. Siéntate, Sirius. —A la señora Weasley le temblaba el labio
inferior. Sirius volvió a sentarse con lentitud en la silla, pálido como la cera—. Creo que Harry
tiene derecho a opinar en este asunto —continuó Lup in—. Es lo bastante mayor para decidir
por sí mismo.
—Quiero saber qué ha estado pasando —dijo Harry de inmediato.

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
61
No miró a la señora Weasley. Le había conmovido que hubiera dicho que lo consideraba
casi como un hijo suyo, pero también estaba un poco harto de sus mimos. Sirius tenía razón:
ya no era un crío.
—Muy bien —dijo la señora Weasley con la voz quebra da—. Ginny, Ron, Hermione, Fred
y George: salid ahora mismo de la cocina.
Hubo un repentino revuelo.
—¡Nosotros somos mayores de edad! —gritaron Fred y George al unísono.
—Si a Harry le dejan, ¿por qué a mí no? —protestó Ron.
—¡Mamá, yo quiero oírlo! —gimoteó Ginny.
—¡No! —sentenció la señora Weasley, levantándose y echando chispas por los ojos—. Os
prohíbo terminantemente...
—Molly, a Fred y a George no puedes impedírselo —di jo el señor Weasley con tono
cansino—. Son mayores de edad.
—Todavía van al colegio.
—Pero legalmente ya son adultos —replicó el señor Weasley de nuevo con la misma voz
cansada.
La señora Weasley estaba colorada de ira.
—Pero ¿cómo...? Bueno, está bien, Fred y George pueden quedarse, pero Ron...
—¡De todos modos, Harry nos lo contará todo a Hermi one y a mí! —aseguró Ron con
vehemencia—. ¿Verdad? —añadió con aire vacilante mirando a su amigo.
Durante una fracción de segundo Harry estuvo a punto de decirle a Ron que no pensaba
contarle ni una sola palabra, que así se enteraría de lo que era quedarse en la inopia 75 y podría
ver si le gustaba. Pero ese malvado impulso se desvaneció cuando Harry y Ron se miraron.
—Pues claro —afirmó Harry.
Ron y Hermione sonrieron radiantes.
—¡Muy bien! —gritó la señora Weasley—. ¡Muy bien! ¡ Ginny! ¡A la cama!
Ginny no obedeció sin quejarse. Pudieron oír cómo p rotestaba y despotricaba contra su
madre mientras subía la escalera, y cuando llegó al vestíbulo, los ensordecedores chillidos de
la señora Black se añadieron al barullo. Lupin sali ó corriendo para tapar el retrato. Sirius
esperó a que éste hubiera regresado a la cocina, hubiera cerrado la puerta tras él y se hubiera
sentado de nuevo a la mesa, y entonces habló:
—Está bien, Harry... ¿Qué quieres saber?
Harry respiró hondo y formuló la pregunta que lo había obsesionado durante un mes.
—¿Dónde está Voldemort? —preguntó, ignorando los nu evos estremecimientos y las
muecas de dolor que provocó al pronunciar otra vez ese nombre—. ¿Qué está haciendo? He
mirado las noticias muggles y todavía no he visto n ada que llevara su firma, ni muertes
extrañas ni nada.
—Eso es porque todavía no ha habido ninguna muerte extraña —le explicó Sirius—, al
menos que nosotros sepamos. Y sabemos bastante.
—Más de lo que él cree —añadió Lupin.
—¿Cómo puede ser que haya dejado de matar gente? —p reguntó Harry. Sabía que
Voldemort había matado más de una vez en el último año.

75 No saber algo que todos los demás sabían

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
62
—Porque no quiere llamar la atención —contestó Sirius—. Eso sería peligroso para él.
Verás, su regreso no fue como él lo había planeado. Lo estropeó todo.
—O, mejor dicho, tú se lo estropeaste todo —apuntó Lupin con una sonrisa de
satisfacción.
—¿Cómo? —preguntó Harry, perplejo.
—¡Él no esperaba que sobrevivieras! —dijo Sirius—. Nadie, aparte de sus mortífagos,
tenía que saber que él había regresado. Pero tú sobreviviste para atestiguarlo.
—Y la última persona que él quería que se enterara de su regreso era Dumbledore —
añadió Lupin—. Y tú te encargaste de que Dumbledore lo supiera de inmediato.
—¿De qué ha servido eso? —continuó Harry.
—¿Lo dices en broma? —se extrañó Bill, incrédulo—. ¡Dumbledore era la única persona a
la que Quien-tú-sabes había tenido miedo!
—Gracias a ti, Dumbledore pudo llamar a la Orden de l Fénix una hora después del
regreso de Voldemort —aclaró Sirius.
—¿Y qué ha hecho la Orden del Fénix hasta ahora? —preguntó Harry mirando a todos los
presentes.
—Trabajar duro para asegurarnos de que Voldemort no pueda llevar a cabo sus planes —
respondió Sirius.
—¿Cómo sabéis cuáles son sus planes? —preguntó rápidamente Harry.
—Dumbledore tiene una idea aproximada —dijo Lupin—, y en general las ideas
aproximadas de Dumbledore resultan ser muy exactas.
—¿Y qué se imagina Dumbledore que está planeando?
—Bueno, en primer lugar quiere reconstruir su ejército —explicó Sirius—. En el pasado
disponía de un grupo muy numeroso: brujas y magos a los que había intimidado o cautivado
para que lo siguieran, sus leales mortífagos, una gran variedad de criaturas tenebrosas. Tú
oíste que planeaba reclutar a los gigantes; pues bien, ellos son sólo uno de los grupos detrás
de los que anda. Como es lógico, no va a tratar de apoderarse del Ministerio de la Magia con
sólo una docena de mortífagos.
—Entonces, ¿vosotros intentáis impedir que capte a más seguidores?
—Hacemos todo lo que podemos —respondió Lupin.
—¿Cómo?
—Bueno, lo principal es convencer a cuantos más mej or 76 de que es verdad que Quien-
tú-sabes ha regresado, y de ese modo ponerlos en gu ardia —dijo Bill—. Pero no está
resultando fácil.
—¿Por qué?
—Por la actitud del Ministerio —terció Tonks—. Ya viste a Cornelius Fudge después del
regreso de Quien-tú-sabes, Harry. Y no ha modificad o en absoluto su postura. Se niega
rotundamente a creer que haya ocurrido.
—Pero ¿por qué? —se extrañó Harry, desesperado—. ¿P or qué es tan idiota? Si
Dumbledore...
—Precisamente: has puesto el dedo en la llaga —lo interrumpió el señor Weasley con una
sonrisa irónica—. Dumbledore.

76 A todos los que podamos

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
63
—Fudge le tiene miedo —dijo Tonks con tristeza.
—¿Que le tiene miedo a Dumbledore? —repitió Harry, incrédulo.
—Tiene miedo de sus planes —explicó el señor Weasle y—. Fudge cree que Dumbledore
se ha propuesto derrocarlo y que quiere ser ministro de la Magia.
—Pero Dumbledore no quiere...
—Claro que no —dijo el señor Weasley—. A él nunca l e ha interesado el cargo de
ministro, aunque mucha gente quería que lo ocupara cuando Millicent Bagnold se jubiló. Fue
Fudge quien ocupó el cargo de ministro, pero nunca ha olvidado del todo el enorme apoyo
popular que recibió Dumbledore, a pesar de que éste ni siquiera optaba al cargo.
—En el fondo, Fudge sabe que Dumbledore es mucho má s inteligente que él y que es un
mago mucho más poderoso; al principio siempre estab a pidiéndole ayuda y consejos —
prosiguió Lupin—. Pero por lo visto se ha aficionado al poder y ahora tiene mucha más
seguridad. Le encanta ser ministro de la Magia y ha conseguido convencerse de que el listo es
él y de que Dumbledore no hace más que causar probl emas porque sí.
—¿Cómo puede pensar eso? —dijo Harry con enojo—. ¿C ómo puede pensar que
Dumbledore sería capaz de inventárselo todo, o que he sido yo quien se lo ha inventado?
—Porque aceptar que Voldemort ha vuelto significarí a asumir que el Ministerio tendrá
que enfrentarse a unos problemas a los que no se en frenta desde hace casi catorce años —
contestó Sirius con amargura—. Fudge no puede asimi larlo, así de sencillo. Para él es mucho
más cómodo convencerse de que Dumbledore miente par a desestabilizarlo.
—Ya ves cuál es el problema —continuó Lupin—. Mientras el Ministerio siga insistiendo en
que no hay motivo alguno para temer a Voldemort, re sulta difícil convencer a la gente de que
ha vuelto, sobre todo cuando, en realidad, a la gente no le interesa creerlo. Por si fuera poco,
el Ministerio está presionando duramente a El Profeta para que no informe de nada de lo que
ellos llaman «rumores sembrados por Dumbledore», de modo que la comunidad de magos, en
general, no sabe nada de lo que ha pasado, y eso los convierte en blancos fáciles para los
mortífagos si éstos están utilizando la maldición imperius 77.
—Pero vosotros se lo contáis a la gente, ¿no? —preg untó Harry mirando sucesivamente
al señor Weasley, Sirius, Bill, Mundungus, Lupin y Tonks—. Les contáis que ha regresado,
¿verdad?
Todos sonrieron forzadamente.
—Bueno, como todo el mundo piensa que soy un asesin o loco y el Ministerio le ha puesto
un elevado precio a mi cabeza, no puedo pasearme po r las calles y empezar a repartir
panfletos, ¿no crees? —respondió Sirius con nerviosismo.
—Y yo tampoco tengo muy buena prensa entre la comun idad —añadió Lupin— Es el
inconveniente de ser un hombre lobo.
—Tonks y Arthur perderían su empleo en el Ministerio si empezaran a irse de la lengua —
añadió Sirius—, y para nosotros es muy importante t ener espías dentro del Ministerio porque,
como podrás imaginar, Voldemort debe tenerlos.
—Pero hemos logrado convencer a un par de personas —informó el señor Weasley—.
Tonks, por ejemplo; era demasiado joven para entrar en la Orden del Fénix la última vez, pero
contar con la ayuda de Aurores es fundamental. King sley Shacklebolt también ha sido una
ayuda muy valiosa; se encarga de la caza de Sirius, y ha informado al Ministerio de que Sirius
está en el Tibet.
—Pero si ninguno de vosotros está extendiendo la no ticia de que Voldemort ha vuelto...
—empezó a decir Harry.

77 El maleficio Imperius

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
64
—¿Quién ha dicho que ninguno de nosotros esté propagando la noticia? —lo atajó
Sirius—. ¿Por qué crees que Dumbledore tiene tantos problemas?
—¿Qué quieres decir?
—Están intentando desacreditarlo —explicó Lupin—. ¿ No leíste El Profeta la semana
pasada? Dijeron que no lo habían reelegido para la presidencia de la Confederación
Internacional de Magos porque está haciéndose mayor y está perdiendo los papeles, pero no
es verdad; los magos del Ministerio no lo reeligieron después de que pronunciara un discurso
anunciando el regreso de Voldemort. Lo han apartado del cargo de Jefe de Magos del
Wizengamot, es decir, el Tribunal Supremo de los Magos, y ahora están planteándose si le
retiran también la Orden de Merlín, Primera Clase.
—Pero Dumbledore dice que no le importa lo que hagan mientras no lo supriman de los
cromos 78 de las ranas de chocolate —añadió Bill con una sonrisa.
—No tiene gracia —dijo el señor Weasley con severid ad—. Si Dumbledore sigue
desafiando al Ministerio, podría acabar en Azkaban, y lo peor que podría pasarnos sería que lo
encerraran. Mientras Quien-tú-sabes sepa que Dumble dore está en activo y al corriente de sus
intenciones, tendrá que andarse con cuidado. Si qui taran a Dumbledore de en medio...,
entonces Quien-tú-sabes tendría vía libre para actuar.
—Pero si Voldemort está intentando reclutar a más m ortífagos, acabará sabiéndose que
ha regresado, ¿no? —dijo Harry, desesperado.
—Voldemort no se presenta en las casas de la gente y se pone a aporrear la puerta,
Harry —replicó Sirius—. Los engaña, les echa maldiciones y los chantajea. Está acostumbrado
a operar en secreto. Además, captar seguidores sólo es una de las cosas que le interesan.
Aparte de eso tiene otros planes, unos planes que p uede poner en marcha con mucha
discreción, y de momento está concentrándose en ellos.
—¿Qué busca, aparte de seguidores? —preguntó Harry rápidamente. Le pareció que
Sirius y Lupin intercambiaban una brevísima mirada antes de que Sirius contestara:
—Cosas que sólo puede conseguir furtivamente. —Como Harry seguía con expresión de
perplejidad, su padrino añadió—: Como un arma. Algo que no tenía la última vez.
—¿Cuando tenía poder?
—Sí.
—Pero ¿qué clase de arma? —insistió Harry—. ¿Algo peor que la Avada Kedavra?
—¡Basta!
La señora Weasley, que estaba junto a la puerta, ha bló desde las sombras. Harry no
había notado que había vuelto después de acostar a Ginny. Estaba cruzada de brazos y los
miraba furiosa.
—Todos a la cama, ahora mismo —añadió mirando a Fre d, George, Ron y Hermione.
—No puedes mangonearnos 79... —empezó a decir Fred.
—Cuidado conmigo —gruñó la señora Weasley. Temblaba ligeramente cuando miró a
Sirius y dijo—: Ya le habéis dado mucha información a Harry. Lo único que falta es que lo
reclutéis en la Orden.
—¿Por qué no? —se apresuró a decir Harry—. Quiero entrar en la Orden, quiero luchar.
—No. —Esa vez no fue la señora Weasley la que habló , sino Lupin—. La Orden está
compuesta sólo por magos mayores de edad —aclaró—. Magos que ya han terminado el
colegio —añadió al ver que Fred y George abrían la boca—. Pertenecer a la Orden implica

78 De las figuritas que vienen con 79 Darnos órdenes

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
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peligros que ninguno de vosotros podría imaginar siquiera... Creo que Molly tiene razón, Sirius.
Ya hemos hablado bastante.
Sirius se encogió un poco de hombros, pero no discu tió. La señora Weasley les hizo
señas imperiosamente a sus hijos y a Hermione. Éstos se levantaron uno por uno, y Harry,
admitiendo la derrota, los siguió.

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
66

6
La noble y ancestral casa de los Black


La señora Weasley los seguía muy seria por la escalera.
—Quiero que os vayáis directos a la cama, y nada de hablar —dijo cuando llegaron al
primer rellano—. Mañana nos espera un día muy ajetreado. Espero que Ginny ya esté dormida
—añadió, dirigiéndose a Hermione—, así que intenta no despertarla.
—Sí, dormida, ya —murmuró Fred por lo bajo después de que Hermione les diera las
buenas noches, y siguieron subiendo hasta el siguiente piso—. Si Ginny no está despierta
esperando a que Hermione le cuente todo lo que han dicho abajo, yo soy un gusarajo 80...
—Muy bien, Ron, Harry... —les indicó la señora Weas ley cuando llegaron al segundo
rellano, señalando su dormitorio—. A la cama.
—Buenas noches —dijeron Harry y Ron a los gemelos.
—Que durmáis bien —les deseó Fred guiñándoles un ojo.
La señora Weasley cerró la puerta detrás de Harry con un fuerte chasquido. El dormitorio
parecía aún más frío y sombrío que la primera vez q ue Harry lo había visto. El cuadro en
blanco de la pared respiraba lenta y profundamente, como si su invisible ocupante estuviera
dormido. Harry se puso el pijama, se quitó las gafas y se metió en la fría cama, mientras Ron
lanzaba unas cuantas chucherías lechuciles 81 hacia lo alto del armario para apaciguar a Hedwig
y Pigwidgeon, que, nerviosas, no paraban de hacer ruido moviendo las patas y las alas.
—No podemos dejarlas salir a cazar todas las noches —explicó Ron mientras se ponía el
pijama de color granate—. Dumbledore no quiere que haya demasiadas lechuzas sueltas por la
plaza porque dice que podrían levantar sospechas. ¡Ah, sí! Se me olvidaba...
Fue hacia la puerta y echó el cerrojo.
—¿Por qué haces eso?
—Por Kreacher —aclaró Ron, y apagó la luz—. La prim era noche que pasé aquí entró a
las tres de la madrugada. Créeme, no es nada agrada ble despertarse y encontrarlo
paseándose por la habitación. En fin... —Se metió en la cama, se tapó bien y se volvió hacia
Harry en la oscuridad; éste veía su contorno gracias a la luz de la luna que se filtraba por la
mugrienta ventana—. ¿Tú qué opinas?
Harry sabía a la perfección a qué se refería su amigo.
—Bueno, no nos han contado gran cosa que no pudiéra mos haber imaginado, ¿verdad?
—contestó, pensando en todo lo que se había hablado abajo—. En realidad lo único que han
dicho es que la Orden intenta impedir que la gente se una a Vol... —Ron soltó un gritito
ahogado— demort —acabó Harry con firmeza—. ¿Cuándo piensas empezar a llamarlo por su
nombre? Sirius y Lupin lo hacen.
Ron no hizo caso de ese último comentario.
—Sí, tienes razón —dijo—, ya sabíamos casi todo lo que nos han contado gracias a las
orejas extensibles. Lo único nuevo es que...
¡CRAC!

80 Gusarapo 81 Golosinas para lechuzas

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
67
-¡Ay!
—Baja la voz, Ron, si no quieres que venga mamá.
—¡Os habéis aparecido encima de mis rodillas!
—Sí, bueno, es que a oscuras es más difícil.
Harry vio las borrosas siluetas de Fred y de George saltando de la cama de Ron. Luego
oyó un chirrido de muelles, y el colchón de Harry descendió unos cuantos centímetros porque
George se había sentado cerca de sus pies.
—Bueno, ¿ya lo habéis captado? —inquirió George con avidez.
—¿Lo del arma que Sirius ha mencionado? —preguntó H arry.
—Yo diría que se le ha escapado —opinó Fred, muy contento. Se había sentado al lado de
Ron—. Eso nunca lo habíamos oído con las extensibles.
—¿Qué creéis que es? —siguió preguntando Harry. —Po dría ser cualquier cosa —contestó
Fred. —Pero no puede haber nada peor que la maldición Avada Kedavra, ¿verdad? —dijo Ron—
. ¿Qué hay peor que la muerte?
—Quizá sea algo capaz de matar a muchísima gente a la vez —sugirió George.
—A lo mejor es una forma particularmente dolorosa de matar —dijo Ron, atemorizado.
—Para causar dolor tiene la maldición Cruciatus —recordó Harry—, no necesita nada más
eficaz que eso.
Hubo una pausa, y Harry se dio cuenta de que los ot ros, como él, estaban preguntándose
qué horrores podría perpetrar aquella arma.
—¿Y quién creéis que la tiene ahora? —preguntó Geor ge. —Espero que alguien de
nuestro bando —contestó Ron con una voz que denotaba cierto nerviosismo.
—Si es así, debe de tenerla guardada Dumbledore —dijo Fred.
—¿Dónde? —preguntó con rapidez Ron—. ¿En Hogwarts?
—¡Seguro que sí! —afirmó George—. Allí fue donde escondió la Piedra Filosofal.
—Pero ¡esa arma debe de ser mucho más grande que la Piedra! —objetó Ron.
—No necesariamente —contestó Fred.
—Sí, el tamaño no es garantía de poder —advirtió George—. Y si no, mirad a Ginny.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Harry.
—Nunca te ha echado uno de sus maleficios de los mo comurciélagos, ¿verdad?
—¡Chissst! —exclamó Fred haciendo ademán de levanta rse de la cama—. ¡Escuchad!
Se quedaron callados. Y, en efecto, oyeron pasos que subían por la escalera.
—Es mamá —aseguró George, y sin más preámbulos se o yó un fuerte estampido, y
Harry notó que el peso del cuerpo de George desaparecía de los pies de su cama.
Unos segundos más tarde, oyeron crujir la madera de l suelo al otro lado de la puerta; la
señora Weasley sólo estaba escuchando para saber si hablaban o no.
Hedwig y Pigwidgeon emitieron unos melancólicos ululatos. La madera del suelo volvió a
crujir, y comprendieron que la señora Weasley subía al otro piso para ver qué hacían Fred y
George.
—Es que no confía nada en nosotros —se lamentó Ron.

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
68
Harry estaba convencido de que no podría conciliar el sueño; durante la velada habían
surgido tantos temas que suponía que pasaría horas despierto, reflexionando sobre lo que se
había hablado. Le habría gustado seguir charlando con Ron, pero la señora Weasley bajaba de
nuevo la escalera, y tan pronto como sus pasos se d esvanecieron, Harry oyó que otros
subían... Sí, unas criaturas con muchas patas correteaban arriba y abajo, al otro lado de la
puerta del dormitorio, y Hagrid, el profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas, iba diciendo:
«Son preciosas, ¿verdad, Harry? Este año vamos a es tudiar armas...», y Harry vio que
aquellas criaturas tenían cañones en lugar de cabezas y que se daban la vuelta hacia él... Se
agachó...
De pronto, se encontró hecho un ovillo debajo de las sábanas, mientras la potente voz de
George resonaba en la habitación.
—Mamá dice que os levantéis; tenéis el desayuno en la cocina y luego os necesita en el
salón. Hay muchas más doxys de las que ella creía, y ha encontrado un nido de Puffskeins
muertos debajo del sofá.
Media hora más tarde, Harry y Ron, que se habían ve stido y habían desayunado muy
deprisa, entraron en el salón: una estancia alargada de techo alto, que se hallaba en el primer
piso, cuyas paredes eran de color verde oliva y est aban cubiertas de sucios tapices. De la
alfombra se levantaban pequeñas nubes de polvo cada vez que alguien la pisaba, y las largas
cortinas de terciopelo de color verde musgo zumbaba n, como si en ellas se aglomeraran
invisibles abejas. La señora Weasley, Hermione, Ginny, Fred y George estaban apiñados
alrededor de ellas, y todos llevaban un pañuelo anudado en la parte de atrás de la cabeza, que
les cubría la nariz y la boca y les daba un aire ex traño. Cada uno llevaba en la mano una
botella muy grande, que tenía un pitorro 82 en el extremo, llena de un líquido negro.
—Tapaos la cara y coged un pulverizador —ordenó la señora Weasley a Harry y a Ron en
cuanto los vio, señalando otras dos botellas de líquido negro que había sobre una mesa de
patas muy finas—. Es doxycida. Nunca había visto un a plaga como ésta. No sé qué ha estado
haciendo ese elfo doméstico en los diez últimos años...
Aunque Hermione llevaba la cara tapada, Harry vio c on claridad que le lanzaba una
mirada llena de reproche a la señora Weasley.
—Kreacher es muy viejo, seguramente no podía...
—Te sorprendería ver de lo que es capaz Kreacher cuando le interesa, Hermione —afirmó
Sirius, que acababa de entrar en el salón con una bolsa manchada de sangre llena de algo que
parecían ratas muertas—. Vengo de dar de comer a Bu ckbeak —añadió al distinguir la mirada
inquisitiva de Harry—. Lo tengo arriba, en la habit ación de mi madre. Bueno, a ver... este
escritorio... —Dejó la bolsa de las ratas encima de una butaca y se agachó para examinar el
mueble; entonces Harry notó que el escritorio tembl aba ligeramente—. Mira, Molly, estoy
convencido de que es un boggart —comentó Sirius mir ando por la cerradura—, pero quizá
convendría que Ojoloco le echara un vistazo antes de soltarlo. Conociendo a mi madre, podría
ser algo mucho peor.
—Tienes razón, Sirius —coincidió la señora Weasley.
Ambos hablaban en un tono muy educado y desenfadado que le dio a entender a Harry
que ninguno de los dos había olvidado su discusión de la noche anterior.
En el piso de abajo sonó un fuerte campanazo, segui do de inmediato por el mismo
estruendo de gritos y lamentos que Tonks había provocado la noche pasada al tropezar con el
paragüero.
—¡Estoy harto de decirles que no toquen el timbre! —exclamó Sirius, exasperado, y salió
a toda prisa del salón. Lo oyeron bajar precipitadamente la escalera, mientras los chillidos de
la señora Black volvían a resonar por toda la casa.
—¡Manchas de deshonra, sucios mestizos, traidores a la sangre, hijos de la inmundicia!...

82 Pico

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
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—Harry, cierra la puerta, por favor —le pidió la señora Weasley.
Harry se tomó todo el tiempo que pudo para cerrar l a puerta del salón porque quería
escuchar lo que estaba pasando abajo. Era evidente que Sirius había conseguido cerrar las
cortinas y tapar el retrato de su madre, porque ésta dejó de gritar. Harry oyó que Sirius
andaba por el vestíbulo, y luego, el tintineo de la cadenilla de la puerta de la calle y una voz
grave que identificó como la de Kingsley Shacklebol t, que decía:
—Hestia acaba de relevarme, así que ahora tiene la capa de Moody. Me ha parecido
oportuno comunicar a Dumbledore...
Harry notó los ojos de la señora Weasley clavados en su nuca, así que cerró con pesar la
puerta del salón y se unió a la brigada de limpieza de doxys.
La señora Weasley estaba encorvada sobre la página correspondiente a las doxys de
Gilderoy Lockhart: guía de las plagas en el hogar, que estaba abierto encima del sofá.
—Bueno, muchachos, tenéis que ir con cuidado porque las doxys muerden y sus dientes
son venenosos. Aquí tengo una botella de antídoto, pero preferiría no tener que utilizarlo. —Se
enderezó, se plantó delante de las cortinas e hizo señas a los demás para que se acercaran—.
Cuando dé la orden, empezad a rociar las cortinas — dijo—. Ellas saldrán volando hacia
nosotros, o eso espero, pero en los pulverizadores dice que con una sola rociada quedan
paralizadas. Cuando estén inmovilizadas, ponedlas en este cubo 83. —Se apartó con cuidado de
la línea de fuego de los demás y levantó su pulverizador—. ¿Preparados? ¡Disparad!
Harry sólo llevaba unos segundos pulverizando las c ortinas cuando una doxy de tamaño
considerable salió volando de un pliegue de la tela, agitando sus relucientes alas de escarabajo
y enseñando los diminutos y afilados dientes. Tenía el cuerpo de hada cubierto de un tupido
pelo negro y los cuatro pequeños puños apretados co n furia. Harry le lanzó un chorro de
doxycida en la cara. La doxy se quedó quieta en el aire y cayó produciendo un ruido sordo,
sorprendentemente fuerte, sobre la raída alfombra. Harry la recogió y la echó al cubo.
—¿Se puede saber qué haces, Fred? —preguntó la seño ra Weasley con brusquedad—.
¡Rocía a ésa enseguida y métela en el cubo!
Harry se dio la vuelta. Fred tenía una doxy cogida entre el índice y el pulgar.
—Allá va —dijo Fred con entusiasmo, y roció a la do xy en la cara hasta que la criatura se
desmayó; pero en cuanto la señora Weasley se volvió , Fred se guardó la doxy en el bolsillo y
guiñó un ojo.
—Queremos hacer experimentos con veneno de doxy par a elaborar nuestros Surtidos
Saltaclases —dijo George a Harry por lo bajo.
Harry roció con habilidad a otras dos doxys que iban volando directamente hacia su
nariz; luego se acercó a George y, sin despegar los labios, murmuró:
—¿Qué son los Surtidos Saltaclases?
—Una variedad de caramelos para ponerte enfermo —su surró George sin apartar la vista
de la espalda de la señora Weasley—. No gravemente enfermo, claro, sino sólo lo suficiente
para saltarte una clase cuando te interese. Fred y yo los hemos creado este verano. Son unos
caramelos masticables de dos colores. Si te comes l a mitad de color naranja de las pastillas
vomitivas, vomitas. En cuanto te dejan salir de la clase para ir a la enfermería, te tragas la
mitad morada...
—... «que te devuelve a tu estado de salud normal, permitiéndote realizar la actividad de
ocio de tu elección durante una hora que, de otro m odo, habrías dedicado a un infructuoso
aburrimiento.» Bueno, eso es lo que hemos puesto en los anuncios —continuó Fred en voz
baja; se había ido apartando poco a poco del campo visual de la señora Weasley y recogía
unas cuantas doxys, que habían quedado esparcidas p or el suelo, y se las guardaba en el
bolsillo—. Pero todavía tenemos que perfeccionar el invento. De momento, nuestros

83 Balde

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controladores de calidad tienen problemas para parar de vomitar y comerse la parte morada.
—¿Controladores de calidad?
—Nosotros —aclaró Fred—. Vamos turnándonos. George probó los bombones desmayo;
el turrón sangranarices lo probamos los dos...
—Mamá creía que nos habíamos batido en duelo —dijo George.
—Veo que la tienda de artículos de broma sigue funcionando —murmuró Harry fingiendo
que colocaba bien el pitorro de su pulverizador.
—Bueno, todavía no hemos tenido ocasión de buscar u n local —continuó diciendo Fred,
bajando la voz aún más, mientras la señora Weasley se secaba la frente con el pañuelo antes
de volver al ataque—, así que de momento lo tenemos organizado como un servicio de venta
por correo. La semana pasada pusimos anuncios en El Profeta.
—Y todo gracias a ti, Harry —añadió George—. Pero n o temas, mamá no tiene ni idea. Ya
no lee El Profeta porque dice mentiras sobre ti y sobre Dumbledore.
Harry sonrió. Había obligado a los gemelos Weasley a aceptar los mil galeones del premio
en metálico del Torneo de los tres magos que había ganado, para ayudarlos a llevar a cabo su
ambicioso plan de abrir una tienda de artículos de broma. De todos modos, le alegró saber que
la señora Weasley no estaba al corriente de su cola boración, pues ella no creía que dirigir una
tienda de artículos de broma fuera una carrera adecuada para dos de sus hijos.
La desdoxyzación de las cortinas les llevó casi toda la mañana. Ya era más de mediodía
cuando la señora Weasley se quitó por fin el pañuel o protector y se dejó caer en una mullida
butaca, pero dio un salto al tiempo que soltaba un grito de asco, pues se había sentado
encima de la bolsa de ratas muertas. Las cortinas h abían dejado de zumbar y colgaban
mustias y húmedas después de la intensa pulverización. A los pies de las cortinas, las doxys
inconscientes estaban amontonadas en el cubo, junto a un cuenco de huevos negros de doxy
que Crookshanks olfateaba y a los que Fred y George lanzaban codici osas miradas.
—Creo que de eso nos encargaremos después de comer —dijo la señora Weasley
señalando las polvorientas vitrinas que había a ambos lados de la repisa de la chimenea.
Estaban llenas a rebosar de un extraño surtido de o bjetos: una colección de dagas
oxidadas, garras, una piel de serpiente enroscada, varias cajas de plata sin lustre con
inscripciones en idiomas que Harry no entendía, y l o más desagradable de todo: una
ornamentada botella de cristal con un gran ópalo en el tapón, llena de algo que parecía
sangre.
Volvió a sonar el timbre de la puerta, y todos miraron a la señora Weasley.
—Quedaos aquí —dijo ella con firmeza, y agarró la b olsa de ratas en el momento en que
abajo empezaban a oírse de nuevo los bramidos de la señora Black—. Voy a traeros unos
sándwiches.
Salió de la habitación y cerró con cuidado tras ella. A continuación, todos corrieron hacia
la ventana para ver quién había 84 en la puerta principal. Alcanzaron a ver la coroni lla de una
despeinada y rojiza cabeza y un montón de calderos en precario equilibrio.
-—¡Mundungus! —exclamó Hermione—. ¿Para qué habrá t raído esos calderos?
—Debe de buscar un lugar seguro donde guardarlos —dijo Harry—. ¿No era eso, recoger
calderos robados, lo que estaba haciendo la noche que debía vigilarme?
—¡Sí, tienes razón! —respondió Fred. La puerta de l a calle se abrió y Mundungus entró
por ella con sus calderos y se perdió de vista—. ¡V aya, a mamá no le va a hacer ninguna
gracia!
Fred y George corrieron hacia la puerta y se quedar on junto a ella, escuchando con

84 Estaba

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atención. La señora Black había dejado de gritar.
—Mundungus está hablando con Sirius y con Kingsley —dijo Fred en voz baja,
concentrado y con el entrecejo fruncido—. No los oigo bien... ¿Qué os parece si probamos con
las orejas extensibles?
—Quizá valga la pena intentarlo —admitió George—. P odría subir un momento y coger
unas...
Pero en ese preciso instante estalló una sonora exclamación en el piso de abajo que hizo
que las orejas extensibles resultaran superfluas. Se podía oír a la perfección lo que la señora
Weasley estaba diciendo a grito pelado.
—¡Esto no es un escondrijo de artículos robados!
—Me encanta oír a mamá gritándole a otra persona —c omentó Fred con una sonrisa de
satisfacción en la cara, mientras abría un poco la puerta para dejar que la voz de la señora
Weasley entrara mejor en el salón—. Para variar.
—... completamente irresponsable, como si no tuviér amos bastantes preocupaciones sin
que tú traigas tus calderos robados a la casa...
—Los muy idiotas la están dejando coger carrerilla 85 —dijo George haciendo un gesto
negativo con la cabeza—. Hay que atajarla enseguida porque si no se calienta y ya no hay
quien la pare. Se moría de ganas de soltarle una buena reprimenda a Mundungus desde que
desapareció, cuando se suponía que estaba siguiéndo te, Harry. Y allá va la madre de Sirius
otra vez.
La voz de la señora Weasley quedó apagada bajo una nueva sarta de chillidos e
improperios de los retratos del vestíbulo.
George hizo ademán de cerrar la puerta para ahogar el ruido, pero, antes de que pudiera
hacerlo, un elfo doméstico se coló en la habitación.
Iba desnudo, con la excepción de un trapo mugriento atado, como un taparrabos,
alrededor de la cintura. Parecía muy viejo. Le sobraba piel por todas partes y, aunque era
calvo como todos los elfos domésticos, le salían pe los blancos por las enormes orejas de
murciélago. Tenía los ojos, de color verde claro, inyectados en sangre, y la carnosa nariz era
grande y con forma de morro de cerdo.
El elfo no prestó la más mínima atención ni a Harry ni a los demás. Como si no los
hubiera visto, entró arrastrando los pies, encorvado, caminando despacio y con obstinación, y
fue hacia el fondo de la estancia sin dejar de murm urar por lo bajo con voz grave y áspera,
como la de una rana toro.
—... apesta a alcantarilla y por si fuera poco es un delincuente, pero ella no es mucho
mejor, una repugnante traidora a la sangre con unos críos que enredan la casa de mi ama, oh,
mi pobre ama, si ella supiera, si supiera qué escoria han dejado entrar en la casa, qué le diría
al viejo Kreacher, oh, qué vergüenza, sangre sucia, hombres lobo, traidores y ladrones, pobre
viejo Kreacher, qué puede hacer él...
—¡Hola, Kreacher! —lo saludó Fred, casi gritando, y cerró la puerta haciendo mucho
ruido.
El elfo doméstico se paró en seco, dejó de mascullar y dio un respingo muy exagerado y
muy poco convincente.
—Kreacher no había visto al joven amo —se excusó; a continuación se giró y se inclinó
ante Fred. Con los ojos clavados todavía en la alfombra, añadió en un tono perfectamente
audible—: Un sucio mocoso y un traidor a su sangre, eso es lo que es.
—¿Cómo dices? —preguntó George—. No he oído eso últ imo.

85 La están haciendo enojar

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—Kreacher no ha dicho nada —respondió el elfo, y se inclinó ante George, añadiendo en
voz baja pero muy clara—: Y ahí está su gemelo; un par de bestias anormales.
Harry no sabía si reír o no. El elfo se enderezó y los miró a todos con hostilidad; en
apariencia convencido de que nadie podía oírlo, siguió murmurando:
—Y ahí está la sangre sucia, la muy descarada, ay, si mi ama lo supiera, oh, cómo
lloraría; y hay un chico nuevo, Kreacher no sabe su nombre. ¿Qué hace aquí? Kreacher no lo
sabe...
—Éste es Harry, Kreacher —dijo Hermione, titubeante —. Harry Potter.
Kreacher abrió mucho los ojos y se puso a farfullar más deprisa y con más rabia que
antes:
—La sangre sucia le habla a Kreacher como si fuera su amigo; si el ama viera a Kreacher
con esta gente, oh, ¿qué diría?
—¡No la llames sangre sucia! —saltaron Ron y Ginny al unísono, muy enfadados.
—No importa —susurró Hermione—, no está en sus caba les, no sabe lo que...
—Desengáñate, Hermione, sabe muy bien lo que dice — aclaró Fred mirando a Kreacher
con antipatía.
Kreacher seguía mascullando sin apartar la vista de Harry.
—¿Es verdad? ¿Es Harry Potter? Kreacher puede ver l a cicatriz, debe de ser cierto, ése es
el chico que venció al Señor Tenebroso 86, Kreacher se pregunta cómo lo haría...
—Nosotros también nos lo preguntamos, Kreacher —dij o Fred.
—¿A qué has venido, Kreacher? ¿Qué quieres? —pregun tó George.
Kreacher dirigió sus enormes y claros ojos hacia George.
—Kreacher está limpiando —contestó con evasivas.
—¡No me digas! —exclamó una voz detrás de Harry.
Sirius había vuelto y miraba con desprecio al elfo desde el umbral. El ruido en el
vestíbulo había cesado; quizá la señora Weasley y M undungus siguieran discutiendo en la
cocina. Al ver a Sirius, Kreacher hizo una reverencia exageradísima, hasta tocar el suelo con
su nariz en forma de hocico.
—Levántate —le espetó Sirius impaciente—. A ver, ¿q ué estás tramando?
—Kreacher está limpiando —repitió el elfo—. Kreacher vive para servir a la noble casa de
los Black...
—Que cada día está más negra —afirmó Sirius.
—Al amo siempre le ha gustado hacer bromas —comentó Kreacher; volvió a inclinarse y
siguió murmurando—: El amo era un canalla desagrade cido que le partió el corazón a su
madre...
—Mi madre no tenía corazón, Kreacher —lo atajó Sirius—. Se mantenía viva por pura
maldad.
Kreacher hizo otra reverencia.
—Como diga el amo —masculló con furia—. El amo no e s digno siquiera de limpiarle la
porquería de las botas a su madre, oh, mi pobre ama, qué diría si viera a Kreacher sirviéndolo
a él, con lo que ella lo odiaba, cómo la decepcionó...

86 Señor de las Tinieblas

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—Te he preguntado qué te traes entre manos —dijo Sirius con frialdad—. Cada vez que
apareces fingiendo que limpias, te llevas algo a tu habitación para que no podamos tirarlo.
—Kreacher jamás movería nada de su sitio en la casa del amo —repuso el elfo, y luego
farfulló muy deprisa—: El ama jamás perdonaría a Kreacher si tiraran el tapiz, lleva siete siglos
en la familia, Kreacher debe salvarlo, Kreacher no dejará que el amo y los traidores y los
mocosos lo destruyan...
—Ya me lo imaginaba —comentó Sirius mirando con des precio la pared de enfrente—. Mi
madre le habrá hecho otro encantamiento de presenci a permanente en la parte de atrás,
seguro, pero si puedo deshacerlo me libraré de él. Y ahora lárgate, Kreacher.
Por lo visto, Kreacher no se atrevía a desobedecer una orden directa; sin embargo, la
mirada que le lanzó a Sirius al pasar arrastrando los pies por delante de él estaba llena de un
profundo odio, y salió de la habitación sin parar de murmurar:
—... llega de Azkaban y se pone a darle órdenes a K reacher; oh, mi pobre ama, qué diría
si viera cómo está la casa, llena de escoria, despojada de sus tesoros; ella juró que él no era
hijo suyo y él ha vuelto, y dicen que es un asesino.
—¡Sigue murmurando y me convertiré en un asesino de verdad! —gritó Sirius con
irritación al mismo tiempo que cerraba de un portazo.
—No está en sus cabales, Sirius —dijo Hermione con tono suplicante—, creo que no se da
cuenta de que oímos lo que dice.
—Lleva demasiado tiempo solo —aclaró Sirius—, recib iendo órdenes absurdas del retrato
de mi madre y hablándose a sí mismo, pero siempre fue un repugnante...
—A lo mejor, si le dieras la libertad... —sugirió Hermione.
—No podemos darle la libertad, sabe demasiado sobre la Orden —respondió Sirius de
manera cortante—. Además, la conmoción lo mataría. Insinúale que salga de esta casa, y ya
verás cómo reacciona.
Sirius se dirigió a la pared donde estaba colgado el tapiz que Kreacher había estado
intentando proteger. Harry y los demás lo siguieron.
El tapiz parecía viejísimo; estaba desteñido y raíd o, como si las doxys lo hubieran
mordisqueado. Con todo, el hilo dorado con el que estaba bordado todavía relucía lo suficiente
para dejar ver un extenso árbol genealógico que se remontaba, por lo que Harry pudo
distinguir, hasta la Edad Media. En la parte superior había grandes letras que rezaban:

La noble y ancestral casa de los Black
«Toujours pur»

—¡Tú no sales aquí! —exclamó Harry tras recorrer co n la mirada la parte inferior del
árbol.
—Antes estaba —comentó Sirius señalando un pequeño y redondo agujero con los bordes
chamuscados, que parecía una quemadura de cigarrillo—. Mi dulce y anciana madre me borró
cuando me escapé de casa. A Kreacher le encanta relatar esa historia entre dientes.
—¿Te escapaste de casa?
—Cuando tenía dieciséis años —afirmó Sirius—. Estab a harto.
—¿Adonde fuiste? —preguntó Harry mirándolo fijament e.
—A casa de tu padre —contestó Sirius—. Tus abuelos se portaron muy bien conmigo; me
adoptaron, por así decirlo. Sí, me instalé en casa de tu padre y pasé allí las vacaciones
escolares, y cuando cumplí diecisiete años me fui a vivir solo. Mi tío Alphard me había dejado
una cantidad considerable de oro; a él también debe n de haberlo borrado del árbol por eso. En

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fin, después empecé a vivir solo. Pero siempre fui bien recibido en casa de los Potter, y solía ir
allí a comer los domingos.
—Pero ¿por qué...?
—¿Por qué me marché? —Sirius compuso una amarga son risa y se pasó los dedos por el
largo y despeinado cabello—. Porque los odiaba a todos: a mis padres, con su manía de la
sangre limpia, convencidos de que ser un Black te convertía prácticamente en un miembro de
la realeza... El idiota de mi hermano, que fue lo bastante estúpido para creérselo... Ése es él.
Sirius puso un dedo en la parte inferior del árbol y señaló el nombre «Regulus Black». La
fecha de su muerte (unos quince años atrás) seguía a la de su nacimiento.
—Era más joven que yo —explicó Sirius—, y mucho mej or, como me recordaban mis
padres cada dos por tres.
—Pero murió —dijo Harry.
—Sí. El muy imbécil... se unió a los mortífagos.
—¡No lo dirás en serio!
—¡Vaya, Harry! ¿No has visto ya suficiente de esta casa para entender a qué clase de
magos pertenecía mi familia? —dijo Sirius con fastidio.
—Tus padres..., tus padres ¿también eran mortífagos ?
—No, no, pero creían que Voldemort tenía razón; est aban a favor de la purificación de la
raza mágica, querían deshacerse de los hijos de los muggles y que mandaran los sangre
limpia. Y no eran los únicos; mucha gente, antes de que Voldemort se mostrara tal cual era en
realidad, creía que él tenía razón... Aunque, cuand o vieron lo que estaba dispuesto a hacer
para conseguir el poder, les entró miedo y se echar on atrás. Pero supongo que, al principio,
mis padres creyeron que Regulus era un verdadero hé roe cuando se le unió.
—¿Lo mató un Auror? —preguntó Harry, titubeante.
—No, qué va —contestó Sirius—. Lo mató Voldemort. O mejor dicho, alguien que
obedecía sus órdenes; dudo que Regulus llegara a ser lo bastante importante para que
Voldemort quisiera matarlo en persona. Por lo que pude averiguar después de su muerte, al
cabo de un tiempo de haberse unido a Voldemort le e ntró pánico al ver lo que le pedían que
hiciera e intentó volverse atrás. Pero a Voldemort no le entregas tu dimisión así como así. Es
toda una vida de servicio o la muerte.
—¡A comer! —anunció la señora Weasley.
Llevaba la varita en alto sosteniendo con la punta una enorme bandeja llena de
sandwiches y un pastel. Estaba muy colorada y parecía muy enfadada. Todos se dirigieron
hacia ella, hambrientos, pero Harry se quedó con Sirius, que se había acercado más al tapiz.
—Hacía años que no lo miraba. Aquí está Phineas Nig ellus, mi tatarabuelo, ¿lo ves? El
director menos admirado que jamás ha tenido Hogwart s... Y Araminta Meliflua, prima de mi
madre. Intentó llevar adelante un proyecto de ley m inisterial para legalizar la caza de
muggles... Y la querida tía Elladora. Inició la tradición familiar de decapitar a los elfos
domésticos cuando se hacían demasiado viejos para l levar las bandejas del té... Como es
lógico, cada vez que la familia daba algún miembro medianamente decente, lo repudiaban.
Veo que Tonks no aparece. Quizá sea por eso por lo que Kreacher no acepta sus órdenes: se
supone que tiene que hacer todo lo que le ordene cualquier miembro de la familia...
—¿Tonks y tú sois parientes? —preguntó Harry con so rpresa.
—Sí, claro, su madre, Andrómeda, era mi prima favor ita —le explicó Sirius mientras
examinaba con minuciosidad el tapiz—. No, Andrómeda tampoco sale, mira...
Señaló otra quemadura redonda entre dos nombres, Be llatrix y Narcisa.

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—Las hermanas de Andrómeda todavía están aquí porque hicieron bonitos y respetables
matrimonios con hombres de sangre limpia, pero Andrómeda se casó con un hijo de muggles,
Ted Tonks, así que...
Sirius fingió arremeter contra el tapiz con una varita y rió con amargura. Harry, sin
embargo, no rió, pues estaba demasiado ocupado leye ndo los nombres que había a la derecha
del agujero de Andrómeda. Una línea doble de hilo d orado unía a Narcisa Black con Lucius
Malfoy y una línea simple vertical que salía de sus nombres terminaba en «Draco».
—¡Estás emparentado con los Malfoy!
—Todas las familias de sangre limpia están relacion adas entre sí —explicó Sirius—. Si
sólo permites que tus hijos e hijas se casen con gente de sangre limpia, las posibilidades son
limitadas; ya no quedamos muchos. Molly y yo somos primos políticos, y Arthur es algo así
como mi primo segundo. Pero no vale la pena buscarlos aquí: si hay una familia de traidores a
la sangre en el mundo, se trata de los Weasley.
En ese momento Harry estaba leyendo el nombre que h abía a la izquierda del agujero
correspondiente a Andrómeda: Bellatrix Black, que estaba conectado mediante una línea doble
al del de Rodolphus Lestrange.
—Lestrange... —pronunció Harry en voz alta. Aquel n ombre había despertado algún
recuerdo en su memoria; le sonaba de algo, pero no sabía de qué, aunque le produjo una
extraña sensación, una especie de escalofrío en el estómago.
—Están en Azkaban —dijo Sirius con aspereza. Harry lo miró con expresión de
curiosidad—. Bellatrix y su marido, Rodolphus, entraron con Barty Crouch, hijo —añadió Sirius
con la misma aspereza—. Rabastan, el hermano de Rod olphus, también entró con ellos.
Entonces Harry lo recordó. Había visto a Bellatrix Lestrange dentro del pensadero de
Dumbledore, aquel extraño aparato en que se podían almacenar los pensamientos y los
recuerdos; era una mujer alta y morena con los párpados caídos que en el juicio había
proclamado que mantendría su alianza con lord Voldemort, así como lo orgullosa que se sentía
por haber intentado encontrarlo después de su caída y su convicción de que algún día su
lealtad se vería recompensada.
—Nunca me dijiste que era tu...
—¿Qué más da que sea mi prima? —le espetó Sirius—. Por lo que a mí respecta, ya no
son familia mía. Ella, desde luego, no lo es. No la veo desde que tenía tu edad, exceptuando el
día de su llegada a Azkaban. ¿Crees que estoy orgul loso de tener un pariente como ella?
—Lo siento —dijo Harry—. No quería... Es que me ha sorprendido, nada más.
—No importa, no tienes que disculparte —masculló Si rius entre dientes, y se dio la vuelta
con las manos hundidas en los bolsillos—. No me hac e ninguna gracia estar aquí —añadió
contemplando el salón—. Nunca pensé que volvería a estar encerrado en esta casa.
Harry lo entendía a la perfección. Se imaginaba lo que sentiría cuando fuera mayor y
creyera haberse librado de aquel lugar para siempre si tuviera que volver a vivir en el número
cuatro de Privet Drive.
—Como cuartel general es ideal, desde luego —agregó Sirius—. Cuando mi padre vivía
aquí instaló todas las medidas de seguridad mágicas conocidas. Está muy bien disimulada, de
modo que los muggles nunca llamarían a la puerta; c laro que, aunque no lo estuviera,
tampoco querrían acercarse aquí. Y ahora que Dumbledore ha añadido sus propios sistemas de
protección, te costaría mucho encontrar otra casa m ás segura que ésta. Dumbledore es
Guardián de los Secretos de la Orden, lo cual quiere decir que nadie puede encontrar el cuartel
general a menos que él le diga personalmente dónde está. Esa nota que Moody te enseñó
anoche era de Dumbledore... —Sirius soltó una breve y áspera risa—. Si mis padres vieran
para qué estamos utilizando su casa ahora... Bueno, puedes hacerte una idea por los gritos del
retrato de mi madre... —Frunció un instante el entrecejo y luego suspiró—. No me importaría
tanto si de vez en cuando pudiera salir y hacer algo útil. Le he pedido a Dumbledore que me

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deje escoltarte el día de la vista, tomando la forma de Hocicos, claro; así podría darte un poco
de apoyo moral. ¿Qué te parece?
Harry tuvo la sensación de que el estómago se le hu ndía hasta la polvorienta alfombra.
No había vuelto a pensar ni una sola vez en la vista desde la cena de la noche anterior; con la
emoción de volver a estar rodeado de la gente que é l más quería, y con tantas noticias, no
había vuelto a acordarse de aquel asunto pendiente. Sin embargo, cuando Sirius mencionó la
vista, volvió a invadirlo un miedo aplastante. Miró a Hermione y a los Weasley, que estaban
comiéndose los sandwiches, y pensó en cómo se senti ría si ellos regresaban a Hogwarts sin él.
—No te preocupes —lo tranquilizó Sirius. Harry levantó la cabeza y comprendió que su
padrino había estado observándolo—. Estoy seguro de que te absolverán. El Estatuto
Internacional del Secreto contempla el uso de la magia para salvar la propia vida.
—Pero si me expulsan —dijo Harry en voz baja—, ¿me dejarás venir aquí y quedarme a
vivir contigo?
Sirius esbozó una triste sonrisa.
—Ya veremos.
—Afrontaría mucho mejor la vista si supiera que, pase lo que pase, no tendré que volver
con los Dursley —insistió Harry.
—Deben ser realmente odiosos para que prefieras viv ir en esta casa —contestó Sirius con
tono pesimista.
—Daos prisa vosotros dos, os vais a quedar sin nada —los avisó la señora Weasley.
Sirius suspiró otra vez y echó un vistazo al tapiz; luego Harry y él fueron a reunirse con
los demás.
Aquella tarde Harry hizo todo lo posible para no pe nsar en la vista mientras vaciaban las
vitrinas. Por fortuna para él, era un trabajo que requería gran concentración, pues muchos de
los objetos que había allí dentro se mostraban muy reacios a abandonar sus polvorientos
estantes. Sirius recibió una fuerte mordedura de una caja de rapé de plata; pasados unos
segundos, la mano herida había generado una repugna nte costra, como una especie de guante
marrón muy duro.
—No pasa nada —dijo examinándose la mano con interé s antes de darle unos golpecitos
con la varita mágica para que la piel volviera a su estado normal—. Dentro debía de haber
polvos verrugosos.
Metió la caja en el saco donde iban guardando lo qu e sacaban de las vitrinas, y poco
después Harry vio cómo George se envolvía la mano con un trapo y se guardaba la caja en el
bolsillo lleno de doxys.
Encontraron un instrumento de plata de aspecto espe luznante, algo parecido a unas
pinzas con muchas patas; cuando Harry lo cogió, subió corriendo por su brazo, como una
araña, e intentó pincharlo. Sirius lo atrapó y lo aplastó con un pesado libro titulado La nobleza
de la naturaleza: una genealogía mágica. También había una caja de música que emitía una
melodía tintineante y un poco siniestra cuando le d abas cuerda, y de pronto todos se sintieron
débiles y soñolientos de una forma muy extraña, has ta que a Ginny se le ocurrió cerrar la tapa
de un porrazo; un enorme guardapelo 87 que nadie pudo abrir; varios sellos antiguos; y, en una
caja cubierta de polvo, una Orden de Merlín, Primer a Clase, concedida al abuelo de Sirius por
los «servicios prestados al Ministerio».
—Quiere decir que les dio mucho oro —aclaró Sirius con desprecio, y metió la medalla en
el saco de basura.
Kreacher se coló en la habitación varias veces e intentó llevarse cosas en el taparrabos,
murmurando terribles maldiciones cada vez que lo pi llaban. Cuando Sirius le arrancó de la

87 Relicario

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mano un enorme anillo de oro con el emblema de los Black, Kreacher rompió a llorar de rabia
y salió de la habitación sollozando y lanzando contra Sirius unos insultos que Harry nunca
había oído.
—Era de mi padre —explicó Sirius, y metió el anillo en el saco—. Kreacher no le tenía
tanto aprecio a él como a mi madre, pero la semana pasada lo sorprendí robando unos
pantalones suyos.

La señora Weasley los tuvo unos cuantos días trabajando muy duro. Tardaron tres días
en descontaminar el salón. Al final los únicos trastos que quedaron fueron el tapiz del árbol
genealógico de la familia Black, que resistió todos sus intentos de retirarlo de la pared, y el
escritorio vibrante. Moody aún no había aparecido p or el cuartel general, de modo que no
podían estar seguros de qué había dentro.
Pasaron del salón a un comedor de la planta baja donde encontraron arañas, del tamaño
de platos de postre, escondidas en el aparador (Ron salió precipitadamente de la habitación
para hacerse una taza de té y no regresó hasta una hora y media más tarde). Sirius, sin
miramientos, metió la porcelana, que llevaba el emblema y el lema de los Black, en un saco al
que fueron a parar también una serie de fotografías viejas con deslustrados marcos de plata,
cuyos ocupantes soltaron agudos gritos al romperse los cristales que los cubrían.
Snape se había referido a su trabajo como «limpieza », pero Harry opinaba que en
realidad estaban guerreando contra la casa, que se defendía con uñas y dientes con la ayuda
de Kreacher. El elfo doméstico aparecía siempre en el lugar donde se habían congregado, y
sus murmullos de protesta cada vez eran más ofensiv os mientras intentaba llevarse cualquier
cosa que pudiera de los sacos de basura. Sirius has ta llegó a amenazarlo con darle una
prenda, pero Kreacher lo miró fijamente con sus ojos vidriosos y dijo: «El amo puede hacer lo
que quiera»; luego se dio la vuelta y farfulló de modo que todos pudieran oírlo: «Pero el amo
no echará a Kreacher, no, porque Kreacher sabe lo q ue están tramando, oh, sí, están
conspirando contra el Señor Tenebroso, sí, con estos sangre sucia y traidores y escoria...»
Al oír tales palabras, Sirius, sin hacer caso de la s protestas de Hermione, agarró a
Kreacher por la parte de atrás del taparrabos y lo sacó a la fuerza de la habitación.
El timbre de la puerta sonaba varias veces al día, y ésa era la señal para que la madre de
Sirius se pusiera a gritar de nuevo, y para que Har ry y los demás intentaran escuchar lo que
decía el visitante, aunque podían deducir muy poco a partir de las fugaces imágenes y de los
breves fragmentos de conversación que captaban, ant es de que la señora Weasley los hiciera
volver a sus tareas. Snape entró y salió de la casa varias veces más, aunque para gran alivio
de Harry nunca se encontraron cara a cara; Harry ta mbién vio a la profesora McGonagall, de
Transformaciones, que estaba muy rara con un vestid o y un abrigo de muggle, y que al
parecer también estaba demasiado ocupada para entretenerse mucho. A veces, sin embargo,
los visitantes se quedaban para echar una mano. Ton ks se quedó con ellos una tarde
memorable en la que encontraron un viejo ghoul 88 de instintos asesinos escondido en un
cuarto de baño del piso superior, y Lupin, que vivía en la casa con Sirius pero pasaba largos
periodos fuera, realizando misteriosas misiones para la Orden, los ayudó a reparar un reloj de
pie que había desarrollado la desagradable costumbr e de lanzarse contra quien pasara por
delante de él. Mundungus se reconcilió un poco con la señora Weasley al rescatar a Ron de
unas viejas túnicas de color morado que intentaron estrangularlo cuando las sacó de su
armario.
Pese a que seguía durmiendo muy mal, pues todavía s oñaba con pasillos y puertas
cerradas con llave que hacían que le picara la cicatriz, Harry estaba pasándoselo bien por
primera vez aquel verano. Mientras estaba ocupado s e sentía contento; pero una vez
terminadas las tareas, y tan pronto como bajaba la guardia o, agotado, se tumbaba en la
cama y se quedaba mirando las sombras borrosas que se movían por el techo, volvía a
acordarse de la vista del Ministerio que se avecinaba. El miedo lo atenazaba cada vez que se
preguntaba qué sería de él si lo expulsaban de Hogw arts. Esa idea era tan terrible que no se

88 Espíritu

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atrevía a expresarla en voz alta, ni siquiera delante de Ron y Hermione, a los que Harry veía a
menudo susurrando y mirándolo disimuladamente con e xpresión de tristeza, aunque seguían
su ejemplo y no mencionaban aquel tema. A veces no podía impedir que su imaginación le
hiciera ver a un funcionario sin rostro del Ministerio partiendo su varita mágica por la mitad y
ordenándole que regresara a casa de los Dursley... Pero Harry no pensaba volver allí. Estaba
decidido. Regresaría a Grimmauld Place y viviría con Sirius.
El miércoles por la noche, durante la cena, notó co mo si un ladrillo hubiera caído dentro
de su estómago cuando la señora Weasley se volvió h acia él y, con voz queda, dijo:
—Te he planchado tu mejor ropa para mañana por la m añana, Harry, y quiero que esta
noche te laves el pelo. Una buena primera impresión puede hacer maravillas.
Ron, Hermione, Fred, George y Ginny dejaron de habl ar y miraron a Harry. Éste asintió
con la cabeza e intentó seguir comiéndose la chuleta, pero se le había quedado la boca tan
seca que no podía masticar.
—¿Cómo voy a ir hasta allí? —le preguntó a la señor a Weasley intentando adoptar un
tono despreocupado.
—Te llevará Arthur cuando vaya a trabajar —contestó ella con dulzura.
El señor Weasley, que estaba sentado al otro lado d e la mesa, sonrió para animar a
Harry.
Éste miró a Sirius, pero antes de que pudiera formular la pregunta, la señora Weasley ya
la había respondido.
—El profesor Dumbledore no cree que sea buena idea que Sirius vaya contigo, y he de
decir que yo...
—... opino que tiene mucha razón —continuó Sirius entre dientes.
La señora Weasley frunció los labios.
—¿Cuándo te ha dicho Dumbledore eso? —preguntó Harr y mirando a Sirius.
—Vino anoche, cuando tú estabas acostado —terció el señor Weasley.
Sirius, malhumorado, clavó el tenedor en una patata. Harry bajó la vista y la fijó en su
plato. Saber que Dumbledore había estado en aquella casa la víspera de su vista y no había
ido a verlo hizo que se sintiera aún peor, si eso era posible.

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
79

7
El Ministerio de Magia


A la mañana siguiente, Harry despertó de golpe a la s cinco, como si alguien le hubiera
gritado en la oreja. Se quedó unos instantes tumbad o, inmóvil, mientras la perspectiva de la
vista disciplinaria llenaba cada diminuta partícula de su cerebro; luego, incapaz de soportarlo
más, saltó de la cama y se puso las gafas. La señor a Weasley le había dejado los vaqueros y
una camiseta lavados y planchados a los pies de la cama. Harry se vistió. El cuadro vacío de la
pared rió por lo bajo.
Ron estaba tirado en la cama, con la boca muy abier ta, profundamente dormido. Ni
siquiera se movió cuando Harry cruzó la habitación, salió al rellano y cerró la puerta sin hacer
ruido. Procurando no pensar en la próxima vez que v ería a Ron, cuando quizá ya no fueran
compañeros de clase en Hogwarts, Harry bajó la escalera, pasó por delante de los antepasados
de Kreacher y se dirigió a la cocina.
Se había imaginado que la encontraría vacía, pero cuando llegó a la puerta oyó un débil
murmullo de voces al otro lado. Abrió y vio al seño r y a la señora Weasley, Sirius, Lupin y
Tonks sentados a la mesa como si estuvieran esperán dolo. Todos estaban vestidos para salir,
excepto la señora Weasley, que llevaba una bata acolchada de color morado. La mujer se puso
en pie de un brinco en cuanto Harry entró en la cocina.
—Desayuno —dijo, y sacó su varita y corrió hacia el fuego.
—B-buenos días, Harry —lo saludó Tonks con un boste zo. Esa mañana tenía el pelo rubio
y rizado—. ¿Has dormido bien?
—Sí.
—Yo no he pe-pegado ojo —comentó ella con otro bost ezo que la hizo estremecerse—.
Ven y siéntate...
Apartó una silla, y al hacerlo derribó la de al lado.
—¿Qué te apetece comer, Harry? —le preguntó la seño ra Weasley—. ¿Gachas de
avena 89? ¿Bollos? ¿Arenques ahumados? ¿Huevos con beicon 90? ¿Tostadas?
—Tostadas, gracias.
Lupin miró a Harry y luego, dirigiéndose a Tonks, le dijo:
—¿Qué decías de Scrimgeour?
—¡Ah, sí! Bueno, que tendremos que ir con cuidado; ha estado haciéndonos preguntas
raras a Kingsley y a mí...
Harry agradeció que no le pidieran que participara en la conversación. Tenía el estómago
revuelto. La señora Weasley le puso delante un par de tostadas con mermelada; Harry intentó
comer, pero era como si masticara un trozo de alfom bra. La señora Weasley se sentó a su lado
y empezó a arreglarle la camiseta, escondiéndole la etiqueta y alisándole las arrugas de los
hombros. Harry habría preferido que no lo hiciera.
—...y tendré que decirle a Dumbledore que mañana no podré hacer el turno de noche,
estoy demasiado ca-cansada —terminó Tonks, bostezando otra vez.

89 Avena con leche 90 Tocino

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
80
—Ya te cubriré yo —se ofreció el señor Weasley—. No me importa, y de todos modos
tengo que terminar un informe...
El señor Weasley no llevaba ropa de mago, sino unos pantalones de raya diplomática 91 y
una cazadora. Cuando terminó de hablar con Tonks mi ró a Harry.
—¿Cómo te sientes? —El muchacho se encogió de hombr os—. Pronto habrá terminado
todo —le aseguró con optimismo—. Dentro de unas horas estarás absuelto. —Harry no dijo
nada—. La vista se celebrará en mi planta 92, en el despacho de Amelia Bones. Es la jefa del
Departamento de Seguridad Mágica, y la encargada de interrogarte.
—Amelia Bones es buena persona, Harry —afirmó Tonks con seriedad—. Es justa y te
escuchará.
Harry asintió con la cabeza; seguía sin ocurrírsele nada que decir.
—No pierdas la calma —intervino Sirius—. Sé educado y cíñete a los hechos.
Harry volvió a asentir.
—La ley está de nuestra parte —comentó Lupin con vo z queda—. Hasta los magos
menores de edad están autorizados a utilizar la magia en situaciones de peligro para su vida.
Harry tuvo la sensación de que algo muy frío goteab a por su espalda; al principio creyó
que alguien estaba haciéndole un encantamiento desi lusionador, pero entonces se dio cuenta
de que era la señora Weasley, que intentaba peinarlo con un peine mojado. Le aplastaba con
fuerza el pelo contra la coronilla, pero éste volvía a erizarse enseguida.
—¿No hay forma de aplastarlo? —preguntó desesperada .
Harry negó con la cabeza.
El señor Weasley consultó su reloj y miró al chico.
—Creo que deberíamos irnos ya —dijo—. Es un poco pr onto, pero estarás mejor en el
Ministerio que aquí, sin hacer nada.
—Vale —contestó Harry automáticamente; dejó la tostada en el plato y se puso en pie.
—Todo irá bien, Harry —aseguró Tonks, y le dio unas palmaditas en el brazo.
—Buena suerte —le deseó Lupin—. Estoy convencido de que todo saldrá bien.
—Y si no —añadió Sirius con gravedad—, ya me encargaré yo de Amelia Bones...
Harry esbozó una tímida sonrisa. La señora Weasley lo abrazó.
—Todos cruzaremos los dedos —afirmó.
—Bueno... Hasta luego —dijo Harry.
Subió con el señor Weasley al vestíbulo y oyó cómo la madre de Sirius gruñía en sueños
detrás de las cortinas de su retrato. El señor Weasley abrió la puerta de la calle y salieron al
frío y gris amanecer.
—Normalmente usted no va al trabajo andando, ¿verda d? —le preguntó cuando
empezaron a caminar a buen paso bordeando la plaza.
—No, suelo aparecerme —respondió el señor Weasley—, pero evidentemente tú no
puedes aparecerte, y creo que lo mejor es que lleguemos de forma no mágica. Así causarás
mejor impresión, dado el motivo por el que te han sancionado...
Mientras caminaban, el señor Weasley llevaba una ma no dentro de la cazadora. Harry
sabía que en esa mano llevaba la varita. Las calles, de aspecto abandonado, estaban casi

91 Con rayas finas 92 Piso

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
81
desiertas, pero cuando llegaron a la desangelada estación de metro la encontraron llena de
gente madrugadora que iba al trabajo. Como le ocurr ía siempre que se hallaba rodeado de
muggles que realizaban su rutina diaria, el señor Weasley a duras penas podía contener su
entusiasmo.
—Sencillamente fabuloso —susurró, señalando los dis pensadores automáticos de
billetes 93—. Maravillosamente ingenioso.
—No funcionan —observó Harry señalando el letrero.
—Ya, pero aun así... —dijo el señor Weasley contemplándolos con una sonrisa radiante.
Le compraron los billetes a un soñoliento empleado (Harry se encargó de la transacción
porque el señor Weasley no manejaba muy bien el din ero muggle), y cinco minutos más tarde
subieron al tren, que los llevó traqueteando hacia el centro de Londres. El señor Weasley no
paraba de consultar con ansiedad el plano del metro que había encima de las ventanas.
—Cuatro paradas más, Harry... Ahora quedan tres par adas... Sólo dos paradas, Harry...
Bajaron en una estación del centro de Londres y se vieron arrastrados por una marea de
hombres vestidos con traje y corbata y de mujeres c on maletines. Subieron por la escalera
mecánica, pasaron por el torniquete 94 (al señor Weasley le encantó cómo la máquina se
tragaba su billete) y salieron a una ancha calle con mucho tráfico e imponentes edificios a
ambos lados.
—¿Dónde estamos? —preguntó el señor Weasley, desori entado, y por un instante Harry
creyó que habían bajado en una estación equivocada, a pesar de las continuas consultas del
señor Weasley en el plano; pero entonces el hombre exclamó—: ¡Ah, sí! Por aquí, Harry. —Y lo
guió por una calle lateral—. Lo siento —añadió—, pe ro nunca voy al Ministerio en metro, y
desde la perspectiva muggle todo parece muy diferen te. De hecho, nunca he utilizado la
entrada de visitantes.
Cuanto más avanzaban, más pequeños y menos imponent es eran los edificios, hasta que
al final llegaron a una calle donde había varias oficinas de aspecto destartalado, un pub 95 y un
contenedor rebosante de basura. Harry esperaba un e mplazamiento mucho más impresionante
para el Ministerio de la Magia.
—Ya hemos llegado —afirmó, muy alegre, el señor Wea sley, y señaló una vieja cabina
telefónica roja a la que le faltaban varios cristales, situada frente a una pared cubierta de
grafitis 96—. Después de ti, Harry —dijo, y abrió la puerta de la cabina.
Harry entró preguntándose qué demonios significaba aquello. El señor Weasley entró
también, se apretujó contra él y cerró la puerta. Había muy poco espacio; Harry estaba
pegado contra el teléfono, que colgaba torcido de la pared, como si un gamberro 97 hubiera
intentado arrancarlo. El señor Weasley estiró un brazo y cogió el auricular.
—Señor Weasley, creo que esto tampoco funciona —dij o Harry.
—No, no, seguro que funciona —respondió el hombre l evantando el auricular por encima
de su cabeza y mirando el disco del teléfono con los ojos entornados—. Veamos... Seis... —
Marcó el número—. Dos... cuatro... y otro cuatro... y otro dos...
Cuando el disco hubo recuperado la posición inicial , con un suave zumbido, una gélida
voz femenina sonó dentro de la cabina telefónica, p ero no salía por el auricular que el señor
Weasley tenía en la mano, sino que sonaba con fuerz a y claridad, como si una mujer invisible
estuviera allí dentro con ellos.
—Bienvenido al Ministerio de la Magia. Por favor, diga su nombre y el motivo de su visita.

93 Boletos 94 Molinete 95 Una taberna 96 Grafitos 97 Vándalo

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
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—Esto... —empezó el señor Weasley sin saber si tenía que hablar por el auricular o no.
Lo solucionó acercándose el micrófono a la oreja—. Arthur Weasley, Oficina Contra el Uso
Indebido de Artefactos Muggles 98. He llegado escoltando a Harry Potter, que tiene q ue
presentarse a una vista disciplinaria...
—Gracias —contestó la gélida voz femenina—. Visitante, coja 99 la chapa y colóquesela en
la ropa en un lugar visible, por favor.
Se oyó un chasquido y un tintineo, y Harry vio que algo resbalaba por la rampa metálica
por donde normalmente salían las monedas devueltas. Lo cogió y comprobó que era una chapa
cuadrada de plata con la inscripción: «Harry Potter, vista disciplinaria.» Se la enganchó en la
camiseta, y entonces la voz femenina dijo:
—Visitante del Ministerio, tendrá que someterse a u n cacheo y entregar su varita mágica
en el mostrador de seguridad, que se encuentra al final del Atrio.
El suelo de la cabina telefónica se estremeció. Estaban hundiéndose poco a poco. Harry
miró con aprensión cómo la acera parecía elevarse a l otro lado de las ventanas de cristal de la
cabina hasta que se quedaron a oscuras por completo . Entonces ya no vio nada; sólo oía un
monótono chirrido, mientras la cabina telefónica seguía hundiéndose en la tierra. Pasado más
o menos un minuto, que a Harry se le hizo larguísim o, un resquicio de luz dorada le iluminó los
pies, luego fue creciendo de tamaño y subió por el cuerpo de Harry hasta que le dio en la cara;
el muchacho tuvo que parpadear para que no le llora ran los ojos.
—El Ministerio de la Magia les desea un buen día —los saludó la voz de mujer.
La puerta de la cabina telefónica se abrió sola y el señor Weasley salió seguido de Harry,
que tenía la boca abierta.
Se encontraban al final de un larguísimo y espléndi do vestíbulo con el suelo de madera
oscura muy brillante. En el techo, de color azul eléctrico, había incrustaciones de relucientes
símbolos dorados que se movían y cambiaban continua mente, como un inmenso tablón de
anuncios celeste. Las paredes del vestíbulo estaban recubiertas de pulida y oscura madera, y
en ellas había varias chimeneas doradas. De vez en cuando, una bruja o un mago salía por
una de las chimeneas de la pared de la izquierda con un débil ruido. Ante las chimeneas de la
pared de la derecha estaban formándose reducidas co las de brujas y de magos que esperaban
para entrar.
Hacia la mitad del vestíbulo había una fuente. Un grupo de estatuas doradas, de tamaño
superior al natural, se alzaban en el centro de un estanque circular. La figura más alta de
todas era la de un mago de aspecto noble, cuya varita señalaba al cielo. A su alrededor había
una hermosa bruja, un centauro, un duende y un elfo doméstico. Los tres últimos miraban con
adoración a la bruja y al mago, de cuyas varitas salían unos fastuosos chorros de agua, así
como del extremo de la flecha del centauro, de la p unta del sombrero del duende y de las
orejas del elfo doméstico. El tintineante silbido del agua al caer se unía al ruido que hacía la
gente al aparecerse (algo así como ¡crac! y ¡paf!) y al de los pasos de cientos de brujas y de
magos, la mayoría de los cuales ofrecían el apesadu mbrado aspecto de los madrugadores, que
se dirigían hacia unas puertas doradas que había al fondo del vestíbulo.
—Por aquí —indicó el señor Weasley.
Se unieron a la multitud y avanzaron entre los empl eados del Ministerio, algunos de los
cuales transportaban tambaleantes pilas de pergamin os; otros, por su parte, llevaban
gastados maletines, y unos cuantos iban leyendo El Profeta mientras andaban. Al pasar junto a
la fuente, Harry vio Sickles de plata y Knuts de br once que destellaban en el fondo del
estanque. Un pequeño y emborronado letrero decía:
TODO LO RECAUDADO POR LA FUENTE DE LOS HERMANOS MÁG ICOS SERÁ
DESTINADO AL HOSPITAL SAN MUNGO DE ENFERMEDADES Y HERIDAS MÁGICAS.

98 Uso Incorrecto de Objetos Muggle 99 Tome

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
83
«Si no me expulsan de Hogwarts, donaré diez galeones», se sorprendió pensando Harry,
desesperado.
—Por aquí —volvió a indicar el señor Weasley, y se separaron de la avalancha de
empleados del Ministerio que iban hacia las puertas doradas. A la izquierda, sentado a una
mesa, bajo un letrero que rezaba «Seguridad», había un mago muy mal afeitado y vestido con
una túnica de color azul eléctrico, que levantó la cabeza al ver que se acercaban y dejó de leer
El Profeta.
—Estoy escoltando a un visitante —dijo el señor Wea sley, y señaló a Harry.
—Acérquese —le ordenó el mago al muchacho con voz d e aburrimiento.
Harry obedeció y el hombre levantó una varilla larga y dorada, delgada y flexible como la
antena de un coche, y se la pasó a Harry por delant e y por detrás, recorriéndole todo el
cuerpo.
—La varita —le gruñó a continuación el mago de segu ridad, tras dejar el instrumento
dorado y tender una mano con la palma hacia arriba.
Harry se la entregó. El mago la dejó caer sobre un extraño instrumento de latón que
parecía una balanza con un único platillo. El aparato empezó a vibrar, y de una ranura que
tenía en la base salió un estrecho trozo de pergamino. El mago lo arrancó y leyó lo que había
escrito en él:
—Veintiocho centímetros, núcleo central de pluma de fénix, cuatro años en uso.
¿Correcto?
—Sí —afirmó Harry, nervioso.
—Yo me quedo esto —dijo el mago clavando el trozo d e pergamino en un pequeño
pinchapapeles de latón 100 —. Usted se queda la varita —añadió, y le devolvió la varita a Harry.
—Gracias.
—Un momento... —empezó a decir con lentitud el mago .
Se había fijado en la chapa de plata de visitante que Harry llevaba prendida en el pecho,
pero ahora le miraba la frente.
—Gracias, Eric —dijo el señor Weasley con firmeza, y agarrando a Harry por el hombro lo
apartó de la mesa y volvieron a mezclarse con la mu ltitud de magos y de brujas que cruzaban
las puertas doradas.
Empujado por la gente, Harry siguió al señor Weasley por las puertas que conducían a un
vestíbulo más pequeño donde había, por lo menos, ve inte ascensores detrás de unas rejas de
oro labrado. Harry y el señor Weasley se unieron a un grupito que estaba reunido frente a uno
de ellos. Cerca de allí había un corpulento y barbudo mago que llevaba en las manos una gran
caja de cartón que emitía unos desagradables ruidos .
—¿Va todo bien, Arthur? —preguntó el mago saludando con la cabeza al señor Weasley.
—¿Qué llevas ahí, Bob? —inquirió éste mirando la caja.
—No estamos seguros —contestó el mago con seriedad— . Creíamos que se trataba de
una gallina normal y corriente hasta que empezó a echar fuego por la boca. Yo diría que nos
encontramos ante un caso grave de violación de la P rohibición de la Reproducción
Experimental.
Entre fuertes traqueteos y sacudidas, un ascensor descendió ante ellos; la reja dorada se
movió hacia un lado, y Harry y el señor Weasley ent raron en el ascensor con los demás. Harry
se encontró de pronto apretujado contra la pared de l fondo. Varias brujas y magos lo
observaban con curiosidad; él se quedó contemplando el suelo para evitar las miradas de la

100 Lata

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84
gente y se alisó el flequillo. La reja se cerró con un estruendo y el ascensor empezó a subir
poco a poco, con un golpeteo de cadenas, mientras v olvía a escucharse aquella gélida voz
femenina que Harry había oído en la cabina telefónica.
—Séptima planta, Departamento de Deportes y Juegos Mágicos, que incluye el Cuartel
General de la Liga de Quidditch de Gran Bretaña e Irlanda, el Club Oficial de Gobstones y la
Oficina de Patentes Descabelladas.
Se abrieron las puertas del ascensor. Harry alcanzó a ver un desordenado pasillo en el
que había varios carteles torcidos de equipos de quidditch colgados en las paredes. Uno de los
magos que iba en el ascensor, que llevaba un montón de escobas, salió con cierta dificultad y
desapareció por allí. Las puertas se cerraron de nuevo y el ascensor dio una sacudida, pero
siguió subiendo mientras la voz de mujer anunciaba:
—Sexta planta, Departamento de Transportes Mágicos, que incluye la Dirección de la Red
Flu, el Consejo Regulador de Escobas, la Oficina de Trasladores y el Centro Examinador de
Aparición.
Las puertas del ascensor volvieron a abrirse y sali eron cuatro o cinco ocupantes; al
mismo tiempo, varios aviones de papel entraron volando. Harry se quedó mirándolos mientras
revoloteaban tranquilamente por encima de su cabeza ; eran de color violeta claro y llevaban
estampado el sello de «Ministerio de la Magia» en el borde de las alas.
—Sólo son memorándum interdepartamentales —le expli có el señor Weasley en voz
baja—. Antes utilizábamos lechuzas, pero era un verdadero problema porque las mesas
acababan cubiertas de excrementos...
Siguieron subiendo con el mismo traqueteo metálico, mientras los memorándum
revoloteaban alrededor de la lámpara que colgaba del techo del ascensor.
—Quinta planta, Departamento de Cooperación Mágica Internacional, que incluye el
Organismo Internacional de Normas de Instrucción Mágica, la Oficina Internacional de Ley
Mágica y la Confederación Internacional de Magos, Sede Británica.
Cuando se abrieron otra vez las puertas, dos memorá ndum salieron disparados junto con
unos cuantos ocupantes más del ascensor, pero entra ron otros documentos que se pusieron a
volar alrededor de la lámpara, cuya luz empezó a parpadear y a brillar sobre sus cabezas.
—Cuarta planta, Departamento de Regulación y Contro l de las Criaturas Mágicas, que
incluye las Divisiones de Bestias, Seres y Espíritus, la Oficina de Coordinación de los Duendes y
la Agencia Consultiva de Plagas.
—Perdón —se disculpó el mago que llevaba la gallina que echaba fuego por la boca, y
salió del ascensor seguido de una pequeña bandada de memorándum. Las puertas se cerraron
una vez más.
—Tercera planta, Departamento de Accidentes y Catás trofes en el Mundo de la Magia,
que incluye el Equipo de Reversión de Accidentes Má gicos, el Cuartel General de
Desmemorizadores y el Comité de Excusas para los Muggles.
En esa planta salieron todos, excepto el señor Weas ley, Harry y una bruja que iba
leyendo un trozo de pergamino larguísimo que llegab a hasta el suelo. El resto de los
memorándum siguieron volando alrededor de la lámpara mientras el ascensor subía otra vez;
por fin, se abrieron las puertas y la voz anunció:
—Segunda planta, Departamento de Seguridad Mágica, que incluye la Oficina Contra el
Uso Indebido de la Magia, el Cuartel General de Aurores 101 y los Servicios Administrativos del
Wizengamot.
—Es aquí, Harry —indicó el señor Weasley, y salieron del ascensor, junto con la bruja, a
un pasillo con puertas a ambos lados—. Mi despacho está al otro lado de esta planta.

101 Aurors

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—Señor Weasley —dijo Harry cuando pasaban por delante de una ventana por la que
entraba la luz del sol—, ¿estamos todavía bajo tierra?
—Sí —confirmó el señor Weasley—. Esas ventanas está n encantadas. El Servicio de
Mantenimiento Mágico decide el tiempo que tenemos cada día. La última vez que los de ese
servicio andaban detrás de un aumento de sueldo, tu vimos dos meses seguidos de
huracanes... Por aquí, Harry.
Doblaron una esquina, pasaron por unas gruesas puertas dobles de roble y salieron a
una zona, espaciosa pero desordenada, dividida en cubículos de los que surgía un intenso
murmullo de voces y risas. Los memorándum entraban y salían volando como cohetes en
miniatura. Un letrero torcido, colgado en la puerta del cubículo más cercano, decía: «Cuartel
General de Aurores.»
Harry miró con disimulo por la puerta al pasar por delante. Los Aurores habían cubierto
las paredes con fotografías de sus familias y de lo s magos más buscados, carteles de sus
equipos de quidditch favoritos y artículos de El Profeta. Dentro había un individuo, con una
túnica de color escarlata y una coleta 102 más larga que la de Bill, que estaba sentado con l as
botas encima de la mesa dictándole un informe a su pluma. Un poco más allá, una bruja con
un parche en un ojo hablaba con Kingsley Shacklebol t por encima de la pared de su
compartimento.
—Buenos días, Weasley —lo saludó Kingsley con desgano cuando se acercaron a él—.
Quiero hablar contigo, ¿tienes un momento?
—Si sólo es un momento, sí —contestó el señor Weasley—. Tengo mucha prisa.
Hablaban como si apenas se conocieran, y cuando Har ry despegó los labios para saludar
a Kingsley, el señor Weasley le dio un pisotón. Siguieron a Kingsley por un pasillo hasta llegar
al último cubículo.
Harry sufrió una pequeña conmoción, pues la cara de Sirius lo miraba pestañeando desde
todas las paredes, cubiertas de recortes de periódico y viejas fotografías, incluida una de Sirius
haciendo de padrino en la boda de los Potter. El ún ico espacio donde no aparecía la cara de
Sirius era el que ocupaba un mapamundi en el que ha bía clavados pequeños alfileres rojos que
relucían como joyas.
—Toma —le dijo Kingsley con brusquedad al señor Wea sley, poniéndole un fajo de
pergaminos en las manos—. Necesito toda la información que puedas conseguir sobre
vehículos muggles voladores avistados en los doce últimos meses. Hemos recibido información
de que Black podría seguir utilizando su vieja motocicleta. —Kingsley le hizo un enorme guiño
a Harry y añadió en un susurro—: Dale la revista, q uizá la encuentre interesante. —Luego,
hablando otra vez en un tono de voz normal, añadió— : Y no tardes demasiado, Weasley, el
retraso en aquel informe sobre armas de juego 103 tuvo la investigación en suspenso durante
más de un mes.
—Si hubieras leído mi informe sabrías que la expresión es «armas de fuego» —respondió
el señor Weasley fríamente—. Y me temo que si busca s información sobre motocicletas
tendrás que esperar, porque ahora estamos muy ocupados. —Bajó la voz y dijo—: A ver si
puedes salir antes de las siete; Molly va a hacer albóndigas.
Le hizo señas a Harry y lo sacó del cubículo de Kin gsley; pasaron por otras puertas de
roble, recorrieron otro pasillo, torcieron 104 a la izquierda, desfilaron por otro pasillo más,
torcieron 105 a la derecha por un nuevo pasillo, mal iluminado y feo, y por fin se encontraron
ante una pared; a la izquierda había una puerta entornada que dejaba entrever un armario de
escobas, y a la derecha otra puerta con una placa d e latón deslustrada que decía: «Uso
Indebido de Artefactos Muggles.»

102 Colita 103 Armas de juguete 104 Giraron 105 Doblaron

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
86
El sombrío despacho del señor Weasley parecía un poco más pequeño que el armario de
las escobas. Dentro había dos mesas apretujadas, y apenas quedaba espacio para moverse a
su alrededor por culpa de los rebosantes archivadores que cubrían las paredes, encima de los
cuales había montones de documentos en precario equ ilibrio. El poco espacio libre de la pared
delataba las obsesiones del señor Weasley, pues estaba lleno de varios carteles de coches,
entre ellos uno de un motor desmontado, dos ilustra ciones de buzones que parecían
recortadas de libros infantiles y un diagrama que mostraba cómo montar 106 un enchufe.
Encima de la desbordada bandeja que contenía la cor respondencia sin abrir del señor
Weasley, se hallaba una vieja tostadora que hipaba con desconsuelo y un par de guantes de
piel vacíos que movían los pulgares. Junto a la ban deja había una fotografía de la familia
Weasley. Harry se fijó en que Percy, al parecer, había salido de ella.
—No tenemos ventana —se disculpó el señor Weasley a l mismo tiempo que se quitaba la
cazadora y la colgaba del respaldo de su silla—. La hemos pedido, pero por lo visto no creen
que la necesitemos. Siéntate, Harry, veo que Perkins todavía no ha llegado.
Harry se sentó en la silla que había detrás de la m esa de Perkins mientras el señor
Weasley daba un vistazo al fajo de pergaminos que le había entregado Kingsley Shacklebolt.
—¡Ah! —dijo, sonriendo, y extrajo del montón un eje mplar de la revista El Quisquilloso—,
sí... —Se puso a hojear la revista—. Sí, Kingsley t iene razón, seguro que Sirius encuentra esto
muy divertido. ¡Vaya! ¿Qué será eso?
Un memorándum entró volando por la puerta abierta y se posó encima de la tostadora
hipante. El señor Weasley lo desdobló y lo leyó en voz alta:
—«Tercer inodoro público regurgitante denunciado en Bethnal Green; por favor,
investiguen de inmediato.» Esto ya es demasiado...
—¿Un inodoro regurgitante?
—Bromistas antimuggles —explicó el señor Weasley frunciendo el entrecejo—. La semana
pasada tuvimos dos, uno en Wimbledon y otro en Elep hant and Castle. Los muggles tiran de la
cadena y en lugar de desaparecer todo... Bueno, ya te lo imaginas. Los pobres llaman a esos...
sonajeros 107 , creo que se llaman, ya sabes, los que arreglan sus cañerías y esas cosas.
—¿Fontaneros 108 ?
—Eso es, pero, como es lógico, no saben qué hacer. Espero que podamos atrapar al
responsable.
—¿Se encargan los Aurores de buscarlo?
—Oh, no, esto es demasiado trivial para los Aurores; lo hará la Patrulla de Seguridad
Mágica. Ah, Harry, te presento a Perkins.
Un anciano mago, encorvado y de aspecto tímido, que lucía un suave y sedoso cabello
blanco, acababa de entrar en la habitación jadeando.
—¡Oh, Arthur! —exclamó desesperadamente sin mirar a Harry—. Por fin te encuentro, no
sabía qué hacer, si esperarte aquí o no. He enviado una lechuza a tu casa, pero veo que no la
has recibido. Hace diez minutos llegó un mensaje urgente...
—Ya sé, lo del inodoro regurgitante —comentó el señ or Weasley.
—No, no, no es el inodoro, es la vista de ese chico, Potter. Han cambiado la hora y el
lugar: empieza a las ocho en punto y se celebra aba jo, en la vieja sala número diez del
tribunal...
—En la vieja sala... Pero si a mí me dijeron... ¡Por las barbas de Merlín! —El señor

106 Conectar 107 Pomeros 108 Plomeros

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Weasley consultó su reloj, soltó un grito y se levantó de un brinco de la silla—. ¡Rápido, Harry,
hace cinco minutos que deberíamos estar allí!
Perkins se pegó a los archivadores mientras el seño r Weasley salía corriendo del
despacho con Harry pisándole los talones.
—¿Por qué han cambiado la hora? —preguntó éste, casi sin aliento, mientras pasaban a
toda velocidad por delante de los cubículos de los Aurores; la gente asomaba la cabeza y se
quedaba mirándolos. Harry tenía la sensación de que se había dejado las tripas en la mesa de
Perkins.
—¡No tengo ni idea, pero menos mal que hemos venido con tiempo; si no te hubieras
presentado habría sido catastrófico! —El señor Weasley se detuvo patinando junto a los
ascensores y pulsó con impaciencia el botón de «Bajar»—. ¡Vamos!
Apareció el ascensor, acompañado de fuertes ruidos metálicos, y subieron en él
rápidamente. Cada vez que el ascensor se detenía en una planta, el señor Weasley se ponía a
maldecir, furioso, y aporreaba el botón número nueve.
—Esas salas del tribunal no se utilizan desde hace años —explicó el señor Weasley con
enojo—. No sé cómo se les ha ocurrido celebrar la vista allí, a menos que... Pero no...
Una bruja regordeta, que llevaba una copa humeante, entró en ese momento en el
ascensor, y el señor Weasley no dio más explicaciones.
—El Atrio —dijo la gélida voz femenina, y las rejas doradas se abrieron mostrando a
Harry una lejana vista de las estatuas doradas de l a fuente. La bruja regordeta salió del
ascensor, y entró un mago de piel cetrina y rostro muy triste.
—Buenos días, Arthur —saludó con voz sepulcral mien tras el ascensor empezaba a
descender de nuevo—. No se te ve mucho por aquí abajo.
—Es un asunto urgente, Bode —dijo el señor Weasley, que se balanceaba sobre la punta
de los pies y lanzaba nerviosas miradas a Harry.
—¡Ah, sí! —exclamó Bode mirando a Harry sin pestañear—. Claro.
Harry ya no era capaz de experimentar más emociones , pero la imperturbable mirada de
Bode no hizo que se sintiera muy cómodo.
—Departamento de Misterios —anunció la voz femenina , y no dijo nada más.
—Rápido, Harry —lo apremió el señor Weasley cuando las puertas del ascensor se
abrieron, y entonces echaron a correr por un pasillo muy distinto de los superiores.
Las paredes estaban desnudas; no había ventanas ni puertas, aparte de una, negra y
sencilla, situada al final. Harry pensó que entrarían por ella, pero el señor Weasley lo agarró
por un brazo y lo arrastró hacia la izquierda, dond e había una abertura que conducía a unos
escalones.
—Por aquí, por aquí —indicó el señor Weasley, jadea nte, bajando los escalones de dos en
dos—. El ascensor no llega tan abajo... ¿Por qué la celebrarán aquí?
Llegaron al final de los escalones y corrieron por un nuevo pasillo muy parecido al que
conducía a la mazmorra de Snape en Hogwarts, con ba stas paredes de piedra en las que había
soportes con antorchas. Las puertas de ese pasillo eran de madera muy gruesa, con cerrojos y
cerraduras de hierro.
—Sala... diez... Creo que... Ya casi... Sí.
El señor Weasley se detuvo frente a una sucia y osc ura puerta con un inmenso cerrojo de
hierro y se apoyó en la pared, llevándose una mano al pecho, donde notaba una fuerte
punzada.
—Adelante —dijo entrecortadamente, señalando la puerta con el pulgar—. Entra.

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88
—¿Usted no... entra... conmigo?
—No, no, yo no estoy autorizado. ¡Buena suerte!
El corazón de Harry latía con violencia contra su nuez. Tragó saliva, giró el pesado pomo
de hierro de la puerta y entró en la sala del tribunal.

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
89

8
La vista


Harry no pudo contener un grito de asombro. La enor me mazmorra en la que había
entrado le resultaba espantosamente familiar. No sólo la había visto antes, sino que había
estado allí. Era el lugar que había visitado dentro del pensadero de Dumbledore, donde había
visto cómo sentenciaban a los Lestrange a cadena pe rpetua en Azkaban.
Las paredes eran de piedra oscura, y las antorchas apenas las iluminaban. Había gradas
vacías a ambos lados, pero enfrente, en los bancos más altos, había muchas figuras entre
sombras. Estaban hablando en voz baja, pero cuando la gruesa puerta se cerró detrás de
Harry se hizo un tremendo silencio.
Una fría voz masculina resonó en la sala del tribunal:
—Llegas tarde.
—Lo siento —se disculpó Harry, nervioso—. No... no sabía que habían cambiado la hora y
el lugar.
—De eso no tiene la culpa el Wizengamot —dijo la vo z—. Esta mañana te hemos enviado
una lechuza. Siéntate.
Harry miró la silla que había en el centro de la sala, que tenía los reposabrazos cubiertos
de cadenas. Había visto cómo aquellas cadenas cobra ban vida y ataban a la persona que se
había sentado en la silla. Echó a andar por el suelo de piedra y sus pasos produjeron un fuerte
eco. Cuando se sentó, con cautela, en el borde de l a silla, las cadenas tintinearon
amenazadoramente, pero no lo ataron. Estaba muy mareado, a pesar de lo cual miró a la
gente que estaba sentada en los bancos de enfrente.
Había unas cincuenta personas que, por lo que pudo observar, llevaban túnicas de color
morado con una ornamentada «W» de plata en el lado izquierdo del pecho; todas lo miraban
fijamente, algunas con expresión muy adusta, y otras con franca curiosidad.
En medio de la primera fila estaba Cornelius Fudge, el ministro de la Magia. Fudge era un
hombre corpulento que solía llevar un bombín 109 de color verde lima, aunque ese día no se lo
había puesto; tampoco lucía aquella sonrisa indulge nte que le había dedicado a Harry cuando
en una ocasión habló con él. Una bruja de mandíbula cuadrada y con el pelo gris muy corto
estaba sentada a la izquierda de Fudge; llevaba un monóculo y su aspecto era
verdaderamente severo. A la derecha de Fudge había otra bruja, pero estaba sentada con la
espalda apoyada en el respaldo del banco, de manera que su rostro quedaba en sombras.
—Muy bien —dijo Fudge—. Hallándose presente el acus ado, por fin podemos empezar.
¿Están preparados? —preguntó a las demás personas que ocupaban el banco.
—Sí, señor —respondió una voz ansiosa que Harry reconoció al instante.
Era Percy, el hermano de Ron, que estaba sentado al final del banco de la primera fila.
Harry miró a Percy esperando ver en su rostro algun a señal de reconocimiento, pero no la
encontró. Percy tenía los ojos clavados en su pergamino, y una pluma preparada en la mano.
—Vista disciplinaria del doce de agosto —comenzó Fu dge con voz sonora, y Percy
empezó a tomar notas de inmediato— por el delito co ntra el Decreto para la moderada
limitación de la brujería en menores de edad y contra el Estatuto Internacional del Secreto de
los Brujos, cometido por Harry James Potter, reside nte en el número cuatro de Privet Drive,

109 Sombrero hongo

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
90
Little Whinging, Surrey.
»Interrogadores: Cornelius Oswald Fudge, ministro de la Magia; Amelia Susan Bones,
jefa del Departamento de Seguridad Mágica; Dolores Jane Umbridge, subsecretaria del
ministro. Escribiente del tribunal, Percy Ignatius Weasley...
—Testigo de la defensa, Albus Percival Wulfric Bria n Dumbledore —dijo una voz queda
por detrás de Harry, quien giró la cabeza con tanta brusquedad que se hizo daño en el cuello.
En ese instante Dumbledore cruzaba con aire resuelt o y sereno la habitación; llevaba una
larga túnica de color azul marino y la expresión de su rostro era de absoluta tranquilidad. Su
barba y su melena, largas y plateadas, relucían a la luz de las antorchas; cuando llegó junto a
Harry miró a Fudge a través de sus gafas de media l una, que reposaban hacia la mitad de su
torcida nariz.
Los miembros del Wizengamot murmuraban, y todas las miradas se dirigieron hacia
Dumbledore. Algunos parecían enfadados, otros un poco asustados; dos de las brujas más
ancianas de la fila del fondo, sin embargo, levantaron una mano y lo saludaron.
Al ver a Dumbledore, una profunda emoción surgió en el pecho de Harry, un reforzado y
esperanzador sentimiento parecido al que le había p roducido la canción del fénix. Estaba
deseando mirar a Dumbledore a los ojos, pero éste no lo miraba a él: tenía la vista clavada en
Fudge, que no podía disimular su nerviosismo.
—¡Ah! —exclamó el ministro, que parecía sumamente d esconcertado—. Dumbledore. Sí.
Veo que..., que... recibió nuestro mensaje... de que habíamos cambiado el lugar y la hora de
la vista...
—Pues no, no lo he recibido —contestó Dumbledore co n tono alegre—. Sin embargo,
debido a un providencial error, llegué al Ministerio con tres horas de antelación, de modo que
no ha habido ningún problema.
—Sí..., bueno... Supongo que necesitaremos otra sil la... Esto..., Weasley, ¿podría...?
—No se moleste, no se moleste —dijo Dumbledore con amabilidad; sacó su varita
mágica, la sacudió levemente y una mullida butaca de chintz apareció de la nada junto a la
silla de Harry.
Dumbledore se sentó, juntó las yemas de sus largos dedos y miró a Fudge por encima de
ellos con una expresión de educado interés. Los mie mbros del Wizengamot seguían
murmurando y moviéndose inquietos en los bancos; solo se calmaron cuando Fudge volvió a
hablar.
—Sí —repitió éste moviendo sus notas de un sitio para otro—. Bueno. Está bien. Los
cargos. Sí... —Separó una hoja de pergamino del montón que tenía delante, respiró hondo y
leyó en voz alta—: Los cargos contra el acusado son los siguientes: que a sabiendas,
deliberadamente y consciente de la ilegalidad de sus actos, tras haber recibido una anterior
advertencia por escrito del Ministerio de la Magia por un delito similar, realizó un
encantamiento Patronus en una zona habitada por muggles, en presencia de u n muggle, el dos
de agosto a las nueve y veintitrés minutos, lo cual constituye una violación del Párrafo C del
Decreto para la moderada limitación de la brujería en menores de edad, mil ochocientos
setenta y cinco, y también de la Sección Trece de la Confederación Internacional del Estatuto
del Secreto de los Brujos. ¿Es usted Harry James Po tter, residente en el número cuatro de
Privet Drive, Little Whinging, Surrey? —preguntó Fudge, fulminando a Harry con la mirada por
encima del pergamino.
—Sí —respondió él.
—Recibió una advertencia oficial del Ministerio por utilizar magia ilegal hace tres años,
¿no es cierto?
—Sí, pero...
—Y aun así, ¿conjuró usted un Patronus la noche del dos de agosto? —inquirió Fudge.

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91
—Sí —contestó Harry—, pero...
—¿A sabiendas de que no le está permitido utilizar la magia fuera de la escuela hasta que
haya cumplido diecisiete años?
—Sí, pero...
—¿A sabiendas de que se encontraba en una zona llen a de muggles?
—Sí, pero...
—¿Completamente consciente de que estaba muy cerca de un muggle en ese momento?
—¡Sí! —exclamó Harry con enojo—. Pero sólo lo hice porque estábamos...
La bruja del monóculo lo interrumpió con una voz retumbante:
—¿Hizo aparecer un Patronus hecho y derecho?
—Sí —afirmó Harry—, porque...
—¿Un Patronus corpóreo?
—Un... ¿qué? —preguntó Harry.
—¿Su Patronus tenía una forma bien definida? Es decir, ¿no era si mplemente vapor o
humo?
—Sí, tenía forma —asintió Harry impaciente y, a la vez, un poco desesperado—. Es un
ciervo. Siempre es un ciervo.
—¿Siempre? —bramó Madame Bones.
—¡Sí! —dijo Harry—. Hace más de un año que lo hago.
—¿Y tiene usted quince años?
-Sí, y...
—¿Dónde aprendió a hacer eso? ¿En el colegio?
—Sí, el profesor Lupin me enseñó en mi tercer año porque...
—Impresionante —opinó Madame Bones mirándolo con at ención—, un verdadero
Patronus a esa edad... Francamente impresionante.
Algunos de los magos y de las brujas que la rodeaba n se pusieron a murmurar de nuevo;
unos cuantos movían la cabeza afirmativamente, mien tras que otros la movían negativamente
y fruncían el entrecejo.
—¡No se trata de lo impresionante que fuera el conjuro! —advirtió Fudge con voz de mal
genio—. ¡De hecho, yo diría que cuanto más impresio nante, peor, dado que el chico lo hizo
delante de un muggle!
Los que habían fruncido el entrecejo murmuraron en señal de aprobación, pero fue el
mojigato movimiento que Percy hizo con la cabeza lo que incitó a hablar a Harry:
—¡Lo hice por los Dementores! —exclamó en voz alta antes de que alguien volviera a
interrumpirlo.
Se había imaginado que habría más murmullos, pero el silencio que se apoderó de la sala
le pareció incluso más denso que el anterior.
—¿Dementores? —se extrañó Madame Bones tras una pau sa, y alzó sus tupidas cejas
hasta que estuvo a punto de caérsele el monóculo—. ¿Qué quieres decir, muchacho?
—¡Quiero decir que había dos Dementores en aquel ca llejón y que nos atacaron a mi
primo y a mí!

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—¡Ah! —dijo Fudge sonriendo con suficiencia mientras recorría con la mirada a los
miembros del Wizengamot, como invitándolos a compartir el chiste—. Sí. Sí, ya me imaginaba
que escucharíamos algo semejante.
—¿Dementores en Little Whinging? —preguntó Madame B ones con profunda sorpresa—.
No entiendo...
—¿No entiendes, Amelia? —dijo Fudge sin dejar de sonreír—. Déjame que te lo explique.
Este chico ha estado pensándoselo bien y ha llegado a la conclusión de que los Dementores le
proporcionarían una bonita excusa, una excusa fenom enal. Los muggles no pueden ver a los
Dementores, ¿verdad que no, chico? Muy conveniente, muy conveniente... Así sólo cuenta tu
palabra, sin testigos...
—¡No estoy mintiendo! —gritó Harry, y sus palabras ahogaron otro estallido de
murmullos del tribunal—. Había dos Dementores, que se nos acercaban desde los dos
extremos del callejón; todo quedó a oscuras y hacía mucho frío, y mi primo los sintió y salió
corriendo...
—¡Basta! ¡Basta! —ordenó Fudge con una expresión mu y altanera en el rostro—.
Lamento interrumpir lo que sin duda habría sido una historia muy bien ensayada...
Dumbledore carraspeó. El Wizengamot volvió a guarda r silencio.
—De hecho, tenemos un testigo de la presencia de De mentores en ese callejón —dijo
Dumbledore—. Un testigo que no es Dudley Dursley, quiero decir.
El rostro regordete de Fudge pareció deshincharse, como si le hubieran quitado el aire.
Clavó por un instante la mirada en Dumbledore y luego, recobrando la compostura, replicó:
—Me temo que no tenemos tiempo para escuchar más me ntiras, Dumbledore. Quiero
liquidar este asunto cuanto antes...
—Quizá me equivoque —repuso Dumbledore en tono agradable—, pero estoy seguro de
que los Estatutos del Wizengamot contemplan el derecho del acusado a presentar testigos para
defender su versión de los hechos, ¿no es así? ¿No es ésa la política del Departamento de
Seguridad Mágica, Madame Bones? —continuó, dirigién dose a la bruja del monóculo.
—Así es —contestó ésta—. Completamente cierto.
—Muy bien. ¡Muy bien! —exclamó Fudge con brusquedad —. ¿Dónde está esa persona?
—Ha venido conmigo —afirmó Dumbledore—. Está espera ndo fuera. ¿Quieres que...?
—¡No! Weasley, vaya usted —ordenó Fudge a Percy, quien se levantó de inmediato, bajó
a toda prisa los escalones de piedra del estrado y pasó corriendo junto a Dumbledore y Harry
sin mirarlos siquiera.
Percy regresó pasados unos momentos seguido de la s eñora Figg. Parecía asustada y
más chiflada que nunca. Harry lamentó que no se hub iera quitado las zapatillas de tela
escocesa.
Dumbledore se puso en pie y cedió su butaca a la señora Figg, y luego hizo aparecer otra
para él.
—¿Nombre completo? —preguntó Fudge a voz en grito c uando la señora Figg, muy
nerviosa, se hubo sentado en el borde de su asiento.
—Arabella Doreen Figg —respondió con su temblorosa voz.
—¿Y quién es usted exactamente? —siguió preguntando Fudge con una voz altiva que
indicaba aburrimiento.
—Soy una vecina de Little Whinging. Vivo cerca de donde vive Harry Potter.
—No tenemos constancia de que en Little Whinging vi van más magos o brujas que Harry
Potter —saltó Madame Bones—. Esa circunstancia siem pre ha sido controlada con

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meticulosidad debido a..., debido a lo ocurrido en el pasado.
—Soy una squib —aclaró la señora Figg—. Quizá por e so no me tengan registrada.
—¿Una squib? —intervino Fudge escudriñando con rece lo a la señora Figg—. Lo
comprobaremos. Haga el favor de darle los detalles de su origen a mi ayudante, el señor
Weasley. Por cierto —añadió mirando a derecha e izq uierda—, ¿los squibs pueden ver a los
Dementores?
—¡Por supuesto! —exclamó la señora Figg con indignación.
Fudge la miró desde lo alto del banco mientras arqueaba las cejas.
—Muy bien —admitió con actitud distante—. ¿Qué tien e que contarnos?
—Había salido a comprar comida para gatos en la tienda de la esquina, al final del paseo
Glicinia, a eso de las nueve, la noche del dos de a gosto —contó la señora Figg, hablando
atropelladamente, como si se hubiera aprendido de m emoria lo que estaba diciendo—, cuando
oí ruidos en el callejón que comunica la calle Magnolia con el paseo Glicinia. Al acercarme a la
entrada del callejón, vi a unos Dementores que corr ían...
—¿Que corrían? —la interrumpió Madame Bones—. Los D ementores no corren, se
deslizan.
—Eso quería decir —se corrigió la señora Figg, y unas manchas rosas aparecieron en sus
marchitas mejillas—. Se deslizaban por el callejón hacia lo que me pareció que eran dos
chicos.
—¿Cómo eran? —preguntó Madame Bones entornando los ojos hasta que el borde del
monóculo desapareció bajo la piel.
—Bueno, uno era muy gordo y el otro delgaducho...
—No, no —dijo Madame Bones impaciente—. Los Demento res. Describa a los
Dementores.
—¡Ah! —exclamó la señora Figg con un suspiro, y las manchas rosas de sus mejillas
empezaron a extenderse por el cuello—. Eran grandes, muy grandes. Y llevaban capas.
Harry notaba un espantoso vacío en el estómago. Dij era lo que dijese la señora Figg, él
tenía la impresión de que, como máximo, habría vist o un dibujo de un Dementor, y era
imposible que un dibujo transmitiera el verdadero a specto de aquellos seres: su
fantasmagórica forma de moverse, suspendidos unos centímetros por encima del suelo, el olor
a podrido que desprendían y aquel horroroso estertor que emitían cuando absorbían el aire
que los rodeaba...
En la segunda fila, un mago rechoncho con gran bigote negro se acercó a la oreja de su
vecina, una bruja de pelo crespo, para susurrarle algo al oído.
—Grandes y con capas —repitió Madame Bones con voz cortante mientras Fudge
resoplaba con sorna—. Entiendo. ¿Algo más?
—Sí —respondió la señora Figg—. Los sentí. Todo se quedó frío, y era una noche de
verano muy calurosa, créame. Y sentí... como si no quedara ni una pizca de felicidad en el
mundo... y recordé... cosas espantosas.
Su voz tembló un momento y se apagó.
Madame Bones abrió un poco los ojos. Harry vio unas marcas rojas debajo de su ceja,
donde se le había clavado el monóculo.
—¿Qué hicieron los Dementores? —preguntó Madame Bon es, y Harry sintió una ráfaga
de esperanza.
—Atacaron a los chicos —afirmó la señora Figg, que hablaba con una voz más fuerte y
más segura mientras el rubor iba desapareciendo de su cara—. Uno de los muchachos había

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caído al suelo. El otro se echaba hacia atrás, intentando repeler al Dementor. Ése era Harry.
Sacudió dos veces la varita, pero sólo salió un vap or plateado. Al tercer intento consiguió un
Patronus que arremetió contra el primer Dementor y luego, si guiendo las instrucciones de
Harry, ahuyentó al que se había abalanzado sobre su primo. Eso fue..., eso fue lo que pasó —
terminó la señora Figg de manera no muy convincente .
Madame Bones se quedó mirando a la mujer sin decir nada. Fudge no la miraba, sino que
removía sus papeles. Finalmente, levantó la vista y, con tono agresivo, le espetó:
—Eso fue lo que usted vio, ¿no?
—Eso fue lo que pasó —repitió la señora Figg.
—Muy bien —dijo Fudge—. Ya puede irse.
La señora Figg, asustada, miró primero a Fudge y lu ego a Dumbledore; a continuación se
levantó y se fue, arrastrando los pies hacia la puerta, que se cerró detrás de ella produciendo
un ruido sordo.
—No es un testigo muy convincente —sentenció Fudge con altivez.
—No sé qué decir —replicó Madame Bones con su atron adora voz—. De hecho, ha
descrito los efectos de un ataque de Dementores con gran precisión. Y no sé por qué iba a
decir que estaban allí si no estaban.
—¿Dos Dementores deambulando por un barrio de muggl es y tropezando por casualidad
con un mago? —inquirió Fudge con sorna—. No hay muchas probabilidades de que eso ocurra.
Ni siquiera Bagman se atrevería a apostar...
—¡Oh, no! Creo que ninguno de nosotros piensa que los Dementores estuviesen allí por
casualidad —lo interrumpió Dumbledore sin darle mucha importancia.
La bruja que estaba sentada a la derecha de Fudge, con la cara en sombras, se movió un
poco, pero los demás permanecieron muy quietos y ca llados.
—¿Y qué se supone que significa eso? —preguntó Fudg e con tono glacial.
—Significa que creo que les ordenaron ir allí —contestó Dumbledore.
—¡Me parece que si alguien hubiera ordenado a un pa r de Dementores que fueran a
pasearse por Little Whinging, habríamos tenido constancia de ello! —bramó Fudge.
—No si actualmente los Dementores estuvieran recibi endo órdenes de alguien que no es
el Ministerio de la Magia —repuso Dumbledore sin perder la calma—. Ya te he explicado lo que
opino de este asunto, Cornelius.
—Sí, ya me lo has explicado —dijo Fudge con energía —, y no tengo ningún motivo para
creer que tus opiniones sean otra cosa que paparruc has 110 , Dumbledore. Los Dementores
están donde tienen que estar, en Azkaban, y hacen todo lo que nosotros les ordenamos.
—En ese caso —prosiguió Dumbledore en voz baja pero con mucha claridad— tenemos
que preguntarnos por qué alguien del Ministerio ordenó a un par de Dementores que fueran a
ese callejón el dos de agosto...
En medio del absoluto silencio con que fueron recib idas las palabras de Dumbledore, la
bruja que estaba sentada a la derecha de Fudge se i nclinó hacia delante y Harry pudo verla
por primera vez.
Le pareció que era como un sapo, enorme y blanco. Era bajita y rechoncha, con una cara
ancha y fofa, muy poco cuello, como tío Vernon, y u na boca también muy ancha y flácida.
Tenía los ojos grandes, redondos y un poco saltones . Hasta el pequeño lazo de terciopelo
negro que llevaba en el pelo, corto y rizado, le recordó a una gran mosca que la bruja fuese a
cazar con una larga y pegajosa lengua en cualquier momento.

110 Tonterías

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—La presidencia le concede la palabra a Dolores Jane Umbridge, subsecretaría del
ministro —dijo Fudge.
La bruja habló con una voz chillona, cantarina e infantil que sorprendió a Harry, pues
estaba esperando oírla croar.
—Estoy segura de que no lo he entendido bien, profe sor Dumbledore —afirmó con una
sonrisa tonta que hizo aún más fríos sus redondos o jos—. ¡Qué necia soy! Pero ¡por un
brevísimo instante me ha parecido que insinuaba usted que el Ministerio de la Magia había
ordenado a los Dementores que atacaran a este mucha cho!
Soltó una risa clara que hizo que a Harry se le erizara el vello de la nuca. Algunos
miembros del Wizengamot rieron con ella. Sin embarg o, estaba más claro que el agua que
ninguno de ellos lo encontraba divertido.
—Si es cierto que los Dementores sólo reciben órdenes del Ministerio de la Magia, y si
también es cierto que dos Dementores atacaron a Har ry y a su primo hace una semana, se
deduce, por lógica, que alguien del Ministerio ordenó el ataque —aventuró Dumbledore con
educación—. Aunque, evidentemente, esos dos Demento res en particular podían estar fuera
del control del Ministerio...
—¡No hay Dementores fuera del control del Ministerio! —le espetó Fudge, que se había
puesto rojo como un tomate.
Dumbledore, condescendiente, inclinó la cabeza.
—Entonces no cabe duda de que el Ministerio llevará a cabo una rigurosa investigación
para averiguar qué hacían dos Dementores tan lejos de Azkaban y por qué atacaron sin
autorización.
—¡No te corresponde a ti decidir lo que el Ministerio de la Magia tiene que hacer o dejar
de hacer, Dumbledore! —exclamó Fudge, cuyo rostro e staba adquiriendo un tono morado del
que tío Vernon habría estado orgulloso.
—Por supuesto que no —dijo Dumbledore con la misma serenidad—. Me he limitado a
expresar mi convencimiento de que este asunto no dejará de ser investigado.
Dumbledore miró a Madame Bones, que se colocó bien el monóculo y observó con
atención a Dumbledore frunciendo el entrecejo.
—¡Quiero recordar a todos los presentes que el comportamiento de esos Dementores,
suponiendo que no sean producto de la imaginación d e este chico, no es el tema de la
presente vista! —aclaró Fudge—. ¡Estamos aquí para analizar el atentado de Harry Potter
contra el Decreto para la moderada limitación de la brujería en menores de edad!
—Claro que sí —coincidió Dumbledore—, pero la prese ncia de dos Dementores en ese
callejón está relacionada con el caso. La cláusula número siete del Decreto estipula que se
puede emplear la magia delante de muggles en circun stancias excepcionales, y dado que esas
circunstancias excepcionales incluyen situaciones en que se ve amenazada la vida de un mago
o de una bruja, ellos mismos o cualquier otro mago, bruja o muggle que se encuentre en el
lugar de los hechos en el momento de...
—¡Ya conocemos la cláusula número siete, muchas gra cias! —gruñó Fudge.
—Por supuesto —aceptó Dumbledore con cortesía—. Ent onces estamos de acuerdo en
que el hecho de que Harry utilizara un encantamiento Patronus en ese momento encaja
perfectamente en la categoría de circunstancias exc epcionales que describe la cláusula, ¿no?
—Suponiendo que sea cierto que había Dementores, lo cual pongo en duda.
—Lo ha confirmado un testigo presencial —le recordó Dumbledore—. Si todavía dudas de
su veracidad, vuelve a llamarla e interrógala otra vez. Estoy seguro de que no tendrá ningún
inconveniente en declarar de nuevo.
—Yo..., eso... no... —rugió Fudge moviendo los pape les que tenía delante—. ¡Quiero

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liquidar este asunto hoy mismo, Dumbledore!
—Pero, como es lógico, no te importaría tener que escuchar a un testigo las veces que
hiciera falta, a no ser que, por no hacerlo, te arriesgaras a cometer una grave injusticia —
insinuó Dumbledore.
—¡Una grave injusticia! ¡Por las barbas de...! —gritó Fudge—. ¿Te has molestado alguna
vez en enumerar los cuentos chinos que se ha invent ado este chico, Dumbledore, mientras
intentabas encubrir sus flagrantes usos indebidos de la magia fuera del colegio? Supongo que
ya te has olvidado del encantamiento levitatorio que empleó hace tres años...
—¡No fui yo! ¡Fue un elfo doméstico! —protestó Harr y.
—¿Lo ves? —bramó Fudge señalando aparatosamente a H arry—. ¡Un elfo doméstico! ¡En
una casa de muggles! Ya me contarás 111 .
—El elfo doméstico en cuestión trabaja en la actualidad para el Colegio Hogwarts —aclaró
Dumbledore—. Si quieres puedo hacerlo venir aquí de inmediato para declarar.
—¡No tengo tiempo de escuchar a elfos domésticos! A demás, ésa no fue la única vez
que... ¡Recuerda que infló a su tía, por todos los demonios! —chilló Fudge, que luego dio un
puñetazo en el estrado y volcó un tintero.
—Y en aquella ocasión tuviste la amabilidad de no p resentar cargos contra él, aceptando,
supongo, que ni siquiera los mejores magos controla n siempre sus emociones —afirmó
Dumbledore con calma mientras Fudge intentaba quitar la mancha de tinta de sus notas.
—Y todavía no me he metido con lo que hace en el colegio.
—Pero como el Ministerio no tiene autoridad para castigar a los alumnos de Hogwarts por
faltas cometidas en el colegio, la conducta de Harr y allí no viene al caso en esta vista —
sentenció Dumbledore con mayor educación que nunca, pero con un deje de frialdad en la voz.
—¡Vaya! —exclamó Fudge—. ¡Así que lo que haga en el colegio no es asunto nuestro!
¿Eso crees?
—El Ministerio no tiene competencia para expulsar a los alumnos de Hogwarts, Cornelius,
como ya te recordé la noche del dos de agosto —dijo Dumbledore—. Y tampoco tiene derecho
a confiscar varitas mágicas hasta que los cargos hayan sido comprobados satisfactoriamente,
como también te recordé la noche del dos de agosto. Con tus admirables prisas por asegurarte
de que se respete la ley, creo que tú mismo has pas ado por alto, sin querer, eso sí, unas
cuantas leyes.
—Las leyes pueden cambiarse —afirmó Fudge con rabia.
—Por supuesto que pueden cambiarse —admitió Dumbled ore inclinando la cabeza—. Y
por lo visto tú estás introduciendo muchos cambios, Cornelius. ¡Porque, en las pocas semanas
que hace que se me pidió que abandonara el Wizengam ot, se juzga en un tribunal penal un
simple caso de magia en menores de edad!
Unos cuantos magos de los bancos superiores se removieron incómodos en los asientos.
Fudge adquirió un tono morado algo más oscuro. La b ruja con cara de sapo que estaba
sentada a su derecha, sin embargo, se limitó a mirar a Dumbledore con gesto inexpresivo.
—Que yo sepa —continuó Dumbledore— todavía no hay n inguna ley que diga que la
misión de este tribunal es castigar a Harry por todas las veces que ha empleado la magia. Ha
sido acusado de un delito concreto y ha presentado su defensa. Lo único que nos queda por
hacer a él y a mí es esperar el veredicto.
Dumbledore volvió a juntar las yemas de los dedos y no dijo nada más. Fudge lo
observaba con odio, claramente indignado. Harry miró de reojo a Dumbledore buscando algún
gesto tranquilizador; no estaba del todo convencido de que Dumbledore hubiera hecho bien

111 ¡Qué disparate!

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diciéndole al Wizengamot que, en efecto, ya iba siendo hora de que tomara una decisión. Sin
embargo, Dumbledore seguía sin percatarse, en apari encia, de que Harry intentaba establecer
una mirada cómplice con él, y continuaba dirigiendo la vista hacia los bancos, donde todos los
miembros del Wizengamot se habían puesto a hablar e ntre sí con apremiantes susurros.
Harry se miró los pies. Su corazón, que parecía haberse inflado hasta adquirir un tamaño
desmesurado, latía con violencia bajo las costillas. Se había imaginado que la vista duraría
más, y no estaba seguro de haber causado una buena impresión. En realidad no había hablado
mucho. Tendría que haber dado más detalles sobre el ataque de los Dementores, tendría que
haber explicado cómo había caído al suelo y cómo los Dementores habían estado a punto de
besarlos a él y a Dursley...
En dos ocasiones levantó la cabeza, miró a Fudge y despegó los labios para hablar, pero
su desbocado corazón le apretaba las vías respirato rias, y en las dos ocasiones se limitó a
respirar hondo y a agachar de nuevo la cabeza para seguir mirándose los pies.
De pronto cesaron los susurros. Harry estaba desean do mirar a los jueces, pero se dio
cuenta de que era muchísimo más fácil seguir examinando los cordones de sus zapatillas.
—Los que estén a favor de absolver al acusado de to dos los cargos... —anunció la
atronadora voz de Madame Bones.
Harry levantó la cabeza con una sacudida. Vio varias manos levantadas, muchas... ¡Más
de la mitad! Respirando entrecortadamente intentó c ontarlas, pero antes de que hubiera
terminado Madame Bones dijo:
—Los que estén a favor de condenarlo...
Fudge levantó la mano; lo mismo hicieron media docena más, entre ellos la bruja que
tenía a la derecha, el mago del poblado bigote y la bruja de pelo crespo de la segunda fila.
Fudge los recorrió a todos con la mirada. Parecía q ue tuviera algo atascado en la
garganta. Luego bajó la mano, respiró hondo dos veces y dijo con la voz alterada por la rabia
contenida:
—Muy bien. Muy bien... Absuelto de todos los cargos.
—Excelente —dijo Dumbledore con contundencia, y se puso de inmediato en pie. Sacó su
varita e hizo desaparecer las dos butacas de chintz—. Bueno, debo irme. Que tengan todos un
buen día.
Y sin mirar siquiera una vez a Harry, salió majestuosamente de la mazmorra.

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
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9
Las tribulaciones de la señora Weasley


La súbita partida de Dumbledore pilló 112 por sorpresa a Harry, que se quedó sentado
donde estaba, en la silla con cadenas, debatiéndose entre la conmoción y el alivio. Los
miembros del Wizengamot empezaron a levantarse, hab lando entre ellos, mientras recogían
sus papeles y los guardaban. Harry también se levantó. Nadie le prestaba la más mínima
atención, excepto la bruja con cara de sapo que había estado sentada a la derecha de Fudge, y
que en ese instante lo miraba a él en lugar de a Dumbledore desde el estrado. Harry no le hizo
caso e intentó captar la mirada de Fudge o la de Ma dame Bones, porque quería preguntarles si
ya podía marcharse; pero el ministro parecía decidido a hacer caso omiso de Harry, y Madame
Bones estaba muy ocupada con su maletín, así que el muchacho dio unos pasos vacilantes
hacia la salida y, como nadie lo llamó, echó a andar muy deprisa.
Los últimos metros los hizo corriendo; abrió la pue rta de un tirón y casi chocó con el
señor Weasley, que estaba de pie fuera, pálido y con gesto preocupado.
—Dumbledore no me ha dicho...
—¡Absuelto! —gritó Harry cerrando la puerta tras el —. ¡Absuelto de todos los cargos!
El señor Weasley sonrió, radiante, y agarró al chico por los hombros.
—¡Eso es fantástico, Harry! Bueno, era evidente que no podían declararte culpable con
las pruebas que tenían, pero, aun así, no puedo decir que no estuviera... —Pero el hombre no
terminó la frase porque la puerta de la sala del tr ibunal acababa de abrirse otra vez. Los
miembros del Wizengamot comenzaron a desfilar por e lla—. ¡Por las barbas de Merlín! —
exclamó el señor Weasley, sorprendido, y apartó a Harry para dejarlos pasar—. ¿Te ha
juzgado el tribunal en pleno?
—Creo que sí —contestó Harry.
Uno o dos magos saludaron a Harry al pasar, y otros, entre ellos Madame Bones, dijeron
al señor Weasley: «Buenos días, Arthur.» Sin embarg o, la mayoría esquivó su mirada.
Cornelius Fudge y la bruja con cara de sapo fueron de los últimos en abandonar la mazmorra.
Fudge se comportó como si el señor Weasley y Harry fueran parte de la pared, pero la bruja,
una vez más, miró de arriba abajo a Harry al pasar a su lado. El último en salir fue Percy. Al
igual que había hecho Fudge, ignoró por completo a su padre y a Harry; pasó sin decir nada
con un gran rollo de pergamino y un puñado de pluma s de recambio en las manos, con la
espalda rígida y la barbilla levantada. Los labios del señor Weasley se tensaron ligeramente,
pero aparte de eso no dio señales de haber visto a su tercer hijo.
—Voy a acompañarte ahora mismo para que puedas cont arles a todos la buena noticia —
dijo el señor Weasley a Harry haciéndole señas para que lo siguiera tan pronto como Percy se
perdió de vista por la escalera que conducía a la n ovena planta—. Te dejaré en casa
aprovechando que tengo que ir a ver ese inodoro público de Bethnal Green. Vamos...
—¿Y qué tendrá que hacer con el inodoro? —preguntó Harry, sonriente.
De pronto, todo parecía muchísimo más gracioso de l o habitual. Estaba empezando a
convencerse de que lo habían absuelto y de que, por lo tanto, volvería a Hogwarts.
—Oh, bastará con un sencillo antiembrujo —dijo el s eñor Weasley mientras subían la
escalera—, pero el problema no está tanto en tener que reparar los daños causados, sino en la

112 Tomó

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
99
actitud que hay detrás de ese acto de vandalismo, Harry. Hay magos que se divierten
fastidiando a los muggles, y eso es la expresión de algo mucho más profundo y feo, y yo
personalmente...
El señor Weasley se interrumpió a media frase. Acab aban de llegar al pasillo de la
novena planta y Cornelius Fudge estaba plantado a pocos metros de ellos, hablando en voz
baja con un individuo alto que tenía el cabello rubio y lacio y el rostro pálido y anguloso.
El individuo se volvió al oír pasos y también inter rumpió la conversación; entrecerró los
ojos, grises y de fría mirada, y los clavó en la cara de Harry.
—Vaya, vaya... Patronus Potter —dijo Lucius Malfoy con descaro.
Harry se quedó sin aliento, como si el aire se hubiera solidificado. Había visto por última
vez aquellos ojos de mirada gélida a través de las ranuras de la máscara de un mortífago y
había escuchado, también por última vez, aquella vo z burlándose de él en un oscuro
cementerio, mientras lord Voldemort lo torturaba. Harry no podía creer que Lucius Malfoy se
atreviera a mirarlo a la cara; no podía creer que estuviese allí, en el Ministerio de la Magia, ni
que Cornelius Fudge estuviera hablando con él cuand o sólo hacía unas semanas que Harry le
había dicho a Fudge que Malfoy era un mortífago.
—El ministro me estaba contando que te has librado de una buena, Potter —comentó el
señor Malfoy arrastrando las palabras—. Es asombros o cómo te las ingenias para escabullirte
de las situaciones comprometidas... Como una culebra, diría yo.
El señor Weasley sujetó a Harry por un hombro en se ñal de advertencia.
—Sí —afirmó Harry—. Es verdad, se me da muy bien es cabullirme.
Lucius Malfoy miró al señor Weasley.
—¡Mira por dónde, Arthur Weasley! ¿Qué haces aquí, Arthur? 113
—Trabajo aquí —contestó éste en tono cortante.
—¿Aquí? —se extrañó el señor Malfoy, arqueando las cejas y mirando hacia la puerta que
el señor Weasley tenía a sus espaldas—. Creía que estabas arriba, en la segunda planta... ¿No
te dedicabas a llevarte artefactos muggles a escondidas y hechizarlos?
—No —se limitó a decir el señor Weasley, y clavó aú n más los dedos en el hombro de
Harry.
—¿Y usted qué hace aquí, por cierto? —le preguntó Harry a Lucius Malfoy.
—No creo que los asuntos privados que hay entre el ministro y yo sean de tu
incumbencia, Potter —contestó Malfoy alisándose la parte delantera de la túnica. Harry oyó
con claridad el débil tintineo de un bolsillo lleno de oro—. Francamente, que seas el alumno
favorito de Dumbledore no significa que debas esper ar la misma indulgencia por parte de los
demás... ¿Subimos a su despacho, ministro?
—Desde luego —respondió Fudge dándoles la espalda a Harry y al señor Weasley—. Por
aquí, Lucius.
Echaron a andar hablando en voz baja, y el señor Weasley no soltó el hombro de Harry
hasta que los otros dos entraron en el ascensor.
—Si tienen asuntos que tratar, ¿por qué no estaba esperando Malfoy frente al despacho
de Fudge? —estalló Harry—. ¿Qué hacía aquí abajo?
—Intentar colarse en la sala del tribunal, supongo —respondió el señor Weasley, muy
agitado, al mismo tiempo que giraba la cabeza para asegurarse de que nadie podía oírlos—.
Debía de querer enterarse de si te habían expulsado o no. Cuando te lleve a casa le dejaré una
nota a Dumbledore; le conviene saber que Malfoy ha estado hablando con Fudge otra vez.

113 -¡Arthur Weasley! ¿Qué haces aquí?

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
100
—¿Y qué asunto privado debe de ser ese del que tienen que tratar 114 ?
—Oro, supongo —contestó el señor Weasley, enojado—. Malfoy lleva años haciendo
generosas donaciones de todo tipo. Así se congracia con la gente que le interesa... y de ese
modo puede pedir favores, retrasar leyes que no le conviene que aprueben... ¡Ah, sí, Lucius
Malfoy está muy bien relacionado!
Llegó el ascensor, que iba vacío, con excepción de una nube de memorándum que
revolotearon alrededor de la cabeza del señor Weasley mientras él pulsaba el botón del Atrio y
se cerraban las puertas. Irritado, el hombre movió la mano para apartarlos.
—Señor Weasley —dijo Harry lentamente—, si Fudge se reúne con mortífagos como
Malfoy, si los ve a solas, ¿cómo podemos saber que no le han echado una maldición 115
Imperius?
—No creas que no se nos ha ocurrido ya, Harry —resp ondió el señor Weasley en voz
baja—. Pero Dumbledore cree que de momento Fudge actúa por voluntad propia, lo cual, como
también dice Dumbledore, no supone un gran consuelo. Pero ahora más vale que no hablemos
de eso, Harry.
Se abrieron las puertas y salieron al Atrio, que en ese instante estaba casi desierto. Eric,
el mago de seguridad, volvía a estar escondido tras El Profeta. Cuando ya habían pasado la
fuente dorada, Harry se acordó de algo.
—Un momento —le pidió al señor Weasley, y sacando s u monedero del bolsillo, volvió
junto a la fuente.
Miró el hermoso rostro del mago, pero visto de cerca Harry lo encontró débil y estúpido.
La bruja lucía una sonrisa insulsa de aspirante a reina de un concurso de belleza, y por lo que
Harry sabía de los duendes y los centauros, no era nada probable que los pillaran
contemplando con tanto embeleso a ningún humano. Sólo la actitud de repulsivo servilismo del
elfo doméstico resultaba convincente. Sonriendo al pensar en lo que diría Hermione si viera la
estatua del elfo, Harry le dio la vuelta al monedero y vació no sólo diez galeones, sino todo su
contenido en el estanque.

—¡Lo sabía! —gritó Ron lanzando puñetazos al aire—. ¡Siempre te libras de todo!
—Estaba clarísimo que tendrían que absolverte —dijo Hermione, que cuando Harry entró
en la cocina parecía a punto de desmayarse de la an siedad, y que en ese instante se tapaba
los ojos con una mano temblorosa—. No podían acusar te de nada.
—Pues estáis todos muy aliviados teniendo en cuenta que creíais que me absolverían —
comentó Harry, sonriente.
La señora Weasley se secaba las lágrimas con el del antal, y Fred, George y Ginny se
habían puesto a bailar una especie de danza guerrera al son de una canción que decía:
—¡Se ha librado! ¡Se ha librado! ¡Se ha librado!
—¡Basta! ¡Calmaos! —gritó el señor Weasley, aunque él también sonreía—. Oye, Sirius,
hemos visto a Lucius Malfoy en el Ministerio...
—¿Qué? —saltó Sirius.
—¡Se ha librado! ¡Se ha librado! ¡Se ha librado!
—¡Callaos, vosotros tres! Sí. Lo hemos visto hablando con Fudge en la novena planta;
luego han subido juntos al despacho de Fudge. Dumbl edore debería saberlo.
—Desde luego —coincidió Sirius—. Se lo diremos, no te preocupes.

114 Tendrán que tratar? 115 Maleficio

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101
—Bueno, tengo que irme, hay un inodoro que vomita esperándome en Bethnal Green.
Molly, llegaré tarde, debo cubrir a Tonks, pero quizá Kingsley venga a cenar...
—Se ha librado, se ha librado, se ha librado...
—¡Basta! ¡Fred, George, Ginny! —chilló la señora We asley cuando su marido salió de la
cocina—. Harry, querido, ven y siéntate, come algo, que apenas has desayunado.
Ron y Hermione se sentaron enfrente de Harry, que n o los había visto tan contentos
desde su llegada a Grimmauld Place, y el vertiginoso alivio del muchacho, que su encuentro
con Lucius Malfoy había estropeado un poco, volvió a dispararse. De pronto la sombría casa
resultaba más cálida y acogedora; hasta Kreacher le pareció menos feo cuando éste metió la
nariz en la cocina para investigar el origen de todo aquel alboroto.
—Claro, cuando Dumbledore se puso de tu lado, no ha bía forma de que te condenaran —
observó Ron alegremente mientras servía enormes cuc haradas de puré de patatas 116 en los
platos.
—Sí, Dumbledore me echó una mano —afirmó Harry. Ten ía la impresión de que habría
resultado muy desagradecido, por no decir infantil, que dijera: «Pero me habría gustado que
me hubiera dicho algo. O que por lo menos me hubier a mirado.»
Y cuando estaba pensándolo, la cicatriz de la frente empezó a arderle tanto que tuvo que
tapársela con una mano.
—¿Qué ocurre? —preguntó Hermione, alarmada.
—La cicatriz —murmuró Harry—. Pero no es nada... Ah ora me pasa con mucha
frecuencia.
Los demás no se habían dado cuenta, pues todos se servían comida mientras seguían
saboreando la absolución de Harry. Fred, George y Ginny seguían cantando y Hermione estaba
muy nerviosa, pero antes de que pudiera decir algo, Ron se le adelantó:
—Seguro que Dumbledore vendrá esta noche para celeb rarlo con nosotros.
—No creo que pueda venir, Ron —intervino la señora Weasley al mismo tiempo que ponía
un inmenso plato de pollo asado delante de Harry—. Ahora está muy ocupado.
—Se ha librado, se ha librado, se ha librado...
—¡Callaos! —rugió la señora Weasley.

En los días que siguieron, a Harry no se le escapó que en el número 12 de Grimmauld
Place había una persona a la que no parecía alegrar le mucho saber que él regresaría a
Hogwarts. Al enterarse de la noticia, Sirius interpretó bien su papel expresando su satisfacción,
estrujándole la mano y sonriendo encantado como tod os los demás. Sin embargo, poco
después se mostró más malhumorado y hosco que antes ; cada vez hablaba menos, incluso
con Harry, y pasaba mucho tiempo encerrado en la habitación de su madre con Buckbeak.
—¡No te sientas culpable! —exclamó Hermione con con tundencia unos días más tarde,
después de que Harry les confesara a Ron y a ella sus sentimientos mientras limpiaban un
mohoso armario del tercer piso—. Tu lugar está en Hogwarts, y Sirius lo sabe. La verdad, creo
que su actitud es muy egoísta.
—No seas tan dura, Hermione —dijo Ron con el entrec ejo fruncido mientras intentaba
arrancarse un poco de moho que se le había pegado e n el dedo—; a ti tampoco te haría
ninguna gracia tener que quedarte encerrada en esta casa sin ninguna compañía.
—¡Tendrá compañía! —replicó Hermione—. Ahora esta c asa es el cuartel general de la
Orden del Fénix, ¿no? Lo que pasa es que se había hecho ilusiones de que Harry viniera a vivir

116 Papas

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102
con él.
—No, no lo creo —intervino Harry retorciendo su bayeta 117 —. Cuando le pregunté si me
dejaría venir a vivir aquí, no me dio una respuesta clara.
—Porque no quería hacerse más ilusiones —sugirió He rmione hábilmente—. Y seguro que
él también se sentía un poco culpable porque creo q ue, en el fondo, confiaba en que te
expulsaran. Así los dos seríais unos marginados.
—¡No digas tonterías! —saltaron Harry y Ron al unísono, pero Hermione sólo se encogió
de hombros.
—Como queráis. Pero en parte creo que la madre de R on está en lo cierto, y que a veces
Sirius se hace un lío y no sabe si tú eres tú o tu padre, Harry.
—¿Insinúas que está tocado del ala 118 ? —replicó el muchacho acaloradamente.
—No, sólo creo que ha pasado mucho tiempo solo —se limitó a decir Hermione.
Entonces la señora Weasley entró en el dormitorio.
—¿Todavía no habéis terminado? —preguntó, metiendo la cabeza en el armario.
—¡Pensaba que habías venido a decirnos que descansáramos un poco! —protestó Ron—.
¿Sabes la cantidad de moho que hemos sacado desde q ue llegamos aquí?
—¿No teníais tantas ganas de ayudar a la Orden? —dijo la señora Weasley—. Pues podéis
colaborar convirtiendo el cuartel general en un sitio habitable.
—Me siento como un elfo doméstico —refunfuñó Ron.
—¡Mira, ahora que entiendes lo tristes que son sus vidas, quizá colabores un poco más
con el PEDDO! —sugirió Hermione, esperanzada, mient ras la señora Weasley los dejaba de
nuevo solos—. Tal vez no sea mala idea demostrar a la gente lo espantoso que es pasarse el
día limpiando; podríamos organizar una limpieza benéfica de la sala común de Gryffindor, y
todos los donativos irían a parar al PEDDO. Así conseguiríamos mentalizar a la gente y al
mismo tiempo recogeríamos fondos.
—Yo estoy dispuesto a pagarte para que dejes de hab lar del PEDDO —masculló Ron con
fastidio, pero procurando que sólo Harry oyera el comentario.

A medida que se acercaba el final de las vacaciones , Harry cada vez fantaseaba más
sobre Hogwarts; estaba ansioso por volver a ver a Hagrid, por jugar al quidditch, incluso por
pasear por los huertos hasta los invernaderos de Herbología 119 ; sería un placer salir de aquella
polvorienta y mohosa casa donde la mitad de los arm arios todavía estaban cerrados con llave
y donde Kreacher, escondido, te lanzaba insultos al pasar, aunque Harry no comentaba nada
de todo eso cuando Sirius podía oírlo.
Lo cierto era que vivir en el cuartel general del movimiento antiVoldemort no era ni tan
interesante ni tan emocionante como Harry se había imaginado antes de pasar por esa
experiencia. Aunque miembros de la Orden del Fénix entraban y salían con regularidad (a
veces se quedaban a comer o a cenar, y otras, sólo el tiempo necesario para hablar con
alguien en voz baja), la señora Weasley se encargaba de que Harry y los demás no oyeran
nada (con orejas extensibles o sin ellas), y nadie, ni siquiera Sirius, creía que Harry necesitara
saber nada más de lo que le habían contado la noche de su llegada.
El último día de las vacaciones, Harry estaba limpiando los excrementos de Hedwig de lo
alto del armario cuando Ron entró en su dormitorio con un par de sobres.

117 Trapo de limpieza 118 Mal de la cabeza 119 Botánica

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
103
—Han llegado las listas de libros —anunció lanzándole una carta a Harry, que estaba
subido a una silla—. Ya era hora, pensaba que se habían olvidado; normalmente llegan mucho
antes...
Harry metió los últimos excrementos en una bolsa de basura y la lanzó por encima de la
cabeza de Ron a la papelera que había en un lado, la cual se la tragó y soltó un fuerte eructo.
Entonces abrió el sobre. Contenía dos trozos de per gamino: uno era la nota habitual que le
recordaba que el curso empezaba el uno de septiembr e, y en el otro estaban detallados los
libros que necesitaría para el próximo curso.
—Sólo hay dos nuevos —comentó leyendo la lista—. Libro reglamentario de hechizos, 5°
curso 120 , de Miranda Goshawk, y Teoría de defensa mágica 121 , de Wilbert Slinkhard.
¡CRAC!
Fred y George se habían aparecido al lado de Harry. Él ya estaba tan acostumbrado a
que lo hicieran que ni siquiera se cayó de la silla.
—Nos gustaría saber quién ha elegido el libro de Sl inkhard —comentó Fred.
—Porque eso significa que Dumbledore ha encontrado un nuevo profesor de Defensa
Contra las Artes Oscuras añadió George.
—Y ya era hora, por cierto —dijo Fred.
—¿Qué quieres decir? —le preguntó Harry saltando de la silla.
—Verás, hace unas semanas captamos con las orejas e xtensibles una conversación de
papá y mamá —le explicó Fred—, y por lo que decían, a Dumbledore le estaba costando mucho
trabajo encontrar a alguien que estuviera dispuesto a dar esa asignatura este año.
—Lo cual no es de extrañar, teniendo en cuenta lo q ue les ha pasado a los cuatro
anteriores —apuntó George.
—Uno despedido, uno muerto, uno sin memoria y uno e ncerrado nueve meses en un
baúl —contó Harry ayudándose con los dedos—. Sí, ya te entiendo.
—¿Qué te pasa, Ron? —le preguntó Fred a su hermano.
Ron no contestó, y Harry se dio la vuelta y vio que su amigo estaba de pie, muy quieto,
con la boca un poco abierta, contemplando la carta que había recibido de Hogwarts.
—¿Qué pasa? —insistió Fred, y se colocó detrás de R on para ver el trozo de pergamino
por encima de su hombro. Fred también abrió la boca—. ¿Prefecto? —dijo, mirando la nota con
incredulidad—. ¿Tú, prefecto?
George se abalanzó sobre su hermano menor, le arran có el sobre que tenía en la otra
mano y lo puso boca abajo. Harry vio que una cosa d e color escarlata y dorado caía en la
palma de la mano de George.
—No puede ser —murmuró éste en voz baja.
—Tiene que haber un error —aseguró Fred arrancándol e la carta de la mano a Ron y
poniéndola a contraluz, como si buscara una filigrana—. Nadie en su sano juicio nombraría
prefecto a Ron. —Los gemelos giraron la cabeza al u nísono y se quedaron mirando a Harry—.
¡Estábamos seguros de que te nombrarían a ti! —excl amó Fred con un tono que sugería que
Harry los había engañado.
—¡Creíamos que Dumbledore se vería obligado a nombr arte a ti! —dijo George con
indignación.
—¡Después de ganar el Torneo de los tres magos! —añadió Fred.

120 Nivel 5 121 Teoría de la Magia Defensiva

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104
—Supongo que todo el jaleo 122 lo ha perjudicado —le comentó George a su gemelo.
—Sí —repuso Fred—. Sí, has causado demasiados problemas, amigo. Bueno, al menos
uno de vosotros dos tiene claro cuáles son sus prioridades. —Y se acercó a Harry y le dio una
palmada en la espalda mientras le lanzaba una mirad a mordaz a Ron—. Prefecto... El pequeño
Ronnie, prefecto...
—¡Oh, no va a haber quien aguante a mamá! —gruñó Ge orge poniéndole la insignia de
prefecto en la mano a Ron, como si pudiera contaminarse con ella.
Ron, que todavía no había dicho nada, cogió la insignia, se quedó mirándola un momento
y luego se la mostró a Harry. Parecía que le pedía una confirmación de su autenticidad. Harry
la cogió. Había una gran «P» superpuesta en el león de Gryffindor. Había visto una insignia
idéntica en el pecho de Percy en su primer día en Hogwarts.
En ese momento la puerta se abrió de par en par y H ermione irrumpió en la habitación
con las mejillas coloradas y el pelo por los aires. Llevaba un sobre en la mano.
—¿Vosotros... también...? —Vio la insignia que Harr y tenía en la mano y soltó un
chillido—. ¡Lo sabía! —gritó emocionada blandiendo su carta—. ¡Yo también, Harry, yo
también!
—No —se apresuró a decir Harry, y le puso la insignia en la mano a Ron—. No es mía, es
de Ron.
—¿Cómo dices?
—El prefecto es Ron, no yo.
—¿Ron? —se extrañó la chica, y se quedó con la boca abierta—. Pero... ¿estás seguro?
Quiero decir...
Se puso muy roja cuando Ron la miró con expresión desafiante.
—El sobre va dirigido a mi nombre —afirmó él.
—Yo... —balbuceó Hermione muy apabullada—. Yo... Bu eno... ¡Vaya! ¡Felicidades, Ron!
Es totalmente...
—Inesperado —acabó George haciendo un movimiento afirmativo con la cabeza.
—No —dijo Hermione ruborizándose aún más—, no, no e s nada inesperado. Ron ha
hecho cantidad de... Es verdaderamente...
La puerta que había a su espalda se abrió un poco más y la señora Weasley entró en la
habitación cargada de ropa recién planchada.
—Ginny me ha dicho que por fin han llegado las listas de libros —comentó echando un
vistazo a los sobres mientras iba hacia la cama y e mpezaba a ordenar la ropa en dos
montones—. Si me las dais, iré al callejón Diagon esta tarde y os compraré los libros mientras
vosotros hacéis el equipaje. Ron, tendré que compra rte más pijamas, éstos se te han quedado
al menos quince centímetros cortos. No puedo creer que hayas crecido tanto... ¿De qué color
los quieres?
—Cómpraselos rojos y dorados para que hagan juego c on su insignia —dijo George con
una sonrisita de suficiencia.
—¿Para que hagan juego con qué? —preguntó la señora Weasley, distraída, mientras
doblaba unos calcetines granates y los colocaba en el montón de ropa de Ron.
—Con su insignia —respondió Fred como quien quiere liquidar un asunto desagradable
cuanto antes—. Su preciosa y reluciente nueva insignia de prefecto.
Las palabras de Fred tardaron un momento en llegar al cerebro de la señora Weasley,

122 Todos los embrollos

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pero fulminaron su preocupación por los pijamas de su hijo.
—Su... Pero si... Ron, tú no... —Ron le enseñó la insignia y la señora Weasley soltó un
chillido muy parecido al de Hermione—. ¡No puedo cr eerlo! ¡No puedo creerlo! ¡Oh, Ron, qué
maravilla! ¡Prefecto! ¡Como todos en la familia!
—¿Y quiénes somos Fred y yo, los vecinos de enfrent e? —preguntó George, indignado,
cuando su madre lo apartó de un empujón y se lanzó a abrazar a su hijo menor.
—¡Ya verás cuando lo sepa tu padre! ¡Ron, estoy tan orgullosa de ti, qué noticia tan
fabulosa, quizá acaben nombrándote delegado, como a Bill y a Percy, es el primer paso! ¡Oh,
qué gran noticia en medio de todos estos problemas, estoy encantada, oh, Ronnie!
A espaldas de su madre, Fred y George se pusieron a fingir que vomitaban, pero la
señora Weasley no se dio ni cuenta porque estaba abrazada a Ron, cubriéndole la cara de
besos. Ron estaba más colorado que su insignia.
—Mamá..., no... Mamá, contrólate... —balbuceó intentando apartarla.
La señora Weasley lo soltó y, casi sin aliento, dijo:
—Bueno, ¿qué quieres que te regalemos? A Percy le r egalamos una lechuza, pero tú ya
tienes una, claro.
—¿Qué quieres decir? —preguntó el chico, que no podía dar crédito a sus oídos.
—¡Mereces una recompensa por esto! —afirmó la señor a Weasley con cariño— ¿Qué te
parece una túnica de gala nueva?
—Nosotros ya le hemos comprado una —dijo Fred con a margura, como si lamentara
sinceramente tanta generosidad.
—O un caldero nuevo. El de Charlie está tan viejo que está agujereándose. O una rata
nueva; siempre te gustó Scabbers...
—Mamá —aventuró Ron esperanzado—, ¿podéis comprarme una escoba? —El rostro de
la mujer se ensombreció un poco, pues las escobas eran caras—. ¡No hace falta que sea muy
buena! —se apresuró a añadir Ron—. Me conformo con que sea nueva...
La señora Weasley vaciló, pero acabó sonriendo.
—Claro que sí, hijo mío... Bueno, será mejor que me dé prisa si también tengo que
comprar una escoba. Ya os veré más tarde... ¡El pequeño Ronnie, prefecto! Y no os olvidéis de
hacer el equipaje... ¡Prefecto! ¡Oh, qué nerviosa 123 estoy!
Volvió a besar a Ron en la mejilla, aspiró ruidosam ente por la nariz y salió a toda
velocidad de la habitación.
Fred y George se miraron.
—No te importará que nosotros no te besemos, ¿verda d, Ron? —dijo Fred con una voz
falsamente nerviosa.
—Si quieres, podemos hacerte una reverencia —añadió George.
—Dejadme en paz —replicó Ron frunciendo el entrecejo.
—Y si no te dejamos en paz, ¿qué? —dijo Fred dibujando una maliciosa sonrisa—. ¿Vas a
castigarnos?
—Me encantaría ver cómo lo intenta —se burló George .
—¡Podría hacerlo si no os andáis con cuidado! —intervino una enojada Hermione.
Fred y George rompieron a reír, y Ron murmuró:

123 Emocionada

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—Déjalo ya, Hermione.
—Vamos a tener que ir con mucho cuidado, George —dijo Fred fingiendo que temblaba—
, con estos dos vigilándonos...
—Sí, por lo visto se nos ha acabado lo de hacer el gamberro 124 —añadió George
moviendo la cabeza.
Y con otro sonoro ¡crac!, los gemelos se desaparecieron.
—¡Vaya par! —exclamó Hermione, furiosa, mirando al techo, a través del cual oían a Fred
y a George, que se reían a carcajadas en la habitación del piso de arriba—. No les hagas caso,
Ron, lo que ocurre es que están celosos.
—No lo creo —dijo Ron mirando también hacia el tech o—. Siempre han dicho que sólo
nombran prefectos a los imbéciles... —Luego, con un tono de voz más alegre, continuó—: Pero
¡ellos nunca han tenido escobas nuevas! Me habría g ustado ir con mamá y elegirla... Ella no
me puede comprar una Nimbus, pero ha salido una Bar redora nueva que me encantaría... Sí,
creo que voy a decirle que me gustaría que me comprara una Barredora, para que lo sepa...
Salió corriendo de la habitación, y Harry y Hermione se quedaron solos.
Por algún extraño motivo, a Harry no le apetecía na da mirar a Hermione. Se volvió hacia
su cama, cogió el montón de ropa limpia que la seño ra Weasley había dejado encima y fue
hacia su baúl.
—Harry... —empezó a decir la muchacha con timidez.
—Felicidades, Hermione —dijo Harry tan efusivamente que no parecía su voz; y, todavía
sin mirarla, añadió—: Es fantástico. Prefecta. Genial.
—Gracias —contestó Hermione—. Esto... Harry, ¿me pr estas a Hedwig para que pueda
contárselo a mis padres? Se pondrán muy contentos. Bueno, creo que entenderán lo que
significa que me hayan nombrado prefecta.
—¡Sí, claro! —exclamó Harry con aquella espantosa voz efusiva que no le pertenecía—.
¡Cógela 125 !
Se inclinó sobre su baúl, puso las túnicas en el fondo y fingió que buscaba algo dentro,
mientras Hermione iba hacia el armario y llamaba a Hedwig. Pasaron unos momentos; Harry
oyó que se cerraba la puerta, pero siguió doblado p or la cintura, escuchando; lo único que oía
eran las risitas del cuadro en blanco de la pared y los eructos de la papelera 126 del rincón.
Se enderezó y giró la cabeza. Hermione se había mar chado y Hedwig no estaba. Harry
volvió con lentitud a su cama y se sentó en ella, c lavando la vista en las patas del armario.
Había olvidado por completo que elegían a los prefe ctos en quinto. Había estado tan
preocupado con la posibilidad de que lo expulsaran del colegio que no se había parado a
considerar que las insignias debían de estar viajando hacia sus destinatarios. Pero si lo hubiera
recordado..., si hubiera pensado en ello... ¿qué expectativas habría tenido?
«Ésta no, desde luego», dijo una discreta pero sinc era voz en su cerebro.
Harry hizo una mueca y se tapó la cara con ambas ma nos. No podía engañarse a sí
mismo: si hubiera sabido que una insignia de prefecto iba en camino, se habría imaginado que
sería para él, no para Ron. ¿Lo convertía eso en un a persona tan arrogante como Draco
Malfoy? ¿Se consideraba superior a los demás? ¿De verdad creía que era mejor que Ron?
«No», dijo la voz, desafiante.
¿Era eso cierto?, se preguntó Harry, angustiado, poniendo a prueba sus sentimientos.

124 Por lo visto tendremos que dejar de violar las regl as 125 ¡Llévala! 126 Cesto de papeles

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«Yo soy mejor en quidditch —afirmó la voz—. Pero no soy mejor en nada más.»
Era la pura verdad, pensó Harry; no era mejor que Ron en clase. Pero ¿y fuera de clase?
¿Y las aventuras que él, Ron y Hermione habían vivido juntos desde que llegaron a Hogwarts,
arriesgándose muchas veces a cosas peores que la ex pulsión?
«Bueno, Ron y Hermione casi siempre estaban conmigo », aseguró la voz.
«Pero no siempre —discutió Harry—. Ellos no pelearon conmigo contra Quirrell. Ellos no
se enfrentaron a Ryddle 127 ni al basilisco, ni se libraron de los Dementores la noche que Sirius
escapó, ni estaban conmigo en el cementerio la noch e que regresó Voldemort...»
Y volvió a asaltarlo aquella sensación de injusticia que había tenido la noche de su
llegada a la casa.
«Es evidente que yo he hecho muchas más cosas —pens ó Harry con indignación—. ¡He
hecho muchas más cosas que ellos dos!»
«Pero, a lo mejor —aventuró la vocecita con imparcialidad—, Dumbledore no elige a los
prefectos por haberse metido en un montón de situac iones peligrosas... Quizá los elija por
otros motivos... Ron debe de tener algo que tú no tienes...»
Harry abrió los ojos y miró entre sus dedos las pat as con forma de garras del armario,
recordando lo que había dicho Fred: «Nadie en su sa no juicio nombraría prefecto a Ron...»
Harry soltó una breve risotada. Un segundo más tard e estaba asqueado de sí mismo.
Ron no le había pedido a Dumbledore que le diera un a insignia de prefecto. Ron no era
culpable de nada. ¿Iba a deprimirse Harry, el mejor amigo que Ron tenía en el mundo, porque
él no tenía una insignia? ¿Iba a reírse con los gemelos a espaldas de Ron, iba a estropearle la
fiesta a su amigo cuando, por primera vez, lo había superado a él en algo?
Entonces Harry volvió a oír los pasos de Ron por la escalera. Se levantó, se colocó bien
las gafas y sonrió cuando Ron entró dando saltos por la puerta.
—¡La he pillado 128 ! —exclamó alegremente—. Dice que si puede me compr ará la
Barredora.
—Qué bien —dijo Harry, y sintió un gran alivio al comprobar que su voz había dejado de
sonar efusiva—. Oye, Ron... Bueno, te felicito, amigo.
La sonrisa de los labios de Ron se esfumó de inmedi ato.
—¡Nunca pensé que fueran a dármela a mí! —aseguró, haciendo un gesto negativo con la
cabeza—. ¡Estaba convencido de que te la darían a ti!
—No, yo he causado demasiados problemas —afirmó Har ry, repitiendo las palabras de
Fred.
—Ya. Sí, debe de ser por eso... Bueno, será mejor que hagamos el equipaje, ¿no?
Parecía mentira cómo se habían esparcido sus cosas desde que habían llegado a la casa.
Les llevó casi toda la tarde recoger sus libros y s us objetos personales, que estaban
desperdigados por todas partes, y meterlos en los baúles del colegio. Harry se fijó en que Ron
llevaba su insignia de prefecto de un lado a otro: primero la dejó en la mesilla de noche, luego
se la puso en el bolsillo de los vaqueros, y por fin la sacó y la dejó sobre sus túnicas dobladas,
como si quisiera ver cómo quedaba el rojo sobre el negro. Pero cuando Fred y George entraron
en la habitación y amenazaron con pegársela en la f rente con un encantamiento de presencia
permanente, Ron la envolvió con ternura con sus calcetines granates y la guardó bajo llave en
el baúl.
La señora Weasley regresó del callejón Diagon hacia las seis, cargada de libros y con un

127 Riddle 128 ¡Pude alcanzarla!

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largo paquete envuelto con papel marrón que Ron le quitó de las manos con un gemido de
deseo contenido.
—No la desenvuelvas ahora; está llegando la gente para cenar y os quiero a todos abajo
—dijo la señora Weasley, pero en cuanto se perdió d e vista, Ron arrancó el papel en un
arrebato de euforia y, extasiado, examinó centímetro a centímetro su nueva escoba.
Abajo, en el sótano, la señora Weasley había colgad o una pancarta roja sobre la mesa,
llena a rebosar de comida, que decía:

FELICIDADES
RON Y HERMIONE
NUEVOS PREFECTOS

Harry no la había visto de tan buen humor en todas las vacaciones.
—Me ha parecido buena idea celebrar una pequeña fie sta en lugar de servir la cena en la
mesa —explicó a Harry, Ron, Hermione, Fred, George y Ginny cuando entraron en la sala—. Tu
padre y Bill están en camino, Ron. Les he enviado u na lechuza y están entusiasmados —
añadió, radiante.
Fred puso los ojos en blanco.
Sirius, Lupin, Tonks y Kingsley Shacklebolt ya estaban allí, y Ojoloco Moody entró poco
después de que Harry se sirviera una cerveza de man tequilla.
—¡Oh, Alastor, me alegro de verte! —exclamó la seño ra Weasley jovialmente, mientras
Ojoloco se quitaba la capa de viaje haciendo un movimiento con los hombros—. Hace mucho
tiempo que queríamos pedírtelo... ¿Podrías echarle un vistazo al escritorio del salón y decirnos
qué hay dentro? No hemos querido abrirlo por si se trata de algo peligroso.
—No te preocupes, Molly... —El ojo de color azul eléctrico de Moody giró hacia arriba y se
clavó en el techo de la cocina—. En el salón... —gruñó mientras se le contraía la pupila—. ¿Ese
escritorio del rincón? ¡Ah, sí, ya lo veo! Sí, es un boggart... ¿Quieres que suba y me deshaga
de él, Molly?
—No, no, ya lo haré yo más tarde —dijo la señora We asley sin dejar de sonreír—. Ahora
tómate algo. Verás, hoy hemos organizado una pequeñ a fiesta... —Señaló la pancarta roja—.
¡El cuarto prefecto de la familia! —añadió con orgullo, alborotándole el pelo a Ron.
—Conque prefecto... —gruñó Moody observando a Ron c on su ojo normal mientras el
mágico giraba y se quedaba mirando hacia la sien. Harry tuvo la desagradable sensación de
que lo contemplaba a él, y fue hacia donde estaban Sirius y Lupin—. Bueno..., felicidades —
dijo Moody fulminando a Ron con su ojo normal—, las figuras de autoridad siempre atraen
problemas, pero supongo que Dumbledore cree que tú puedes soportar cualquier embrujo,
porque si no, no te habría nombrado a ti...
Ron se asustó un poco ante aquella interpretación del asunto, pero se libró de tener que
contestar gracias a la llegada de su padre y de su hermano mayor. La señora Weasley estaba
de tan buen humor que ni siquiera protestó porque h ubieran llevado a Mundungus con ellos;
éste llevaba un largo abrigo que tenía extraños bultos en sitios donde no debía tenerlos, y
declinó el ofrecimiento de quitárselo y dejarlo con la capa de viaje de Moody.
—Bueno, creo que la ocasión merece un brindis —anun ció el señor Weasley cuando todos
tenían ya su copa. Levantó la suya y dijo—: ¡Por Ron y por Hermione, los nuevos prefectos de
Gryffindor!
Ron y Hermione sonrieron encantados mientras los de más bebían a su salud, y luego
todos aplaudieron.
—Yo nunca fui prefecta —comentó alegremente Tonks, que estaba detrás de Harry,
cuando todos fueron hacia la mesa para servirse. Ese día llevaba el cabello de color rojo

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tomate, y largo hasta la cintura; parecía la hermana mayor de Ginny— El jefe de mi casa decía
que me faltaban ciertas cualidades indispensables.
—¿Como cuáles? —preguntó Ginny, que estaba sirviénd ose una patata asada.
—Como la capacidad de comportarme 129 —respondió Tonks.
Ginny rió; Hermione no sabía si sonreír o no, y solucionó el dilema bebiendo un enorme
trago de cerveza de mantequilla y atragantándose co n él.
—¿Y tú, Sirius? —preguntó Ginny mientras le daba un a palmada en la espalda a
Hermione.
Sirius, que estaba junto a Harry, soltó su atronadora risa.
—A nadie se le habría ocurrido nombrarme prefecto p orque me pasaba demasiado
tiempo castigado con James. El bueno era Lupin, a él sí le dieron la insignia.
—Creo que Dumbledore albergaba esperanzas de que yo ejerciera cierto control sobre
mis mejores amigos —terció Lupin—. Ni que decir tiene que fracasé estrepitosamente.
Harry se animó al descubrir que su padre tampoco ha bía sido prefecto y entonces la
fiesta empezó a resultar más agradable; se llenó el plato y, de pronto, todo el mundo parecía
mucho más simpático.
Ron no paraba de hablar, entusiasmado, de su nueva escoba con todo el que estuviera
dispuesto a escucharlo.
—... de cero a ciento diez en diez segundos. No está mal, ¿eh? Imagínate, la Cometa 290
sólo tiene una aceleración de cero a sesenta, y eso con un viento de cola apropiado, según El
mundo de la escoba.
Hermione hablaba muy seriamente con Lupin de su opi nión sobre los derechos de los
elfos.
—Mire, es tan absurdo como la segregación de los hombres lobo, ¿no le parece? Todo
proviene de esa horrible tendencia de los magos a c onsiderarse superiores al resto de las
criaturas...
La señora Weasley y Bill discutían sobre el pelo de este, como siempre.
—... se está descontrolando, y eres tan guapo... Te quedaría mucho mejor corto, ¿no
crees, Harry?
—Oh... No sé... —contestó él, un tanto alarmado cuando le pidieron su opinión; se alejó
de ellos y fue hacia Fred y George, que estaban apiñados en un rincón junto a Mundungus.
Éste dejó de hablar en cuanto vio a Harry, pero Fre d le guiñó un ojo e hizo señas al
muchacho para que se acercara.
—No pasa nada —aseguró Fred a Mundungus—. Podemos c onfiar en Harry; es nuestro
patrocinador.
—Mira lo que nos ha traído Dung —dijo George mostrándole a Harry una mano llena de
unas cosas negras que parecían vainas resecas. Emit ían un ruidito vibrante pese a estar
completamente quietas—. Son semillas de tentácula v enenosa. Las necesitamos para los
Surtidos Saltaclases, pero son una Sustancia No Com erciable de Clase C, y por eso nos ha
costado un poco conseguirlas.
—¿Cuánto dices, Dung? ¿Diez galeones el lote? —preguntó Fred.
—Ya sabes los problemas que he tenido para hacerme con ellas —respondió Mundungus
abriendo aún más los caídos y enrojecidos ojos—. Lo siento, muchachos, pero no puedo bajar
de veinte.

129 Comportarme bien

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—A Dung le encanta bromear —le dijo Fred a Harry.
—Sí, hasta ahora su mejor chiste fue pedirnos seis sickles por una bolsa de púas de knarl
—añadió George.
—Tened cuidado —les advirtió Harry con disimulo.
—¿Qué pasa? —inquirió Fred—. ¡Ah, no te preocupes! Mamá está muy ocupada
arrullando al prefecto Ron.
—Pero Moody os podría estar vigilando —señaló Harry.
Mundungus, nervioso, giró la cabeza.
—Es verdad —gruñó—. Está bien, chicos, os las dejo por diez si os las lleváis ahora
mismo.
—¡Gracias, Harry! —exclamó Fred con gran alegría cuando Mundungus vació sus bolsillos
en las manos de los gemelos y se escabulló hacia do nde estaba la comida—. Será mejor que
las subamos a la habitación...
Harry vio cómo se marchaban y se quedó un tanto pre ocupado. Se le acababa de ocurrir
que el señor y la señora Weasley querrían saber cómo financiaban Fred y George su negocio
de artículos de broma cuando por fin lo descubriera n, lo cual acabaría pasando tarde o
temprano. En su momento había resultado muy sencillo entregar a los gemelos el premio en
metálico del Torneo de los tres magos, pero ¿y si eso acababa provocando otra pelea familiar y
una crisis parecida a la que había causado Percy? ¿ Seguiría considerando la señora Weasley a
Harry como un hijo si se enteraba de que él había c ontribuido a que Fred y George empezaran
una carrera que ella consideraba inadecuada?
Se quedó plantado donde lo habían dejado los gemelo s, sin otra compañía que el peso de
su sentimiento de culpa en el fondo del estómago, y entonces oyó que alguien pronunciaba su
nombre. La profunda voz de Kingsley Shacklebolt se oía incluso en medio de todo aquel
alboroto.
—¿... por qué Dumbledore no ha nombrado prefecto a Potter? —preguntaba Kingsley.
—Debe de tener sus razones —respondió Lupin.
—Pero así le habría demostrado que confía en él. Es lo que habría hecho yo —insistió
Kingsley—, sobre todo ahora que El Profeta se mete con él sin parar.
Harry no se dio la vuelta; no quería que Lupin y Ki ngsley supieran que los había oído.
Pese a que no tenía ni pizca de hambre, siguió el ejemplo de Mundungus y se dirigió hacia la
mesa. El placer que había empezado a encontrar en l a fiesta se había evaporado con la misma
rapidez con que había llegado; le habría gustado estar arriba, en la cama.
Ojoloco Moody olfateaba un muslo de pollo con lo que le que daba de nariz;
evidentemente, no detectó ni rastro de veneno, porque le asestó un mordisco y arrancó un
buen trozo de carne.
—...el mango es de roble español, con barniz antiem brujos y control de vibración
incorporado... —le decía Ron a Tonks.
La señora Weasley bostezó sin disimulo.
—Bueno, creo que voy a ocuparme de ese boggart ante s de acostarme... Arthur, no
quiero que los niños se vayan a dormir demasiado tarde, ¿entendido? Buenas noches, Harry,
querido —añadió, y salió de la cocina.
El muchacho dejó su plato y se preguntó si sería capaz de seguirla sin llamar la atención.
—¿Estás bien, Potter? —le preguntó entonces Moody.
—Sí, muy bien —mintió él.

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111
Moody bebió un sorbo de su petaca; su ojo azul eléctrico miraba de soslayo a Harry.
—Ven aquí, tengo una cosa que quizá te interese —di jo, sacando una vieja y destrozada
fotografía mágica de un bolsillo interior de su túnica—. La Orden del Fénix original —gruñó
Moody—. La encontré anoche mientras buscaba mi capa invisible de recambio, dado que
Podmore no ha tenido la decencia de devolverme la que le presté, que por cierto es la buena...
Pensé que a alguien le gustaría verla.
Harry cogió la fotografía. En ella había un grupo de gente que le devolvía la mirada;
algunos lo saludaban con la mano y otros se levantaban las gafas.
—Ése soy yo —dijo Moody, señalándose, aunque no hac ía ninguna falta. El Moody de la
fotografía era inconfundible, pese a que no tenía el cabello tan gris y su nariz estaba intacta—.
Y el que está a mi lado es Dumbledore; al otro lado tengo a Dedalus Diggle... Ésa es Marlene
McKinnon; la asesinaron dos días después de que se tomara esta fotografía; de hecho,
mataron a toda su familia. Ésos son Frank y Alice Longbottom...
El estómago de Harry, que ya estaba un poco revuelt o, se encogió al ver a Alice
Longbottom; su cara, redonda y simpática, le resultaba muy familiar pese a que no la conocía,
porque era la viva imagen de su hijo Neville.
—... pobrecillos 130 —gruñó Moody—. Preferiría morir a que me pasara lo que les pasó a
ellos... Y ésa es Emmeline Vance, ya la conoces, y ese otro es Lupin, evidentemente... Benjy
Fenwick, que también se fue al otro barrio; sólo en contramos unos cuantos trozos de su
cuerpo... Moveos un poco —añadió, dándole unos golpecitos a la fotografía, y los retratados se
desplazaron hacia un lado para que los que quedaban tapados pudieran pasar hacia delante.
»Ese de ahí es Edgar Bones, el hermano de Amelia Bo nes... También se los cargaron a él
y a su familia; era un gran mago... Sturgis Podmore , vaya, qué joven está... Caradoc
Dearborn, que murió seis meses después; nunca encon tramos su cadáver... Hagrid, por
supuesto, está igual que siempre... Elphias Doge, también lo conoces, no me acordaba de que
antes solía llevar ese ridículo sombrero... Gideon Prewett, hicieron falta cinco mortífagos para
matarlos a él y a su hermano Fabián, que pelearon c omo verdaderos héroes... Moveos,
moveos...
Los retratados se empujaron unos a otros y los que estaban ocultos detrás pasaron al
primer plano de la imagen.
—Ése es Aberforth, el hermano de Dumbledore; sólo lo vi ese día, era un tipo extraño...
Y Dorcas Meadowes, a quien Voldemort mató personalm ente... Sirius, cuando todavía llevaba
el pelo corto... Y... ¡ahí está, pensé que esto te interesaría!
A Harry le dio un vuelco el corazón. Su padre y su madre lo miraban sonrientes,
sentados uno a cada lado de un individuo menudo y de ojos llorosos a quien Harry reconoció
de inmediato: era Colagusano, el que había revelado a Voldemort el paradero de sus padres,
ayudándolo así a provocar su muerte.
—¿Qué me dices? —le preguntó Moody. Harry levantó l a cabeza y miró el rostro, picado y
lleno de cicatrices, de Moody. Era evidente que Ojoloco tenía la impresión de que acababa de
darle una alegría a Harry.
—Vaya 131 —dijo éste, y una vez más intentó sonreír—. Esto.. ., mire, acabo de recordar
que he olvidado meter en el baúl...
Pero se libró de tener que inventar un objeto que n o había metido en el baúl, porque
Sirius acababa de decir: —¿Qué es eso que tienes ahí, Moody? Ojoloco se volvió hacia Sirius, y
Harry cruzó la cocina, se escabulló por la puerta y subió la escalera antes de que alguien
pudiera retenerlo.
No sabía por qué estaba tan conmocionado; al fin y al cabo, ya había visto otras

130 Pobres 131 Bueno

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fotografías de sus padres y había conocido a Colagusano... Pero verlos aparecer así, cuando
menos se lo esperaba... Eso a nadie le gustaría, pensó con enfado...
Y además, verlos rodeados de esas otras caras sonri entes... Benjy Fenwick, al que
habían encontrado hecho pedazos, y Gideon Prewett, que había muerto como un héroe, y los
Longbottom, a los que habían torturado hasta la loc ura... Todos condenados a saludar
alegremente con la mano desde la fotografía, sin saber que estaban destinados a morir...
Quizá Moody lo encontrara interesante, pero a Harry le resultaba inquietante...
A continuación subió la escalera de puntillas 132 y pasó por delante de las cabezas de elfo
reducidas, contento de volver a estar solo, pero cu ando llegaba al primer rellano oyó ruidos.
Había alguien llorando en el salón.
—¿Hola? —dijo Harry.
No obtuvo respuesta, pero los sollozos continuaron. Subió de dos en dos los escalones
que faltaban, cruzó el rellano y abrió la puerta del salón.
Dentro había alguien encogido de miedo contra la os cura pared, con la varita mágica en
la mano, mientras los sollozos sacudían con violencia su cuerpo. Tirado sobre la polvorienta
alfombra, en medio de un rayo de luz de luna, y sin duda alguna muerto, estaba Ron.
Harry tuvo la sensación de que sus pulmones se qued aban sin aire; notó que se hundía
en el suelo y el cerebro se le paralizó. Ron muerto, no, no podía ser...
«Espera un momento», pensó; no podía ser, Ron estab a abajo...
—¡Señora Weasley! —gritó Harry con voz ronca.
—¡Ri-ri-riddíkulo! —sollozaba la señora Weasley, apuntando con su temb lorosa varita al
cuerpo de Ron.
¡Crac!
El cuerpo de Ron se transformó en el de Bill, que estaba tumbado boca arriba con los
brazos y las piernas extendidos y los ojos muy abie rtos e inexpresivos. La señora Weasley
sollozó aún más fuerte.
—¡Ri-riddíkulo! —volvió a exclamar.
¡Crac!
El cuerpo del señor Weasley sustituyó al de Bill; l levaba las gafas torcidas y un hilillo de
sangre resbalaba por su cara.
—¡No! —gimió la señora Weasley—. No... ¡Riddíkulo! ¡Riddíkulo! ¡RIDDÍKULO!
¡Crac! Los gemelos muertos. ¡Crac! Percy muerto. ¡C rac! Harry muerto...
—¡Salga de aquí, señora Weasley! —gritó Harry conte mplando su propio cuerpo sin vida,
que yacía sobre la alfombra—. ¡Deje que alguien...!
—¿Qué está pasando aquí?
Lupin había entrado corriendo en la habitación, seg uido de Sirius y luego de Moody, que
estaba furioso. Lupin miró a la señora Weasley y de spués el cadáver de Harry echado en el
suelo, y al parecer lo entendió todo en un instante. Sacó su varita mágica y dijo con voz firme
y clara:
—¡Riddíkulo!
El cadáver de Harry desapareció y una esfera platea da quedó suspendida en el aire sobre
la alfombra. Lupin sacudió una vez más su varita y la esfera desapareció tras convertirse en
una bocanada de humo.

132 En puntas de pie

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—¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! —exclamó la señora Weasley, y rompió a llorar con desconsuelo
tapándose la cara con las manos.
—Molly —dijo Lupin con tono sombrío acercándose a ella—. Molly, no... —La mujer se
abrazó a Lupin y lloró a lágrima viva sobre su hombro—. Sólo era un boggart, Molly —susurró
Lupin para tranquilizarla mientras le acariciaba la cabeza— Sólo era un estúpido boggart...
—¡Los veo m-m-muertos continuamente! —gimió la seño ra Weasley sin separarse de
Lupin—. ¡C-c-continuamen-te! S-s-sueño con ellos...
Sirius se quedó mirando el trozo de alfombra en el que había estado tumbado el boggart
adoptando la forma del cuerpo de Harry. Moody, por su parte, observaba al muchacho, que
esquivó su mirada. Harry tenía la extraña sensación de que el ojo mágico de Moody lo había
seguido desde que había salido de la cocina.
—N-n-no se lo cuentes a Arthur —gimoteaba la señora Weasley, restregándose
desesperadamente los ojos con los puños de la túnica—. N-n-no quiero que sepa... lo t-t-tonta
que soy... —Lupin le dio un pañuelo y la señora Wea sley se sonó—. Lo siento mucho, Harry.
¿Qué vas a pensar de mí? —dijo con voz temblorosa—. Ni siquiera soy capaz de librarme de un
boggart...
—No diga tonterías —contestó Harry intentando sonreír.
—Es que estoy t-t-tan preocupada... —añadió ella, y las lágrimas volvieron a brotar de
sus ojos—. La mitad de la f-f-familia está en la Orden; si salimos todos con vida de ésta, será
un m-m-milagro... Y P-P-Percy no nos dirige la pala bra... ¿Y si le p-p-pasa algo espantoso
antes de que hayamos hecho las p-p-paces con él? ¿Y qué s-s-sucederá si morimos Arthur y
yo, quién c-c-cuidará de Ron y Ginny?
—¡Basta, Molly! —exclamó Lupin con firmeza—. Esto no es como la última vez. La Orden
está más preparada, ahora le llevamos ventaja y sab emos qué pretende Voldemort... —La
señora Weasley soltó un grito ahogado al oír ese nombre—. Vamos, Molly, ya va siendo hora
de que te acostumbres a oír su nombre. Mira, no pue do prometer que nadie vaya a resultar
herido, eso no puede prometerlo nadie, pero estamos mucho más preparados que la última
vez. Entonces tú no pertenecías a la Orden y por es o no lo entiendes. En el último
enfrentamiento, los mortífagos eran veinte veces más numerosos que nosotros y nos
perseguían uno por uno.
Harry volvió a pensar en la fotografía, en los rostros sonrientes de sus padres, consciente
de que Moody seguía mirándolo.
—Y no te preocupes por Percy —dijo de pronto Sirius —. Ya rectificará. Sólo es cuestión
de tiempo que Voldemort dé la cara; en cuanto lo ha ga, el Ministerio en masa nos suplicará
que lo perdonemos. Aunque yo no estoy seguro de que vaya a aceptar sus disculpas —añadió
con amargura.
—Y respecto a eso de quién cuidaría de Ron y Ginny si faltarais Arthur y tú —terció
Lupin, esbozando una sonrisa—, ¿qué crees que haríamos, dejarlos morir de hambre?
La señora Weasley también sonrió tímidamente.
—Qué tonta soy —volvió a murmurar secándose las lág rimas.
Sin embargo, unos diez minutos más tarde, cuando en tró en su dormitorio y cerró la
puerta, Harry seguía sin pensar que la señora Weasley fuera tonta. Aún veía a sus padres
sonriéndole desde la vieja fotografía sin saber que sus vidas, como las de muchos de los que
los rodeaban, estaban llegando a su fin. La imagen del boggart que se hacía pasar por el
cadáver de cada uno de los miembros de la familia Weasley seguía apareciendo ante sus ojos.
Y entonces, sin previo aviso, la cicatriz de su frente volvió a producirle un intenso dolor y
se le contrajo el estómago.

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—¡Para 133 ya! —ordenó con firmeza al mismo tiempo que se frotaba la cicatriz;
inmediatamente el dolor empezó a remitir.
—Un primer síntoma de locura: hablar contigo mismo —dijo una voz traviesa desde el
cuadro en blanco de la pared.
Harry no le hizo caso. Se sentía mayor, más que nun ca, y le parecía increíble que,
apenas una hora antes, hubiera estado preocupado por una tienda de artículos de broma 134 y
por quién había recibido una insignia de prefecto y quién no.
133 ¡Basta ya! 134 Tienda de chascos

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10
Luna Lovegood


Harry durmió mal esa noche. Sus padres entraban y s alían de sus sueños, pero nunca le
hablaban; la señora Weasley lloraba sobre el cuerpo sin vida de Kreacher, y Ron y Hermione,
que llevaban coronas, la miraban; y una vez más, Ha rry iba por un pasillo que terminaba en
una puerta cerrada con llave. Despertó sobresaltado, con picor en la cicatriz, y vio que Ron ya
se había vestido y estaba hablándole.
—... date prisa, mamá está histérica, dice que vamos a perder el tren...
En la casa había mucho jaleo. Por lo que pudo oír m ientras se vestía a toda velocidad,
Harry comprendió que Fred y George habían encantado sus baúles para que bajaran la
escalera volando, ahorrándose así la molestia de transportarlos, y éstos habían golpeado a
Ginny y la habían hecho bajar dos tramos de escalon es rodando hasta el vestíbulo; la señora
Black y la señora Weasley gritaban a voz en cuello.
—¡... PODRÍAIS HABERLE HECHO DAÑO DE VERDAD, IDIOTA S!
—¡... MESTIZOS PODRIDOS, MANCILLANDO LA CASA DE MIS PADRES!
Hermione entró corriendo en la habitación, muy aturullada, cuando Harry estaba
poniéndose las zapatillas de deporte. La chica llevaba a Hedwig balanceándose en el hombro y
a Crookshanks retorciéndose en los brazos.
—Mis padres me han devuelto a Hedwig .
La lechuza revoloteó obedientemente y se posó encim a de su jaula.
—¿Ya estás listo?
—Casi. ¿Cómo está Ginny? —preguntó Harry poniéndose las gafas.
—La señora Weasley ya la ha curado. Pero ahora Ojol oco dice que no podemos irnos
hasta que llegue Sturgis Podmore porque en la guardia falta un miembro.
—¿La guardia? —se extrañó Harry—. ¿Necesitamos una guardia para ir a King's Cross?
—Tú necesitas una guardia para ir a King's Cross —lo corrigió Hermione.
—¿Por qué? —preguntó Harry con fastidio—. Tenía ent endido que Voldemort intentaba
pasar desapercibido, así que no irás a decirme que piensa saltar desde detrás de un cubo de
basura para matarme, ¿verdad?
—No lo sé, eso es lo que ha dicho Qjoloco —replicó Hermione distraídamente, mirando su
reloj—, pero si no nos vamos pronto, perderemos el tren, eso seguro...
—¿Queréis bajar ahora mismo, por favor? —gritó la s eñora Weasley.
Hermione pegó un brinco, como si se hubiera escalda do 135 , y salió a toda prisa de la
habitación. Harry agarró a Hedwig, la metió sin muchos miramientos en su jaula y bajó la
escalera, detrás de su amiga, arrastrando su baúl.
El retrato de la señora Black lanzaba unos furiosos aullidos, pero nadie se molestó en
cerrar las cortinas; de todos modos, el ruido que h abía en el vestíbulo la habría despertado
otra vez.

135 Quemado

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—Harry, tú vienes conmigo y con Tonks —gritó la señora Weasley para hacerse oír sobre
los chillidos de «¡SANGRE SUCIA! ¡CANALLAS! ¡SACOS DE INMUNDICIA!»—. Deja tu baúl y tu
lechuza; Alastor se encargará del equipaje... ¡Oh, por favor, Sirius! ¡Dumbledore dijo que no!
Un perro negro que parecía un oso había aparecido j unto a Harry mientras éste trepaba
por los baúles amontonados en el vestíbulo para llegar a donde estaba la señora Weasley.
—En serio... —dijo la señora Weasley con desesperac ión—. ¡Está bien, pero allá te las
compongas 136 !
Luego abrió la puerta de la calle de un fuerte tirón y salió a la débil luz del día otoñal.
Harry y el perro la siguieron. La puerta se cerró t ras ellos, y los gritos de la señora Black
dejaron de escucharse de inmediato.
—¿Dónde está Tonks? —preguntó Harry, mirando alrede dor, mientras bajaban los
escalones de piedra del número 12, que desaparecieron en cuanto pisaron la acera.
—Nos espera allí —contestó la señora Weasley con to no frío apartando la vista del perro
negro que caminaba con torpeza sin separarse de Harry.
Una anciana los saludó cuando llegaron a la esquina. Tenía el cabello gris muy rizado y
llevaba un sombrero de color morado con forma de pa stel de carne de cerdo.
—¿Qué hay, Harry? —le preguntó guiñándole un ojo—. Será mejor que nos demos prisa,
¿verdad, Molly? —añadió mientras consultaba su reloj.
—Ya lo sé, ya lo sé —gimoteó ésta mientras daba pas os más largos—, es que Ojoloco
quería esperar a Sturgis... Si Arthur nos hubiera conseguido unos coches del Ministerio... Pero
últimamente Fudge no le presta ni un tintero vacío. .. ¿Cómo se las ingenian los muggles para
viajar sin hacer magia?
En ese momento, el enorme perro negro soltó un aleg re ladrido y se puso a hacer
cabriolas a su alrededor, corriendo detrás de las palomas y persiguiéndose la cola. Harry no
pudo contener la risa. Sirius había pasado mucho ti empo encerrado en la casa. La señora
Weasley, sin embargo, frunció los labios de forma muy parecida a como lo hacía tía Petunia.
Tardaron veinte minutos en llegar a King's Cross a pie, y en ese rato no ocurrió nada
digno de mención, salvo que Sirius asustó a un par de gatos para distraer a Harry. Una vez
dentro de la estación, se quedaron con disimulo junto a la barrera que había entre el andén
número nueve y el número diez hasta que no hubo mor os en la costa; entonces, uno a uno, se
apoyaron en ella y la atravesaron fácilmente, apareciendo en el andén nueve y tres cuartos,
donde el expreso de Hogwarts escupía vapor y hollín junto a un montón de alumnos que
aguardaban con sus familias la hora de partir. Harry aspiró aquel familiar aroma y notó que le
subía la moral... Iba a regresar a Hogwarts, por fin...
—Espero que los demás lleguen a tiempo —comentó la señora Weasley, nerviosa, y giró
la cabeza hacia el arco de hierro forjado que había en el andén, por donde entraban los que
iban llegando.
—¡Qué perro tan bonito, Harry! —gritó un muchacho c on rastas 137 .
—Gracias, Lee —respondió Harry, sonriente, y Sirius agitó con frenesí la cola.
—¡Ah, menos mal! —dijo la señora Weasley con alivio —. Ahí está Alastor con el equipaje,
mirad...
Con una gorra de mozo que le tapaba los desiguales ojos, Moody entró cojeando por
debajo del arco mientras empujaba un carrito donde llevaba los baúles.
—Todo en orden —murmuró al llegar junto a Tonks y la señora Weasley—. Creo que no
nos han seguido...

136 Pero es tu responsabilidad 137 Rizos

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
117
Unos instantes después, el señor Weasley apareció en el andén con Ron y Hermione. Casi
habían descargado el equipaje del carrito de Moody cuando llegaron Fred, George y Ginny con
Lupin.
—¿Algún problema? —gruñó Moody.
—Ninguno —contestó Lupin.
—De todos modos, informaré a Dumbledore de lo de St urgis —afirmó Moody—Es la
segunda vez que no se presenta en una semana. Está volviéndose tan informal como
Mundungus.
—Bueno, cuidaos mucho —dijo Lupin estrechándoles la mano a todos. Por último se
acercó a Harry y le dio una palmada en el hombro—. Tú también, Harry. Ten cuidado.
—Sí, no te metas en líos y ten los ojos bien abiertos —le aconsejó Moody al estrecharle la
mano—. Y esto va por todos: cuidado con lo que poné is por escrito. Si tenéis dudas, no se os
ocurra escribirlas en vuestras cartas.
—Ha sido un placer conoceros —dijo Tonks abrazando a Hermione y Ginny—. Espero que
volvamos a vernos pronto.
Entonces sonó un silbido de aviso; los alumnos que todavía estaban en el andén fueron
apresuradamente hacia el tren.
—Rápido, rápido —los apremió la señora Weasley, ato londrada, abrazándolos a todos, y
a Harry dos veces—.
Escribid... Portaos bien... Si os habéis dejado algo ya os lo mandaremos... ¡Rápido, subid
al tren!
El perro negro se levantó sobre las patas traseras y colocó las delanteras sobre los
hombros de Harry, pero la señora Weasley empujó al muchacho hacia la puerta del tren y
susurró:
—¡Te lo suplico, Sirius, haz el favor de comportarte como un perro!
—¡Hasta pronto! —gritó Harry desde la ventanilla ab ierta cuando el tren se puso en
marcha, mientras Ron, Hermione y Ginny saludaban con la mano.
Las figuras de Tonks, Lupin, Moody y el señor y la señora Weasley se encogieron con
rapidez, pero el perro negro corrió por el andén junto a la ventana, agitando la cola; la gente
que había en el andén reía viéndolo perseguir el tr en; entonces éste tomó una curva y Sirius
desapareció.
—No ha debido acompañarnos —comentó Hermione, preoc upada.
—Vamos, no seas así —dijo Ron—, hacía meses que no veía la luz del sol, pobre hombre.
—Bueno —dijo Fred dando una palmada—, no podemos pa sarnos el día charlando,
tenemos asuntos de los que hablar con Lee. Hasta luego —se despidió, y George y él
desaparecieron por el pasillo hacia la derecha.
El tren iba adquiriendo velocidad, y las casas que se veían por la ventana pasaban
volando mientras ellos se mecían acompasadamente.
—¿Vamos a buscar nuestro compartimento? —propuso Ha rry.
Ron y Hermione se miraron.
—Esto... —empezó a decir Ron.
—Nosotros... Bueno, Ron y yo tenemos que ir al vagón de los prefectos —dijo Hermione
sintiéndose muy violenta.
Ron no miraba a su amigo, pues parecía muy interesa do en las uñas de su mano

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
118
izquierda.
—¡Ah! —exclamó Harry—. Bueno, vale 138 .
—No creo que tengamos que quedarnos allí durante todo el trayecto —se apresuró a
añadir Hermione—. Nuestras cartas decían que teníam os que recibir instrucciones de los
delegados, y luego patrullar por los pasillos de vez en cuando.
—Vale —repitió Harry—. Bueno, entonces ya..., ya no s veremos más tarde.
—Sí, claro —dijo Ron lanzándole una furtiva y nerviosa mirada a su amigo—. Es una lata
que tengamos que ir al vagón de los prefectos, yo p referiría... Pero tenemos que hacerlo, es
decir, a mí no me hace ninguna gracia. Yo no soy Percy —concluyó con tono desafiante.
—Ya lo sé —afirmó Harry, y sonrió.
Pero cuando Hermione y Ron arrastraron sus baúles y a Crookshanks y a Pigwidgeon en
su jaula hacia el primer vagón del tren, Harry tuvo una extraña sensación de abandono. Nunca
había viajado en el expreso de Hogwarts sin Ron.
—¡Vamos! —le dijo Ginny—. Si nos damos prisa podrem os guardarles sitio.
—Tienes razón —replicó Harry, y cogió la jaula de Hedwig con una mano y el asa 139 de su
baúl con la otra.
Luego echaron a andar por el pasillo mirando a trav és de las puertas de paneles de
cristal 140 para ver el interior de los compartimentos, que ya estaban llenos. Harry se fijó,
inevitablemente, en que mucha gente se quedaba cont emplándolo con gran interés, y varios
daban codazos a sus compañeros y lo señalaban. Tras observar aquel comportamiento en
cinco vagones consecutivos, recordó que El Profeta se había pasado el verano contando a sus
lectores que Harry era un mentiroso y un fanfarrón. Desanimado, se preguntó si esa gente que
lo miraba y susurraba se habría creído aquellas historias.
En el último vagón encontraron a Neville Longbottom , que, como Harry, también iba a
hacer el quinto año en Gryffindor; tenía la cara cubierta de sudor por el esfuerzo de tirar de su
baúl por el pasillo mientras con la otra mano sujetaba a su sapo, Trevor.
—¡Hola, Harry! —lo saludó, jadeando—. ¡Hola, Ginny! El tren va lleno... No encuentro
asiento...
—Pero ¿qué dices? —se extrañó Ginny, que se había c olado por detrás de Neville para
mirar en el compartimento que había tras él—. En este compartimento hay sitio, sólo está
Lunática Lovegood.
Neville murmuró algo parecido a que no quería molestar a nadie.
—No digas tonterías —soltó Ginny riendo—. Es muy si mpática. —Y entonces abrió la
puerta del compartimento y metió su baúl dentro. Harry y Neville la siguieron—. ¡Hola, Luna!
—la saludó Ginny—. ¿Te importa que nos quedemos aqu í?
La muchacha que había sentada junto a la ventana levantó la cabeza. Tenía el pelo rubio,
sucio y desgreñado, largo hasta la cintura, cejas muy claras y unos ojos saltones que le daban
un aire de sorpresa permanente. Harry comprendió de inmediato por qué Neville había
decidido pasar de largo de aquel compartimento. La muchacha tenía un aire inconfundible de
chiflada. Quizá contribuyera a ello que se había colocado la varita mágica detrás de la oreja
izquierda, o que llevaba un collar hecho con corchos de cerveza de mantequilla, o que estaba
leyendo una revista al revés. La chica miró primero a Neville y luego a Harry, y a continuación
asintió con la cabeza.
—Gracias —dijo Ginny, sonriente.

138 Está bien 139 La manija 140 Vidrio

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
119
Harry y Neville pusieron los tres baúles y la jaula de Hedwig en la rejilla portaequipajes y
se sentaron. Luna los observaba por encima del bord e de su revista, El Quisquilloso, y parecía
que no parpadeaba tanto como el resto de los seres humanos. Miraba fijamente a Harry, que
se había sentado enfrente de ella y que ya empezaba a lamentarlo.
—¿Has pasado un buen verano, Luna? —le preguntó Gin ny.
—Sí —respondió ella en tono soñador sin apartar los ojos de Harry—. Sí, me lo he pasado
muy bien. Tú eres Harry Potter —añadió.
—Sí, ya lo sé —repuso el chico.
Neville rió entre dientes y Luna dirigió sus claros ojos hacia él.
—Y tú no sé quién eres.
—No soy nadie —se apresuró a decir Neville.
—Claro que sí —intervino Ginny, tajante—. Neville L ongbottom, Luna Lovegood. Luna va
a mi curso, pero es una Ravenclaw.
—«Una inteligencia sin límites es el mayor tesoro d e los hombres» —recitó Luna con
sonsonete.
Luego levantó su revista, que seguía sosteniendo del revés, lo bastante para ocultarse la
cara y se quedó callada. Harry y Neville se miraron arqueando las cejas y Ginny contuvo una
risita.
El tren avanzaba traqueteando a través del campo. H acía un día extraño, un tanto
inestable; tan pronto el sol inundaba el vagón como pasaban por debajo de unas
amenazadoras nubes grises.
—¿Sabéis qué me regalaron por mi cumpleaños? —preguntó de repente Neville.
—¿Otra recordadora? —aventuró Harry acordándose de la bola de cristal que la abuela de
Neville le había enviado en un intento de mejorar la desastrosa memoria de su nieto.
—No. Aunque no me vendría mal una, porque perdí la vieja hace mucho tiempo... No,
mirad...
Metió la mano con la que no sujetaba con firmeza a Trevor en su mochila y, tras hurgar
un rato, sacó una cosa que parecía un pequeño cactu s gris en un tiesto 141 , aunque estaba
cubierto de forúnculos en lugar de espinas.
—Una Mimbulus mimbletonia —dijo con orgullo, y Harry se quedó mirando aquella cosa
que latía débilmente y tenía el siniestro aspecto de un órgano enfermo—. Es muy, muy rara —
afirmó Neville, radiante—. No sé si hay alguna en e l invernadero de Hogwarts. Me muero de
ganas de enseñársela a la profesora Sprout. Mi tío abuelo Algie me la trajo de Asiria. Voy a ver
si puedo conseguir más ejemplares a partir de éste.
Harry ya sabía que la asignatura favorita de Neville era la Herbología, pero por nada del
mundo podía entender que le interesara tanto aquell a raquítica plantita.
—¿Hace... algo? —preguntó.
—¡Ya lo creo! ¡Un montón de cosas! —exclamó Neville con orgullo—. Tiene un
mecanismo de defensa asombroso. Mira, sujétame a Trevor...
Entonces puso el sapo en el regazo de Harry y sacó una pluma de su mochila. Los
saltones ojos de Luna Lovegood volvieron a asomar por el borde de su revista para ver qué
hacía Neville. Éste, con la lengua entre los dientes, colocó la Mimbulus mimbletonia a la altura
de sus ojos, eligió un punto y le dio un pinchazo c on la punta de su pluma.
Inmediatamente empezó a salir líquido por todos los forúnculos de la planta, unos

141 En una maceta

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120
chorros densos y pegajosos de color verde oscuro. El líquido salpicó el techo y las ventanas y
manchó la revista de Luna Lovegood; Ginny, que se h abía tapado la cara con los brazos justo a
tiempo, quedó como si llevara un viscoso sombrero v erde, y Harry, que tenía las manos
ocupadas impidiendo que Trevor escapara, recibió un chorro en toda la cara. El líq uido olía a
estiércol seco.
Neville, que también se había manchado la cara y el pecho, sacudió la cabeza para
quitarse el líquido de los ojos.
—Lo..., lo siento —dijo entrecortadamente—. Todavía no lo había probado... No me
imaginaba que pudiera ser tan... Pero no os preocupéis, su jugo fétido no es venenoso —
añadió, nervioso, al ver que Harry escupía un trago en el suelo.
En ese preciso instante se abrió la puerta de su compartimento.
—¡Oh..., hola, Harry! —lo saludó una vocecilla 142 —. Humm..., ¿te pillo en mal momento?
Harry limpió los cristales de sus gafas con la mano con la que no sujetaba a Trevor. Una
chica muy guapa, cuyo cabello era negro, largo y re luciente, estaba plantada en la puerta,
sonriéndole. Era Cho Chang, la buscadora del equipo de quidditch de Ravenclaw.
—¡Ah, hola...! —respondió Harry, desconcertado. —Hu mm... —dijo Cho—. Bueno... Sólo
venía a decirte hola... Hasta luego.
Y con las mejillas muy coloradas cerró la puerta y se marchó. Harry se recostó en el
asiento y soltó un gruñido. Le habría gustado que Cho lo encontrara sentado con un grupo de
gente interesante, muerta de risa por un chiste que él acababa de contar, y no con Neville y
Lunática Lovegood, con un sapo en la mano y chorrea ndo jugo fétido.
—Bueno, no importa —dijo Ginny con optimismo—. Mira d, podemos librarnos de todo
esto con facilidad. —Sacó su varita y exclamó—: ¡Fregotego! Y el jugo fétido desapareció.
—Lo siento —volvió a decir Neville con un hilo de v oz. Ron y Hermione no aparecieron
hasta al cabo de una hora, después de que pasase el carrito de la comida. Harry, Ginny y
Neville se habían terminado las empanadas de calaba za y estaban muy entretenidos
intercambiando cromos de ranas de chocolate cuando se abrió la puerta del compartimento y
Ron y Hermione entraron acompañados de Crookshanks y Pigwidgeon , que ululaba
estridentemente en su jaula.
—Estoy muerto de hambre —dijo Ron; dejó a Pigwidgeo n junto a Hedwig , le quitó una
rana de chocolate de las manos a Harry y se sentó a su lado. Abrió el envoltorio, mordió la
cabeza de la rana y se recostó con los ojos cerrados, como si hubiera tenido una mañana
agotadora.
—Hay dos prefectos de quinto en cada casa —explicó Hermione, que parecía muy
contrariada, y se sentó también—. Un chico y una chica.
—Y a ver si sabéis quién es uno de los prefectos de Slytherin —preguntó Ron, que
todavía no había abierto los ojos.
—Malfoy —contestó Harry al instante, convencido de que sus peores temores se
confirmarían.
—Por supuesto —afirmó Ron con amargura; luego se metió el resto de la rana en la boca
y cogió otra.
—Y Pansy Parkinson, esa pava 143 —añadió Hermione con malicia—. No sé cómo la han
nombrado prefecta, si es más tonta que un trol con conmoción cerebral...
—¿Quiénes son los de Hufflepuff? —preguntó Harry.
—Ernie Macmillan y Hannah Abbott —contestó Ron.

142 Suave voz 143 Tonta

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
121
—Y Anthony Goldstein y Padma Patil son los de Ravenclaw —añadió Hermione.
—Tú fuiste al baile de Navidad con Padma Patil —dijo una vocecilla.
Todos se volvieron para mirar a Luna Lovegood, que observaba sin pestañear a Ron por
encima de El Quisquilloso. El chico se tragó el trozo de rana que tenía en la boca.
—Sí, ya lo sé —afirmó un tanto sorprendido.
—Ella no se lo pasó muy bien —le informó Luna—. No está contenta con cómo la
trataste, porque no quisiste bailar con ella. A mí no me habría importado —añadió pensativa—.
A mí no me gusta bailar —aseguró, y luego volvió a esconderse detrás de El Quisquilloso.
Ron se quedó mirando la portada durante unos segund os con la boca abierta y después
miró a Ginny en busca de algún tipo de explicación, pero su hermana se había metido los
nudillos en la boca para no reírse. Ron movió negativamente la cabeza, desconcertado, y luego
miró la hora.
—Tenemos que patrullar por los pasillos de vez en c uando —les comentó a Harry y a
Neville—, y podemos castigar a los alumnos si se portan mal. Estoy deseando pillar a Crabbe y
a Goyle haciendo algo...
—¡No debes aprovecharte de tu cargo, Ron! —lo regañ ó Hermione.
—Sí, claro, como si Malfoy no pensara sacarle prove cho al suyo —replicó éste con
sarcasmo.
—¿Qué vas a hacer? ¿Ponerte a su altura?
—No, sólo voy a asegurarme de pillar a sus amigos antes de que él pille a los míos.
—Ron, por favor...
—Obligaré a Goyle a copiar y copiar; eso le fastidiará mucho porque no soporta escribir
—aseguró Ron muy contento. Luego bajó la voz imitan do los gruñidos de Goyle y, poniendo
una mueca de dolorosa concentración, hizo como si e scribiera en el aire—: «No... debo...
parecerme... al culo... de un... babuino.»
Todos rieron, pero nadie más fuerte que Luna Lovego od, quien soltó una sonora
carcajada que hizo que Hedwig despertara y agitara las alas con indignación, y qu e
Crookshanks saltara a la rejilla portaequipajes bufando. Luna r ió tan fuerte que la revista salió
despedida de sus manos, resbaló por sus piernas y f ue a parar al suelo.
—¡Qué gracioso!
Sus saltones ojos se llenaron de lágrimas mientras intentaba recobrar el aliento, mirando
fijamente a Ron. Éste, perplejo, observó a los demá s, que en ese momento se reían de la
expresión del rostro de su amigo y de la risa ridículamente prolongada de Luna Lovegood, que
se mecía adelante y atrás sujetándose los costados.
—¿Me tomas el pelo? —preguntó Ron frunciendo el ent recejo.
—¡El culo... de un... babuino! —exclamó ella con vo z entrecortada sin soltarse las
costillas.
Todos los demás observaban cómo reía Luna, pero Harry se fijó en la revista que había
caído al suelo y vio algo que lo hizo agacharse con rapidez y cogerla 144 . Viéndola del revés no
había identificado la imagen de la portada, pero en tonces Harry se dio cuenta de que era una
caricatura bastante mala de Cornelius Fudge; de hec ho, Harry sólo lo reconoció por el bombín
de color verde lima. Fudge tenía una bolsa de oro en una mano, y con la otra estrangulaba a
un duende. La caricatura llevaba esta leyenda: «¿De qué será capaz Fudge para conseguir el
control de Gringotts?»

144 Levantarla

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
122
Debajo había una lista de los títulos de otros artículos incluidos en la revista:

Corrupción en la liga de quidditch: los ilícitos mé todos de los
Tornados.
Los secretos de las runas antiguas, desvelados. Sir ius Black:
¿víctima o villano?

—¿Me dejas mirar un momento? —le preguntó Harry a L una.
Ella, que seguía mirando a Ron y riendo a carcajadas, asintió con la cabeza.
Harry, por su parte, abrió la revista y buscó el índice. Hasta aquel momento se había
olvidado por completo de la revista que Kingsley había entregado al señor Weasley para que se
la hiciera llegar a Sirius, pero debía de ser el mismo número de El Quisquilloso.
Encontró la página en el índice y la buscó.
Ese artículo también iba ilustrado con una caricatu ra bastante mala; seguramente, Harry
no habría sabido que pretendía representar a Sirius si no hubiera llevado una leyenda. Su
padrino estaba de pie sobre un montón de huesos hum anos, con la varita en alto. El titular del
artículo rezaba:

¿ES SIRIUS BLACK TAN MALO
COMO LO PINTAN 145 ?
¿Famoso autor de matanzas
o inocente cantante de éxito?

Harry tuvo que leer la segunda frase varias veces antes de convencerse de que no la
había entendido mal. ¿Desde cuándo era Sirius un cantante de éxito?
Durante catorce años, Sirius Black ha sido considerado culpable del asesinato
de un mago y doce muggles inocentes. La audaz fuga de Black de Azkaban, hace
dos años, ha dado pie a la mayor persecución organizada en toda la historia del
Ministerio de la Magia. Ninguno de nosotros ha puesto en duda jamás que Black
merece ser capturado de nuevo y entregado a los Dem entores.
PERO ¿LO MERECE EN REALIDAD?
Hace poco tiempo han salido a la luz nuevas y sorprendentes pruebas de que
Sirius Black podría no haber cometido los crímenes por los que lo enviaron a
Azkaban. De hecho. Doris Purkiss, del número 18 de Acanthia Way, Little Norton,
sostiene que Black ni siquiera podría haber estado presente en el escenario de los
crímenes.
«Lo que la gente no sabe es que Sirius Black es un nombre falso —afirma la
señora Purkiss—. El hombre al que todos creen conoc er como Sirius Black es en
realidad Stubby Boardman, cantante del conocido grupo musical Los Trasgos, que
se retiró de la vida pública hace casi quince años, tras recibir el impacto de un nabo
en una oreja durante un concierto celebrado en la i glesia de Little Norton. Lo
reconocí en cuanto vi su fotografía en el periódico. Pues bien, Stubby no pudo
cometer esos crímenes porque el día en cuestión est aba disfrutando de una
romántica cena a la luz de las velas conmigo. He escrito al ministro de la Magia y
espero que pronto presente sus disculpas a Stubby, alias Sirius.»
Harry terminó de leer el artículo y se quedó mirando la página, incrédulo. Quizá fuera un
chiste, pensó, quizá la revista incluyese bromas de ese tipo. Retrocedió unas cuantas páginas
y encontró el artículo sobre Fudge.

145 Como lo describen

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
123
Cornelius Fudge, el ministro de la Magia, ha negado que tuviera planes para
hacerse con la dirección de Gringotts, el banco mágico, cuando fue elegido ministro
de la Magia hace cinco años. Fudge siempre ha insis tido en que lo único que quiere
es «cooperar pacíficamente» con los guardianes de n uestro oro.
PERO ¿ES ESO CIERTO?
Fuentes cercanas al ministro han revelado recientem ente que la mayor
ambición de Fudge es hacerse con el control del oro de los duendes, y que no
dudará en emplear la fuerza si es necesario.
«No sería la primera vez que sucede —dijo un emplea do del Ministerio—.
Cornelius Fudge, el Aplastaduendes, así es como lo llaman sus amigos. Si lo oyera
usted hablar cuando cree que nadie lo escucha... Oh , siempre está hablando de los
duendes que se ha cargado: ha mandado que los ahogu en, que los lancen desde lo
alto de edificios, que los envenenen, que hagan pasteles con ellos...»
Harry no siguió leyendo. Fudge podía tener muchos d efectos, pero le resultaba
extremadamente difícil imaginárselo ordenando que hicieran pasteles con duendes. Hojeó el
resto de la revista y, deteniéndose de vez en cuando, leyó otros artículos, como: la afirmación
de que los Tutshill Tornados estaban ganando la lig a de quidditch mediante una combinación
de chantaje, tortura y manipulación ilegal de escob as; una entrevista con un brujo que
aseguraba haber volado hasta la luna en una Barredo ra 6 y había traído una bolsa llena de
ranas lunares para demostrarlo, y un artículo sobre las runas antiguas que al menos explicaba
por qué Luna había estado leyendo El Quisquilloso del revés. Según la revista, si ponías las
runas cabeza abajo, éstas revelaban un hechizo para hacer que las orejas de tu enemigo se
convirtieran en naranjitas chinas 146 . De hecho, comparada con el resto de los artículos de El
Quisquilloso, la insinuación de que Sirius podía ser en realidad el cantante de Los Trasgos
parecía bastante sensata.
—¿Hay algo que valga la pena? —preguntó Ron cuando Harry cerró la revista.
—Pues claro que no —se adelantó Hermione en tono mo rdaz—. El Quisquilloso es pura
basura, lo sabe todo el mundo.
—Perdona —dijo Luna, cuya voz, de pronto, había per dido aquel tono soñador—. Mi
padre es el director.
—¡Oh..., yo...! —balbuceó Hermione, abochornada—. B ueno..., tiene cosas
interesantes... Es muy...
—Dámela, por favor. Gracias —respondió Luna con frialdad, y luego se inclinó hacia
delante y se la quitó a Harry de las manos.
Pasó con rapidez las páginas hasta la número cincuenta y siete, volvió a ponerla del
revés con decisión y desapareció de nuevo tras ella justo cuando la puerta del compartimento
se abría por tercera vez.
Harry se volvió; estaba esperando que sucediera, pe ro eso no significó que el hecho de
ver a Draco Malfoy sonriendo con suficiencia, flanq ueado por Crabbe y Goyle, le resultara
menos desagradable.
—¿Qué? —le espetó agresivamente antes de que Malfoy pudiera abrir la boca.
—Cuida tus modales, Potter, o tendré que castigarte —dijo Malfoy arrastrando las
palabras; su lacio y rubio cabello y su puntiaguda barbilla eran iguales que los de su padre—.
Mira, a mí me han nombrado prefecto y a ti no, lo c ual significa que yo tengo el derecho de
imponer castigos y tú no.
—Ya 147 —replicó Harry—, pero tú eres un imbécil y yo no, así que lárgate de aquí y
déjanos en paz.

146 Quinotos 147 Sí

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
124
Ron, Hermione, Ginny y Neville se pusieron a reír y Malfoy torció el gesto.
—Dime, Potter, ¿qué se siente siendo el mejor despu és de Weasley?
—Cállate, Malfoy —dijo Hermione con dureza. —Veo qu e he puesto el dedo en la llaga —
sentenció Malfoy sin dejar de sonreír—. Bueno, ándate con mucho cuidado, Potter, porque voy
a estar siguiéndote como un perro por si desobedeces en algo.
—¡Largo 148 ! —le ordenó Hermione poniéndose en pie. Malfoy sol tó una risita, dirigió una
última mirada maliciosa a Harry y salió del compart imento seguido de Crabbe y Goyle.
Hermione cerró de golpe la puerta y se volvió para mirar a Harry, quien comprendió de
inmediato que ella, igual que él, había entendido lo que había querido decir Malfoy con
aquellas palabras, y que la habían impresionado tanto como a él.
—Pásame otra rana —dijo entonces Ron, que no se hab ía enterado de nada.
Harry no podía hablar libremente delante de Neville y Luna, así que intercambió otra
mirada nerviosa con Hermione y luego se puso a mirar por la ventanilla.
Le había parecido divertido que Sirius los acompañara a la estación, pero de pronto lo
asaltó la idea de que había sido arriesgado, por no decir peligrosísimo... Hermione tenía
razón... Sirius no debía haberlos acompañado. ¿Y si el señor Malfoy había visto al perro negro
y se lo había contado a Draco? ¿Y si había deducido que los Weasley, Lupin, Tonks y Moody
sabían dónde estaba escondido Sirius? ¿O había sido una simple coincidencia que Malfoy
utilizara la expresión «como un perro»?
El clima seguía sin definirse mientras el tren avanzaba hacia el norte. La lluvia salpicaba
las ventanillas con desgana, y de vez en cuando el sol hacía una débil aparición antes de que
las nubes volvieran a taparlo. Cuando oscureció y s e encendieron las luces dentro de los
vagones, Luna enrolló El Quisquilloso, lo guardó con cuidado en su bolsa y se dedicó a
observar a los que viajaban con ella en el comparti mento.
Harry iba sentado con la frente apoyada en la venta nilla intentando divisar la silueta de
Hogwarts, pero no había luna y el cristal estaba mojado y sucio.
—Será mejor que nos cambiemos —dijo Hermione al fin .
Ron y Hermione engancharon sus insignias de prefectos en ellas y Harry vio que Ron se
miraba en el cristal de la oscura ventanilla.
Por fin el tren empezó a aminorar la marcha y oyeron el habitual alboroto por el pasillo,
pues todos se pusieron en pie para recoger su equipaje y a sus mascotas, listos para apearse.
Como Ron y Hermione tenían que supervisar que hubie ra orden, volvieron a salir del
compartimento encargando a Harry y a los demás del cuidado de Crookshanks y Pigwidgeon .
—Yo puedo llevar esa lechuza, si quieres —le dijo L una a Harry señalando la jaula de
Pigwidgeon mientras Neville se guardaba a Trevor con cuidado e n un bolsillo interior.
—¡Ah, gracias! —contestó Harry, quien le pasó la jaula de Pigwidgeon y así pudo sujetar
mejor la de Hedwig .
Salieron del compartimento y notaron por primera ve z el frío de la noche en la cara al
reunirse con el resto de los alumnos en el pasillo. Lentamente fueron avanzando hacia las
puertas. Harry notó el olor de los pinos que bordea ban el sendero, que descendía hasta el
lago. Bajó al andén y miró a su alrededor esperando oír el familiar grito de «¡Primer año! ¡Los
de primer año por aquí!».
Pero aquel grito no se oyó. Una voz de mujer muy di ferente gritaba con un enérgico
tono: «¡Los de primero pónganse en fila aquí, por favor! ¡Todos los de primero conmigo!»
Un farol se acercaba oscilando hacia Harry, y su luz le permitió ver la prominente barbilla
y el severo corte de pelo de la profesora Grubbly-P lank, la bruja que el año anterior había

148 ¡Vete de aquí!

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
125
sustituido durante un tiempo a Hagrid como profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas.
—¿Dónde está Hagrid? —preguntó Harry en voz alta.
—No lo sé —contestó Ginny—, pero será mejor que nos apartemos, estamos impidiendo
el paso.
—¡Ah, sí!
Harry y Ginny se separaron mientras recorrían el andén y entraban en la estación.
Empujado por el gentío, el muchacho escudriñaba la oscuridad tratando de distinguir a Hagrid;
tenía que estar allí, Harry lo había dado por hecho: volver a ver a Hagrid era una de las cosas
que más ilusión le hacían. Pero no había ni rastro de él.
«No puede haberse marchado —se dijo Harry mientras caminaba con el resto de los
alumnos, despacio y arrastrando los pies, y pasaba por una estrecha puerta que daba a la
calle—. Debe de estar resfriado o algo así.»
Miró alrededor buscando a Ron o a Hermione, pues qu ería saber qué opinaban ellos de la
presencia de la profesora Grubbly-Plank, pero ninguno de los dos estaba por allí cerca, así que
se dejó arrastrar hacia la oscura y mojada calle qu e discurría frente a la estación de
Hogsmeade.
Allí esperaba el centenar de carruajes sin caballos que cada año llevaba a los alumnos
que no eran de primer curso hasta el castillo. Harry los miró brevemente, se dio la vuelta para
buscar a Ron y a Hermione, y luego volvió a mirar.
Los carruajes habían cambiado, pues entre las varas de los coches había unas criaturas
de pie. Si hubiera debido llamarlas de alguna forma, suponía que las habría llamado caballos,
aunque tenían cierto aire de reptil. No tenían ni pizca de carne, y el negro pelaje se pegaba al
esqueleto, del que se distinguía con claridad cada uno de los huesos. La cabeza parecía de
dragón y tenían los ojos sin pupila, blancos y fijos. De la cruz, la parte más alta del lomo de
aquella especie de animales, les salían alas, unas alas inmensas, negras y curtidas, que
parecían de gigantescos murciélagos. Allí plantadas, quietas y silenciosas en la oscuridad, las
criaturas tenían un aire fantasmal y siniestro. Harry no entendía por qué aquellos horribles
caballos tiraban de los carruajes cuando éstos eran perfectamente capaces de moverse solos.
—¿Dónde está Pig —preguntó la voz de Ron detrás de Harry.
—La llevaba esa chica, Luna —respondió éste volvién dose con rapidez, ansioso por
preguntar a Ron por Hagrid—. ¿Dónde crees que...?
—¿... está Hagrid? No lo sé —contestó su amigo, que se mostraba preocupado—. Espero
que esté bien...
Cerca de ellos, Draco Malfoy, seguido de un pequeño grupo de amigotes, entre ellos
Crabbe, Goyle y Pansy Parkinson, apartaba a unos alumnos de segundo de aspecto tímido para
que él y sus colegas pudieran tener un coche para e llos solos. Unos segundos más tarde,
Hermione salió jadeando de entre la multitud.
—Malfoy se ha portado fatal con un alumno de primer o. Pienso informar de esto, sólo
hace tres minutos que se ha puesto la insignia y ya está utilizándola para intimidar a la
gente... ¿Dónde está Crookshanks?
—Lo tiene Ginny —respondió Harry—. Mira, allí está...
Ginny acababa de salir de la muchedumbre con el gat o en los brazos.
—Gracias —dijo Hermione cogiendo a su mascota—. Vam os a ver si encontramos un
coche antes de que se llenen todos; así podremos ir juntos...
—¡Todavía no tengo a Pig! —exclamó entonces Ron, pe ro Hermione ya iba hacia el
primer carruaje libre que había visto. Harry se quedó atrás con su amigo.
—¿Qué crees que son esos bichos? —le preguntó señal ando con la cabeza los horribles

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
126
caballos, mientras los otros alumnos pasaban a su lado.
—¿Qué bichos?
—Esos caballos...
En ese momento apareció Luna con la jaula de Pigwid geon; la pequeña lechuza gorjeaba
muy emocionada, como siempre.
—Toma —dijo Luna—. Es una lechuza encantadora, ¿no?
—Esto..., sí..., encantadora —balbuceó Ron con brusquedad—. Vamos, subamos al...
¿Qué estabas diciéndome, Harry?
—Estaba preguntándote qué son esos caballos —repitió Harry mientras Ron, Luna y él se
dirigían al carruaje al que ya habían subido Hermione y Ginny. —¿Qué caballos?
—¡Los caballos que tiran de los coches! —dijo Harry con impaciencia.
Estaban a menos de un metro de uno de ellos y el an imal los miraba con sus ojos vacíos
y blancos. Ron, sin embargo, miró a Harry con perplejidad. —¿De qué me hablas? —Te hablo
de... ¡Mira!
Harry agarró a Ron por un brazo y le dio la vuelta, colocándolo cara a cara con el caballo
alado. Ron lo miró fijamente un par de segundos y l uego volvió a mirar a Harry. —¿Qué se
supone que estoy mirando? —El... ¡Aquí, entre las v aras! ¡Enganchado al coche! ¡Lo tienes
delante de las narices!
Pero Ron seguía sin comprender ni una palabra, y en tonces a Harry se le ocurrió algo
muy extraño.
—¿No..., no los ves?
—¿Ver qué?
—¿No ves lo que tira de los carruajes? En ese instante Ron parecía ya muy alarmado.
—¿Te encuentras bien, Harry?
—Sí, claro...
Harry estaba absolutamente perplejo. El caballo est aba allí mismo, delante de él, sólido y
reluciente bajo la débil luz que salía de las ventanas de la estación que tenían detrás, y le salía
vaho por los orificios de la nariz. Sin embargo, a menos que Ron estuviera gastándole una
broma, y si así era no tenía ninguna gracia, su amigo no los veía.
—¿Subimos o no? —preguntó éste, perplejo, mirando a Harry como si estuviera
preocupado por él.
—Sí. Sí, subamos...
—No pasa nada —dijo entonces una voz soñadora detrás de Harry en cuanto Ron se
perdió en el oscuro interior del carruaje—. No te estás volviendo loco ni nada parecido. Yo
también los veo.
—¿Ah, sí? —replicó Harry, desesperado, volviéndose hacia Luna y viendo reflejados en
sus redondos y plateados ojos los caballos con alas de murciélago.
—Sí, claro. Yo ya los vi el primer día que vine aqu í —le explicó la chica—. Siempre han
tirado de los carruajes. No te preocupes, estás tan cuerdo como yo.
Luna esbozó una sonrisa y subió al mohoso carruaje detrás de Ron, y Harry la siguió sin
estar muy convencido.

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
127

11
La nueva canción del Sombrero Seleccionador


Harry no quería que los demás supieran que Luna y él tenían la misma alucinación, si eso
es lo que era, de modo que no volvió a mencionar lo s caballos; simplemente se sentó en el
carruaje y cerró la portezuela tras él. Con todo, no pudo evitar mirar las siluetas de los
animales que se movían detrás de la ventanilla.
—¿Habéis visto a Grubbly-Plank? —preguntó Ginny—. ¿ Qué hace aquí? No se habrá
marchado Hagrid, ¿verdad?
—A mí no me importaría —dijo Luna—. No es muy buen profesor.
—¡Claro que lo es! —saltaron Harry, Ron y Ginny, enojados.
Harry lanzó una mirada fulminante a Hermione, que c arraspeó y dijo:
—Sí, sí... Es muy bueno.
—Pues a los de Ravenclaw nos da mucha risa —comentó Luna sin inmutarse.
—Se ve que tenéis un sentido del humor muy raro —le espetó Ron mientras las ruedas
del carruaje empezaban a moverse.
A Luna no pareció afectarle la tosquedad de Ron; má s bien al contrario: se quedó
mirándolo un buen rato como si fuera un programa de televisión poco interesante.
Los coches, traqueteando y balanceándose, avanzaban en caravana por el camino.
Cuando pasaron entre los dos altos pilares de piedra, adornados con sendos cerdos alados en
la parte de arriba, que había a ambos lados de la v erja de los jardines del colegio, Harry se
inclinó hacia delante para ver si había luz en la cabaña de Hagrid, junto al Bosque Prohibido,
pero los jardines estaban completamente a oscuras. El castillo de Hogwarts, sin embargo, se
erguía ante ellos: un imponente conjunto de torreci llas, negro como el azabache contra el
oscuro cielo, con alguna que otra ventana muy iluminada en la parte superior.
Los carruajes se detuvieron con un tintineo cerca d e los escalones de piedra que
conducían a las puertas de roble, y Harry fue el primero en apearse. Se dio la vuelta una vez
más para comprobar si había alguna ventana iluminad a cerca del bosque, pero no distinguió
señales de vida en la cabaña de Hagrid. Luego volvió a mirar de mala gana, porque todavía
albergaba esperanzas de que hubieran desaparecido, a aquellas esqueléticas criaturas que
conducían los carruajes, y vio que se habían quedado quietas y silenciosas en la fría noche, y
que sus blancos e inexpresivos ojos relucían.
Harry ya había tenido en otra ocasión la experiencia de percibir algo que Ron no podía
ver, pero se había tratado de un reflejo en un espe jo, algo mucho más incorpóreo que un
centenar de sólidos animales lo bastante fuertes para tirar de una flota de carruajes. Si Luna
no mentía, aquellas bestias siempre habían estado a llí, aunque él nunca las había visto.
Entonces ¿por qué podía percibirlas en ese momento, y su amigo no?
—¿Vienes o qué? —le preguntó Ron.
—¡Ah, sí! —respondió Harry rápidamente, y se uniero n a la muchedumbre que corría
escalones arriba y entraba en el castillo.
El vestíbulo resplandecía con la luz de las antorchas, y en él resonaban los pasos de los
alumnos que caminaban por el suelo de losas de pied ra hacia las puertas que había a la

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
128
derecha, las cuales conducían al Gran Comedor 149 donde iba a celebrarse el banquete de
bienvenida.
Los alumnos fueron sentándose a las cuatro largas mesas del Gran Comedor, que
pertenecían a cada una de las casas del colegio, bajo un techo negro sin estrellas, idéntico al
cielo que podía verse a través de las altas ventanas. Las velas que flotaban en el aire, sobre
las mesas, iluminaban a los plateados fantasmas que había desperdigados por el comedor, así
como los rostros de los alumnos, que hablaban con e ntusiasmo intercambiando noticias del
verano, saludando a gritos a los amigos de otras casas y examinándose los recientes cortes de
pelo y las nuevas túnicas. Una vez más, Harry se fi jó en que la gente inclinaba la cabeza para
cuchichear entre sí cuando él pasaba a su lado; apretó los dientes e intentó hacer como que no
lo había notado o que no le importaba.
Luna se separó de ellos al llegar a la mesa de Ravenclaw. En cuanto los demás llegaron a
la de Gryffindor, a Ginny la llamaron unos compañer os de cuarto y fue a sentarse con ellos;
Harry, Ron, Hermione y Neville encontraron cuatro asientos libres hacia la mitad de la mesa,
entre Nick Casi Decapitado, el fantasma de la casa de Gryffindor, y Parvati Patil y Lavender
Brown; éstas saludaron a Harry con tanta despreocup ación y efusividad que el chico no tuvo
ninguna duda de que habían dejado de hablar de él un segundo antes. Pero Harry tenía cosas
más importantes en que pensar: miraba por encima de las cabezas de los alumnos hacia la
mesa de los profesores, que discurría a lo largo de la pared del fondo del comedor.
—Ahí tampoco está.
Ron y Hermione recorrieron también la mesa con la m irada, aunque en realidad no hacía
falta: por su estatura, Hagrid destacaba enseguida en cualquier lugar.
—No puede haberse marchado —comentó Ron, que parecí a un tanto angustiado.
—Claro que no —dijo Harry firmemente.
—No le habrá... pasado nada, ¿verdad? —sugirió Hermione con inquietud.
—No —respondió Harry de inmediato.
—Pero ¿entonces dónde está?
Se produjo una pausa, y luego Harry dijo en voz baj a para que no lo oyeran Neville,
Parvati y Lavender:
—A lo mejor todavía no ha vuelto. Ya sabéis..., de su misión, de eso que ha estado
haciendo este verano para Dumbledore.
—Sí... Sí, debe de ser eso —coincidió Ron, más tranquilo; pero Hermione se mordió el
labio inferior y siguió recorriendo la mesa de los profesores con la mirada, como si allí fuera a
encontrar alguna explicación convincente a la ausen cia de Hagrid.
—¿Quién es ésa? —preguntó de pronto, señalando haci a la mitad de la mesa.
Harry miró hacia donde indicaba su amiga. Primero se detuvo en la figura del profesor
Dumbledore, que estaba sentado en el centro en su s illa de oro de alto respaldo, con una
túnica de color morado oscuro salpicada de estrellas plateadas y un sombrero a juego.
Dumbledore tenía la cabeza inclinada hacia la mujer que estaba sentada a su lado, que le
decía algo al oído. Harry pensó que esa mujer parec ía una tía solterona: era rechoncha y
bajita, y tenía el cabello pardusco, corto y rizado. Se había puesto una espantosa diadema de
color rosa que hacía juego con la esponjosa chaquet a de punto del mismo tono que llevaba
sobre la túnica. Entonces la mujer giró un poco la cabeza para beber un sorbo de su copa, y
Harry vio, con gran sorpresa, un pálido rostro que recordaba al de un sapo y dos ojos saltones
y con bolsas.
—¡Es Umbridge!

149 Gran Salón

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
129
—¿Quién?
—¡Estaba en la vista! ¡Trabaja para Fudge!
—Bonita chaqueta —comentó Ron con una sonrisa irónica.
—¡Trabaja para Fudge! —repitió Hermione frunciendo el entrecejo—. Entonces ¿qué
demonios hace aquí?
—No lo sé...
Hermione volvió a recorrer la mesa de los profesores con los ojos entornados.
—No —murmuró—, no, seguro que no...
Harry no entendió a qué se refería, pero no se lo p reguntó, pues en ese instante
acaparaba su atención la profesora Grubbly-Plank, que acababa de aparecer detrás de la mesa
de los profesores; fue hasta el extremo de la mesa y se sentó en el lugar que debería haber
ocupado Hagrid. Eso significaba que los de primer a ño ya habían cruzado el lago y habían
llegado al castillo; y en efecto, unos segundos más tarde se abrieron las puertas del Gran
Comedor. Por ellas entró una larga fila de alumnos de primero, con pinta de asustados,
guiados por la profesora McGonagall, que llevaba en las manos un taburete sobre el que
reposaba un viejo sombrero de mago, muy remendado y zurcido, con una ancha rasgadura
cerca del raído borde.
Los murmullos que llenaban el Gran Comedor fueron apagándose. Los de primer año se
pusieron en fila delante de la mesa de los profesores, de cara al resto de los alumnos, y la
profesora McGonagall dejó con cuidado el taburete delante de ellos y luego se apartó.
Los rostros de los de primero relucían débilmente a la luz de las velas. Había un
muchacho hacia la mitad de la fila que temblaba. Du rante un momento Harry recordó lo
aterrado que él estaba el día que tuvo que esperar allí de pie a que le tocara el turno de
someterse al examen que decidiría a qué casa pertenecería.
El colegio entero permanecía expectante, conteniend o la respiración. Entonces la
rasgadura que el sombrero tenía cerca del borde se abrió, como si fuera una boca, y el
Sombrero Seleccionador se puso a cantar:

Cuando Hogwarts comenzaba su andadura
y yo no tenía ni una sola arruga,
los fundadores del colegio creían
que jamás se separarían.
Todos tenían el mismo objetivo,
un solo deseo compartían:
crear el mejor colegio mágico del mundo
y transmitir su saber a sus alumnos.
«¡Juntos lo levantaremos y allí enseñaremos!»,
decidieron los cuatro amigos
sin pensar que su unión pudiera fracasar.
Porque ¿dónde podía encontrarse
a dos amigos como Slytherin y Gryffindor?
Sólo otra pareja, Hufflepuff y Ravenclaw,
a ellos podía compararse.
¿Cómo fue que todo acabó mal?
¿Cómo pudieron arruinarse
tan buenas amistades ?
Veréis, yo estaba allí y puedo contaros
toda la triste y lamentable historia.
Dijo Slytherin: «Sólo enseñaremos a aquellos
que tengan pura ascendencia.»
Dijo Ravenclaw: «Sólo enseñaremos a aquellos
de probada inteligencia.»

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
130
Dijo Gryffindor: «Sólo enseñaremos a aquellos
que hayan logrado hazañas.»
Dijo Hufflepuff: «Yo les enseñaré a todos,
y trataré a todos por igual.»
Cada uno de los cuatro fundadores
acogía en su casa a los que quería.
Slytherin sólo aceptaba
a los magos de sangre limpia
y gran astucia, como él,
mientras que Ravenclaw sólo enseñaba
a los de mente muy despierta.
Los más valientes y audaces
tenían como maestro al temerario Gryffindor.
La buena de Hufflepuff se quedó con el resto
y todo su saber les transmitía.
De este modo las casas y sus fundadores
mantuvieron su firme y sincera amistad.
Y Hogwarts funcionó en armonía
durante largos años de felicidad,
hasta que surgió entre nosotros la discordia,
que de nuestros miedos y errores se nutría.
Las casas que, como cuatro pilares,
habían sostenido nuestra escuela
se pelearon entre ellas
y, divididas, todas querían dominar.
Entonces parecía que el colegio
mucho no podría aguantar,
pues siempre había duelos
y peleas entre amigos.
Hasta que por fin una mañana
el viejo Slytherin partió,
y aunque las peleas cesaron,
el colegio muy triste se quedó.
Y nunca desde que los cuatro fundadores
quedaron reducidos a tres
volvieron a estar unidas las casas
como pensaban estarlo siempre.
Y todos los años el Sombrero Seleccionador se prese nta,
y todos sabéis para qué:
yo os pongo a cada uno en una casa
porque ésa es mi misión,
pero este año iré más lejos,
escuchad atentamente mi canción:
aunque estoy condenado a separaros
creo que con eso cometemos un error.
Aunque debo cumplir mi deber
y cada año tengo que dividiros,
sigo pensando que así no lograremos
eliminar el miedo que tenemos.
Yo conozco los peligros, leo las señales,
las lecciones que la historia nos enseña,
y os digo que nuestro Hogwarts está amenazado
por malignas fuerzas externas,
y que si unidos no permanecemos
por dentro nos desmoronaremos.
Ya os lo he dicho, ya estáis prevenidos.
Que comience la Selección.

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
131
El sombrero se quedó quieto y su discurso fue recibido con un fuerte aplauso, aunque por
primera vez, según recordaba Harry, se escucharon a l mismo tiempo murmullos y susurros.
Por todo el Gran Comedor los alumnos intercambiaban comentarios con sus vecinos, y Harry,
mientras aplaudía como los demás, sabía con exactitud de qué hablaban.
—Este año se ha ido un poco por las ramas, ¿no? —co mentó Ron arqueando las cejas.
—Pero tiene mucha razón —repuso Harry.
El Sombrero Seleccionador solía limitarse a describ ir las diferentes cualidades que
buscaba cada una de las casas de Hogwarts y su forma de seleccionar a los alumnos. Harry no
recordaba que el Sombrero Seleccionador hubiera dado consejos al colegio.
—Me pregunto si habrá hecho advertencias como ésta alguna otra vez —dijo Hermione
con ansiedad.
—Sí, ya lo creo —afirmó Nick Casi Decapitado dándoselas de entendido e inclinándose
hacia ella a través de Neville (quien hizo una mueca, pues era muy desagradable tener a un
fantasma atravesando tu cuerpo)—. El sombrero se cr ee obligado a prevenir al colegio siempre
que...
Pero la profesora McGonagall, que esperaba para emp ezar a leer la lista de alumnos de
primer año, miraba a los ruidosos muchachos con aqu ellos ojos que abrasaban. Nick Casi
Decapitado se llevó un transparente dedo a los labios y se sentó remilgadamente tieso, y los
murmullos cesaron de inmediato. La profesora McGona gall, tras recorrer por última vez las
cuatro mesas con el entrecejo fruncido, bajó la vista hacia el largo trozo de pergamino que
tenía entre las manos y pronunció el primer nombre:
—Abercrombie, Euan.
El muchacho muerto de miedo en el que Harry se habí a fijado antes se adelantó dando
trompicones y se puso el sombrero en la cabeza; sus grandes orejas impidieron que éste se le
cayera hasta los hombros. El sombrero caviló unos i nstantes, y luego la rasgadura que tenía
cerca del borde volvió a abrirse y gritó:
—¡Gryffindor!
Harry aplaudió con el resto de los de su casa mient ras Euan Abercrombie iba
tambaleándose hasta su mesa y se sentaba; parecía que estaba deseando que se lo tragara la
tierra para que nadie volviera a mirarlo jamás.
Poco a poco, la larga fila de alumnos de primero fue disminuyendo. En las pausas que
había entre la lectura de los nombres y la decisión del Sombrero Seleccionador, Harry oía
cómo a Ron le sonaban las tripas. Finalmente seleccionaron a «Zeller, Rose» para Hufflepuff, y
la profesora McGonagall recogió el sombrero y el ta burete y se los llevó mientras el profesor
Dumbledore se ponía en pie.
Pese a los amargos sentimientos que Harry había exp erimentado últimamente hacia su
director, en ese momento lo tranquilizó ver a Dumbledore de pie ante los alumnos. Entre la
ausencia de Hagrid y la presencia de los caballos con pinta 150 de dragón, tenía la sensación de
que su regreso a Hogwarts, tan esperado, estaba lle no de inesperadas sorpresas, como notas
discordantes en una canción conocida. Sin embargo, la ceremonia era, al menos en aquel
instante, como se suponía que debía ser: el director del colegio se levantaba para saludarlos a
todos antes del banquete de bienvenida.
—A los nuevos —dijo Dumbledore con voz sonora, los brazos abiertos y extendidos y una
radiante sonrisa en los labios— os digo: ¡bienvenidos! Y a los que no sois nuevos os repito:
¡bienvenidos otra vez! En toda reunión hay un momen to adecuado para los discursos, y como
éste no lo es, ¡al ataque!
Las palabras de Dumbledore fueron recibidas con risas y aplausos, y el director se sentó
con sumo cuidado y se echó la larga barba sobre un hombro para que no se le metiera en el

150 Aspecto

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
132
plato, pues la comida había aparecido por arte de magia, y las cinco largas mesas estaban
llenas a rebosar de trozos de carne asada, pasteles y bandejas de verduras, pan, salsas y
jarras de zumo 151 de calabaza.
—Excelente —dijo Ron con un gemido de placer; luego agarró la bandeja de chuletas 152
que tenía más cerca y empezó a amontonarlas en su p lato bajo la nostálgica mirada de Nick
Casi Decapitado.
—¿Qué decía usted antes de que se iniciara la Ceremonia de Selección? —le preguntó
Hermione al fantasma—. Eso de que el sombrero podía lanzar advertencias.
—¡Ah, sí! —contestó Nick, contento de tener un motivo para apartar la mirada del plato
de Ron, quien estaba comiendo patatas asadas con un entusiasmo casi indecente—. Sí, he oído
al sombrero lanzar advertencias otras veces, siempre que ha detectado momentos de grave
peligro para el colegio. Y, por supuesto, el consejo siempre ha sido el mismo: permaneced
unidos, fortaleceos por dentro.
—¿Cóbo va a fabeb um fombebo fi el cobefio ftá em b elifro? —preguntó Ron.
Tenía la boca tan llena que Harry creyó que era tod o un logro que hubiera conseguido
articular algún sonido.
—¿Cómo decís? —preguntó con mucha educación Nick Ca si Decapitado mientras
Hermione hacía una mueca de asco. Ron tragó como pudo y repitió:
—¿Cómo va a saber un sombrero si el colegio está en peligro?
—No tengo ni idea —respondió el fantasma—. Bueno, v ive en el despacho de
Dumbledore, así que supongo que allí se entera de cosas.
—¿Y pretende que todas las casas sean amigas? —inqu irió Harry echando un vistazo a la
mesa de Slytherin, donde estaba Draco Malfoy rodead o de admiradores—. Pues lo tiene
claro 153 .
—Mirad, no deberíais adoptar esa actitud —les aconsejó Nick en tono reprobatorio—.
Cooperación pacífica, ésa es la clave. Nosotros, los fantasmas, pese a pertenecer a diferentes
casas, mantenemos vínculos de amistad. Aunque haya competitividad entre Gryffindor y
Slytherin, a mí ni se me ocurriría provocar una discusión con el Barón Sanguinario.
—Ya, pero eso es porque le tiene usted miedo —asegu ró Ron.
Nick Casi Decapitado se ofendió mucho.
—¿Miedo? ¡Creo poder afirmar que yo, sir Nicholas de Mimsy-Porpington, nunca jamás he
pecado de cobarde! La noble sangre que corre por mi s venas...
—¿Qué sangre? —lo interrumpió Ron—. Pero si usted y a no tiene...
—¡Es una forma de hablar! —exclamó Nick Casi Decapi tado, tan enojado que empezó a
temblarle aparatosamente la cabeza sobre el cuello medio rebanado—. ¡Espero tener todavía
libertad para utilizar las palabras que se me antojen, dado que los placeres de la comida y de
la bebida me han sido negados! Pero ¡ya estoy acost umbrado a que los alumnos se rían de mi
muerte, os lo aseguro!
—¡Ron no se estaba riendo de usted, Nick! —terció H ermione fulminando a su amigo con
la mirada.
Por desgracia, éste volvía a tener la boca a punto de explotar, y lo único que consiguió
decir fue: «Nunfa me gío fon ga boga gena», algo qu e Nick no consideró una disculpa
adecuada. Se elevó, se colocó bien el sombrero con plumas y se fue hacia el otro extremo de
la mesa, donde se sentó entre los hermanos Creevey, Colin y Dennis.

151 Jugo 152 Carne 153 Me parece un poco difícil

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133
—Felicidades, Ron —le soltó Hermione.
—¿Qué pasa? —protestó él, indignado; al fin había conseguido tragar la comida que tenía
en la boca—. ¿No puedo hacer una sencilla pregunta?
—Olvídalo —dijo Hermione con fastidio, y ambos estu vieron el resto de la cena callados y
enfurruñados.
Harry estaba tan acostumbrado a sus discusiones que no se molestó en intentar
reconciliarlos; le pareció que empleaba mucho mejor su tiempo comiéndose el pastel de
filete 154 y riñones, y luego una gran ración de su tarta de melaza favorita.
Cuando todos los alumnos terminaron de comer y el n ivel de ruido del Gran Comedor
empezó a subir de nuevo, Dumbledore se puso una vez más en pie. Las conversaciones se
interrumpieron al instante y todos giraron la cabeza para mirar al director. En ese momento
Harry estaba maravillosamente amodorrado. Su cama d e cuatro columnas lo esperaba arriba,
blanda y calentita...
—Bueno, ahora que estamos digiriendo otro magnífico banquete, os pido un instante de
atención para los habituales avisos de principio de curso —anunció Dumbledore—. Los de
primer año deben saber que los alumnos tienen prohi bido entrar en los bosques de los
terrenos del castillo, y algunos de nuestros antiguos alumnos también deberían recordarlo. —
Harry, Ron y Hermione se miraron y rieron por lo ba jo—. El señor Filch, el conserje 155 , me ha
pedido, y según dice ya van cuatrocientas sesenta y dos veces, que os recuerde a todos que
no está permitido hacer magia en los pasillos entre clase y clase, así como unas cuantas cosas
más que podéis revisar en la larga lista que hay colgada en la puerta de su despacho.
»Este año hay dos cambios en el profesorado. Estamo s muy contentos de dar la
bienvenida a la profesora Grubbly-Plank, que se encargará de las clases de Cuidado de
Criaturas Mágicas; también nos complace enormemente presentaros a la profesora Umbridge,
la nueva responsable de Defensa Contra las Artes Oscuras.
Hubo un educado pero no muy entusiasta aplauso, dur ante el cual Harry, Ron y
Hermione se miraron un tanto angustiados; Dumbledore no había especificado durante cuánto
tiempo iba a dar clase la profesora Grubbly-Plank.
Después el director siguió diciendo:
—Las pruebas para los equipos de quidditch de cada casa tendrán lugar en...
Se interrumpió e interrogó con la mirada a la profesora Umbridge. Como no era mucho
más alta de pie que sentada, se produjo un momento de confusión ya que nadie entendía por
qué Dumbledore había dejado de hablar; pero entonce s la profesora Umbridge se aclaró la
garganta, «Ejem, ejem», y los alumnos se dieron cuenta de que se había levantado y de que
pretendía pronunciar un discurso.
Dumbledore sólo vaciló unos segundos; luego se sentó con elegancia y miró con interés a
la profesora Umbridge, como si lo que más deseara f uera oírla hablar. Otros miembros del
profesorado no fueron tan hábiles disimulando su sorpresa. Las cejas de la profesora Sprout
habían subido hasta la raíz de su airosa melena, y la profesora McGonagall tenía la boca más
delgada que nunca. Era la primera vez que un profes or nuevo interrumpía a Dumbledore.
Muchos alumnos sonrieron; era evidente que aquella mujer no tenía ni idea de cómo
funcionaban las cosas en Hogwarts.
—Gracias, señor director —empezó la profesora Umbridge con una sonrisa tonta—, por
esas amables palabras de bienvenida.
Tenía una voz muy chillona y entrecortada, de niña pequeña, y una vez más Harry sintió
hacia ella una aversión que no podía explicarse; lo único que sabía era que todo en ella le
resultaba repugnante, desde su estúpida voz hasta s u esponjosa chaqueta de punto de color

154 Carne 155 Celador

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
134
rosa. La profesora Umbridge volvió a carraspear («Ejem, ejem») y continuó su discurso.
—¡Bueno, en primer lugar quiero decir que me alegro de haber vuelto a Hogwarts! —
Sonrió, enseñando unos dientes muy puntiagudos—. ¡Y de ver tantas caritas felices que me
miran!
Harry echó un vistazo a su alrededor. Ninguna de las caras que vio tenía el aspecto de
sentirse feliz. Más bien al contrario, todas parecían muy sorprendidas de que se dirigieran a
ellas como si tuvieran cinco años.
—¡Estoy impaciente por conoceros a todos y estoy se gura de que seremos muy buenos
amigos!
Al oír aquello, los alumnos se miraron unos a otros; algunos ya no podían contener una
sonrisa burlona.
—Estoy dispuesta a ser amiga suya mientras no tenga que ponerme nunca esa chaqueta
—le susurró Parvati a Lavender, y ambas rieron por lo bajo.
La profesora Umbridge se aclaró la garganta una vez más («Ejem, ejem»), pero cuando
habló de nuevo su voz ya no sonaba tan entrecortada como antes. Sonaba mucho más seria, y
ahora sus palabras tenían un tono monótono, como si se las hubiera aprendido de memoria.
—El Ministerio de la Magia siempre ha considerado d e vital importancia la educación de
los jóvenes magos y de las jóvenes brujas. Los exce pcionales dones con los que nacisteis
podrían quedar reducidos a nada si no se cultivaran y desarrollaran mediante una cuidadosa
instrucción. Las ancestrales habilidades de la comunidad mágica deben ser transmitidas de
generación en generación para que no se pierdan par a siempre. El tesoro escondido del saber
mágico acumulado por nuestros antepasados debe ser conservado, reabastecido y pulido por
aquellos que han sido llamados a la noble profesión de la docencia.
Al llegar a ese punto la profesora Umbridge hizo un a pausa y saludó con una pequeña
inclinación de cabeza al resto de los profesores, p ero ninguno le devolvió el saludo. Las
oscuras cejas de la profesora McGonagall se habían contraído hasta tal punto que parecía un
halcón, y a Harry no se le escapó la mirada de comp licidad que intercambió con la profesora
Sprout, mientras Umbridge carraspeaba otra vez y seguía con su perorata.
—Cada nuevo director o directora de Hogwarts ha apo rtado algo a la gran tarea de
gobernar este histórico colegio, y así es como debe ser, pues si no hubiera progreso se llegaría
al estancamiento y a la desintegración. Sin embargo , hay que poner freno al progreso por el
progreso, pues muchas veces nuestras probadas tradi ciones no aceptan retoques. Un
equilibrio, por lo tanto, entre lo viejo y lo nuevo, entre la permanencia y el cambio, entre la
tradición y la innovación...
Harry notó que su concentración disminuía, como si su cerebro se conectara y se
desconectara. El silencio que siempre se apoderaba del Gran Comedor cuando hablaba
Dumbledore estaba rompiéndose, pues los alumnos se acercaban unos a otros y juntaban las
cabezas para cuchichear y reírse. En la mesa de Ravenclaw, Cho Chang charlaba la mar de
animada con sus amigas. Unos cuantos asientos más a llá, Luna Lovegood había sacado El
Quisquilloso. Mientras tanto, en la mesa de Hufflepuff, Ernie Mac millan era uno de los pocos
que seguían mirando fijamente a la profesora Umbrid ge, pero tenía los ojos vidriosos y Harry
estaba seguro de que sólo fingía escuchar en un intento de hacer honor a la nueva insignia de
prefecto que relucía en su pecho.
La profesora Umbridge no pareció reparar en la inqu ietud de su público. Harry tenía la
impresión de que si se hubiera desatado una revuelt a delante de sus narices, ella habría
continuado, impasible, con su discurso. Los profesores, a pesar de todo, seguían escuchando
con atención, y Hermione parecía pendiente de cada una de las palabras que pronunciaba,
aunque, a juzgar por su expresión, no eran de su agrado.
—... porque algunos cambios serán para mejor, y otr os, con el tiempo, se demostrará
que fueron errores de juicio. Entre tanto se conservarán algunas viejas costumbres, y estará
bien que así se haga, mientras que otras, desfasada s y anticuadas, deberán ser abandonadas.

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
135
Sigamos adelante, así pues, hacia una nueva era de apertura, eficacia y responsabilidad,
decididos a conservar lo que haya que conservar, perfeccionar lo que haya que perfeccionar y
recortar las prácticas que creamos que han de ser prohibidas.
Y tras pronunciar esa última frase la mujer se sent ó. Dumbledore aplaudió y los
profesores lo imitaron, aunque Harry se fijó en que varios de ellos sólo juntaban las manos
una o dos veces y luego paraban. Unos cuantos alumn os aplaudieron también, pero el final del
discurso, del que en realidad sólo habían escuchado unas palabras, pilló desprevenidos a casi
todos, y antes de que pudieran empezar a aplaudir c omo es debido, Dumbledore ya había
dejado de hacerlo.
—Muchas gracias, profesora Umbridge, ha sido un discurso sumamente esclarecedor —
dijo con una inclinación de cabeza—. Y ahora, como iba diciendo, las pruebas de quidditch se
celebrarán...
—Sí, sí que ha sido esclarecedor —comentó Hermione en voz baja.
—No me irás a decir que te ha gustado —repuso Ron m irándola con ojos vidriosos—. Ha
sido el discurso más aburrido que he oído jamás, y eso que he crecido con Percy.
—He dicho que ha sido esclarecedor, no que me haya gustado —puntualizó Hermione—.
Ha explicado muchas cosas.
—¿Ah, sí? —dijo Harry con sorpresa—. A mí me ha parecido que tenía mucha paja 156 .
—Había cosas importantes escondidas entre la paja 157 —replicó Hermione con gravedad.
—¿En serio? —se extrañó Ron, que no comprendía nada .
—Como, por ejemplo, «hay que poner freno al progreso por el progreso». O «recortar las
prácticas que creamos que han de ser prohibidas».
—¿Y eso qué significa? —preguntó Ron, impaciente.
—Te voy a decir lo que significa —respondió Hermion e con tono amenazador—Significa
que el Ministerio está inmiscuyéndose en Hogwarts.
De pronto se produjo un gran estrépito a su alrededor; era evidente que Dumbledore los
había despedido a todos, porque los alumnos se habí an puesto en pie y se disponían a salir del
Gran Comedor. Hermione se levantó muy atolondrada.
—¡Ron, tenemos que enseñar a los de primero adonde deben ir!
—¡Ah, sí! —exclamó Ron, que lo había olvidado—. ¡Eh, eh, vosotros! ¡Enanos!
—¡Ron!
—Es que lo son, míralos... Son pequeñísimos.
—¡Ya lo sé, pero no puedes llamarlos enanos! ¡Los de primer año! —llamó Hermione con
tono autoritario a los nuevos alumnos de su mesa—. ¡Por aquí, por favor!
Un grupo de alumnos desfiló con timidez por el espa cio que había entre la mesa de
Gryffindor y la de Hufflepuff; todos ponían mucho empeño en no colocarse a la cabeza del
grupo. Realmente parecían muy pequeños; Harry estab a seguro de que él no lo parecía tanto
cuando llegó por primera vez a Hogwarts. Les sonrió, y un muchacho rubio que estaba junto a
Euan Abercrombie se quedó petrificado, le dio un co dazo y le susurró algo al oído. Euan puso
la misma cara de susto y miró de reojo a Harry, qui en notó que su sonrisa resbalaba por su
cara como una mancha de jugo fétido.
—Hasta luego —les dijo tristemente a Ron y a Hermio ne, y salió solo del Gran Comedor
haciendo todo lo posible por ignorar los susurros, las miradas y los dedos que lo señalaban al

156 Que estaba lleno de tonterías 157 Entre las tonterias

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
136
pasar.
Mantuvo la mirada al frente mientras se abría paso entre la multitud que llenaba el
vestíbulo, subió a toda prisa la escalera de mármol, tomó un par de atajos y no tardó en dejar
atrás al resto de los alumnos.
Qué estupidez no haber imaginado que ocurriría algo así, pensó, furioso, mientras
recorría los pasillos de los pisos superiores, que estaban casi vacíos. Claro que todo el mundo
lo miraba; dos meses antes había salido del laberin to del Torneo de los tres magos con el
cadáver de un compañero en los brazos y asegurando haber visto cómo lord Voldemort volvía
al poder. Al finalizar el curso anterior no había tenido tiempo para dar explicaciones antes de
que todos volvieran a sus casas (en caso de que hub iera querido dar al colegio un informe
detallado de los terribles sucesos ocurridos en el cementerio).
Harry había llegado al final del pasillo que conduc ía a la sala común de Gryffindor y se
había parado frente al retrato de la Señora Gorda c uando se dio cuenta de que no sabía la
nueva contraseña.
—Esto... —comenzó a decir con desánimo, mirando fij amente a la Señora Gorda, que se
alisó los pliegues del vestido de raso de color rosa y le devolvió una severa mirada.
—Si no me dices la contraseña, no entras —dijo con altanería.
—¡Yo la sé, Harry! —exclamó alguien que llegaba jad eando; Harry se dio la vuelta y vio
que Neville corría hacia él—. ¿Sabes qué es? Por un a vez no se me va a olvidar... —afirmó
agitando el raquítico cactus que le había enseñado en el tren—. ¡Mimbulus mimbletonia!
—Correcto —dijo la Señora Gorda, y su retrato se ab rió hacia ellos, como si fuera una
puerta, y en la pared dejó a la vista un agujero redondo por el que entraron Harry y Neville.
La sala común de Gryffindor, una agradable habitaci ón circular llena de destartaladas y
blandas butacas y viejas y desvencijadas mesas, parecía más acogedora que nunca. Un fuego
chisporroteaba alegremente en la chimenea y había v arios alumnos calentándose las manos
frente a él antes de subir a sus dormitorios; al otro lado de la estancia Fred y George Weasley
estaban colgando algo en el tablón de anuncios. Har ry les dijo adiós con la mano y fue directo
hacia la puerta del dormitorio de los chicos; en ese momento no estaba de humor para charlar.
Neville lo siguió.
Dean Thomas y Seamus Finnigan ya habían llegado al dormitorio y habían empezado a
cubrir las paredes que había junto a sus camas con pósters y fotografías. Cuando Harry abrió
la puerta estaban hablando, pero se interrumpieron en cuanto lo vieron. El chico se preguntó si
estarían hablando de él, y luego se preguntó también si tendría paranoias 158 .
—¡Hola! —los saludó, y después se dirigió hacia su baúl y lo abrió.
—¡Hola, Harry! —respondió Dean, que estaba poniéndo se un pijama con los colores del
West Ham—. ¿Has pasado un buen verano?
—No ha estado mal —masculló Harry, pues le habría l levado toda la noche hacer un
verdadero relato de sus vacaciones, y no estaba preparado para afrontarlo—. ¿Y tú?
—Sí, muy bueno —contestó Dean con una risita—. Mejo r que el de Seamus, desde luego.
Estaba contándomelo.
—¿Por qué? ¿Qué ha pasado, Seamus? —preguntó Nevill e mientras colocaba con mucho
cuidado su Mimbulus mimbletonia sobre su mesilla de noche.
Seamus no contestó enseguida; estaba complicándose mucho la vida para asegurarse de
que su póster del equipo de quidditch de los Kenmare Kestrels quedara completamente recto.
Al fin contestó, aunque todavía estaba de espaldas a Harry.
—Mi madre no quería que volviera.

158 Si estaría paranoico

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
137
—¿Qué dices? —Harry, que se disponía a quitarse la túnica, se quedó parado.
—No quería que volviera a Hogwarts. Seamus se dio l a vuelta y sacó el pijama de su
baúl, pero sin mirar a Harry.
—Pero ¿por qué? —preguntó éste, perplejo. Sabía que la madre de Seamus era bruja y
por lo tanto no entendía por qué tenía una actitud más propia de los Dursley.
Seamus no contestó hasta que hubo terminado de abot onarse el pijama.
—Bueno —respondió con voz tranquila—, supongo que.. . por ti.
—¿Qué quieres decir? —inquirió Harry rápidamente.
El corazón le latía muy deprisa y tenía la extraña sensación de que algo se le caía
encima.
—Bueno —continuó Seamus, esquivando la mirada de su compañero—, es que... Esto...
Bueno, no sólo por ti, sino también por Dumbledore...
—¿Se ha creído lo que cuenta El Profeta? —se extrañó Harry—. ¿Cree que soy un
mentiroso y que Dumbledore es un viejo chiflado?
Seamus levantó la cabeza y miró a Harry.
—Sí, más o menos.
Harry no dijo nada. Tiró su varita encima de la mes illa de noche, se quitó la túnica, la
metió de cualquier manera en el baúl y sacó el pijama. Estaba harto; harto de que todos se
quedaran mirándolo y hablaran de él a sus espaldas. Si los demás lo supieran, si tuvieran una
leve idea de lo que era ser siempre el centro de atención... La estúpida de la señora Finnigan
no se enteraba de nada, pensó rabioso.
Se metió en la cama, pero cuando iba a correr las cortinas del dosel, Seamus dijo:
—Oye..., ¿qué pasó aquella noche? La noche en que.. ., ya sabes, cuando..., lo de Cedric
Diggory y todo eso...
Seamus parecía nervioso y expectante al mismo tiemp o. Dean, que estaba inclinado
sobre su baúl intentando sacar una zapatilla, se quedó de pronto muy quieto y Harry
comprendió que estaba escuchándolos.
—¿Por qué me lo preguntas? —replicó Harry—. Sólo tienes que leer El Profeta como tu
madre, ¿no? Así podrás enterarte de todo lo que qui eras saber.
—No te metas con mi madre —le espetó Seamus.
—Me meto con cualquiera que me llame mentiroso —con testó Harry.
—¡No me hables así!
—Te hablo como me da la gana —estalló Harry; se est aba poniendo tan furioso que
agarró la varita, que había dejado en la mesilla de noche—. Si tienes algún inconveniente en
compartir dormitorio conmigo, ve y pídele a McGonag all que te cambie... Así tu madre no
tendrá que preocuparse por ti...
—¡Deja a mi madre en paz, Potter!
—¿Qué pasa aquí?
Ron acababa de entrar por la puerta. Con los ojos como platos, miró primero a Harry,
que estaba arrodillado en la cama apuntando con la varita a Seamus, y luego a Seamus, que
estaba de pie con los puños levantados.
—¡Está metiéndose con mi madre! —gritó Seamus.
—¿Qué? —se extrañó Ron—. Harry nunca haría eso. Con ocimos a tu madre y nos cayó

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
138
muy bien...
—¡Eso fue antes de que empezara a creer al pie de la letra todo lo que dice sobre mí ese
asqueroso periódico! —exclamó Harry a grito pelado.
—¡Oh! —dijo Ron, que empezaba a comprender—. Ya veo ...
—¿Sabes qué? —chilló Seamus acaloradamente, lanzando a Harry una mirada cargada de
veneno—. Tiene razón, no quiero compartir dormitorio con él; está loco.
—Eso está fuera de lugar, Seamus —aseguró Ron, cuya s orejas comenzaban a ponerse
coloradas, lo cual siempre indicaba peligro.
—¿Fuera de lugar, dices? —chilló Seamus, que a diferencia de Ron estaba poniéndose
muy pálido—. Tú te crees todas las chorradas 159 que cuenta sobre Quien-tú-sabes, ¿no? Te
tragas todo lo que cuenta, ¿verdad?
—¡Pues sí 160 ! —contestó Ron muy alterado.
—Entonces tú también estás loco —afirmó Seamus con desprecio.
—¿Ah, sí? ¡Pues mira, amigo, por desgracia para ti, además de estar loco soy prefecto! —
dijo Ron señalándose la insignia con un dedo—. ¡Así que, si no quieres que te castigue, vigila
lo que dices 161 !
Durante unos instantes pareció que Seamus creía que un castigo era un precio razonable
por decir lo que en aquellos momentos le pasaba por la cabeza; sin embargo, hizo un ruidito
desdeñoso con la boca, se dio la vuelta, se metió en la cama de un brinco y cerró las cortinas
con tanta violencia que se desengancharon y cayeron formando un polvoriento montón en el
suelo. Ron miró desafiante a Seamus y luego miró a Dean y a Neville.
—¿Hay alguien más cuyos padres tengan algún problem a con Harry? —preguntó con
agresividad.
—Mis padres son muggles —dijo Dean encogiéndose de hombros—. No saben nada de
ninguna muerte ocurrida en Hogwarts porque no soy tan idiota como para contárselo.
—¡No sabes cómo es mi madre, es capaz de sonsacarle lo que sea a cualquiera! —le
espetó Seamus—. Además, tus padres no reciben El Profeta. No se han enterado de que a
nuestro director lo han echado del Wizengamot y de la Confederación Internacional de Magos
porque está perdiendo la cabeza...
—Mi abuela dice que eso son tonterías —intervino Ne ville—. Afirma que el que está
perdiendo los papeles 162 es El Profeta, y no Dumbledore. Así que ha cancelado la suscripción.
Nosotros creemos en Harry —concluyó con rotundidad. Luego se metió en la cama y se tapó
con las sábanas hasta la barbilla. Miró a Seamus con cara de sabiondo y añadió—: Mi abuela
siempre ha dicho que Quien-tú-sabes regresaría algú n día, y asegura que si Dumbledore dice
que ha vuelto, es que ha vuelto.
En ese momento Harry sintió una oleada de gratitud hacia Neville. Nadie más dijo nada,
y Seamus cogió su varita mágica, reparó las cortinas de la cama y desapareció tras ellas. Dean
también se acostó, se dio la vuelta y se quedó call ado. Neville, que al parecer tampoco tenía
nada más que añadir, miraba con cariño su cactus, d ébilmente iluminado por la luz de la luna.
Harry se quedó tumbado mientras Ron iba de aquí par a allá, alrededor de la cama de al
lado, poniendo sus cosas en orden. A Harry le había afectado mucho la discusión con Seamus,
que siempre le había caído muy bien. ¿Quién más iba a insinuar que mentía o que estaba
trastornado?

159 Mentiras 160 ¡Sí! 161 Ten cuidado con lo que dices 162 Afirma que el que dice disparates

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
139
¿Habría tenido que soportar Dumbledore algo parecido aquel verano, cuando primero lo
echaron del Wizengamot y luego de la Confederación Internacional de Magos? ¿Acaso estaba
enfadado con Harry y por eso llevaba meses sin habl ar con él? A fin de cuentas, ambos
estaban metidos en aquel lío; Dumbledore había creído a Harry, había defendido su versión de
los hechos ante el colegio en pleno y luego ante la comunidad de los magos. Cualquiera que
pensara que Harry era un mentiroso debía creer lo m ismo de Dumbledore, o que lo habían
engañado...
«Al final se sabrá que tenemos razón», pensó Harry, que se sentía muy desgraciado,
mientras Ron se metía en la cama y apagaba la últim a vela que quedaba encendida en el
dormitorio. Luego se preguntó cuántos ataques como el de Seamus debería soportar antes de
que llegara ese momento.

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
140

12
La profesora Umbridge


A la mañana siguiente, Seamus se vistió a toda velocidad y salió del dormitorio antes de
que Harry se hubiera puesto los calcetines.
—¿Qué le pasa? ¿Teme volverse loco si está demasiad o tiempo en una habitación
conmigo? —preguntó Harry en voz alta en cuanto el dobladillo de la túnica de Seamus se
perdió de vista.
—No te preocupes, Harry —dijo Dean colgándose la mo chila del hombro—. Lo que le
pasa es que...
Pero al parecer no sabía decir con exactitud lo que le sucedía a Seamus, y tras una pausa
un tanto violenta, salió también del dormitorio.
Neville y Ron miraron a Harry como diciendo «Es pro blema suyo, no le hagas caso», pero
eso no lo consoló demasiado. ¿Tendría que aguantar muchas situaciones semejantes?
—¿Qué os ocurre? —les preguntó Hermione cinco minut os más tarde, cuando se reunió
con sus dos amigos en la sala común antes de que ba jaran todos a desayunar--. Estáis
completamente... ¡Vaya!
Se había quedado mirando el tablón de anuncios de la sala común, donde habían colgado
un gran letrero.

¡GALONES DE GALEONES!
¿Tus gastos superan tus ingresos?
¿Te gustaría ganar un poco de oro?
Si te interesa un empleo sencillo,
a tiempo parcial y prácticamente indoloro,
ponte en contacto con Fred y George Weasley,
sala común de Gryffindor.
(Lamentamos decir que los aspirantes
tendrán que asumir los riesgos del empleo.)

—Se han pasado —comentó Hermione con gravedad, y de scolgó el letrero que Fred y
George habían clavado encima de un póster que anunciaba la fecha de la primera excursión a
Hogsmeade, que sería en octubre—. Vamos a tener que hablar con ellos, Ron.
Ron se mostró muy alarmado.
—¿Por qué?
—¡Porque somos prefectos! —exclamó Hermione mientra s trepaban por el agujero del
retrato—. ¡Es tarea nuestra impedir este tipo de cosas!
Ron no dijo nada, pero, por la apesadumbrada expres ión de su amigo, Harry comprendió
que la perspectiva de evitar que Fred y George hicieran lo que les gustaba no lo ilusionaba.
—¿Qué te pasa, Harry? —continuó Hermione mientras b ajaban un tramo de escalera
cuya pared estaba cubierta de retratos de viejos magos y brujas que no les hicieron ni caso,
pues se hallaban enfrascados en sus propias conversaciones—. Te veo de muy mal humor.
—Seamus cree que Harry miente acerca de Quien-tú-sa bes —contestó brevemente Ron

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
141
al comprobar que Harry no respondía.
La chica suspiró, lo cual sorprendió al muchacho, que esperaba que su amiga
manifestara indignación.
—Ya, Lavender también lo cree —comentó Hermione con tristeza.
—Seguro que has tenido una interesante charla con e lla sobre si soy o no soy un
mentiroso y un presumido que sólo busca llamar la atención, ¿no? —dijo Harry en voz alta.
—No —repuso Hermione con calma—. La verdad es que l e he dicho que cierre su sucia
boca y que no hable mal de ti. Y haz el favor de dejar de lanzarte a nuestro cuello 163 a cada
momento, Harry, porque, por si no lo sabías, Ron y yo estamos de tu parte.
Hubo una breve pausa.
—Lo siento —se disculpó Harry en voz baja.
—Así me gusta —dijo Hermione con dignidad. Luego hi zo un gesto negativo con la
cabeza y añadió—: ¿No os acordáis de lo que dijo Dumbledore en el banquete de final de curso
del año pasado? —Harry y Ron la miraron sin compren der, y la chica volvió a suspirar—. Sí,
habló sobre Quien-vosotros-sabéis. Dijo que su «fue rza para extender la discordia y la
enemistad entre nosotros es muy grande. Sólo podemos luchar contra ella presentando unos
lazos de amistad y mutua confianza igualmente fuertes».
—¿Cómo consigues acordarte de esas cosas? —preguntó Ron mirando a Hermione con
admiración.
—Escucho, Ron —respondió ella con un deje de aspereza.
—Yo también, pero sería incapaz de decirte con exactitud qué...
—El caso es —prosiguió Hermione, imponiéndose— que a eso es precisamente a lo que
se refería Dumbledore. Sólo hace dos meses que Quien-vosotros-sabéis ha regresado y ya
hemos empezado a pelearnos entre nosotros. Y la advertencia del Sombrero Seleccionador era
la misma: permaneced juntos, estad unidos...
—Y Harry ya dijo anoche —replicó Ron— que si eso si gnifica que tenemos que hacernos
amigos de los de Slytherin..., lo tiene claro 164 .
—Bueno, pues yo creo que es una lástima que no fome ntemos la unidad entre las casas
—dijo Hermione con enfado.
En ese momento llegaron al pie de la escalera de mármol. Una fila de alumnos de cuarto
de Ravenclaw cruzaba el vestíbulo; al ver a Harry se apresuraron a apiñarse, como si temieran
que él pudiera atacar a los rezagados.
—Sí, deberíamos intentar trabar amistad con gente c omo ésa —comentó Harry con
sarcasmo.
Siguieron a los de Ravenclaw al interior del Gran C omedor, y al entrar miraron
instintivamente hacia la mesa del profesorado. La profesora Grubbly-Plank hablaba con la
profesora Sinistra, de Astronomía, y Hagrid, una vez más, brillaba por su ausencia. El techo
encantado del recinto reflejaba el estado anímico de Harry: tenía un triste color gris, como el
de las nubes de lluvia.
—Dumbledore ni siquiera mencionó durante cuánto tie mpo vamos a tener a la profesora
Grubbly-Plank —comentó Harry mientras los tres se dirigían hacia la mesa de Gryffindor.
—A lo mejor... —insinuó Hermione pensativa.
—¿Qué? —preguntaron Harry y Ron a la vez.

163 De dejar de atacarnos 164 Va a ser un poco difícil

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
142
—Bueno..., a lo mejor no quería llamar la atención sobre la ausencia de Hagrid.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Ron medio riendo—. ¿ Cómo no íbamos a fijarnos en
que no está aquí?
Antes de que Hermione pudiera contestar, una muchacha alta y negra, que llevaba el
pelo peinado en largas trencitas, se había acercado a Harry.
—¡Hola, Angelina!
—¡Hola! —contestó ella con brío—. ¿Qué tal las vaca ciones? —Y sin esperar respuesta,
añadió—: Me han nombrado capitana del equipo de qui dditch de Gryffindor.
—¡Qué bien! —dijo Harry sonriéndole; se imaginó que las charlas de Angelina para
infundir ánimo no serían tan densas como las de Oliver Wood, lo cual suponía una mejora.
—Sí, bueno... Necesitamos un nuevo guardián ahora q ue Oliver se ha marchado. Las
pruebas serán el viernes a las cinco y quiero que venga todo el equipo. Tenemos que ver quién
encaja mejor en esa posición.
—De acuerdo —contestó Harry.
Angelina le sonrió y se fue.
—Ya no me acordaba de que Wood se marchó —comentó H ermione con vaguedad
mientras se sentaba junto a Ron y se acercaba un plato de tostadas—. Supongo que el equipo
lo notará, ¿no?
—Supongo —contestó Harry, y se sentó en el banco de enfrente—. Era un buen
guardián...
—De todos modos, no irá mal un poco de sangre nueva, ¿verdad? —observó Ron.
De repente se oyó como un rugido, y cientos de lech uzas entraron volando por las
ventanas más altas. Bajaron hacia las mesas del comedor y llevaron cartas y paquetes a sus
destinatarios, a quienes rociaron con gotas de agua; evidentemente, fuera estaba lloviendo.
Harry no vio a Hedwig, pero eso no le sorprendió: su único corresponsal er a Sirius, y dudaba
mucho que su padrino tuviera algo nuevo que contarl e ya que sólo llevaban veinticuatro horas
sin verse. Hermione, en cambio, tuvo que apartar con rapidez su zumo de naranja para dejar
sitio a una enorme y chorreante lechuza que llevaba un empapado ejemplar de El Profeta en el
pico.
—¿Todavía recibes El Profeta? —le preguntó Harry con fastidio, acordándose de Sea mus,
mientras Hermione ponía un knut en la bolsita de piel que la lechuza llevaba atada a la pata y
el ave volvía a emprender el vuelo—. Yo ya no me mo lesto en leerlo. Sólo cuentan tonterías.
—Conviene saber lo que dice el enemigo —respondió e lla misteriosamente; luego
desplegó el periódico y desapareció tras él, y no volvieron a verla hasta que Harry y Ron
terminaron de desayunar—. Nada —se limitó a decir; enrolló el periódico y lo dejó junto a su
plato—. No hace ningún comentario sobre ti, ni sobre Dumbledore ni sobre nada.
En ese momento la profesora McGonagall pasó por la mesa repartiendo horarios.
—¡Mirad lo que tenemos hoy! —gruñó Ron—. Historia d e la Magia, clase doble de
Pociones, Adivinación y otra sesión doble de Defensa Contra las Artes Oscuras... ¡Binns,
Snape, Trelawney y Umbridge en un solo día! Espero que Fred y George se den prisa y se
pongan a fabricar ese Surtido Saltaclases...
—¿He oído bien? —dijo Fred, que llegaba en ese instante con George. Los gemelos se
sentaron junto a Harry—. ¡No es posible que los prefectos de Hogwart s intenten saltarse
clases!
—¡Mirad lo que tenemos hoy! —repitió Ron de mal hum or, y le puso el horario bajo la
nariz a Fred—. Es el peor lunes que he visto en mi vida.

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
143
—Tienes razón, hermanito —le dijo Fred leyendo la lista—. Si quieres puedo darte un
turrón sangranarices; te lo dejo barato.
—¿Por qué barato? —preguntó Ron con recelo. —Porque sangrarás hasta quedarte seco.
Todavía no hemos conseguido el antídoto —respondió George mientras se servía un arenque
ahumado.
—Gracias —repuso Ron de mal humor, y se guardó el h orario en el bolsillo—, pero creo
que iré a las clases.
—Por cierto, hablando de vuestro Surtido Saltaclases —dijo Hermione mirando a Fred y a
George con sus redondos y brillantes ojos—, no podé is poner anuncios en el tablón de
Gryffindor para contratar cobayos 165 .
—¡¿Ah, no?! —exclamó George con sorpresa—. ¿Quién ha dicho eso?
—Lo digo yo —contestó Hermione—. Y Ron.
—A mí no me metas —se apresuró a apuntar éste.
La chica le lanzó una mirada fulminante y los gemelos rieron por lo bajo.
—No tardarás en cambiar de actitud, Hermione —vatic inó Fred mientras untaba un
buñuelo con mantequilla—. Vas a empezar quinto, y dentro de poco vendrás a suplicar que te
vendamos un Surtido Saltaclases.
—¿Y qué tiene que ver que empiece quinto con que qu iera comprar un Surtido
Saltaclases? —preguntó Hermione.
—Quinto es el año de los TIMOS 166 —le recordó George.
-¿Y?
—Que llegarán los exámenes, ¿no? Vais a tener que hincar los codos hasta que se os
queden en carne viva —dijo Fred con satisfacción.
—La mitad de los de nuestro curso sufrieron pequeña s crisis nerviosas cuando se
acercaban los exámenes del TIMO 167 —añadió George la mar de contento—. Lágrimas,
rabietas... Patricia Stimpson se desmayaba a cada momento...
—Kenneth Towler se llenó de granos, ¿te acuerdas? — dijo Fred con nostalgia.
—Eso fue porque le pusiste polvos Bulbadox en el pijama —aclaró George.
—¡Ah, sí! —admitió Fred, sonriente—. Ya no me acord aba... A veces resulta difícil llevar
la cuenta de todo, ¿verdad?
—En fin, quinto es un curso de pesadilla —concluyó George—. Si te importan los
resultados de los exámenes, naturalmente. Fred y yo conseguimos no desanimarnos.
—Sí, claro... —intervino Ron—. ¿Qué sacasteis, tres TIMOS cada uno 168 ?
—Sí —afirmó Fred con indiferencia—. Pero nosotros c reemos que nuestro futuro está
fuera del mundo de los logros académicos.
—Nos planteamos muy seriamente si íbamos a volver a Hogwarts este año para hacer
séptimo —comentó George alegremente— ahora que tene mos...
Se interrumpió al captar la mirada de advertencia de Harry, que se había dado cuenta de
que George estaba a punto de mencionar el premio en metálico del Trofeo de los tres magos
que les había entregado.

165 Controladores de calidad 166 De los exámenes para obtener las Matriculas de Honor en Brujería 167 Los exámenes para obtener las MHB 168 Obtuvieron sólo tres Matrículas cada uno, ¿verdad?

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
144
—... ahora que tenemos nuestros TIMOS 169 —se apresuró a añadir George—. No sé, ¿de
verdad necesitamos los ÉXTASIS? Pero creímos que mamá no soportaría que abandonáramos
los estudios tan pronto, sobre todo después de que Percy resultara ser el mayor imbécil del
mundo.
—Pero no vamos a malgastar nuestro último año aquí —prosiguió Fred echando un
afectuoso vistazo al Gran Comedor—. Vamos a utilizarlo para hacer un poco de estudio de
mercado. Nos interesa saber con exactitud qué le exige el alumno medio de Hogwarts a una
tienda de artículos de broma para luego evaluar met iculosamente los resultados de nuestra
investigación y crear productos que satisfagan la demanda.
—Pero ¿de dónde pensáis sacar el oro necesario para montar una tienda de artículos de
broma? —inquirió Hermione con escepticismo—. Necesi taréis muchos ingredientes y
materiales, y también permisos, supongo...
Harry no miró a los gemelos. Notó que estaba ruborizándose, de modo que dejó caer a
propósito el tenedor y se agachó para recogerlo. Cuando todavía no se había incorporado oyó
que Fred decía:
—No nos hagas preguntas y no tendremos que decirte mentiras, Hermione. Vamos,
George, si llegamos pronto quizá podamos vender unas cuantas orejas extensibles antes de
que empiece la clase de Herbología.
—¿Qué habrá querido decir con eso? —dijo Hermione mirando primero a Harry y luego a
Ron—. «No nos hagas preguntas...» ¿Significa que ya tienen dinero para montar la tienda?
—Mira, yo ya lo había pensado —repuso Ron frunciend o el entrecejo—. Este verano me
compraron una túnica de gala nueva y no sé de dónde sacaron los galeones...
Harry decidió que había llegado el momento de desvi ar aquella conversación tan
peligrosa.
—¿Creéis que es cierto que los exámenes de este año serán muy duros?
—¡Oh, ya lo creo! —exclamó Ron—. Los TIMOS 170 son muy importantes, y del resultado
dependerá el tipo de ofertas de empleo a las que puedas presentarte más adelante. Además,
este año podemos pedir consejo sobre las diferentes carreras. Me lo ha dicho Bill. Así puedes
elegir qué ÉXTASIS 171 quieres hacer el año que viene.
—¿Vosotros ya sabéis qué os gustaría hacer cuando s algáis de Hogwarts? —preguntó
Harry a sus dos amigos poco después, cuando salían del Gran Comedor y se dirigían hacia el
aula de Historia de la Magia.
—Pues no —contestó Ron—. Salvo..., bueno... —añadió un tanto avergonzado.
—¿Qué? —lo animó Harry.
—Bueno, no me importaría ser Auror 172 —declaró Ron con brusquedad.
—A mí tampoco 173 —repuso fervorosamente Harry.
—Pero los Aurores son... la élite —comentó Ron—. Pa ra ser Auror tienes que ser muy
bueno. ¿Y tú, Hermione?
—No lo sé. Creo que me gustaría hacer algo que valga la pena.
—¡Ser Auror vale la pena! —exclamó Harry.
—Sí, ya lo sé, pero no es lo único que vale la pena —dijo Hermione con aire pensativo—.

169 Nuestras Matrículas 170 Los exámenes para obtener las MHB 171 Exámenes Terribles de Alta Sabiduría e Invocaciones Secretas 172 Me gustaría ser Auror 173 A mí también

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
145
No sé, si pudiera seguir trabajando en el PEDDO... —añadió, y Harry y Ron evitaron mirarse.
Todos los alumnos de Hogwarts estaban de acuerdo en que Historia de la Magia era la
asignatura más aburrida que jamás había existido en el mundo de los magos. El profesor
Binns, su profesor fantasma, tenía una voz jadeante y monótona que casi garantizaba una
terrible somnolencia al cabo de diez minutos (cinco si hacía calor). Nunca alteraba el esquema
de las lecciones y las recitaba sin hacer pausas mi entras los alumnos tomaban apuntes o
contemplaban el vacío con aire amodorrado. Hasta en tonces, Harry y Ron habían conseguido
unos aprobados justos 174 en esa asignatura copiando los apuntes de Hermione antes de los
exámenes; ella era la única capaz de resistir el efecto soporífero de la voz de Binns.
Aquel día tuvieron que soportar tres cuartos de hor a de una inalterable perorata sobre
las guerras de los gigantes. Harry oyó lo suficient e en los diez primeros minutos para
comprender que, en manos de otro profesor, esa asig natura habría podido resultar un poco
más interesante; sin embargo, desconectó el cerebro y pasó los treinta y cinco minutos
restantes jugando con Ron al ahorcado, utilizando una esquina de su pergamino, mientras
Hermione les lanzaba con disimulo miradas asesinas.
—¿Qué pasaría —les preguntó con frialdad cuando sal ieron del aula a la hora del
descanso (Binns se perdió a través de la pizarra)— si este año me negara a prestaros mis
apuntes?
—Que suspenderíamos el TIMO —contestó Ron—. Si quie res cargar con eso en tu
conciencia, Hermione...
—Pues os lo merecéis —les espetó—. Ni siquiera intentáis escuchar al profesor, ¿verdad?
—Sí lo intentamos —dijo Ron—. Lo que pasa es que no tenemos tu cerebro, ni tu
memoria, ni tu capacidad de concentración. Eres más inteligente que nosotros, pero no hace
falta que nos lo recuerdes continuamente.
—No me vengas con cuentos —repuso Hermione, pero la s palabras de Ron la habían
aplacado un poco, o eso parecía cuando los precedió en dirección al mojado patio.
Caía una débil llovizna, y el contorno de los alumn os, que estaban de pie formando
corros en el patio, se veía difuminado. Harry, Ron y Hermione eligieron un rincón apartado,
bajo un balcón desde el que caían gruesas gotas; se levantaron el cuello de las túnicas para
protegerse del frío aire de septiembre y empezaron a hacer conjeturas sobre lo que Snape les
tendría preparado para la primera clase del curso. Ya se habían puesto de acuerdo en que
probablemente sería algo muy difícil, para pillarlo s desprevenidos tras dos meses de
vacaciones, cuando alguien dobló la esquina y fue hacia ellos.
—¡Hola, Harry!
Era Cho Chang, y curiosamente volvía a estar sola. Eso era muy raro, pues Cho casi
siempre iba rodeada de un grupo de chicas que no pa raban de reír como tontas; Harry
recordaba lo mal que lo había pasado cuando intentaba hablar un momento a solas con ella
para invitarla al baile de Navidad.
—¡Hola! —dijo Harry, y notó que se ponía colorado. «Al menos esta vez no estás cubierto
de jugo fétido», se dijo. Cho parecía estar pensando algo parecido.
—Veo que ya te has quitado aquella... cosa.
—Sí —afirmó Harry intentando sonreír, como si el re cuerdo de su último encuentro fuera
divertido en vez de vergonzoso—. Bueno..., y tú... ¿has pasado un buen verano?
Lamentó haber pronunciado esas palabras en cuanto s alieron por su boca, pues Cedric
había sido el novio de Cho, y recordar su muerte de bía de haberla afectado durante las
vacaciones tanto como a él. Con cierta tensión en el rostro, Cho dijo:
—Sí, no ha estado mal...

174 Aprobar con lo justo

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
146
—¿Qué es eso? ¿Una insignia de los Tornados? —preguntó de pronto Ron señalando la
túnica de Cho, donde llevaba una insignia de color azul cielo con la doble T dorada—. No serás
admiradora suya, ¿verdad?
—Pues sí —contestó Cho.
—¿Lo has sido siempre, o sólo desde que empezaron a ganar la liga? —inquirió Ron con
un tono de voz que Harry consideró innecesariamente acusador.
—Soy admiradora de los Tornados desde que tenía sei s años —concretó la chica con
serenidad—. Bueno, hasta luego, Harry.
Hermione esperó a que Cho se alejara por el patio antes de volverse contra Ron.
—¡Qué poco tacto tienes!
—¿Qué? Pero si sólo le he preguntado si...
—¿No te has dado cuenta de que quería hablar con Ha rry?
—¿Y qué? Podía hablar con él, yo no se lo impedía...
—¿Por qué demonios te has metido con ella 175 por su equipo de quidditch?
—¿Meterme con ella? No me he metido con ella, sólo he 176 ...
—¿Qué importa que sea seguidora de los Tornados?
—Mira, Hermione, la mitad de la gente que ves con e sas insignias se las compró la
temporada pasada...
—Pero ¿a ti qué te importa?
—Significa que no son verdaderos admiradores, sino unos simples oportunistas...
—Ha sonado la campana —dijo Harry sin ánimo, porque Ron y Hermione discutían en voz
tan alta que no la habían oído.
No dejaron de pelearse hasta que llegaron a la mazmorra de Snape, lo cual dio tiempo a
Harry para pensar que, gracias a Neville y a Ron, podría considerarse afortunado si conseguía
hablar dos minutos con Cho y no recordar esa breve conversación deseando que la tierra se lo
tragase.
Mientras se unían a la fila que se había formado delante de la puerta del aula de Snape,
Harry pensó que, sin embargo, Cho había ido por vol untad propia a hablar con él... Cho había
sido la novia de Cedric, y habría sido comprensible que odiara a Harry por haber salido con
vida del laberinto del Torneo de los tres magos, mi entras que Cedric había muerto; pero a
pesar de todo hablaba con él en un tono normal y am istoso, y no como si creyera que estaba
loco, que era un mentiroso o que en cierto modo era responsable de la muerte de su novio...
Sí, estaba claro que había ido a hablar con él porque había querido, y era la segunda vez que
lo hacía en dos días... Ese pensamiento le subió la moral. Ni siquiera el amenazador chirrido
que la puerta de la mazmorra de Snape hizo al abrir se consiguió que estallara la pequeña y
optimista burbuja que había crecido en su pecho. Entró en el aula detrás de Ron y Hermione,
los siguió hasta la mesa donde se sentaban siempre, al fondo, y fingió que no oía los sonidos
de irritación que ambos emitían.
—Silencio —ordenó Snape con voz cortante al cerrar la puerta tras él.
En realidad no había ninguna necesidad de que impus iera orden, pues en cuanto los
alumnos oyeron que la puerta se cerraba, se quedaron quietos y callados. Por lo general, la
sola presencia de Snape bastaba para imponer silencio en el aula.
—Antes de empezar la clase de hoy —dijo el profesor desde su mesa, abarcando con la

175 Por qué demonios la atacaste 176 ¿Atacarla? Yo no la ataqué, solo...

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
147
vista a todos los estudiantes y mirándolos fijamente—, creo conveniente recordaros que el
próximo mes de junio realizaréis un importante exam en en el que demostraréis cuánto habéis
aprendido sobre la composición y el uso de las pociones mágicas. Pese a que algunos alumnos
de esta clase son indudablemente imbéciles, espero que consigan un «Aceptable» en el TIMO
si no quieren... contrariarme. —Esa vez su mirada s e detuvo en Neville, que tragó saliva—.
Después de este curso, muchos de vosotros dejaréis de estudiar conmigo, por supuesto —
prosiguió Snape—. Yo sólo preparo a los mejores alumnos para el ÉXTASIS de Pociones, lo
cual significa que tendré que despedirme de algunos de los presentes.
Entonces miró a Harry y torció el gesto 177 . El muchacho le sostuvo la mirada y sintió un
sombrío placer ante la perspectiva de librarse de Pociones al acabar quinto.
—Pero antes de que llegue el feliz momento de la de spedida tenemos todo un año por
delante —anunció Snape melodiosamente—. Por ese mot ivo, tanto si pensáis presentaros al
ÉXTASIS como si no, os recomiendo que concentréis vuestros esfuerzos en mantener el alto
nivel que espero de mis alumnos de TIMO.
»Hoy vamos a preparar una poción que suele salir en el examen de Título Indispensable
de Magia Ordinaria 178 : el Filtro de Paz, una poción para calmar la ansie dad y aliviar el
nerviosismo. Pero os lo advierto: si no medís bien los ingredientes, podéis provocar un
profundo y a veces irreversible sueño a la persona que la beba, de modo que tendréis que
prestar mucha atención a lo que estáis haciendo. —H ermione, que estaba sentada a la
izquierda de Harry, se enderezó un poco; la expresi ón de su rostro denotaba una
concentración absoluta—. Los ingredientes y el método —continuó Snape, y agitó su varita—
están en la pizarra. —En ese momento aparecieron es critos—. Encontraréis todo lo que
necesitáis —volvió a agitar la varita— en el armario del material. —A continuación, la puerta
del mueble se abrió sola—. Tenéis una hora y media. Ya podéis empezar.
Como habían imaginado Harry, Ron y Hermione, Snape no podía haber elegido una
poción más difícil y complicada. Había que echar los ingredientes en el caldero en el orden y
las cantidades precisas; había que remover la mezcl a exactamente el número correcto de
veces, primero en el sentido de las agujas del reloj y luego en el contrario; y había que bajar
el fuego, sobre el que la pócima hervía lentamente, hasta que alcanzara los grados adecuados
durante un número determinado de minutos antes de a ñadir el último ingrediente.
—Ahora un débil vapor plateado debería empezar a sa lir de vuestra poción —advirtió
Snape cuando faltaban diez minutos para que concluyera el plazo.
Harry, que sudaba mucho, echó un vistazo alrededor de la mazmorra, desesperado. Su
caldero emitía grandes cantidades de vapor gris oscuro; el de Ron, por su parte, escupía
chispas verdes. Seamus intentaba avivar con la punta de la varita las llamas sobre las que
estaba colocado su caldero, pues amenazaban con apa garse. La superficie de la poción de
Hermione, en cambio, era una reluciente neblina de vapor plateado, y al pasar a su lado,
Snape acercó su ganchuda nariz al interior sin hacer ningún comentario, lo cual significaba que
no había encontrado nada que criticar.
Al llegar junto al caldero de Harry, sin embargo, S nape se detuvo y miró su contenido
con una espantosa sonrisa burlona en los labios.
—¿Qué se supone que es esto, Potter?
Los estudiantes de Slytherin que estaban sentados e n las primeras filas del aula
levantaron la cabeza, expectantes; les encantaba oír cómo Snape se burlaba de Harry.
—El Filtro de Paz —contestó el chico, muy tenso.
—Dime, Potter —repuso Snape con calma—, ¿sabes leer ?
Draco Malfoy no pudo contener la risa.

177 y frunció los labios 178 Una poción que suele pedirse en los exámenes

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
148
—Sí, sé leer —respondió Harry sujetando con fuerza su varita.
—Léeme la tercera línea de las instrucciones, Potter.
El muchacho miró la pizarra con los ojos entornados , pues no resultaba fácil descifrar las
instrucciones a través de la niebla de vapor multic olor que en ese instante llenaba la
mazmorra.
—«Añadir polvo de ópalo, remover tres veces en sentido contrario a las agujas del reloj,
dejar hervir a fuego lento durante siete minutos y luego añadir dos gotas de jarabe de
eléboro.»
Entonces se le cayó el alma a los pies. No había añadido el jarabe de eléboro y había
pasado a la cuarta línea de las instrucciones tras dejar hervir la poción a fuego lento durante
siete minutos.
—¿Has hecho todo lo que se especifica en la tercera línea, Potter?
—No —contestó él en voz baja.
—¿Perdón?
—No —repitió Harry elevando la voz—. Me he olvidado del eléboro.
—Ya lo sé, Potter, y eso significa que este brebaje no sirve para nada. ¡Evanesco! —La
pócima de Harry desapareció y él se quedó plantado como un idiota junto a un caldero vacío—.
Los que hayáis conseguido leer las instrucciones, l lenad una botella con una muestra de
vuestra poción, etiquetadla claramente con vuestro nombre y dejadla en mi mesa para que yo
la examine —indicó luego Snape—. Deberes: treinta c entímetros de pergamino sobre las
propiedades del ópalo y sus usos en la fabricación de pociones, para entregar el jueves.
Mientras los otros estudiantes llenaban sus botella s, Harry, muerto de rabia, recogió sus
cosas. Su poción no era peor que la de Ron, que aho ra desprendía un desagradable olor a
huevos podridos; ni peor que la de Neville, que había adquirido la consistencia del cemento
recién mezclado, y que el muchacho intentaba arranc ar de su caldero; y, sin embargo, era él,
Harry, quien recibiría un cero. Guardó la varita en su mochila y se dejó caer en el asiento
mientras observaba a los demás, que desfilaban haci a la mesa de Snape con sus botellas
llenas y tapadas con corchos. Cuando por fin sonó la campana, Harry fue el primero en salir de
la mazmorra, y ya había empezado a comer cuando Ron y Hermione se reunieron con él en el
Gran Comedor. El techo se había puesto de un gris t odavía más oscuro a lo largo de la
mañana. La lluvia golpeaba las altas ventanas.
—¡Qué injusto! —exclamó Hermione intentando consolar a Harry. Luego se sentó a su
lado y empezó a servirse pudin 179 de carne y patatas—. Tu poción era mucho mejor que la de
Goyle; cuando la puso en la botella, el cristal estalló y le prendió fuego a la túnica.
—Ya, pero ¿desde cuándo Snape es justo conmigo? —di jo Harry sin apartar la vista de su
plato.
Nadie contestó, pues los tres sabían perfectamente que la enemistad mutua que había
entre Snape y Harry había sido absoluta desde el mo mento en que éste puso un pie en
Hogwarts.
—Yo creía que este año se comportaría un poco mejor —comentó Hermione con pesar—.
Ya sabéis... —miró alrededor, vigilante; había media docena de asientos vacíos a ambos lados,
y nadie pasaba cerca de la mesa—, ahora que ha entr ado en la Orden y eso.
—Las manchas de los hongos venenosos nunca cambian 180 —sentenció Ron sabiamente—
. En fin, yo siempre he pensado que Dumbledore está loco por confiar en Snape. ¿Qué pruebas
tiene de que dejara de trabajar en realidad para Quien-vosotros-sabéis?

179 Budín 180 Los hongos venenosos nunca cambian

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
149
—Supongo que Dumbledore debe de tener pruebas de sobra, aunque no las comparta
contigo, Ron —le espetó Hermione.
—¿Queréis parar de una vez? —dijo Harry con fastidio al ver que Ron abría la boca para
replicar. Hermione y Ron se quedaron callados, con aire enfadado y ofendido—. ¿Tenéis que
estar siempre igual? No paráis de chincharos el uno al otro 181 , estáis volviéndome loco —
añadió, y apartó su pudin de carne y patatas, se colgó la mochila del hombro y los dejó allí
plantados.
Subió de dos en dos los escalones de la escalinata de mármol, cruzándose con los
alumnos que bajaban corriendo a comer. Todavía sent ía aquella rabia que había surgido
inesperadamente en su interior, pero al ver las caras de asombro de sus amigos había
experimentado una profunda satisfacción.
«Les está bien empleado 182 —pensó—. Siempre están como el perro y el gato... No lo
soporto.»
Entonces llegó al rellano donde estaba colgado el retrato del caballero sir Cadogan, quien
desenvainó su espada y la blandió, exaltado, contra Harry, pero éste no le hizo caso.
—¡Ven aquí, perro sarnoso! ¡Ponte en guardia y pele a! —gritó sir Cadogan con una voz
amortiguada por la visera, pero Harry siguió caminando, y cuando el caballero intentó seguirlo
trasladándose al cuadro de al lado, su ocupante, un corpulento y fiero hombre lobo, lo
rechazó.
Harry pasó el resto de la hora de la comida solo, sentado bajo la trampilla 183 que había
en lo alto de la torre norte. Por eso fue el primer o en subir por la escalerilla de plata que
conducía al aula de Sybill Trelawney cuando sonó la campana.
Después de Pociones, Adivinación era la asignatura que menos le gustaba a Harry,
debido sobre todo a la costumbre de la profesora Trelawney de vaticinar, de vez en cuando,
que él moriría prematuramente. Era una mujer delgad a, envuelta siempre en varios chales y
con muchos collares de cuentas; a Harry le recordaba a una especie de insecto por las gruesas
gafas que llevaba, que aumentaban de tamaño sus ojo s. Cuando Harry entró en el aula, ella
estaba ocupada repartiendo unos viejos libros, encuadernados en cuero, por las mesitas de
finas patas que llenaban desordenadamente la habita ción; pero la luz que proyectaban las
lámparas cubiertas con pañuelos, y la del fuego de la chimenea, que ardía con lentitud y
desprendía un desagradable olor, era tan tenue que pareció que la profesora Trelawney no se
había dado cuenta de que Harry se sentaba en la pen umbra. Los demás alumnos llegaron al
cabo de unos cinco minutos. Ron entró por la trampilla, miró con detenimiento a su alrededor,
vio a Harry y fue derecho hacia él, o todo lo derecho que pudo, pues tuvo que abrirse camino
entre las mesas, las sillas y los abultados pufs.
—Hermione y yo ya hemos dejado de pelearnos —asegur ó al sentarse junto a su amigo.
—Me alegro —gruñó Harry.
—Pero Hermione dice que le gustaría que dejaras de descargar tu mal humor sobre
nosotros —añadió Ron.
—Yo no...
—Sólo te repito lo que ella me ha dicho —aclaró Ron sin dejar que Harry acabara—. Pero
creo que tiene razón. Nosotros no tenemos la culpa de cómo te traten Seamus o Snape.
—Yo nunca he dicho que...
—Buenos días —saludó la profesora Trelawney con su sutil y etérea voz, y Harry se
interrumpió; volvía a estar enfadado y un poco avergonzado a la vez—. Y bienvenidos de
nuevo a Adivinación. Como es lógico, durante las vacaciones he ido siguiendo con atención

181 ¿Tienen que pelearse todo el tiempo? No paran de pro vocarse el uno al otro 182 Se lo merecen 183 Bajo la puerta trampa

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
150
vuestras peripecias, y me alegro mucho de ver que habéis regresado todos sanos y salvos a
Hogwarts, como yo, evidentemente, ya sabía que sucedería.
»Encima de las mesas encontraréis vuestros ejemplar es de El oráculo de los sueños, de
Inigo Imago. La interpretación de los sueños es un medio importantísimo de adivinar el futuro,
y es muy probable que ese tema aparezca en vuestro examen de TIMO. No es que crea que
los aprobados o los suspensos en los exámenes tengan ni la más remota relevancia cuando se
trata del sagrado arte de la adivinación, porque si tenéis el Ojo que Ve 184 , los títulos y los
certificados importan muy poco. Con todo, el director quiere que hagáis el examen, así que...
Su frase quedó en suspenso, y los alumnos comprendi eron que la profesora Trelawney
consideraba que su asignatura estaba muy por encima de asuntos tan insignificantes como los
exámenes.
—Abrid el libro por la introducción, por favor, y leed lo que Imago dice sobre el tema de
la interpretación de los sueños. Luego sentaos en p arejas y utilizad el libro para interpretar los
sueños más recientes de vuestro compañero. Podéis e mpezar.
Lo único bueno que tenía aquella clase era que no d uraría dos horas. Cuando todos
terminaron de leer la introducción del libro, apenas les quedaban diez minutos para la
interpretación de los sueños. En la mesa contigua a la de Harry y Ron, Dean había formado
pareja con Neville, quien de inmediato emprendió un denso relato de una pesadilla en la que
aparecían unas tijeras gigantes que se habían puesto el mejor sombrero de su abuela; Harry y
Ron se limitaron a mirarse con desánimo.
—Yo nunca me acuerdo de lo que sueño —dijo Ron—. Cu éntame tú algún sueño que
hayas tenido.
—Seguro que recuerdas alguno —replicó Harry con impaciencia.
El no pensaba compartir sus sueños con nadie. Sabía perfectamente qué significaba su
recurrente pesadilla sobre el cementerio; no necesitaba que Ron, la profesora Trelawney o ese
estúpido libro se lo explicara.
—Bueno, la otra noche soñé que jugaba al quidditch —confesó Ron haciendo muecas
mientras intentaba rescatar aquel sueño de su memoria—. ¿Qué crees que significa?
—Pues que te va a comer un malvavisco gigante, o al go así —sugirió Harry mientras
pasaba distraídamente las páginas de El oráculo de los sueños.
Buscar fragmentos de sueños en el libro era un trab ajo aburridísimo, y a Harry no le hizo
ninguna gracia que la profesora Trelawney les manda ra escribir durante un mes un diario de
los sueños que tenían. Cuando sonó la campana, Harr y y Ron fueron los primeros en salir del
aula y bajar la escalera; Ron gruñía sin parar.
—¿Te das cuenta de la cantidad de deberes que tenem os ya? Binns nos ha puesto una
redacción de medio metro sobre las guerras de los gigantes; Snape quiere que le entreguemos
otra de treinta centímetros sobre las propiedades y los usos del ópalo; ¡y ahora Trelawney nos
manda redactar un diario de sueños durante un mes! Fred y George no andaban equivocados
sobre el año de los TIMOS, ¿no crees? Espero que la profesora Umbridge no nos ponga...
Cuando entraron en el aula de Defensa Contra las Ar tes Oscuras, la profesora Umbridge
ya estaba sentada en su sitio. Llevaba la suave y esponjosa chaqueta de punto de color rosa
que había lucido la noche anterior, y el lazo de terciopelo negro en la cabeza. A Harry volvió a
recordarle a una gran mosca posada imprudentemente en la cabeza de un sapo aún más
descomunal.
Los alumnos guardaron silencio en cuanto entraron en el aula; la profesora Umbridge
todavía era un elemento desconocido y nadie sabía l o estricta que podía ser a la hora de
imponer disciplina.
—¡Buenas tardes a todos! —saludó a los alumnos cuando por fin éstos se sentaron. Unos

184 El ojo visor

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
151
cuantos respondieron con un tímido «Buenas tardes»—. ¡Ay, ay, ay! —exclamó—. ¿Así saludáis
a vuestra profesora? Me gustaría oíros decir: «Buenas tardes, profesora Umbridge.» Volvamos
a empezar, por favor. ¡Buenas tardes a todos!
—Buenas tardes, profesora Umbridge —gritó la clase.
—Eso está mucho mejor —los felicitó con dulzura—. ¿ A que no ha sido tan difícil?
Guardad las varitas y sacad las plumas, por favor.
Unos cuantos alumnos intercambiaron miradas lúgubres; hasta entonces la orden de
guardar las varitas nunca había sido el preámbulo de una clase que hubieran considerado
interesante. Harry metió su varita en la mochila y sacó la pluma, la tinta y el pergamino. La
profesora Umbridge abrió su bolso, sacó su varita, que era inusitadamente corta, y dio unos
golpecitos en la pizarra con ella; de inmediato, aparecieron las siguientes palabras:

Defensa Contra las Artes Oscuras:
regreso a los principios básicos

—Muy bien, hasta ahora vuestro estudio de esta asig natura ha sido muy irregular y
fragmentado, ¿verdad? —afirmó la profesora Umbridge volviéndose hacia la clase con las
manos entrelazadas frente al cuerpo—. Por desgracia, el constante cambio de profesores,
muchos de los cuales no seguían, al parecer, ningún programa de estudio aprobado por el
Ministerio, ha hecho que estéis muy por debajo del nivel que nos gustaría que alcanzarais en el
año del TIMO. Sin embargo, os complacerá saber que ahora vamos a rectificar esos errores.
Este año seguiremos un curso sobre magia defensiva cuidadosamente estructurado, basado en
la teoría y aprobado por el Ministerio. Copiad esto, por favor.
Volvió a golpear la pizarra y el primer mensaje des apareció y fue sustituido por los
«Objetivos del curso».




1. Comprender los principios en que se basa la magia defensiva.
2. Aprender a reconocer las situaciones en las que se puede emplear legalmente la
magia defensiva.
3. Analizar en qué contextos es oportuno el uso de la magia defensiva.

Durante un par de minutos en el aula sólo se oyó el rasgueo de las plumas sobre el
pergamino. Cuando los alumnos copiaron los tres obj etivos del curso de la profesora
Umbridge, ésta preguntó:
—¿Tenéis todos un ejemplar de Teoría de defensa mágica, de Wilbert Slinkhard? —Un
sordo murmullo de asentimiento recorrió la clase—. Creo que tendremos que volver a
intentarlo —dijo la profesora Umbridge—. Cuando os haga una pregunta, me gustaría que
contestarais «Sí, profesora Umbridge», o «No, profesora Umbridge». Veamos: ¿tenéis todos
un ejemplar de Teoría de defensa mágica, de Wilbert Slinkhard?
—Sí, profesora Umbridge —contestaron los alumnos al unísono.
—Estupendo. Quiero que abráis el libro por la página cinco y leáis el capítulo uno, que se
titula «Conceptos elementales para principiantes». En silencio, por favor.
La profesora Umbridge se apartó de la pizarra 185 y se sentó en la silla, detrás de su
mesa, observándolos atentamente con aquellos ojos d e sapo con bolsas. Harry abrió su
ejemplar de Teoría de defensa mágica por la página cinco y empezó a leer.

185 Del pizarrón

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
152
Era extremadamente aburrido, casi tanto como escuchar al profesor Binns. El muchacho
notó que le fallaba la concentración, pues al poco rato se dio cuenta de que había leído la
misma línea media docena de veces sin entender nada más que las primeras palabras. Pasaron
unos silenciosos minutos. A su lado, Ron, distraído, giraba la pluma una y otra vez entre los
dedos con los ojos clavados en un punto de la págin a. Harry miró hacia su derecha y se llevó
una sorpresa que lo sacó de su letargo. Hermione ni siquiera había abierto su ejemplar de
Teoría de defensa mágica y estaba mirando fijamente a la profesora Umbridge co n una mano
levantada.
Pero pasados unos minutos más, Harry dejó de ser el único que observaba a Hermione.
El capítulo que les habían ordenado leer era tan tedioso que muchos alumnos optaban por
contemplar el mudo intento de Hermione de captar la atención de la profesora Umbridge, en
lugar de seguir adelante con la lectura de los «Conceptos elementales para principiantes».
Cuando más de la mitad de la clase miraba a Hermion e en vez de leer el libro, la
profesora Umbridge decidió que ya no podía continuar ignorando aquella situación.
—¿Quería hacer alguna pregunta sobre el capítulo, querida? —le dijo a Hermione como si
acabara de reparar en ella.
—No, no es sobre el capítulo.
—Ahora estamos leyendo —repuso la profesora Umbridg e mostrando sus pequeños y
puntiagudos dientes—. Si tiene usted alguna duda podemos solucionarla al final de la clase.
—Tengo una duda sobre los objetivos del curso —acla ró Hermione.
La profesora arqueó las cejas.
—¿Cómo se llama, por favor?
—Hermione Granger.
—Mire, señorita Granger, creo que los objetivos del curso están muy claros si los lee
atentamente —dijo la profesora Umbridge con decisión y un deje 186 de dulzura.
—Pues yo creo que no —soltó Hermione sin miramiento s—. Ahí no dice nada sobre la
práctica de los hechizos defensivos.
Se produjo un breve silencio durante el cual muchos miembros de la clase giraron la
cabeza y se quedaron mirando con el entrecejo fruncido los objetivos del curso, que seguían
escritos en la pizarra.
—¿La práctica de los hechizos defensivos? —repitió la profesora Umbridge con una
risita—. Verá, señorita Granger, no me imagino que en mi aula pueda surgir ninguna situación
que requiera la práctica de un hechizo defensivo po r parte de los alumnos. Supongo que no
espera usted ser atacada durante la clase, ¿verdad?
—¡¿Entonces no vamos a usar la magia?! —exclamó Ron en voz alta.
—Por favor, levante la mano si quiere hacer algún comentario durante mi clase, señor...
—Weasley —dijo Ron, y levantó una mano.
La profesora Umbridge, con una amplia sonrisa en lo s labios, le dio la espalda. Harry y
Hermione levantaron también las manos inmediatament e. La profesora Umbridge miró un
momento a Harry con sus ojos saltones antes de dirigirse de nuevo a Hermione.
—¿Sí, señorita Granger? ¿Quiere preguntar algo más?
—Sí —contestó ella—. Es evidente que el único propó sito de la asignatura de Defensa
Contra las Artes Oscuras es practicar los hechizos defensivos, ¿no es así?
—¿Acaso es usted una experta docente preparada en e l Ministerio, señorita Granger? —le

186 Dejo

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
153
preguntó la profesora Umbridge con aquella voz falsamente dulce.
—No, pero...
—Pues entonces me temo que no está cualificada 187 para decidir cuál es el «único
propósito» de la asignatura que imparto. Magos much o mayores y más inteligentes que usted
han diseñado nuestro nuevo programa de estudio. Apr enderán los hechizos defensivos de
forma segura y libre de riesgos...
—¿De qué va a servirnos eso? —inquirió Harry en voz alta—. Si nos atacan, no va a ser
de forma...
—¡La mano, señor Potter! —canturreó la profesora Umbridge.
Harry levantó un puño. Una vez más, la profesora Um bridge le dio rápidamente la
espalda, pero otros alumnos también habían levantado la mano.
—¿Su nombre, por favor? —le preguntó la bruja a Dea n.
—Dean Thomas.
—¿Y bien, señor Thomas?
—Bueno, creo que Harry tiene razón. Si nos atacan, no vamos a estar libres de riesgos.
—Repito —dijo la profesora Umbridge, que miraba a D ean sonriendo de una forma muy
irritante—: ¿espera usted ser atacado durante mis clases?
—No, pero...
La profesora Umbridge no le dejó acabar:
—No es mi intención criticar el modo en que se han hecho hasta ahora las cosas en este
colegio —explicó con una sonrisa poco convincente, estirando aún más su ancha boca—, pero
en esta clase han estado ustedes dirigidos por algunos magos muy irresponsables, sumamente
irresponsables; por no mencionar —soltó una desagra dable risita— a algunos híbridos
peligrosos en extremo...
—Si se refiere al profesor Lupin —saltó Dean, enojado—, era el mejor que jamás...
—¡La mano, señor Thomas! Como iba diciendo, los han iniciado en hechizos demasiado
complejos e inapropiados para su edad, y letales en potencia. Los han asustado y les han
hecho creer que podrían ser víctimas de ataques de las fuerzas oscuras en cualquier
momento...
—Eso no es cierto —la interrumpió Hermione—. Sólo nos...
—¡No ha levantado la mano, señorita Granger!
Hermione la levantó y la profesora Umbridge le dio la espalda.
—Tengo entendido que mi predecesor no sólo realizó maldiciones ilegales delante de
ustedes, sino que incluso las realizó con ustedes.
—Bueno, resultó que era un maniaco, ¿no? —terció Dean acaloradamente—. Y aun así,
aprendimos muchísimo con él.
—¡No ha levantado la mano, señor Thomas! —gorjeó la profesora Umbridge—. Bueno, el
Ministerio opina que un conocimiento teórico será más que suficiente para que aprueben el
examen; y al fin y al cabo para eso es para lo que vienen ustedes al colegio. ¿Su nombre? —
añadió mirando a Parvati, que acababa de levantar la mano.
—Parvati Patil. Pero ¿no hay una parte práctica en el TIMO de Defensa Contra las Artes
Oscuras? ¿No se supone que tenemos que demostrar qu e sabemos hacer las

187 Calificada

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
154
contramaldiciones 188 y esas cosas?
—Si habéis estudiado bien la teoría, no hay ninguna razón para que no podáis realizar los
hechizos en el examen, en una situación controlada —explicó la profesora Umbridge quitándole
importancia al asunto.
—¿Sin haberlos practicado de antemano? —preguntó Pa rvati con incredulidad—.
¿Significa eso que no vamos a hacer los hechizos hasta el día del examen?
—Repito, si habéis estudiado bien la teoría...
—¿Y de qué nos va a servir la teoría en la vida rea l? —intervino de pronto Harry, que
había vuelto a levantar el puño.
La profesora Umbridge lo miró y dijo:
—Esto es el colegio, señor Potter, no la vida real.
—¿Acaso no se supone que estamos preparándonos para lo que nos espera fuera del
colegio?
—No hay nada esperando fuera del colegio, señor Potter.
—¿Ah, no? —insistió Harry. La rabia que sentía, que parecía haber estado borboteando
ligeramente durante todo el día, estaba alcanzando el punto de ebullición.
—¿Quién iba a querer atacar a unos niños como usted es? —preguntó la profesora
Umbridge con un exageradísimo tono meloso.
—Humm, a ver... —respondió Harry fingiendo reflexionar—. ¿Quizá... lord Voldemort?
Ron contuvo la respiración, Lavender Brown soltó un grito y Neville resbaló hacia un lado
del banco. La profesora Umbridge, sin embargo, ni s iquiera se inmutó: simplemente miró a
Harry con un gesto de rotunda satisfacción en la cara.
—Diez puntos menos para Gryffindor, señor Potter —d ijo, y los alumnos se quedaron
callados e inmóviles observando tanto a la profesora Umbridge como a Harry—. Y ahora,
permítanme aclarar algunas cosas. —La profesora Umb ridge se puso en pie y se inclinó hacia
ellos con las manos de dedos regordetes abiertas y apoyadas en la mesa—. Les han contado
que cierto mago tenebroso ha resucitado...
—¡No estaba muerto —la corrigió un Harry furioso—, pero sí, ha regresado!
—Señor-Potter-ya-ha-hecho-perder-diez-puntos-a-su-c asa-no-lo-estropee-más —recitó
la profesora de un tirón y sin mirar a Harry—. Como iba diciendo, les han informado de que
cierto mago tenebroso vuelve a estar suelto. Pues bien, eso es mentira.
—¡No es mentira! —la contradijo Harry—. ¡Yo lo vi c on mis propios ojos! ¡Luché contra él!
—¡Castigado, señor Potter! —exclamó entonces la pro fesora Umbridge, triunfante—.
Mañana por la tarde. A las cinco. En mi despacho. Repito, eso es mentira. El Ministerio de la
Magia garantiza que no están ustedes bajo la amenaz a de ningún mago tenebroso. Si alguno
todavía está preocupado, puede ir a verme fuera de las horas de clase. Si alguien está
asustándolos con mentiras sobre magos tenebrosos re sucitados, me gustaría que me lo
contara. Estoy aquí para ayudar. Soy su amiga. Y ahora, ¿serán tan amables de continuar con
la lectura? Página cinco, «Conceptos elementales para principiantes».
Y tras pronunciar esas palabras la profesora Umbrid ge se sentó. Harry, en cambio, se
levantó. Todos lo miraban expectantes, y Seamus parecía sentirse entre aterrado y fascinado.
—¡No, Harry! —le advirtió Hermione con un susurro m ientras le tiraba de la manga; pero
su amigo dio un tirón del brazo para soltarse.
—Entonces, según usted, Cedric Diggory se cayó muer to porque sí, ¿verdad? —dijo Harry

188 Contrahechizos

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
155
con voz temblorosa.
Todo el mundo contuvo la respiración, pues ningún alumno salvo Ron y Hermione había
oído hablar a Harry sobre lo sucedido la noche en q ue murió Cedric. Ávidos de noticias,
miraron a Harry y luego a la profesora Umbridge, que había arqueado las cejas y observaba al
muchacho muy atenta, sin rastro de una sonrisa forzada en los labios.
—La muerte de Cedric Diggory fue un trágico acciden te —afirmó con tono cortante.
—Fue un asesinato —le discutió Harry, que entonces se dio cuenta de que estaba
temblando. No había hablado con casi nadie de aquel tema, y menos aún con treinta
compañeros de clase que escuchaban ansiosos—. Lo mató Voldemort, y usted lo sabe.
El rostro de la profesora Umbridge no denotaba expresión alguna. Durante un momento
Harry creyó que iba a gritarle, pero ella, con la más suave y dulce voz infantil, dijo:
—Venga aquí, señor Potter.
Harry apartó su silla de una patada, dio unas cuant as zancadas, pasando al lado de Ron
y de Hermione, y se acerco a la mesa de la profesor a. Era consciente de que el resto de la
clase seguía conteniendo la respiración, pero estaba tan furioso que no le importaba lo que
pudiera ocurrir.
La profesora Umbridge sacó de su bolso un pequeño r ollo de pergamino rosa, lo extendió
sobre la mesa, mojó la pluma en un tintero y empezó a escribir encorvada sobre él para que
Harry no viera lo que ponía. Nadie decía nada.
Aproximadamente después de un minuto, la profesora enrolló el pergamino, que, al
recibir un golpe de su varita mágica, quedó sellado a la perfección para que Harry no pudiera
abrirlo.
—Lleve esto a la profesora McGonagall, haga el favo r —le ordenó la profesora Umbridge
tendiéndole la nota.
Harry la cogió sin decir nada, salió del aula sin mirar siquiera a Ron y a Hermione y cerró
de un portazo. Echó a andar a buen ritmo por el pas illo, con la nota para la profesora
McGonagall fuertemente agarrada con una mano; al doblar una esquina tropezó con Peeves, el
poltergeist, un hombrecillo con boca de pato 189 que flotaba en el aire, boca arriba, haciendo
malabarismos con unos tinteros.
—¡Hombre, pero si es Potter pipí en el pote! —dijo Peeves riendo con voz aguda al
mismo tiempo que dejaba caer al suelo dos de los tinteros, que se rompieron y salpicaron las
paredes; Harry se apartó de un brinco y le gruñó:
—Déjame, Peeves.
—¡Oh! El chiflado está de mal humor —replicó el poltergeist, y se puso a perseguir a
Harry por el pasillo, sonriendo burlonamente mientr as volaba por encima de él—. ¿Qué ha
pasado esta vez, Potty, amigo mío? ¿Has oído voces? ¿Has tenido visiones? ¿Te has puesto a
hablar en... —Peeves hizo una gigantesca pedorreta— idiomas raros?
—¡Te he dicho que me dejes en paz! —gritó el chico, y echó a correr hacia la escalera
más cercana; pero Peeves, impasible, se tumbó sobre la barandilla y se deslizó por ella,
siguiéndolo.
—«Ladra el pequeño chiflado / porque está malhumorado. / Los más clementes opinan /
que sólo está un poco amargado. / Pero Peeves os asegura / que es un perturbado...»
—¡Cállate!
Entonces se abrió una puerta en la pared de la izquierda y la profesora McGonagall salió
de su despacho con aire severo y un tanto nervioso.

189 Boca ancha

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
156
—¿Qué demonios significan esos gritos, Potter? —le espetó mientras Peeves reía
socarronamente y se alejaba volando a toda velocidad—. ¿Por qué no estás en clase?
—Me han enviado a verla —le explicó Harry en un ton o glacial.
—¿Enviado? ¿Qué quiere decir que te han enviado?
Como respuesta le tendió la nota de la profesora Um bridge. La profesora McGonagall,
frunciendo el entrecejo, cogió el rollo de pergamino, lo abrió con un golpe de su varita, lo
desenrolló y empezó a leer. Detrás de sus cuadradas gafas, sus ojos recorrían el pergamino
rápidamente y con cada línea se estrechaban más.
—Pasa, Potter. —Harry la siguió a su despacho, cuya puerta se cerró automáticamente
detrás de él—. ¿Y bien? —dijo la profesora McGonagall, volviéndose hacia Harry—. ¿Es verdad?
—¿Si es verdad qué? —preguntó él con un tono mucho más agresivo de lo que era su
intención—... profesora —añadió en un intento de suavizar su primera reacción.
—¿Es verdad que has gritado a la profesora Umbridge ?
—Sí.
—¿La has llamado mentirosa?
—Sí.
—¿Le has dicho que El-que-no-debe-ser-nombrado 190 ha vuelto?
—Sí.
La profesora McGonagall se sentó detrás de su mesa y se quedó mirando a Harry con el
entrecejo fruncido. Tras una pausa, dijo:
—Coge 191 una galleta, Potter.
—Que coja 192 ... ¿qué?
—Coge una galleta —repitió ella con impaciencia señ alando una lata de cuadros
escoceses que había sobre uno de los montones de papeles de su mesa—. Y siéntate.
En ese momento Harry recordó aquella otra ocasión en que, en lugar de castigarlo con la
palmeta 193 , la profesora McGonagall lo había incluido en el equipo de quidditch de Gryffindor.
El muchacho se sentó en una silla delante de la mes a y cogió un tritón de jengibre, tan
desconcertado y despistado como aquella vez.
La profesora McGonagall dejó la nota de la profesora Umbridge sobre la mesa y miró con
seriedad a Harry.
—Debes tener cuidado, Potter.
Harry se tragó el trozo de tritón de jengibre y la miró a los ojos. El tono de voz de la
profesora McGonagall no se parecía en nada al que é l estaba acostumbrado a oír; no era
enérgico, seco y severo, sino lento y angustiado, y mucho más humano de lo habitual.
—La mala conducta en la clase de Dolores Umbridge p odría costarte mucho más que un
castigo y unos puntos menos para Gryffindor.
—¿Qué quiere...?
—Utiliza el sentido común, Potter —lo atajó la prof esora McGonagall, y volvió
rápidamente al tono al que tenía acostumbrados a sus alumnos—. Ya sabes de dónde viene, y

190 El Innombrable 191 Sírvete 192 Que me sirva 193 En lugar de castigarlo

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
157
por lo tanto también debes saber bajo las órdenes de quién está.
En ese instante sonó la campana que señalaba el fin al de la clase. Por todas partes se oía
el ruido de cientos de alumnos que se movilizaban como una manada de elefantes.
—Aquí dice que te ha impuesto un castigo todas las tardes de esta semana, y que
empezarás mañana —prosiguió la profesora McGonagall , y miró de nuevo la nota de la
profesora Umbridge.
—¡Todas las tardes de esta semana! —repitió Harry, horrorizado—. Pero profesora, ¿no
podría usted...?
—No, no puedo —dijo la profesora McGonagall con rotundidad.
—Pero...
—Ella es tu profesora y tiene derecho a castigarte. Debes ir a su despacho mañana a las
cinco en punto para recibir el primer castigo. Y recuerda: ándate con cuidado cuando estés con
Dolores Umbridge.
—Pero ¡si yo sólo he dicho la verdad! —protestó Har ry, indignado—. Voldemort ha
regresado, usted lo sabe; el profesor Dumbledore también lo sabe...
—¡Por favor, Potter! —lo interrumpió la profesora M cGonagall con enojo, colocándose
bien las gafas, pues había hecho una mueca espantos a al oír el nombre de Voldemort—. ¿De
verdad crees que esto es una cuestión de verdades o mentiras? ¡Lo que tienes que hacer es
mantenerte al margen y controlar tu temperamento!
La mujer se levantó, con las aletas de la nariz dilatadas y los labios muy apretados, y
Harry también.
—Coge otra galleta —dijo la profesora McGonagall co n irritación acercándole la lata.
—No, gracias —repuso Harry fríamente.
—No seas ridículo —le espetó ella.
Entonces el muchacho cogió una galleta y dijo a regañadientes:
—Gracias.
—¿No oíste el discurso de Dolores Umbridge en el ba nquete de bienvenida, Potter?
—Sí. Sí, dijo que... iban a prohibir el progreso o... Bueno, lo que quería decir era que... el
Ministerio de la Magia intenta inmiscuirse en Hogwa rts.
La profesora McGonagall se quedó mirándolo un momen to; luego resopló, pasó por el
lado de su mesa y le abrió la puerta a Harry.
—Bueno, me alegra saber que al menos escuchas a Her mione Granger —comentó
haciéndole señas para que saliera de su despacho.

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
158

13
Castigo con Dolores


Aquella noche, la cena en el Gran Comedor no fue un a experiencia agradable para Harry.
La noticia de su enfrentamiento a gritos con la profesora Umbridge se había extendido a una
velocidad increíble, contrariamente a lo que solía suceder en Hogwarts. Mientras comía,
sentado entre Ron y Hermione, Harry oía cuchicheos a su alrededor. Lo más curioso era que a
ninguno de los que susurraban parecía importarle qu e Harry se enterara de lo que estaban
diciendo de él. Más bien al contrario: era como si estuvieran deseando que se enfadara y se
pusiera a gritar otra vez, para poder escuchar su historia directamente.
—Dice que vio cómo asesinaban a Cedric Diggory...
—Asegura que se batió en duelo con Quien-tú-sabes.. .
—Anda ya 194 ...
—¿Nos toma por idiotas?
—Yo no me creo nada...
—Lo que no entiendo —comentó Harry con voz trémula, dejando el cuchillo y el tenedor,
pues le temblaban demasiado las manos para sujetarl os con firmeza— es por qué todos
creyeron la historia hace dos meses, cuando se la contó Dumbledore...
—Verás, Harry, no estoy tan segura de que la creyer an —replicó Hermione con
desánimo—. ¡Vamos, larguémonos de aquí!
Ella dejó también sus cubiertos sobre la mesa; Ron, apenado, echó un último vistazo a la
tarta de manzana que no se había terminado y los si guió. Los demás alumnos no les quitaron
el ojo de encima hasta que salieron del comedor.
—¿Qué quieres decir con eso de que no estás segura de que creyeran a Dumbledore? —
le preguntó Harry a Hermione cuando llegaron al rellano del primer piso.
—Mira, tú no entiendes cómo se vivió eso aquí —inte ntó explicar Hermione—. Apareciste
en medio del jardín con el cadáver de Cedric en brazos... Ninguno de nosotros había visto lo
que había ocurrido en el laberinto... No teníamos más pruebas que la palabra de Dumbledore
de que Quien-tú-sabes había regresado, había matado a Cedric y había peleado contigo.
—¡Es la verdad!
—Ya lo sé, Harry, así que, por favor, deja de echar me la bronca 195 —dijo Hermione
cansinamente—. Lo que pasa es que la gente se march ó a casa de vacaciones antes de que
pudiera asimilar la verdad, y ha estado dos meses leyendo que tú estás chiflado y que
Dumbledore chochea.
La lluvia golpeaba los cristales de las ventanas mientras ellos avanzaban por los
desiertos pasillos hacia la torre de Gryffindor. Harry tenía la impresión de que su primer día
había durado una semana, pero todavía debía hacer u na montaña de deberes antes de
acostarse. Empezaba a notar un dolor débil y pulsante sobre el ojo derecho. Cuando entraron
en el pasillo de la Señora Gorda, miró por una de l as mojadas ventanas y contempló los
oscuros jardines. Seguía sin haber luz en la cabaña de Hagrid.

194 En serio... 195 Deja de enojarte conmigo

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
159
—¡Mimbulus mimbletonia! —dijo Hermione antes de que la Señora Gorda tuviera ocasión
de pedirles la contraseña. El retrato se abrió, dejó ver la abertura que había detrás, y los tres
se metieron por ella.
La sala común estaba casi vacía; la mayoría seguía abajo, cenando. Crookshanks, que
descansaba enroscado en una butaca, se levantó y fu e a recibirlos ronroneando, y cuando
Harry, Ron y Hermione se sentaron en sus tres butacas favoritas junto al fuego, saltó con
agilidad al regazo de su dueña y se acurrucó allí como si fuera un peludo cojín de color rojo
anaranjado. Harry, agotado, se quedó contemplando l as llamas.
—¿Cómo es posible que Dumbledore haya permitido que pase esto? —gritó de pronto
Hermione, sobresaltando a sus amigos; Crookshanks pegó un brinco y bajó al suelo con aire
ofendido. Hermione golpeó, furiosa, los reposabrazo s de su butaca, y por los agujeros salieron
trozos de relleno—. ¿Cómo puede permitir que esa mu jer infame nos dé clase? ¡Y en el año de
los TIMOS, por si fuera poco!
—Bueno, la verdad es que nunca hemos tenido muy bue nos profesores de Defensa
Contra las Artes Oscuras, ¿no? —observó Harry—. Ya sabes lo que pasa, nos lo contó Hagrid:
nadie quiere ese empleo porque dicen que está gafado 196 .
—¡Ya, pero contratar a alguien que se niega explícitamente a dejarnos hacer magia!... ¿A
qué juega Dumbledore?
—Y pretende que hagamos de espías para ella —terció Ron, deprimido—. ¿Os acordáis de
que ha dicho que fuéramos a verla si oíamos a algui en decir que Quien-vosotros-sabéis ha
regresado?
—Pues claro que está aquí para espiarnos, eso es obvio. ¿Con qué otro motivo la habría
enviado Fudge a Hogwarts? —saltó Hermione.
—No empecéis a discutir otra vez —intervino Harry, harto, al ver que Ron abría la boca
para responder a Hermione—. ¿Por qué no podemos...? Hagamos los deberes, a ver si nos los
quitamos de encima...
Recogieron sus mochilas, que estaban en un rincón, y volvieron a las butacas, junto al
fuego. En ese momento comenzaban a llegar alumnos q ue regresaban después de cenar.
Harry evitaba dirigir la vista hacia la abertura del retrato, pero aun así era consciente de que
atraía las miradas de sus compañeros.
—¿Qué os parece si empezamos por los de Snape? -pro puso Ron mojando su pluma en el
tintero—. «Las propiedades... del ópalo... y sus usos... en la fabricación de pociones...» —
murmuró mientras escribía las palabras en la parte superior del pergamino. Subrayó el título,
miró expectante a Hermione y añadió—: A ver, ¿cuále s son las propiedades del ópalo y sus
usos en la fabricación de pociones?
Pero Hermione no lo escuchaba, pues miraba entornando los ojos hacia un rincón alejado
de la sala, donde Fred, George y Lee Jordan estaban sentados en el centro de un corro de
alumnos de primero, de aspecto inocente, que mascaban algo que, al parecer, había salido de
una gran bolsa de papel que Fred tenía en las manos.
—Mira, lo siento, pero se han pasado de la raya —ex plotó, poniéndose en pie. Era
evidente que estaba rabiosa—. ¡Vamos, Ron!
—Yo..., ¿qué? —dijo Ron para ganar tiempo—. ¡Vaya, Hermione, no podemos regañarlos
por repartir golosinas!
—Sabes perfectamente que eso es turrón sangranarices, o pastillas vomitivas, o...
—¿Bombones desmayo? —apuntó Harry en voz baja.
Uno a uno, como si los hubieran golpeado en la cabe za con un mazo invisible, los
alumnos de primero fueron cayendo inconscientes en sus asientos; algunos resbalaron hasta el

196 Que trae mala suerte

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160
suelo y otros quedaron colgando sobre los reposabrazos de las butacas con la lengua fuera.
Los que estaban viéndolo reían; Hermione, en cambio , se puso muy tiesa y fue directamente
hacia Fred y George, que estaban de pie con una libreta en la mano, observando atentamente
a los desmayados alumnos de primer año. Ron hizo ad emán de levantarse de la butaca, se
quedó a medio camino unos segundos, vacilante, y luego murmuró a Harry:
—Ya se encarga ella.
Después se hundió cuanto pudo en la butaca, aunque no resultaba fácil debido a su
larguirucha figura.
—¡Basta! —les dijo Hermione con ímpetu a Fred y George, que levantaron la cabeza y la
miraron un tanto sorprendidos.
—Sí, tienes razón —dijo George, asintiendo—. Creo que ya hay suficiente con esa dosis.
—¡Ya os lo he advertido esta mañana, no podéis prob ar vuestras porquerías con los
alumnos!
—Pero ¡si les hemos pagado! —replicó Fred, indignado.
—¡No me importa! ¡Podría ser peligroso!
—No digas bobadas —repuso Fred.
—¡Cálmate, Hermione, no les pasa nada! —intentó tra nquilizarla Lee mientras iba de un
alumno a otro y les metía unos caramelos de color morado en la boca, que mantenían abierta.
—Sí, mira, ya vuelven en sí —confirmó George.
Era verdad: unos cuantos alumnos de primero empezab an a moverse. Algunos se
sorprendieron tanto de estar tumbados en el suelo o colgando de las butacas que Harry
comprendió que Fred y George no les habían advertid o del efecto que iban a producirles
aquellos caramelos.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó George con amabilidad a una chica menuda de pelo
castaño oscuro, que estaba tendida a sus pies.
—Creo que sí —contestó ella con voz temblorosa.
—Excelente —dijo Fred, muy contento, pero inmediata mente Hermione le arrancó de las
manos la libreta y la bolsa de papel llena de bombones desmayo.
—¡De excelente nada 197 !
—Claro que sí, están vivos, ¿no? —comentó Fred con enojo.
—No podéis hacer eso. ¿Y si alguno se pusiera enfermo de verdad?
—No se van a poner enfermos porque los hemos probad o nosotros mismos; esto sólo lo
hacemos para ver si todo el mundo reacciona igual...
—Si no paráis, voy a...
—¿Castigarnos? —insinuó Fred como diciendo: «Intént alo y verás.»
—¿Ordenar que copiemos algo? —intervino George con una sonrisa burlona.
En la sala había curiosos riendo. Hermione se ender ezó al máximo; tenía los ojos
entrecerrados y su poblada melena parecía estar a punto de chisporrotear.
—No —dijo con la voz temblorosa de rabia—, pero voy a escribir a vuestra madre.
—No serás capaz —replicó George, horrorizado, y retrocedió.

197 ¡Esto de excelente no tiene nada!

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
161
—Ya lo creo —lo desafió Hermione sin acobardarse—. No puedo impedir que vosotros os
comáis esas tonterías, pero no pienso permitir que se las deis a los de primero.
Fred y George se quedaron estupefactos. Era evident e que consideraban que la amenaza
de Hermione era un golpe bajo. Ella les lanzó una última mirada amenazadora, se sujetó con
fuerza la libreta y la bolsa contra el pecho y regresó muy ofendida a su butaca junto al fuego.
Ron se había ido agachando en su asiento y en ese i nstante tenía la nariz casi al nivel de
las rodillas.
—Gracias por tu apoyo, Ron —dijo Hermione mordazmen te.
—Ya lo has resuelto muy bien tú sola —masculló él.
Hermione contempló su trozo de pergamino en blanco durante unos segundos y luego
dijo con voz tensa:
—Es inútil, ahora no puedo concentrarme. Me voy a la cama —dijo, y abrió su mochila.
Harry creyó que iba a guardar en ella sus libros, pero en lugar de eso Hermione sacó dos
objetos deformes de lana, los colocó con cuidado so bre una mesa junto al fuego, los cubrió con
una pluma rota y unos cuantos trozos de pergamino i nservibles y se retiró un poco para
evaluar el efecto.
—Por las barbas de Merlín, ¿se puede saber qué haces? —preguntó Ron, observándola
como si temiera por la salud mental de su amiga.
—Son gorros para elfos domésticos —contestó ella co n aspereza, y a continuación
empezó a guardar sus libros en la mochila—. Los he hecho este verano. Sin magia soy muy
lenta tejiendo, pero ahora que he vuelto al colegio creo que podré hacer muchos más.
—¿Dejas estos gorros aquí para los elfos domésticos ? —inquirió Ron lentamente—. ¿Y
primero los tapas con piltrafas?
—Sí —contestó Hermione desafiante, y se colgó la mochila.
—Eso no está bien —dijo Ron, enfadado—. Quieres eng añarlos para que cojan los gorros.
Quieres darles la libertad cuando quizá ellos no quieran ser libres.
—¡Claro que quieren ser libres! —saltó Hermione, qu e estaba poniéndose colorada—. ¡No
te atrevas a tocar esos gorros, Ron!
Y tras pronunciar esas palabras se marchó muy airad a. Ron esperó hasta que hubo
desaparecido por la puerta de los dormitorios de las chicas, y entonces quitó los trozos de
pergamino de encima de los gorros.
—Al menos que vean lo que están cogiendo —dijo con firmeza—. En fin... —enrolló el
pergamino en el que había escrito el título de la redacción para Snape—, no tiene sentido
intentar terminar esto ahora; sin Hermione no puedo hacerlo, no tengo ni la más remota idea
de para qué sirve el ópalo. ¿Y tú?
Harry negó con la cabeza, y al hacerlo notó que el dolor que tenía en la sien derecha
estaba empeorando. Se acordó de la larga redacción sobre las guerras de los gigantes y sintió
una intensa punzada de dolor. Aun siendo consciente de que a la mañana siguiente lamentaría
no haber terminado sus deberes por la noche, guardó sus libros en la mochila.
—Yo también voy a acostarme.
Cuando iba hacia la puerta que conducía a los dormitorios pasó por delante de Seamus,
pero no lo miró. Harry tuvo la fugaz impresión de q ue su compañero había despegado los
labios para decir algo, pero aceleró el paso y llegó a la tranquilizadora paz de la escalera de
caracol de piedra sin tener que aguantar más provoc aciones.

El día siguiente amaneció tan plomizo y lluvioso como el anterior. Hagrid tampoco estaba

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
162
sentado a la mesa de los profesores a la hora del desayuno.
—La única ventaja es que hoy no tenemos a Snape —co mentó Ron con optimismo.
Hermione dio un gran bostezo y se sirvió una taza de café. Parecía contenta, y cuando
Ron le preguntó de qué se alegraba tanto, ella se limitó a decir:
—Los gorros ya no están. A lo mejor resulta que los elfos domésticos quieren ser libres.
—Yo no estaría tan seguro —replicó él, cortante—. Q uizá no podamos considerarlos
prendas de vestir. Yo jamás habría dicho que eran gorros, más bien parecían vejigas lanudas.
Hermione no le dirigió la palabra en toda la mañana.
Después de una clase doble de Encantamientos tuvier on también dos horas de
Transformaciones. El profesor Flitwick y la profesora McGonagall dedicaron el primer cuarto de
hora de sus clases a sermonear a los alumnos sobre la importancia de los TIMOS.
—Lo que debéis recordar —dijo el profesor Flitwick, un mago bajito con voz de pito,
encaramado, como siempre, en un montón de libros pa ra poder ver a sus alumnos por encima
de la superficie de su mesa— es que estos exámenes pueden influir en vuestras vidas en los
años venideros.
Si todavía no os habéis planteado seriamente qué ca rrera queréis hacer, éste es el
momento. Mientras tanto, ¡me temo que tendremos que trabajar más que nunca para
asegurarnos de que todos vosotros rendís a la altura de vuestra capacidad en el examen!
Luego estuvieron más de una hora repasando encantam ientos convocadores que, según
el profesor Flitwick, era probable que aparecieran en el TIMO; remató la clase poniéndoles
como deberes un montón de encantamientos.
Lo mismo ocurrió, o peor, en la clase de Transformaciones.
—Pensad que no aprobaréis los TIMOS —les advirtió l a profesora McGonagall con
gravedad— sin unas buenas dosis de aplicación, práctica y estudio. No veo ningún motivo por
el que algún alumno de esta clase no apruebe el TIM O de Transformaciones, siempre que os
apliquéis en vuestros estudios. —Neville hizo un ruidito de incredulidad—. Sí, tú también,
Longbottom —agregó la profesora—. No tengo queja de tu trabajo; lo único que tienes que
corregir es esa falta de confianza en ti mismo. Por lo tanto... hoy vamos a empezar con los
hechizos desvanecedores. Aunque son más fáciles que los hechizos comparecedores, que no
suelen abordarse hasta el año de los ÉXTASIS, se consideran uno de los aspectos más difíciles
de la magia, cuyo dominio tendréis que demostrar en vuestros TIMOS.
La profesora McGonagall tenía razón, pues Harry enc ontró dificilísimos los hechizos
desvanecedores. Tras una clase de dos horas, ni él ni Ron habían conseguido hacer
desaparecer los caracoles con los que estaban practicando, aunque Ron, optimista, comentó
que el suyo parecía haber palidecido un poco. Hermi one, por su parte, consiguió hacer
desaparecer su caracol al tercer intento, y la profesora McGonagall le dio diez puntos extra a
Gryffindor. Fue la única a la que la profesora McGo nagall no puso deberes; a los demás les
ordenó que practicaran el hechizo para el día siguiente, ya que por la tarde tendrían que volver
a probarlo con sus caracoles.
Harry y Ron, presas del pánico por la cantidad de t rabajo que empezaba a
acumulárseles, pasaron la hora de la comida en la biblioteca documentándose sobre los usos
del ópalo en la fabricación de pociones. Hermione, que todavía estaba enfadada con Ron por
su ofensivo comentario sobre los gorros de lana, no los acompañó. Por la tarde, cuando
llegaron a Cuidado de Criaturas Mágicas, a Harry volvía a dolerle la cabeza.
El día se había puesto frío y ventoso, y mientras descendían por el empinado jardín hacia
la cabaña de Hagrid, situada al borde del Bosque Pr ohibido, notaron que algunas gotas de
lluvia les caían en la cara. La profesora Grubbly-Plank esperaba de pie a los alumnos a unos
diez metros de la puerta de la cabaña de Hagrid, de trás de una larga mesa de caballete
cubierta de ramitas. Cuando Harry y Ron llegaron a donde estaba la profesora, oyeron una
fuerte risotada a sus espaldas; se dieron la vuelta y vieron a Draco Malfoy, que iba con aire

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
163
resuelto hacia ellos, rodeado como siempre de su cuadrilla de amigotes de Slytherin. Por lo
visto, acababa de decir algo divertidísimo porque Crabbe, Goyle, Pansy Parkinson y los demás
seguían riéndose con ganas cuando rodearon la mesa de caballete; y a juzgar por cómo
miraban a Harry, éste pudo imaginar sin grandes dificultades el motivo del chiste.
—¿Ya estáis todos? —gritó la profesora Grubbly-Plan k cuando hubieron llegado los de
Slytherin y los de Gryffindor—. Entonces manos a la obra. ¿Quién puede decirme cómo se
llaman estas cosas?
Señaló el montón de ramitas que tenía delante y Her mione levantó una mano. Malfoy,
que estaba detrás, sacó los dientes e hizo una imitación de Hermione dando saltitos, ansiosa
por contestar a la pregunta. Pansy Parkinson soltó una carcajada que casi de inmediato se
convirtió en un grito, pues las ramitas que había encima de la mesa brincaron y resultaron ser
algo así como diminutos duendecillos hechos de made ra, con huesudos brazos y piernas de
color marrón, dos delgados dedos en los extremos de cada mano y una curiosa cara plana, que
parecía de corteza de árbol, en la que relucían un par de ojos de color marrón oscuro.
—¡Oooooh! —exclamaron Parvati y Lavender, lo cual m olestó mucho a Harry.
¡Como si Hagrid nunca les hubiera enseñado criaturas impresionantes! Había que admitir
que los gusarajos no eran nada del otro mundo, pero las salamandras y los hipogrifos habían
sido muy interesantes, y los escregutos de cola explosiva, quizá hasta demasiado interesantes.
—¡Haced el favor de bajar la voz, señoritas! —orden ó la profesora Grubbly-Plank con
severidad, y luego esparció un puñado de algo que parecía arroz integral entre aquellos seres
hechos de palitos, los cuales inmediatamente se aba lanzaron sobre la comida—. A ver,
¿alguien sabe cómo se llaman estas criaturas? ¿Señorita Granger?
—Bowtruckles —dijo Hermione—. Son guardianes de árb oles; generalmente viven en los
que sirven para hacer varitas.
—Cinco puntos para Gryffindor —replicó la profesora Grubbly-Plank—. Efectivamente, son
bowtruckles, y como muy bien dice la señorita Grang er, generalmente viven en árboles cuya
madera se emplea para la fabricación de varitas. ¿Alguien sabría decirme de qué se alimentan?
—De cochinillas 198 —contestó Hermione de inmediato, y entonces Harry entendió por qué
aquello que él había tomado por granos de arroz integral se movía—. Pero también de huevos
de hada, si los encuentran.
—Muy bien, anótate cinco puntos más. Bien, siempre que necesitéis hojas o madera de
un árbol habitado por un bowtruckle, es recomendable tener a mano un puñado de cochinillas
para distraerlo o apaciguarlo. Quizá no parezcan peligrosos, pero si los molestáis intentarán
sacaros los ojos con los dedos, que, como podéis ve r, son muy afilados; por lo tanto, no
conviene que se acerquen a nuestros globos oculares. De modo que si queréis aproximaros un
poco... Coged un puñado de cochinillas y un bowtruckle, hay uno para cada tres, y así podréis
examinarlos mejor. Antes de que termine la clase qu iero que cada uno de vosotros me
entregue un dibujo con todas las partes del cuerpo señaladas.
Los alumnos se acercaron a la mesa de caballete. Ha rry la rodeó deliberadamente por
detrás para colocarse al lado de la profesora Grubbly-Plank.
—¿Dónde está Hagrid? —le preguntó mientras los demá s empezaban a elegir sus
bowtruckles.
—Eso no es asunto tuyo —contestó la profesora, tajante, y Harry recordó que cuando en
otra ocasión Hagrid no se había presentado para dar su clase, ella había adoptado la misma
actitud.
Draco Malfoy, con una amplia sonrisa de suficiencia en el anguloso rostro, se acercó a
Harry y cogió el bowtruckle más grande que encontró .
—A lo mejor ese bruto zopenco ha tenido un accident e —sugirió en voz baja para que

198 Bichos bolita

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
164
sólo pudiera oírlo Harry.
—El que va a tener un accidente eres tú como no te calles —replicó Harry sin levantar la
voz.
—Quizá se haya metido en un lío con alguien más gra nde que él; no sé si me entiendes...
Malfoy se alejó, mirando hacia atrás y sonriendo, y de pronto Harry se sintió muy
angustiado. ¿Sabía algo Malfoy? Al fin y al cabo, su padre era un mortífago; ¿y si tenía alguna
información sobre el paradero de Hagrid que todavía no había llegado a oídos de la Orden?
Volvió a rodear la mesa y se dirigió hacia Ron y He rmione, que estaban de cuclillas en la
hierba, un poco alejados, intentando convencer a un bowtruckle de que se estuviera quieto el
tiempo necesario para que ellos pudieran dibujarlo. Harry sacó pergamino y pluma, se agachó
junto a sus amigos y, con disimulo, les contó lo que acababa de decir Malfoy.
—Si le hubiera ocurrido algo a Hagrid, Dumbledore l o sabría —opinó Hermione—. Si nos
mostramos preocupados sólo estaremos poniéndoselo e n bandeja a Malfoy; entonces
comprenderá que nosotros no sabemos exactamente lo que está pasando. No tenemos que
hacerle caso, Harry. Toma, sujeta un momento al bowtruckle para que pueda dibujar su cara...
—Sí —oyeron que decía Malfoy arrastrando las palabr as; estaba sentado en otro grupo,
cerca de ellos—, mi padre habló con el ministro hac e un par de días, y según parece el
Ministerio está decidido a tomar enérgicas medidas contra la escasa calidad de la educación en
este colegio. De modo que, aunque ese tarado gigant esco vuelva a presentarse por aquí,
seguramente lo pondrán de patitas en la calle en el acto.
-¡AY!
Harry había sujetado tan fuerte al bowtruckle que é ste casi se había partido, pero como
represalia le había hecho un fuerte arañazo en la m ano con los afilados dedos, dejándole dos
largos y profundos cortes. Harry lo soltó. Crabbe y Goyle, que ya estaban riéndose a
carcajadas ante la idea de que despidieran a Hagrid, se rieron con más entusiasmo todavía
cuando el bowtruckle salió corriendo a toda velocidad hacia el bosque y vieron cómo aquel
pequeño individuo se perdía enseguida entre las raí ces de los árboles. Cuando la campana
repicó por el jardín, Harry enrolló su dibujo del bowtruckle, manchado de sangre, y fue hacia
Herbología con la mano envuelta en el pañuelo de He rmione. La despectiva risa de Malfoy
todavía le resonaba en los oídos.
—Como vuelva a llamar tarado a Hagrid una sola vez... —gruñó Harry.
—Harry, no te vayas a pelear con Malfoy, no olvides que ahora es prefecto, podría
hacerte la vida imposible si quisiera...
—Uf, no me imagino cómo debe de ser eso de que te h agan la vida imposible —replicó
Harry con sarcasmo.
Ron rió, pero Hermione frunció el entrecejo. Luego siguieron recorriendo juntos los
huertos mientras el cielo se mostraba incapaz de decidir si quería que lloviera o no.
—Es que estoy deseando 199 que Hagrid vuelva, nada más —comentó Harry en voz baja
cuando llegaron a los invernaderos—. ¡Y no se te ocurra decir que esa Grubbly-Plank es mejor
profesora que él! —añadió amenazadoramente.
—No pensaba decirlo —repuso Hermione con serenidad.
—Porque no le llega ni a la suela de los zapatos —a gregó Harry con firmeza. Era
consciente de que acababa de presenciar una clase de Cuidado de Criaturas Mágicas ejemplar
y estaba muy molesto por ello.
La puerta del invernadero más cercano se abrió y po r ella desfilaron unos cuantos
alumnos de cuarto curso, entre los que estaba Ginny.

199 Tengo ganas de

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
165
—¡Hola! —los saludó con alegría al pasar a su lado.
Unos segundos más tarde salió Luna Lovegood, un tan to rezagada del resto de la clase,
con la nariz manchada de tierra y el cabello recogido en un moño en lo alto de la cabeza. Al
ver a Harry, los saltones ojos de Luna se desorbitaron aún más por la emoción y fue derechita
hacia él. Muchos compañeros de Harry giraron la cab eza con curiosidad. Luna respiró hondo y,
sin saludarlo siquiera con un «Hola», dijo:
—Yo sí creo que El-que-no-debe-ser-nombrado ha regr esado y que tú peleaste con él y
lograste escapar.
—Va-vale —balbuceó Harry. Luna llevaba unos pendientes que parecían rábanos de color
naranja, un detalle en el que también se habían fijado Parvati y Lavender, pues ambas se
reían por lo bajo y le señalaban las orejas. —Podéis reíros —prosiguió Luna elevando la voz; al
parecer, pensaba que Parvati y Lavender se reían de lo que acababa de decir y no de los
pendientes que llevaba—, pero antes la gente tampoc o creía que existieran ni los blibbers
maravillosos ni los snorkacks de cuernos arrugados.
—Ya, y tenían razón, ¿no? —dijo Hermione, impacient e—. Los blibbers maravillosos y los
snorkacks de cuernos arrugados no existen.
Luna le lanzó una mirada fulminante y se alejó indi gnada, mientras los rabanitos
oscilaban con energía en sus orejas. Parvati y Lavender ya no eran las únicas que se
desternillaban de risa.
—¿Quieres hacer el favor de no insultar a la única persona que cree en mí? —le dijo
Harry a Hermione mientras entraban en la clase.
—Por favor, Harry, tú te mereces algo mejor. Ginny me ha hablado de Luna; por lo visto,
sólo cree en cosas de las que no hay pruebas. Bueno , y no me extraña que así sea, siendo la
hija del director de El Quisquilloso.
Harry se acordó de los siniestros caballos alados q ue había visto la noche de su llegada a
Hogwarts, y de que Luna había afirmado que ella tam bién los veía, y se deprimió un poco. ¿Y
si Luna le había mentido? Pero antes de que siguiera reflexionando sobre aquel tema, Ernie
Macmillan se le había acercado.
—Quiero que sepas, Potter —dijo con una voz fuerte y decidida—, que no te apoyan sólo
los bichos raros. Yo te creo sin reservas. Mi familia siempre ha respaldado incondicionalmente
a Dumbledore, y yo también.
—Muchas gracias, Ernie —contestó Harry, sorprendido pero también agradecido.
Ernie podía ser pedante en ocasiones como aquélla, pero Harry, dadas las circunstancias,
supo apreciar el voto de confianza de alguien que no llevaba rabanitos colgando de las orejas.
Al menos las palabras de Ernie le habían borrado la sonrisa de la cara a Lavender Brown, y
cuando se dio la vuelta para hablar con Ron y Hermi one, Harry vio la expresión de Seamus,
que era una mezcla de desconcierto y desafío.
La profesora Sprout empezó la clase sermoneando a sus alumnos sobre la importancia de
los TIMOS 200 , lo cual no sorprendió a nadie. Harry estaba deseando que los profesores dejaran
de referirse a los exámenes; empezaba a notar una d esagradable sensación en el estómago
cada vez que recordaba la cantidad de deberes que t enía que hacer, una sensación que
empeoró notablemente cuando, al finalizar la clase, la profesora Sprout les mandó otra
redacción. Así pues, cansados y apestando a estiérc ol de dragón, el tipo de fertilizante
preferido de la profesora Sprout, los de Gryffindor regresaron al castillo. Nadie hablaba mucho
ya que había sido un largo día.
Como Harry estaba muerto de hambre y tenía su prime r castigo con la profesora
Umbridge a las cinco en punto, fue directamente al Gran Comedor sin dejar su mochila en la
torre de Gryffindor, con la idea de comer algo antes de enfrentarse a lo que la profesora le

200 De las MHB

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
166
tuviera preparado. Sin embargo, cuando acababa de llegar a la puerta, alguien le gritó, con
voz potente y enfadada:
—¡Eh, Potter!
—¿Qué pasa ahora? —murmuró él con tono cansino. Al darse la vuelta vio a Angelina
Johnson, que parecía de un humor de perros.
—¿Cómo que qué pasa? —replicó ella dirigiéndose hacia él y clavándole el dedo índice en
el pecho—. ¿Cómo has permitido que te castiguen el viernes a las cinco?
—¿Qué? ¿Qué...? ¡Ah, sí, las pruebas para elegir al nuevo guardián!
—¡Ahora se acuerda! —rugió Angelina—. ¿Acaso no te dije que quería hacer una prueba
con todo el equipo y buscar a alguien que encajara con el resto de los jugadores? ¿No te dije
que había reservado el campo de quidditch con ese p ropósito? ¡Y ahora resulta que tú has
decidido no ir!
—¡Yo no he decidido nada! —protestó Harry, dolido p or la injusticia de aquellas
palabras—. La profesora Umbridge me ha castigado por decir la verdad sobre Quien-tú-sabes.
—Pues ya puedes ir a verla y pedirle que te levante el castigo del viernes —dijo Angelina
con fiereza—. Y no me importa cómo lo hagas. Si qui eres dile que Quien-tú-sabes os producto
de tu imaginación, pero ¡quiero verte el viernes en el campo!
Dicho eso, se alejó a grandes zancadas.
—¿Sabéis qué? —les dijo Harry a Ron y a Hermione cu ando entraban en el Gran
Comedor—. Tendríamos que preguntar al Puddlemere United si Oliver Wood se ha matado en
una sesión de entrenamiento, porque tengo la impresión de que su espíritu se ha apoderado
del cuerpo de Angelina.
—¿Crees que hay alguna posibilidad de que la profesora Umbridge te levante el castigo
del viernes? —preguntó Ron con escepticismo mientras se sentaban a la mesa de Gryffindor.
—Ninguna —contestó Harry con desánimo; se sirvió un as costillas de cordero y empezó a
comer—. Pero de todos modos será mejor que lo intente, ¿no? Le propondré cambiar el castigo
del viernes por dos días más o algo así, no lo sé... —Tragó un bocado de patata y añadió—:
Espero que no me entretenga demasiado esta tarde. ¿ Te das cuenta de que tenemos que
escribir tres redacciones, practicar los hechizos desvanecedores para McGonagall, trabajar en
un contraencantamiento para Flitwick, terminar el d ibujo del bowtruckle y empezar ese
absurdo diario de sueños para Trelawney?
Ron soltó un gemido y miró al techo.
—Y para colmo parece que va a llover.
—¿Qué tiene eso que ver con nuestros deberes? —le p reguntó Hermione con las cejas
arqueadas.
—Nada —contestó rápidamente Ron, y se le pusieron las orejas coloradas.
A las cinco menos cinco, Harry se despidió de sus amigos y fue hacia el despacho de la
profesora Umbridge, en el tercer piso. Llamó a la puerta y ella contestó con un meloso «Pasa,
pasa». Harry entró con cautela, mirando a su alrede dor.
Harry había visto aquel despacho en la época en que lo habían utilizado cada uno de los
tres anteriores profesores de Defensa Contra las Ar tes Oscuras. Cuando Gilderoy Lockhart
estaba instalado allí, las paredes se hallaban cubiertas de retratos suyos. Cuando lo ocupaba
Lupin, se podía encontrar en aquella habitación cua lquier fascinante criatura tenebrosa en una
jaula o en una cubeta. Y en tiempos del falso Moody , el despacho estaba abarrotado de
diversos instrumentos y artefactos para la detección de fechorías y ocultaciones.
En ese momento, sin embargo, estaba completamente i rreconocible. Todas las
superficies estaban cubiertas con fundas o tapetes de encaje. Había varios jarrones llenos de

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
167
flores secas sobre su correspondiente tapete, y en una de las paredes colgaba una colección de
platos decorativos, en cada uno de los cuales había un gatito de color muy chillón con un lazo
diferente en el cuello. Eran tan feos que Harry se quedó mirándolos, petrificado, hasta que la
profesora Umbridge volvió a hablar.
—Buenas tardes, señor Potter.
Harry dio un respingo y miró nuevamente a su alrede dor. Al principio no la había visto
porque llevaba una chillona túnica floreada cuyo estampado se parecía mucho al del mantel de
la mesa que la profesora tenía detrás.
—Buenas tardes, profesora Umbridge —repuso con fria ldad.
—Siéntese, por favor —dijo la profesora señalando una mesita cubierta con un mantel de
encaje a la que había acercado una silla. Sobre la mesa había un trozo de pergamino en blanco
que parecía esperar a Harry.
—Esto... —empezó él sin moverse—, profesora Umbridg e... Esto..., antes de empezar
quería pedirle... un favor.
Los saltones ojos de la bruja se entrecerraron.
—¿Ah, sí?
—Sí, mire... Es que estoy en el equipo de quidditch de Gryffindor. Y el viernes a las cinco
en punto tenía que asistir a las pruebas de selección del nuevo guardián, y me gustaría saber
si... si podría librarme del castigo esa tarde y hacerlo... cualquier otra tarde...
Antes de terminar la frase ya había comprendido que no iba a servir de nada.
—¡Ah, no! —replicó la profesora Umbridge esbozando una sonrisa tan amplia que parecía
que acabara de tragarse una mosca especialmente sab rosa—. No, no, no. Lo he castigado por
divulgar mentiras repugnantes y asquerosas con las que sólo pretende obtener notoriedad,
señor Potter, y los castigos no pueden ajustarse a la comodidad del culpable. No, mañana
vendrá aquí a las cinco en punto, y pasado mañana, y también el viernes, y cumplirá sus
castigos como está planeado. De hecho, me alegro de que se pierda algo que desea mucho.
Eso reforzará la lección que intento enseñarle.
Harry notó que la sangre le subía a la cabeza y oyó unos golpes sordos en los oídos. Así
que lo que hacía era divulgar mentiras repugnantes y asquerosas con las que sólo pretendía
obtener notoriedad, ¿eh?
La profesora Umbridge lo miraba con la cabeza un po co ladeada y seguía sonriendo
abiertamente, como si supiera con exactitud lo que Harry estaba pensando y quisiera
comprobar si se ponía a gritar otra vez. El chico hizo un gran esfuerzo, miró hacia otro lado,
dejó su mochila junto a la silla y se sentó.
—Bueno —continuó la profesora Umbridge con dulzura— , veo que ya estamos
aprendiendo a controlar nuestro genio, ¿verdad? Y ahora quiero que copie un poco, Potter. No,
con su pluma no —añadió cuando Harry se agachó para abrir su mochila—. Copiará con una
pluma especial que tengo yo. Tome. —Le entregó una larga, delgada y negra pluma con la
plumilla extraordinariamente afilada—. Quiero que escriba «No debo decir mentiras» —le
indicó con voz melosa.
—¿Cuántas veces? —preguntó Harry fingiendo educació n lo mejor que pudo.
—Ah, no sé, las veces que haga falta para que se le grabe el mensaje —contestó la
profesora Umbridge con ternura—. Ya puede empezar.
Ella fue hacia su mesa, se sentó y se encorvó sobre un montón de hojas de pergamino
que parecían trabajos para corregir. Harry levantó la afilada pluma negra y entonces se dio
cuenta de lo que le faltaba.
—No me ha dado tinta —observó.

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
168
—Ya, es que no la necesita —contestó la profesora, y algo parecido a la risa se insinuó en
su voz.
Harry puso la plumilla en el pergamino, escribió: « No debo decir mentiras» y soltó un
grito de dolor.
Las palabras habían aparecido en el pergamino escritas con una reluciente tinta roja, y al
mismo tiempo habían aparecido en el dorso de la man o derecha de Harry. Quedaron grabadas
en su piel como trazadas por un bisturí; sin embargo, mientras contemplaba aquel reluciente
corte, la piel cicatrizó y quedó un poco más roja que antes, pero completamente lisa.
Harry se dio la vuelta y miró a la profesora Umbrid ge. Ella lo observaba con la boca de
sapo estirada forzando una sonrisa.
-¿Sí?
—Nada —respondió él con un hilo de voz.
Harry volvió a mirar el pergamino, puso la plumilla encima una vez más y escribió «No
debo decir mentiras»; inmediatamente notó otra vez aquel fuerte dolor en el dorso de la
mano; una vez más las palabras se habían grabado en su piel; y una vez más, desaparecieron
pasados unos segundos.
Harry siguió escribiendo. Una y otra vez, trazaba las palabras en el pergamino y pronto
comprendió que no era tinta, sino su propia sangre. Y una y otra vez, las palabras aparecían
grabadas en el dorso de su mano, cicatrizaban y apa recían de nuevo cuando volvía a escribir
con la pluma en el pergamino.
A través de la ventana del despacho vio que había o scurecido, pero Harry no preguntó
cuándo podía parar. Ni siquiera miró qué hora era. Sabía que ella lo observaba, atenta a
cualquier señal de debilidad, y no pensaba mostrar ninguna, aunque tuviera que pasar toda la
noche allí sentado, cortándose la mano con aquella pluma...
—Venga aquí —le ordenó la profesora Umbridge al cab o de lo que a Harry le parecieron
horas.
El chico se levantó. Le dolía la mano, y cuando se la miró vio que el corte se había
curado, pero tenía la piel muy tierna.
—La mano —pidió la profesora Umbridge.
Harry se la tendió y ella la cogió entre las suyas. Harry contuvo un estremecimiento
cuando la profesora se la tocó con sus gruesos y re gordetes dedos, en los que llevaba varios
feos y viejos anillos.
—¡Ay, ay, ay! Veo que todavía no le he impresionado mucho —comentó sonriente—.
Bueno, tendremos que intentarlo de nuevo mañana, ¿no? Ya puede marcharse.
Harry se marchó del despacho sin decir palabra. El colegio estaba casi desierto; debía de
ser más de medianoche. Fue lentamente por el pasill o y entonces, cuando hubo doblado la
esquina y estuvo seguro de que la profesora Umbridge ya no podría oírlo, echó a correr.

No había tenido tiempo de practicar los hechizos de svanecedores, ni había anotado un
solo sueño en su diario de sueños, ni había terminado el dibujo del bowtruckle ni había escrito
las redacciones. A la mañana siguiente se saltó el desayuno para escribir un par de sueños
inventados para la clase de Adivinación, la primera que tenían aquel día, y le sorprendió que
Ron, muy despeinado, se quedara con él en la sala c omún.
—¿Por qué no lo hiciste anoche? —le preguntó Harry mientras Ron miraba a su
alrededor, desesperado, en busca de inspiración.
Su amigo, que estaba profundamente dormido la noche anterior, cuando Harry llegó al
dormitorio, murmuró algo de que había estado «haciendo otras cosas», se inclinó sobre su

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
169
hoja de pergamino y garabateó unas cuantas palabras.
—Bueno, ya está —afirmó, y cerró el diario de un golpetazo 201 —. He puesto que soñé que
me compraba unos zapatos nuevos. No creo que pueda ver nada raro en eso, ¿verdad? —
Salieron juntos hacia la torre norte—. ¿Cómo te fue el castigo con la profesora Umbridge, por
cierto? ¿Qué te hizo?
Harry vaciló un instante y luego contestó:
—Me puso a copiar.
—Ah, pues no está tan mal —comentó Ron.
—No —confirmó Harry.
—Oye, se me olvidaba, ¿te levantó el castigo del viernes?
—No.
Ron se solidarizó con su amigo soltando un gruñido.
Harry volvió a tener un mal día; fue uno de los peo res en Transformaciones porque no
había practicado los hechizos desvanecedores. Tuvo que saltarse la hora de la comida para
terminar el dibujo del bowtruckle y, entre tanto, las profesoras McGonagall, Grubbly-Plank y
Sinistra les pusieron aún más deberes, que él no ib a a poder terminar aquella tarde por culpa
de su segundo castigo con la profesora Umbridge. Pa ra colmo, Angelina Johnson volvió a
abordarlo a la hora de la cena y, al enterarse de que no podría ir el viernes a las pruebas para
seleccionar al nuevo guardián, le dijo que su actit ud la había decepcionado mucho y que
esperaba que los jugadores que quisieran seguir en el equipo antepusieran los entrenamientos
a sus otras obligaciones.
—¡Estoy castigado! —le gritó Harry mientras ella se alejaba muy indignada—. ¿Acaso
crees que prefiero estar encerrado en una habitación con ese sapo viejo a jugar al quidditch?
—Al menos sólo tienes que copiar —comentó Hermione para consolarlo cuando Harry
volvió a sentarse en el banco y se quedó contemplando su pastel de carne y riñones, que ya
no le gustaba tanto—. La verdad es que no es un castigo espantoso...
Harry despegó los labios, volvió a cerrarlos y asintió. En realidad no sabía muy bien por
qué no había contado ni a Ron ni a Hermione en qué consistía exactamente el castigo que le
había impuesto la profesora Umbridge: lo único que sabía era que no quería ver sus caras de
horror, porque eso haría que todo pareciera aún peor y resultaría mucho más difícil afrontarlo.
Además, tenía la impresión de que ese asunto era al go entre él y la profesora Umbridge, una
prueba de fuerza entre ellos dos, y no pensaba darle la satisfacción de descubrir que se había
quejado.
—No puedo creer la cantidad de deberes que tenemos —comentó Ron con abatimiento.
—¿Y por qué no los hiciste anoche? —le preguntó Her mione—. ¿Dónde estabas, por
cierto?
—Estaba... Me apetecía dar un paseo —contestó Ron con evasivas.
Harry tuvo entonces la clara sensación de que él no era el único que ocultaba cosas.

El segundo castigo fue igual de duro que el del día anterior. Esa vez la piel del dorso de
la mano de Harry se irritó más deprisa, y enseguida se le puso roja e inflamada. Harry no creía
que siguiera curándose tan bien como al principio. El corte no tardaría mucho en quedar
marcado en su mano, y quizá entonces la profesora U mbridge se considerara satisfecha. Sin
embargo, el chico no dejó escapar ni el más leve gemido de dolor, y desde que entró en el
despacho hasta que la profesora Umbridge le mandó q ue se marchara, pasadas las doce, no

201 De un golpe

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170
dijo más que «Buenas noches».
Pero el asunto de los deberes estaba llegando a un punto alarmante, de modo que
cuando volvió a la sala común de Gryffindor, pese a estar agotado, no fue a acostarse, sino
que abrió sus libros y empezó la redacción sobre el ópalo que tenía que entregar a Snape.
Sabía que había escrito una redacción muy floja, pe ro no le quedaba más remedio que
entregarla, porque, por mala que fuera, si no la hacía Snape sería el próximo en castigarlo. A
continuación, escribió a toda velocidad las respuestas a las preguntas que les había puesto la
profesora McGonagall, redactó a la carrera algo sob re el manejo adecuado de los bowtruckles
para la profesora Grubbly-Plank, y subió a acostarse. Se tumbó sobre la colcha sin desnudarse
y se quedó dormido inmediatamente.

El jueves, Harry se sintió cansado todo el día. Ron también parecía adormilado, aunque
su amigo no entendía por qué. El tercer castigo de Harry fue igual que los dos anteriores, sólo
que, tras dos horas copiando, las palabras «No debo decir mentiras» dejaron de desaparecer
del dorso de su mano y permanecieron grabadas allí, rezumando gotitas de sangre. La pausa
en el rasgueo de la afilada pluma hizo que la profesora Umbridge levantara la cabeza.
—¡Ah! —dijo en voz baja, y pasó junto a su mesa y f ue a examinarle la mano—. Muy
bien. Esto debería servirle de recordatorio, ¿no cree? Ya puede marcharse.
—¿Tengo que volver mañana? —preguntó Harry mientras cogía su mochila con la mano
izquierda para no usar la derecha, que tenía dolorida.
—Sí, claro —contestó la profesora Umbridge con una amplia sonrisa—. Sí, creo que
podemos grabar el mensaje un poco más con otro día de trabajo.
Harry jamás se había planteado la posibilidad de que existiera algún otro profesor en el
mundo al que odiara más que a Snape, pero mientras volvía caminando hacia la torre de
Gryffindor, tuvo que reconocer que había encontrado a un poderoso contrincante. «Es cruel —
pensó mientras subía por la escalera hacia el sépti mo piso—. Es una vieja loca, cruel y
retorcida.»
—¿Ron?
Harry había llegado al final de la escalera, había girado a la derecha y casi había
tropezado con su amigo, que estaba escondido detrás de una estatua de Lachlan el
Desgarbado, aferrado a su escoba. Al ver a Harry, Ron se sobres altó e intentó esconder su
nueva Barredora 11 detrás de la espalda.
—¿Qué haces aquí?
—Pues... nada. ¿Y tú?
Harry lo miró frunciendo el entrecejo.
—¡Vamos, Ron, puedes contármelo! ¿De qué te esconde s?
—Ya que insistes... Me escondo de Fred y George. Acabo de verlos pasar con un grupo de
alumnos de primero; creo que están utilizándolos ot ra vez como conejillos de Indias. Como
ahora ya no pueden hacerlo en la sala común, porque allí está Hermione...
Hablaba muy deprisa, atolondradamente.
—Pero ¿qué haces con la escoba? No habrás estado vo lando, ¿verdad?
—No..., bueno..., esto... ¡Está bien, te lo contaré! Pero no te rías, ¿vale? —dijo,
poniéndose a la defensiva; cada vez estaba más colorado—. Es que... quiero presentarme a las
pruebas de guardián de Gryffindor ahora que tengo u na escoba decente. Ya está. ¡Anda,
ríete 202 !

202 ¡Ahora, ríete!

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—No me río —replicó Harry mientras Ron parpadeaba por la sorpresa—. ¡Me parece una
idea excelente! ¡Sería genial que entraras en el equipo! Nunca te he visto jugar de guardián.
¿Lo haces bien?
—Digamos que no lo hago del todo mal —contestó Ron, que parecía inmensamente
aliviado por la reacción de Harry—. Charlie, Fred y George siempre me colocaban de guardián
cuando se entrenaban durante las vacaciones.
—¿Y has estado practicando esta noche?
—Todas las noches desde el martes... Pero yo solo. He intentado encantar unas quaffles
para que volaran hacia mí, pero no ha resultado fácil, y no sé si servirá de algo. —Ron parecía
nervioso y angustiado—. Fred y George van a morirse de risa cuando vean que me presento a
las pruebas. No han parado de tomarme el pelo desde que me nombraron prefecto.
—Ojalá pudiera asistir a las pruebas —comentó Harry con amargura mientras
reanudaban juntos el camino hacia la sala común.
—Sí, yo también... ¡Harry! ¿Qué es eso que tienes en la mano?
Harry, que acababa de rascarse la nariz con la mano derecha, intentó esconderla, pero
tuvo el mismo éxito que Ron con su Barredora.
—Sólo es un corte... No es nada..., es...
Pero Ron había agarrado a su amigo por el antebrazo y se había acercado el dorso de su
mano a los ojos. Hubo una pausa durante la cual Ron miró fijamente las palabras grabadas en
la piel; luego, muerto de rabia, soltó a Harry:
—¿No decías que sólo te había mandado copiar?
Harry vaciló, pero al fin y al cabo Ron acababa de ser sincero con él, así que le contó a
su amigo la verdad sobre las horas que había pasado en el despacho de la profesora
Umbridge.
—¡Vieja arpía! —exclamó Ron con repugnancia cuando se detuvieron frente al retrato de
la Señora Gorda, que dormía apaciblemente con la ca beza apoyada en el marco—. ¡Está
enferma! ¡Díselo a McGonagall, haz algo!
—No —repuso Harry tajantemente—. No quiero darle la satisfacción de descubrir que me
ha afectado.
—¿Que te ha afectado? ¡No puedes dejar que se salga con la suya!
—No sé hasta qué punto la profesora McGonagall tiene poder sobre ella.
—¡Pues a Dumbledore! ¡Díselo a Dumbledore!
—No —dijo Harry por toda respuesta.
—¿Por qué no?
—Él ya tiene bastantes preocupaciones —contestó, pe ro ése no era el verdadero motivo.
No pensaba ir a pedir ayuda a Dumbledore porque ést e no había hablado con él ni una sola
vez desde el mes de junio.
—Mira, yo creo que deberías... —empezó Ron, pero en tonces lo interrumpió la Señora
Gorda, que había estado observándolos, adormilada, y en ese momento les espetó:
—¿Vais a decirme la contraseña o tendré que pasarme toda la noche despierta esperando
a que terminéis vuestra conversación?

El viernes amaneció sombrío y húmedo, como todos lo s días de la semana. Cuando entró
en el Gran Comedor, Harry miró automáticamente haci a la mesa de los profesores, pero sin

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
172
ninguna esperanza de encontrar a Hagrid allí, y enseguida se concentró en otros problemas
más acuciantes, como la montaña de deberes que tení a que hacer y la perspectiva de otro
castigo más con la profesora Umbridge.
Aquel día hubo dos cosas que animaron un poco a Har ry. Una era la idea de que se
acercaba el fin de semana; la otra era que, pese a lo desagradable que sin duda alguna sería
su último día de castigo, desde la ventana del desp acho de la profesora Umbridge se veía el
campo de quidditch, y con un poco de suerte podría observar las pruebas de Ron. Los rayos de
luz eran verdaderamente débiles, pero Harry agradec ía cualquier cosa que pudiera iluminar un
poco la oscuridad que lo envolvía; nunca había pasado una primera semana de curso peor 203 .
Aquella tarde, a las cinco en punto, llamó a la pue rta del despacho de la profesora
Umbridge deseando que fuera la última vez, y recibió la orden de entrar. La hoja de pergamino
en blanco lo esperaba sobre la mesa cubierta con el tapete de encaje, así como la afilada
pluma negra, que estaba a un lado.
—Ya sabe lo que tiene que hacer, Potter —le indicó la profesora Umbridge sonriendo con
amabilidad.
Harry cogió la pluma y echó un vistazo por la venta na. Si movía la silla un par de
centímetros hacia la derecha con la excusa de acercarse más a la mesa, lo conseguiría. A lo
lejos veía al equipo de quidditch de Gryffindor volando por el campo, mientras una media
docena de figuras negras esperaban de pie, junto a los tres altos postes de gol, aguardando
seguramente su turno para hacer de guardianes. Desd e aquella distancia era imposible saber
cuál de aquellas figuras era Ron.
«No debo decir mentiras», escribió Harry. A continuación, el corte se abrió en el dorso de
su mano derecha y empezó a sangrar de nuevo.
«No debo decir mentiras.» El corte se hizo más profundo y le produjo dolor y escozor.
«No debo decir mentiras.» La sangre empezó a resbal ar por su muñeca.
Se arriesgó a mirar una vez más por la ventana. El que defendía los postes de gol en ese
momento estaba haciéndolo muy mal. Katie Bell marcó dos veces en los pocos segundos que
Harry se atrevió a echar un vistazo. Con la esperanza de que aquel guardián no fuera Ron,
volvió a bajar la vista hacia el pergamino, salpicado de sangre.
«No debo decir mentiras.»
«No debo decir mentiras.»
Harry levantaba la cabeza cada vez que creía que no corría peligro si lo hacía: cuando oía
el rasgueo de la pluma de la profesora Umbridge o q ue un cajón de la mesa se abría. La
tercera persona que hizo la prueba era bastante buena, la cuarta era malísima, y la quinta
esquivó una bludger con una habilidad excepcional, pero luego falló en una parada fácil. El
cielo se estaba oscureciendo y Harry dudaba que pud iera ver la actuación del sexto y del
séptimo aspirantes.
«No debo decir mentiras.»
«No debo decir mentiras.»
En ese momento el pergamino estaba cubierto de relucientes gotas de la sangre que le
caía de la mano, que le dolía muchísimo. Cuando volvió a levantar la cabeza ya era de noche y
no se distinguía el campo de quidditch.
—Vamos a ver si ya ha captado el mensaje —propuso l a profesora Umbridge con voz
suave media hora más tarde.
Se dirigió hacia Harry extendiendo los cortos y ensortijados dedos para agarrarle el brazo
y entonces, cuando lo sujetó para examinar las pala bras grabadas en su piel, el chico notó un

203 Una peor primera semana del año en el colegio

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
173
intenso dolor, pero no en el dorso de la mano sino en la cicatriz de la frente. Al mismo tiempo
tuvo una sensación muy extraña a la altura del estó mago.
Dio un tirón para soltarse y se puso en pie de un brinco, mirando fijamente a la profesora
Umbridge. Ella lo miró también a los ojos, forzando aquella ancha y blanda sonrisa.
—Ya lo sé. Duele, ¿verdad? —comentó con su empalago sa voz. Harry no contestó. El
corazón le latía muy deprisa y con violencia. ¿Se refería la profesora a su mano o sabía lo que
acababa de notar en la frente?—. Bueno, creo que ya me ha comprendido, Potter. Puede
marcharse.
Harry cogió su mochila y salió del despacho tan deprisa como pudo.
«Serénate —se dijo mientras corría escaleras arriba —. Serénate, no tiene por qué
significar lo que crees que significa...»
—¡Mimbulus mimbletonia! —dijo, jadeando, al llegar al retrato de la Señora Gorda, que
se abrió una vez más.
Lo recibió un fuerte estruendo. Ron fue corriendo h acia él, sonriente y derramándose
sobre la túnica la cerveza de mantequilla que tenía en la copa que llevaba.
—¡Lo he conseguido, Harry! ¡Me han elegido! ¡Soy gu ardián!
—¿Qué? ¡Oh, es fabuloso! —exclamó Harry intentando sonreír con naturalidad mientras
el corazón seguía latiéndole a toda velocidad y la mano le dolía y le sangraba.
—Tómate una cerveza de mantequilla. —Ron le puso un a botella en la mano—No puedo
creerlo. ¿Dónde se ha metido Hermione?
—Está allí —dijo Fred, que también estaba tomando la misma clase de cerveza, y señaló
una butaca junto al fuego. Hermione estaba dormitan do en ella con la copa peligrosamente
inclinada en una mano.
—Bueno, cuando le he dado la noticia me ha parecido que se ponía contenta —comentó
Ron, que parecía un tanto decepcionado.
—Déjala dormir —se apresuró a decir George. Harry tardó un momento en darse cuenta
de que unos cuantos alumnos de primer año, de los q ue había a su alrededor, tenían señales
de haber sangrado por la nariz hacía poco tiempo.
—Ven aquí, Ron, a ver si te queda bien la vieja tún ica do Oliver —dijo Katie Bell—.
Podemos quitar su nombre y poner el tuyo...
Cuando Ron se separó de Harry, Angelina se le acercó con aire resuelto.
—Lo siento, ya sé que he estado un poco antipática contigo, Potter —se disculpó con
brusquedad—. Es que esto de dirigir el equipo es muy estresante, ¿sabes? Empiezo a pensar
que a veces no era del todo justa con Wood. —La chica observó a Ron por encima del borde de
su copa, con el entrecejo ligeramente fruncido—. Mira, ya sé que es tu mejor amigo, pero está
un poco verde —añadió sin andarse con rodeos—. Sin embargo, creo que con un poco de
entrenamiento mejorará. Procede de una familia de buenos jugadores de quidditch. Si he de
serte sincera, cuento con que demuestre tener algo más de talento del que ha demostrado
hoy. Vicky Frobisher y Geoffrey Hooper han volado m ejor que él esta noche, pero Hooper es
un quejica 204 , siempre está protestando por algo, y Vicky perten ece a un montón de
asociaciones. Ella misma reconoció que sus reuniones del Club de Encantamientos serían
prioritarias si coincidían con los entrenamientos. En fin, mañana a las dos en punto tenemos
una sesión de prácticas; espero que no falten esta vez. Y hazme un favor: ayuda todo lo que
puedas a Ron.
Harry asintió con la cabeza y Angelina volvió a reu nirse con Alicia Spinnet. Harry fue a
sentarse junto a Hermione, que se despertó sobresal tada cuando él dejó su mochila en el

204 Quejoso

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
174
suelo.
—¡Ah, eres tú, Harry! Qué bien que hayan elegido a Ron, ¿verdad? —dijo con cara de
sueño—. Estoy ta-ta-tan cansada bostezó—. Anoche es tuve levantada hasta la una tejiendo
más gorros. ¡Desaparecen a una velocidad increíble!
Y, en efecto, Harry vio que había gorros de lana es condidos por toda la habitación, en
lugares donde los elfos desprevenidos podrían encontrarlos por casualidad.
—Genial —comentó Harry, distraído; si no se lo cont aba a alguien pronto, estallaría—.
Oye, Hermione, estaba en el despacho de Umbridge y me ha tocado el brazo...
Hermione lo escuchó atentamente. Cuando su amigo te rminó el relato, le preguntó,
hablando despacio:
—¿Temes que Quien-tú-sabes esté controlándola como controlaba a Quirrell?
—Bueno —contestó Harry, bajando la voz—, es una posibilidad, ¿no?
—Supongo que sí —respondió Hermione, aunque no pare cía convencida—. Pero no creo
que pueda poseerla como a Quirrell. No sé, ahora está vivito y coleando, ¿no es así?, tiene su
propio cuerpo y no necesita compartir el de otra persona. Supongo que podría haberle echado
una maldición Imperius, desde luego... —Harry se quedó un momento mirando c ómo Fred,
George y Lee Jordan hacían malabarismos con unas botellas de cerveza de mantequilla vacías.
Entonces Hermione añadió—: Pero el año pasado te do lía la cicatriz sin que nadie te tocara y
Dumbledore dijo que eso tenía que ver con lo que Quien-tú-sabes sentía en aquel momento,
¿verdad? O sea, que lo que te ocurre ahora quizá no tenga nada que ver con la profesora
Umbridge. Quizá no sea más que una casualidad que ocurriera mientras estabas con ella.
—Es cruel —se limitó a decir Harry—. Y retorcida.
—Es horrible, eso es verdad, pero..., Harry, creo que deberías contarle a Dumbledore
que te ha dolido la cicatriz.
Era la segunda vez en dos días que le aconsejaban q ue fuera a ver a Dumbledore, y la
respuesta que le dio a Hermione fue la misma que le había dado a Ron.
—No quiero molestarlo con tonterías. Como ya has di cho, no tiene tanta importancia. Me
ha dolido todo el verano, y esta noche quizá me haya dolido un poco más, sólo eso...
—Harry, estoy segura de que a Dumbledore no le impo rtaría que lo molestaras por una
cosa así...
—Sí —explotó Harry sin poder contenerse—, eso es lo único que a Dumbledore le importa
de mí, mi cicatriz.
—¡No digas eso! ¡No es verdad!
—Creo que escribiré a Sirius y se lo contaré, a ver qué opina él...
—¡No puedes poner una cosa así por escrito, Harry! —exclamó Hermione, alarmada—.
¿No recuerdas que Moody nos dijo que tuviéramos muc ho cuidado con lo que escribíamos en
nuestras cartas? ¡No podemos estar seguros de que no intercepten nuestras lechuzas!
—¡De acuerdo, de acuerdo, no se lo contaré! —repuso Harry, enfadado. Luego se levantó
y dijo—: Me voy a la cama. Díselo a Ron, ¿quieres?
—¡Ah, ni hablar 205 ! —replicó Hermione con alivio—, si tú te vas, yo también puedo irme
sin parecer maleducada. Estoy agotada y mañana quie ro hacer unos cuantos gorros más. Mira,
si quieres puedes ayudarme, es muy divertido. Ya he mejorado y puedo hacer dibujos, borlas y
todo tipo de adornos.
Harry la miró y vio que estaba muy contenta, así que intentó fingir que su ofrecimiento lo

205 ¡Ah, no!

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
175
tentaba.
—Esto..., no, no creo que te ayude, gracias —balbuceó—. Humm... Mañana no, tengo un
montón de deberes por hacer...
Y fue hacia la escalera de los dormitorios de los chicos dejándola un tanto decepcionada.

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
176

14
Percy y Canuto


Al día siguiente, Harry fue el primero que despertó en el dormitorio. Se quedó un
momento tumbado y contempló el polvo que se arremol inaba en un rayo de sol que entraba
por el espacio que había entre las cortinas de su cama adoselada, saboreando la idea de que
era sábado. La primera semana del curso había sido interminable, como una gigantesca lección
de Historia de la Magia.
A juzgar por el silencio que había en la habitación y el inmaculado aspecto de aquel rayo
de sol, acababa de amanecer. Harry abrió las cortin as de su cama, se levantó y empezó a
vestirse. Lo único que se oía, aparte del lejano piar de los pájaros, era la lenta y profunda
respiración de sus compañeros de Gryffindor. Abrió con cuidado su moch ila, sacó una hoja de
pergamino y una pluma, y bajó a la sala común.
Allí fue derecho hacia su butaca favorita, vieja y mullida, junto al fuego ya apagado, se
sentó cómodamente en ella y desenrolló la hoja de p ergamino mientras miraba a su alrededor.
Los trozos de pergamino arrugados, gobstones viejos , tarros vacíos y envoltorios de
chucherías 206 que solían cubrir la sala común al final del día, habían desaparecido, así como los
gorros de elfo de Hermione. Mientras se preguntaba cuántos elfos habrían conseguido la
libertad, tanto si la querían como si no, Harry destapó su tintero, mojó la pluma en él y la dejó
suspendida un par de centímetros por encima de la s uave y amarillenta superficie del
pergamino, muy concentrado... Pero al cabo de un mi nuto más o menos, se encontró
contemplando la chimenea vacía sin saber qué decir.
Ya entendía lo difícil que debía de haber sido para Ron y Hermione escribirle cartas aquel
verano. ¿Cómo iba a contarle a Sirius lo que había pasado aquella semana y plantearle las
preguntas que se moría por hacer sin proporcionar a unos hipotéticos ladrones de cartas gran
cantidad de información que no quería que tuvieran?
Se quedó allí sentado un buen rato, observando la c himenea, y al final tomó una
decisión. Mojó otra vez la pluma en el tintero y empezó a escribir resueltamente.

Querido Hocicos:
Espero que estés bien. Los primeros días aquí han s ido terribles, y por eso me
alegro de que haya llegado el fin de semana.
Tenemos una profesora nueva de Defensa Contra las A rtes Oscuras, la
profesora Umbridge. Es tan encantadora como tu madre. Te escribo porque eso que
te conté en verano volvió a pasarme anoche mientras estaba cumpliendo un castigo
con Umbridge.
Todos echamos de menos a nuestro gran amigo, pero e speramos que vuelva
pronto.
Contéstame rápido 207 , por favor.
Un abrazo,
Harry

El chico releyó varias veces la carta intentando po nerse en el pellejo de una persona
desconocida. Le pareció que, leyendo aquella carta, nadie podría saber de qué estaba hablando
ni a quién se dirigía. Esperaba que Sirius captara la indirecta sobre Hagrid y les dijera cuándo
iba a volver. Harry no quería preguntárselo directa mente por si eso atraía demasiado la
atención sobre lo que estaba haciendo Hagrid mientras no se hallaba en Hogwarts.

206 Golosinas 207 Pronto

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
177
Teniendo en cuenta que era una carta muy breve, Harry había tardado mucho en
escribirla, pues la luz del sol ya había invadido la habitación mientras la redactaba. En ese
momento, Harry escuchaba ruidos en la distancia que indicaban que sus compañeros se habían
puesto en movimiento en los dormitorios del piso de arriba. Selló el pergamino con sumo
cuidado, salió por el agujero del retrato y se dirigió a la lechucería 208 .
—Yo no tomaría ese camino —lo previno Nick Casi Dec apitado, que apareció después de
atravesar una pared del pasillo por el que iba Harry, desconcertándolo momentáneamente—.
Peeves ha preparado una graciosa broma para el prim ero que pase por delante del busto de
Paracelso que hay un poco más allá.
—¿Y en qué consiste la broma? ¿En que Paracelso se le caiga en la cabeza al que pase
por delante?
—Pues da la casualidad de que sí —contestó Nick Casi Decapitado con voz aburrida—. La
sutileza nunca ha sido el fuerte de Peeves. Voy a v er si encuentro al Barón Sanguinario...
Quizá él pueda hacer algo para impedirlo... Hasta la vista, Harry...
—Adiós —dijo él, y en lugar de torcer hacia la dere cha, giró hacia la izquierda y tomó un
camino más largo pero más seguro para llegar a la l echucería.
Fue animándose a medida que pasaba junto a las vent anas, una tras otra, por las que se
veía un reluciente cielo azul; más tarde tenía entrenamiento: ¡por fin iba a volver al campo de
quidditch!
Entonces algo le rozó los tobillos. Miró hacia abaj o y vio a la esquelética gata del
conserje, la Señora Norris, que pasaba escabullándose por su lado. La gata clav ó brevemente
en él sus ojos amarillos como lámparas antes de desaparecer detrás de una estatua de Wilfred
el Nostálgico.
—No estoy haciendo nada malo —le gritó Harry. Resul taba evidente que la gata tenía
intención de informar a su amo, pero él no entendía por qué: estaba en su perfecto derecho de
ir a la lechucería un sábado por la mañana.
El sol ya había salido completamente, así que cuand o Harry entró en la lechucería, la luz
que se colaba por las ventanas sin cristales lo deslumbró; unos gruesos rayos de sol plateados
se entrecruzaban en la estancia circular, en cuyas vigas había posadas cientos de lechuzas, un
poco inquietas con las primeras luces de la mañana; era evidente que algunas acababan de
llegar de cazar. El suelo cubierto de paja crujió l evemente cuando Harry pisó unos
huesecillos 209 de animales pequeños, y a continuación el muchacho estiró el cuello para ver a
Hedwig.
—¡Ah, estás ahí! —exclamó al verla cerca de la part e más alta del techo abovedado—.
Ven aquí, tengo una carta para ti. —Hedwig emitió un débil ululato, extendió sus grandes alas
blancas y descendió hasta posarse en el hombro de H arry—. Mira, ya sé que fuera pone
Hocicos —le dijo Harry dándole la carta para que la agarrara con el pico, y sin saber muy bien
por qué, bajó la voz para añadir—: Pero es para Sir ius, ¿de acuerdo? —Hedwig parpadeó una
sola vez con sus ojos de color ámbar y Harry lo int erpretó como una señal de que lo había
entendido—. Que tengas un feliz vuelo —le deseó, y la llevó a una de las ventanas.
Hedwig, tras presionarle brevemente el brazo, salió volando hacia el deslumbrante cielo.
Harry siguió su trayectoria con la mirada hasta que la lechuza se convirtió en una motita negra
y desapareció del todo; entonces dirigió la vista hacia la cabaña de Hagrid, que se veía muy
bien desde aquella ventana, y comprobó que seguía d eshabitada: no salía humo por la
chimenea y las cortinas estaban corridas.
Una ligera brisa agitaba las copas de los árboles del Bosque Prohibido. Harry las
contempló mientras se deleitaba con el fresco aire que le azotaba la cara, se puso a pensar en
el entrenamiento de quidditch que tenía más tarde.. . y entonces lo distinguió. Un enorme
caballo alado con aspecto de reptil igual que los que había observado tirando de los carruajes

208 A la pajarera de las lechuzas 209 Huesos

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
178
de Hogwarts, desplegó unas curtidas y negras alas que parecían de pterodáctilo y se irguió
entre los árboles como un gigantesco y grotesco pájaro. Voló describiendo un amplio círculo,
luego volvió a descender en picado y desapareció entre los árboles. Todo había sido tan rápido
que Harry no podía creer lo que había visto, pero el corazón le latía con violencia.
La puerta de la lechucería se abrió detrás de él. H arry dio un respingo, se volvió con
rapidez y vio a Cho Chang con una carta y un paquete en las manos.
—¡Hola! —dijo él automáticamente.
—¡Ah, hola! —respondió ella con voz entrecortada—. No pensé que habría alguien aquí
tan temprano... Hace cinco minutos me he acordado d e que hoy es el cumpleaños de mi
madre.
Le mostró el paquete a Harry.
—Ya 210 —repuso él. Tenía la impresión de que el cerebro se le había atascado. Le habría
gustado decir algo gracioso e interesante, pero el recuerdo de aquel terrible caballo alado
estaba demasiado fresco y su mente aún no había rea ccionado—. ¡Qué día tan perfecto! —dijo
señalando las ventanas. Estaba tan abochornado que se le encogieron las tripas. El tiempo...
Hablaba del tiempo...
—Sí —coincidió Cho mirando a su alrededor en busca de una lechuza adecuada—.
Excelentes condiciones para el quidditch. Yo no he salido en toda la semana. ¿Y tú?
—Tampoco.
Cho eligió una de las lechuzas del colegio. Hizo que bajara y se le posara en el brazo, y el
pájaro, obediente, extendió una pata para que Cho p udiera atarle el paquete.
—Oye, ¿ya tiene Gryffindor nuevo guardián? —pregunt ó.
—Sí —contestó Harry—. Es mi amigo Ron Weasley, ¿lo conoces?
—¿El enemigo de los Tornados? —preguntó Cho con frialdad—. ¿Es bueno?
—Sí. Creo que sí. Pero no le vi hacer la prueba porque estaba castigado.
Cho levantó la cabeza cuando todavía no había acaba do de atar el paquete a la pata de
la lechuza.
—Esa Umbridge es asquerosa —dijo en voz baja—. Cast igarte sólo porque dijiste la
verdad sobre... sobre... sobre cómo murió Cedric. Se enteró todo el mundo, en el colegio no se
hablaba de otra cosa. Fuiste muy valiente plantándo le cara 211 .
Harry se hinchó tanto que creyó que acabaría flotan do unos centímetros por encima del
suelo cubierto de excrementos de lechuza. ¿Qué impo rtancia tenía un ridículo caballo volador
si Cho consideraba que había sido muy valiente? Est uvo a punto de mostrarle, como sin
querer, el corte que tenía en la mano mientras la ayudaba a atar el paquete a la pata de la
lechuza... Pero en cuanto se le ocurrió aquella emocionante idea, volvió a abrirse la puerta de
la lechucería.
Filch, el conserje, entró en la sala resollando. Tenía manchas de color morado en las
hundidas mejillas surcadas de venas, le temblaba la parte inferior de los carrillos y llevaba el
escaso y canoso cabello despeinado: todo indicaba q ue había ido corriendo hasta allí. La
Señora Norris entró pegada a sus talones, mirando a las lechuzas y maullando con avidez. En
las vigas, las aves, nerviosas, agitaron las alas, y una gran lechuza de color marrón hizo un
ruido amenazador con el pico.
—¡Ja! —exclamó Filch, y dio un torpe paso hacia Har ry. Las nacidas mejillas le temblaban
de ira—. ¡Me han dado el soplo de que piensas hacer un pedido descomunal de bombas
fétidas!

210 Qué bien 211 Al enfrentarla

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
179
Harry se cruzó de brazos y observó al conserje.
—¿Quién le ha dicho que iba a hacer ese pedido?
Cho miró primero a Harry y luego a Filch con el entrecejo fruncido; la lechuza que tenía
en el brazo, cansada de esperar sobre una sola pata , soltó un grito de queja, pero la chica la
ignoró.
—Tengo mis fuentes —respondió Filch, muy satisfecho de sí mismo—. Dame ahora
mismo eso que pensabas enviar.
Harry, contentísimo de no haberse entretenido enviando la carta, replicó:
—No puedo, ya no lo tengo.
—¿Cómo que ya no lo tienes? —se extrañó Filch con e l rostro contraído de rabia.
—Que ya no lo tengo —repitió Harry con calma.
Filch abrió la boca, feroz, movió los labios durante unos segundos, y luego paseó la
mirada por la túnica de Harry.
—¿Cómo sé que no te lo has guardado en un bolsillo?
—Porque...
—Yo he visto cómo enviaba la carta —intervino Cho con tono antipático.
Filch se volvió hacia ella.
—¿Tú has visto cómo...?
—Sí, lo he visto —confirmó ella rotundamente.
Hubo una breve pausa durante la cual Filch fulminó a Cho con la mirada y Cho lo fulminó
a él; entonces el conserje se dio la vuelta y caminó hacia la puerta arrastrando los pies. Luego
se paró con la mano en el pomo y giró la cabeza par a observar por última vez a Harry.
—Como note el más leve tufillo 212 a bomba fétida... —dijo, y bajó la escalera pisand o
fuerte. La Señora Norris contempló con ganas a las lechuzas y después lo sig uió.
Harry y Cho se miraron.
—Gracias —dijo él.
—De nada —repuso Cho, ligeramente ruborizada, y ter minó de atar el paquete a la otra
pata de la lechuza—. No estabas encargando bombas fétidas, ¿verdad?
—No —contestó Harry.
—No sé por qué Filch cree que estabas haciéndolo —comentó mientras llevaba la lechuza
a la ventana.
Harry se encogió de hombros. Él tampoco lo entendía , pero curiosamente eso no le
importaba mucho en aquel momento.
Luego salieron juntos de la lechucería. Al llegar a la entrada de un pasillo que conducía al
ala oeste del castillo, Cho dijo:
—Me voy por aquí. Bueno, ya..., ya nos veremos, Har ry.
—Sí, nos vemos.
Cho le sonrió y se marchó. Él siguió caminando inva dido por una serena euforia. Había
conseguido mantener una conversación con ella sin m eter la pata ni una sola vez... «Fuiste
muy valiente plantándole cara»... Cho lo había llamado valiente... No lo odiaba por estar

212 Olor

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180
vivo...
Ella había preferido a Cedric, desde luego; Harry lo sabía. Pero si él le hubiera pedido
antes que Cedric que lo acompañara al baile, quizá todo habría sido diferente... Cuando Harry
se lo pidió, le pareció que Cho lamentaba con sinceridad tener que decirle que no podía ir con
él...
—Buenos días —saludó Harry alegremente a Ron y Herm ione cuando se reunió con ellos
en la mesa de Gryffindor, en el Gran Comedor.
—¿Por qué estás tan contento? —preguntó Ron mirando a Harry con sorpresa.
—Esto... Porque luego hay entrenamiento de quidditch —respondió él con una sonrisa, y
se acercó una gran bandeja de huevos con beicon.
—¡Ah, sí! —exclamó Ron, que dejó la tostada que est aba comiéndose y bebió un largo
trago de zumo de calabaza. Entonces añadió—: Oye, ¿ no querrías ir un poco antes conmigo?
Para... practicar antes de que empiece el entrenamiento... Así podría familiarizarme con el
terreno de juego...
—Sí, claro —respondió Harry.
—Mirad, no creo que debáis hacerlo —intervino Hermione, muy seria—. Los dos os habéis
retrasado mucho con los deberes...
Pero Hermione no terminó la frase, pues estaba llegando el correo de la mañana y, como
era habitual, El Profeta volaba hacia ella en el pico de una lechuza que ate rrizó peligrosamente
cerca del azucarero y extendió una pata. Hermione l e puso un knut en la bolsita de piel, cogió
el periódico y leyó con rapidez la primera plana, c on gesto de desaprobación, mientras la
lechuza se marchaba volando.
—¿Hay algo interesante? —preguntó Ron. Harry sonrió , pues sabía que Ron se alegraba
de que Hermione hubiera tenido que dejar el tema de los deberes.
—No —respondió ella con un suspiro—, sólo cuentan c horradas sobre la bajista de Las
Brujas de Macbeth, que se casa. —Hermione abrió el periódico y desapareció tras él. Harry se
dedicó a su segundo plato de huevos con beicon y Ro n, que parecía un poco preocupado,
miraba hacia las altas ventanas—. Un momento —dijo ella de pronto—. ¡Oh, no! ¡Sirius!
—¿Qué pasa? —preguntó Harry arrancándole el periódi co de las manos tan bruscamente
que lo rompió por la mitad, de modo que Hermione y él se quedaron cada uno con una parte.
—«Según una información obtenida por el Ministerio de la Magia de fuentes fidedignas,
Sirius Black, el famoso asesino... bla, bla, bla... ¡está escondido en Londres!» —leyó Hermione
en su mitad del periódico con un susurro angustiado .
—Lucius Malfoy, me apuesto algo —afirmó Harry conte niendo la furia de su voz—.
Seguro que reconoció a Sirius en el andén...
—¿Qué? —saltó Ron, alarmado—. No me dijiste que...
—¡Chissst! —exclamaron los otros dos.
—«... El Ministerio advierte a la comunidad de magos que Black es muy peligroso... mató
a treinta personas... se fugó de Azkaban...» Las ma jaderías de siempre 213 —concluyó
Hermione dejando su mitad del periódico y mirando con temor a Harry y Ron—. Bueno, ya no
podrá volver a salir de la casa, eso es todo —susurró—. Dumbledore ya le advirtió que no lo
hiciera.
Afligido, Harry miró el trozo de El Profeta con que se había quedado. La mayor parte de
la página la ocupaba un anuncio de «Madame Malkin, túnicas para todas las ocasiones», donde
al parecer había rebajas.

213 La basura de siempre

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
181
—¡Eh! —exclamó de pronto, alisando la hoja para que Hermione y Ron pudieran verla—.
¡Mirad esto!
—Yo ya tengo todas las túnicas que necesito —dijo Ron.
—No —replicó Harry—, mirad... este breve artículo de aquí...
Ron y Hermione se inclinaron sobre la mesa para lee rlo; el artículo era muy corto, estaba
colocado al final de una columna y decía:

TENTATIVA DE ROBO EN EL MINISTERIO
Sturgis Podmore, de 38 años, vecino del número 2 de Laburnum Gardens,
Clapham, se ha presentado ante el Wizengamot acusado de entrada ilegal y
tentativa de robo en el Ministerio de Magia el 31 de agosto. Podmore fue detenido
por el mago de seguridad del Ministerio de Magia, E ric Munch, que lo sorprendió
intentando entrar por una puerta de alta seguridad a la una de la madrugada.
Podmore, que se negó a declarar en su defensa, fue hallado culpable de ambas
acusaciones y condenado a seis meses en Azkaban.

—¿Sturgis Podmore? —dijo Ron lentamente—. Es ese ti po con una mata de pelo que
parece paja, ¿no? Pertenece a la Ord...
—¡Ron! ¡Chissst! —saltó Hermione mirando aterrada a sus amigos.

—¡Seis meses en Azkaban! —susurró Harry, impresiona do—. ¡Sólo por intentar entrar
por una puerta!
—No seas tonto, no lo han condenado sólo por intentar entrar por una puerta. ¿Qué
demonios hacía en el Ministerio de la Magia a la una de la madrugada? —dijo Hermione en voz
baja.
—¿Crees que hacía algún trabajo para la Orden? —mur muró Ron.
—Esperad un momento... —dijo Harry—. Sturgis tenía que venir a despedirnos, ¿no os
acordáis?
Los otros dos lo miraron.
—Sí, tenía que formar parte de la guardia que nos acompañó a King's Cross. Y Moody
estaba muy enfadado porque no se había presentado; por lo tanto, no puede ser que estuviera
realizando una misión para la Orden, ¿verdad?
—Bueno, a lo mejor no contaban con que lo pillaran —dijo Hermione.
—¡Podría ser una trampa! —exclamó Ron, emocionado—. ¡No, escuchad! —continuó,
bajando la voz exageradamente ante la mirada amenazadora de Hermione—. El Ministerio
sospecha que es uno de los seguidores de Dumbledore, así que..., no sé, lo atrajeron hasta el
Ministerio de alguna forma, y no es que él intentara entrar por alguna puerta. ¡Quizá sólo se
hayan inventado una excusa para atraparlo!
Se produjo una pausa durante la cual Harry y Hermio ne reflexionaron sobre aquella
posibilidad. Harry la encontraba demasiado rocambolesca 214 . Hermione, por su parte, se
mostró impresionada.
—La verdad, no me extrañaría nada que fuera eso lo que pasó —comentó, y dobló
concienzudamente su mitad del periódico. Mientras Harry dejaba el cuchillo y el tenedor en el
plato, ella pareció salir de un ensueño y añadió—: Bueno, creo que para empezar deberíamos

214 Disparatada

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
182
ponernos a escribir esa redacción para Sprout sobre arbustos autofertilizantes, y si tenemos
suerte, podremos empezar la del hechizo Inanimatus Conjurus para la profesora McGonagall
antes de la hora de comer...
Harry sintió cierto remordimiento al pensar en el m ontón de deberes que lo esperaba,
pero el cielo, de un azul estimulante, estaba despejado y no había montado en su Saeta de
Fuego en toda la semana...
—Hombre, podemos hacerlos esta noche —propuso Ron m ientras él y Harry bajaban por
la extensión de césped que descendía hasta el campo de quidditch, con las escobas sobre el
hombro y las severas advertencias de Hermione de qu e suspenderían todos sus TIMOS
resonando todavía en los oídos—. Y nos queda mañana. Hermione se obsesiona demasiado con
el trabajo, ése es su problema... —Hizo una pausa y añadió con un tono más angustiado—:
¿Crees que hablaba en serio cuando dijo que no piensa dejarnos copiar?
—Sí, creo que sí —respondió Harry—. Pero esto tambi én es importante, tenemos que
practicar si queremos seguir en el equipo de quidditch...
—Sí, tienes razón —coincidió Ron, más animado—. Y t enemos tiempo de sobra para
hacerlo todo...
Mientras se acercaban al campo de quidditch, Harry miró hacia la derecha, donde el
viento agitaba los árboles del Bosque Prohibido, pero no salió nada volando de entre las copas;
en el cielo sólo se veían unas cuantas lechuzas que revoloteaban alrededor de la torre de la
lechucería. Como ya tenía suficientes preocupacione s, Harry apartó de su mente al caballo
volador, convencido de que no iba a hacerle ningún daño.
Cogieron las pelotas de quidditch, guardadas en el armario de los vestuarios, y se
pusieron a entrenar. Ron defendía los tres altos postes de gol, y Harry hacía de cazador y le
lanzaba la quaffle procurando que no la atrapara. A Harry le pareció que Ron jugaba muy bien,
pues bloqueó tres cuartas partes de los tantos que Harry intentó marcarle, y a medida que
practicaban, su juego mejoraba. Pasadas un par de h oras volvieron al castillo para comer
(ocasión que Hermione aprovechó para dejar muy clar o que los consideraba unos
irresponsables), y luego volvieron al campo de quidditch para la sesión de entrenamiento con
el resto del equipo. Sus compañeros, salvo Angelina, estaban ya en los vestuarios cuando ellos
entraron.
—¿Estás preparado, Ron? —le preguntó George guiñánd ole un ojo.
—Sí —contestó Ron, que había ido quedándose más cal lado cuanto más se acercaban al
campo.
—¿Preparado para hacernos a todos una exhibición, prefectito? —añadió Fred asomando
la despeinada cabeza por el cuello de su túnica de quidditch con una sonrisa ligeramente
malévola en los labios.
—¡Cállate! —le ordenó Ron con expresión inmutable m ientras se ponía la túnica del
equipo por primera vez. Ésta le quedaba muy bien si se tenía en cuenta que había pertenecido
a Oliver Wood, cuyos hombros eran mucho más anchos que los de él.
—¡Hola, chicos! —dijo Angelina al salir del despacho del capitán, ya cambiada—. Vamos a
empezar. Alicia y Fred, ¿podéis llevar el cajón de las pelotas? Ah, hay un par de personas ahí
fuera mirando, pero quiero que las ignoréis, ¿de ac uerdo?
Por el tono forzadamente despreocupado de su voz, H arry sospechó quiénes podían ser
aquellos espectadores a los que nadie había invitad o, y, en efecto, cuando salieron del
vestuario a la intensa luz del sol del terreno de juego, los recibió una tormenta de silbidos y
abucheos del equipo de quidditch de Slytherin y uno s cuantos hinchas, que se habían sentado
en grupo hacia la mitad de las tribunas vacías y cuyas voces resonaban por todo el estadio.
—¿Qué es eso que lleva Weasley? —gritó Malfoy con s u voz burlona—. ¿A quién se le
ocurriría hacerle un encantamiento volador a un palo viejo y mohoso como ése?
Crabbe, Goyle y Pansy Parkinson rieron a carcajadas . Mientras, Ron montó en su escoba

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
183
y dio una patada en el suelo para despegar, y Harry lo siguió y vio cómo se le ponían las
orejas coloradas.
—No les hagas caso —le dijo a su amigo, y aceleró para alcanzarlo—, ya veremos quién
ríe el último cuando nos toque jugar contra ellos...
—Ésa es exactamente la actitud que espero de mis ju gadores, Harry —terció Angelina
con satisfacción. Voló alrededor de ellos con la quaffle bajo el brazo y redujo la velocidad hasta
quedar suspendida en un punto fijo frente al equipo —. Bueno, chicos, vamos a empezar con
unos cuantos pases para calentar, todo el equipo, por favor...
—Eh, Johnson, ¿quién te ha hecho ese peinado? —grit ó Pansy Parkinson desde las
gradas—. ¡Parece que te salen gusanos de la cabeza!
Angelina se apartó las largas trenzas de la cara y siguió diciendo con serenidad:
—Separaos, y a ver qué podemos hacer...
Harry dio marcha atrás para alejarse de sus compañe ros y colocarse en uno de los
extremos del campo. Ron retrocedió hacia la portería opuesta. Angelina levantó la quaffle con
una mano y se la lanzó con fuerza a Fred, quien se la pasó a George, quien se la pasó a Harry,
quien se la pasó a Ron..., quien la dejó caer.
Los de Slytherin, liderados por Malfoy, se desternillaron de risa. Ron, que había bajado a
toda velocidad para atrapar la quaffle antes de que llegara al suelo, remontó el vuelo
torpemente, resbalando hacia un lado, y volvió hasta la altura donde estaban sus compañeros.
Harry vio que Fred y George se miraban, pero ningun o de los dos dijo nada, cosa rara en ellos,
y Harry se lo agradeció.
—Pásala, Ron —le pidió Angelina como si no hubiera sucedido nada.
Ron le lanzó la quaffle a Alicia, quien se la pasó a Harry, quien se la dio a George...
—Eh, Potter, ¿qué tal va tu cicatriz? —le gritó ent onces Malfoy—. ¿Seguro que no
necesitas descansar un poco? No sé, debe de hacer una semana entera que no has estado en
la enfermería. Eso es un récord para ti, ¿verdad?
George le pasó la quaffle a Angelina; Angelina se la pasó hacia atrás a Harry, que no se
la esperaba, pero a pesar de eso la atrapó con las yemas de los dedos y se la pasó
rápidamente a Ron, que se lanzó para cogerla, pero la quaffle se le escapó por unos
centímetros.
—¡Vamos, Ron! —exclamó Angelina con enfado cuando é ste volvió a descender para
recoger la quaffle—. ¡Presta más atención!
Cuando Ron volvió a alcanzar la altura necesaria para seguir jugando, habría resultado
difícil decir qué rojo era más intenso, si el de la quaffle o el de la cara del chico. Malfoy y el
resto de los del equipo de Slytherin se partían de risa.
Al tercer intento Ron atrapó la quaffle, y debido q uizá al alivio que sintió, la pasó con
tanto entusiasmo que la pelota voló entre las manos extendidas de Katie y le golpeó en la
cara.
—¡Lo siento! —se disculpó Ron acercándose a Katie p ara ver si le había hecho mucho
daño.
—¡No ha sido nada, vuelve a tu posición! —bramó Ang elina—. Pero cuando le pases la
pelota a un compañero intenta no derribarlo de la escoba, ¿vale? ¡Para eso ya tenemos las
bludgers!
Katie sangraba por la nariz. Abajo, en las gradas, los de Slytherin pateaban y
abucheaban a los de Gryffindor. Fred y George se acercaron a Katie.
—Tómate esto —le dijo Fred mientras le tendía una c osa pequeña y de color morado que
había sacado del bolsillo—. Detendrá la hemorragia en cuestión de segundos.

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
184
—Muy bien —gritó Angelina—, Fred y George, id a buscar vuestros bates y una bludger.
Ron, sube a los postes. Harry, suelta la snitch cuando yo lo diga. Vamos a marcar en la
portería de Ron, evidentemente.
Harry fue volando detrás de los gemelos para recoger la snitch.
—Ron está haciéndolo fatal, ¿no? —murmuró George mi entras los tres aterrizaban junto
al cajón donde estaban las pelotas y lo abrían para sacar una bludger y la snitch.
—Es que está nervioso —replicó Harry—; esta mañana he estado practicando con él y lo
hacía mucho mejor.
—Bueno, pues espero que su mejor momento no haya pa sado del todo —comentó Fred
con pesimismo.
Luego volvieron a subir. Cuando Angelina tocó el silbato, Harry soltó la snitch y Fred y
George hicieron otro tanto con la bludger. A partir de aquel momento, Harry apenas se fijó en
lo que hacían los demás. Su trabajo consistía en ca pturar la pequeña y dorada pelota con alas
plateadas que valía ciento cincuenta puntos para el equipo del buscador que la atrapara, y eso
requería mucha velocidad y habilidad. Aceleró hacie ndo bruscos virajes para sortear a los
cazadores; el tibio aire otoñal le azotaba la cara, y los lejanos gritos de los de Slytherin
dejaron de tener sentido... Pero mucho antes de lo que él esperaba, el silbato lo obligó a
detenerse de nuevo.
—¡Alto! ¡Alto! ¡ALTO! —bramó Angelina—. ¡Ron, no estás cubriendo el poste central!
Harry giró la cabeza y miró a su amigo, que estaba suspendido delante del aro de gol
izquierdo, dejando los otros dos completamente desprotegidos.
—Oh..., lo siento...
—¡No paras de moverte mientras miras a los cazadore s! —le recriminó Angelina—. ¡O te
quedas en el centro hasta que tengas que moverte pa ra defender un aro, o vuelas en círculo
alrededor de ellos, pero no vayas de un lado para otro porque así es como te han marcado los
tres últimos tantos!
—Lo siento... —repitió Ron. Su rostro, sudoroso y c olorado, brillaba como una baliza
contra el azul del cielo. —Y tú, Katie, ¿no puedes hacer nada con esa nariz? —¡Cada vez va
peor! —se lamentó la chica con voz pastosa mientras intentaba contener el chorro de sangre
con la manga de su túnica.
Harry observó a Fred, que parecía nervioso y se palpaba los bolsillos. Vio que el gemelo
sacaba una cosa de color morado, la examinaba rápid amente y luego, presa del pánico, miraba
a Katie.
—Bueno, volvamos a intentarlo —propuso Angelina. No hacía ni caso a los de Slytherin,
que se habían puesto a cantar «Los de Gryffindor son unos mantas 215 , los de Gryffindor son
unos mantas», pero de todos modos se la notaba un p oco tensa sobre la escoba.
Cuando apenas llevaban tres minutos volando, volvió a sonar el silbato de Angelina.
Harry, que acababa de ver que la snitch describía un círculo alrededor de un poste de la
portería contraria, se paró sintiéndose ofendido.
—¿Y ahora qué pasa? —le preguntó impaciente a Alici a, que era la jugadora que tenía
más cerca.
—Es Katie —se limitó a contestar ella.
Harry giró la cabeza y vio que Angelina, Fred y George volaban a toda velocidad hacia
Katie. Harry y Alicia fueron también hacia ella. Era evidente que Angelina había interrumpido el
entrenamiento justo a tiempo, pues Katie estaba pál ida como la cera y cubierta de sangre.
—Hay que llevarla a la enfermería —decidió Angelina .

215 Perdedores

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—La llevamos nosotros —se ofreció Fred—. Es posible que... se haya tragado un
manantial de sangre por equivocación...
—Bueno, no tiene sentido continuar sin golpeadores y con una cazadora menos —se
lamentó Angelina. Mientras tanto, Fred y George volaban hacia el castillo llevando entre los
dos a Katie—. En fin, vamos a cambiarnos.
Los de Slytherin siguieron cantando mientras los de Gryffindor entraban en el vestuario.
—¿Cómo ha ido el entrenamiento? —preguntó Hermione fríamente media hora más
tarde, cuando Harry y Ron entraron por la abertura del retrato en la sala común de Gryffindor.
—Ha sido... —empezó a decir Harry.
—Un desastre total —se le adelantó Ron con voz apag ada, y se desplomó en una butaca
junto a Hermione. Ella miró a Ron y su frialdad pareció derretirse.
—Bueno, sólo ha sido el primero —dijo para consolar lo—, supongo que te costará cierto
tiempo...
—¿Quién ha dicho que haya sido un desastre total por mi culpa? —la interrumpió Ron.
—Nadie —contestó Hermione, sorprendida—. Creí que.. .
—Estabas convencida de que iba a hacerlo mal, ¿no?
—¡No, nada de eso! Mira, como tú has dicho que había sido un desastre total...
—Voy a empezar a hacer los deberes —dijo Ron enfada do, y se fue dando zancadas hacia
la escalera que conducía a los dormitorios de los chicos y se perdió de vista.
Hermione miró a Harry y le preguntó:
—¿Lo ha hecho mal o no?
—No —respondió Harry manteniéndose leal. Hermione a rqueó las cejas—. Bueno,
digamos que podría haber jugado mejor —murmuró—, pero sólo ha sido la primera sesión de
entrenamiento, como tú has dicho...
Aquella noche ni Harry ni Ron adelantaron mucho los deberes. Harry sabía que su amigo
estaba demasiado preocupado por lo nefasta que habí a sido su actuación en el entrenamiento
de quidditch, y él no conseguía quitarse de la cabeza aquella cantinela de «Los de Gryffindor
son unos mantas».
Pasaron todo el domingo en la sala común, rodeados de libros, mientras a ratos la
estancia se llenaba de alumnos y otras veces se quedaba vacía. Hacía un día bonito y
despejado, y la mayoría de sus compañeros de Gryffindor estuvieron al aire libre, en los
jardines, disfrutando de lo que bien podía ser uno de los últimos días soleados del año. Al
anochecer, Harry tenía la sensación de que alguien había estado golpeándole el cerebro contra
las paredes internas del cráneo.
—Mira, creo que deberíamos intentar hacer más deber es durante la semana —le comentó
a Ron cuando finalmente terminaron la larga redacción para la profesora McGonagall sobre el
hechizo Inanimatus Conjurus y, abatidos, empezaron otra igual de larga para la profesora
Sinistra sobre las lunas de Júpiter.
—Sí —respondió Ron frotándose los enrojecidos ojos y arrojando al fuego la quinta hoja
de pergamino descartada—. Oye, ¿por qué no pedimos a Hermione que nos deje echar un
vistazo a sus trabajos?
Harry giró la cabeza y miró a su amiga, que estaba sentada con Crookshanks en el
regazo, charlando alegremente con Ginny mientras un par de agujas de punto tejían,
suspendidas en el aire delante de sus ojos, un par de deformes calcetines de elfo.
—No —decidió Harry—, sabes perfectamente que no nos dejará copiar.

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
186
Así que siguieron trabajando mientras fuera el cielo se oscurecía cada vez más. Poco a
poco, la sala común fue quedándose vacía otra vez. A las once y media, Hermione se les
acercó bostezando.
—¿Ya habéis terminado?
—No —contestó Ron con aspereza.
—La luna más grande de Júpiter es Ganímedes, no Calixto —corrigió Hermione señalando
por encima del hombro de su amigo una línea de la redacción de Astronomía—, y la que tiene
los volcanes es Ío.
—Gracias —gruñó Ron tachando las frases equivocadas .
—Lo siento, yo sólo...
—Mira, Hermione, si únicamente has venido para criticar...
—Ron...
—No tengo tiempo para escuchar tus sermones, Hermio ne, ya estoy harto de...
—No, Ron, ¡mira!
Hermione señalaba la ventana más cercana. Harry y R on miraron hacia allí. Una bonita
lechuza se había posado en el alféizar y miraba a Ron.
—¿No es Hermes? —preguntó Hermione, asombrada.
—¡Vaya, sí! —exclamó Ron, que dejó su pluma y se le vantó—. ¿Para qué me habrá
escrito Percy?
Fue hacia la ventana y la abrió, y Hermes entró en la habitación, aterrizó sobre la
redacción de Ron y extendió la pata en la que lleva ba atada una carta. Ron cogió la carta y la
lechuza se marchó sin perder tiempo, dejando huella s de tinta en el dibujo que el chico había
hecho de la luna Ío.
—Sí, es la letra de Percy —observó Ron sentándose e n la butaca y leyendo lo que había
escrito en la parte exterior del rollo de pergamino: «Ronald Weasley, Casa de Gryffindor,
Hogwarts.» Luego miró a sus amigos y añadió—: ¿Qué creéis que será?
—¡Ábrela! —le ordenó Hermione con impaciencia, y Harry asintió con la cabeza.
Ron desenrolló el pergamino y empezó a leer. Cuanto más avanzaba, más ceñuda era su
expresión. Después, cuando con aspecto indignado terminó la lectura, les pasó la carta a Harry
y a Hermione, que se pusieron el uno al lado del otro para leerla juntos.

Querido Ron:
Acabo de enterarme (nada más y nada menos que por e l ministro de la
Magia en persona, a quien ha informado tu nueva mae stra, la profesora
Umbridge) de que te han nombrado prefecto de Hogwarts.
Cuando supe la noticia me llevé una grata sorpresa, y ante todo quiero
felicitarte. He de admitir que siempre temí que tomaras lo que podríamos llamar
«el camino de Fred y George» en lugar de seguir mis pasos, así que ya puedes
imaginarte cómo me alegré al saber que has dejado d e desobedecer a las
autoridades y has decidido cargar con una responsabilidad real.
Pero no voy a limitarme a felicitarte, Ron; también quiero darte algunos
consejos, y por eso te envío esta carta por la noche en vez de utilizar el correo
matutino, como habría sido lo normal. Espero que pu edas leerla lejos de miradas
curiosas y así evitar preguntas inoportunas.
Por algo que al ministro se le escapó cuando me con tó que te habían
nombrado prefecto, deduzco que sigues relacionándote con Harry Potter. Debo
decirte, Ron, que no hay nada que pueda ponerte en mayor peligro de perder tu

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
187
insignia que seguir confraternizando con ese chico. Sí, estoy seguro de que te
sorprenderá que te diga esto (sin duda argumentarás que Potter siempre ha sido
el favorito de Dumbledore), pero me veo obligado a comunicarte que es posible
que Dumbledore no siga dirigiendo Hogwarts durante mucho tiempo, y las
personas que son importantes de verdad tienen una opinión muy distinta (y
seguramente más acertada) del comportamiento de Potter. Ahora no voy a darte
más detalles, pero si mañana lees El Profeta tendrás una idea de por dónde van
los tiros 216 (¡y ya verás mis declaraciones!).
En serio, Ron, no debes permitir que te metan en el mismo saco que a
Potter, pues eso podría resultar muy perjudicial para tus perspectivas de futuro, y
me refiero también a la vida después del colegio. C omo ya debes de saber, dado
que nuestro padre lo acompañó al tribunal, este ver ano Potter tuvo una vista
disciplinaria ante el Wizengamot en pleno, y no salió muy bien parado. Si quieres
que te diga la verdad, se libró de que lo condenara n gracias a un mero
tecnicismo, pero mucha gente con la que he hablado sigue convencida de su
culpabilidad.
Es posible que te dé miedo cortar tus lazos con Potter (ya sé que es un
desequilibrado y que, por lo que me han contado, ha sta puede llegar a ser
violento), pero si tienes alguna preocupación al respecto, o si has detectado algo
más en la conducta de Potter que te inquiete, te re comiendo que hables con
Dolores Umbridge, una mujer encantadora que no tendrá ningún inconveniente en
orientarte.
Y eso me lleva a darte otro consejo. Como ya he insinuado antes, es posible
que muy pronto Dumbledore deje de dirigir Hogwarts. Tus lealtades, Ron, no
deberían estar con él, sino con el colegio y el Ministerio. Lamento mucho saber
que hasta ahora la profesora Umbridge no ha encontr ado mucha cooperación por
parte del profesorado en su intento de introducir esos necesarios cambios en
Hogwarts que el Ministerio tan ardientemente desea (aunque a partir de la
semana que viene creo que le resultará más fácil; te remito una vez más a El
Profeta de mañana). Sólo te diré una cosa: un alumno que de muestre estar
dispuesto a ayudar a la profesora Umbridge en estos momentos podría ser un
firme candidato al cargo de delegado dentro de un par de años.
Siento mucho que no pudiéramos vernos más este vera no. No me gusta
criticar a nuestros padres, pero me temo que no puedo continuar viviendo con
ellos mientras sigan mezclándose con ese peligroso grupo que apoya a
Dumbledore (si escribes a nuestra madre, deberías decirle que a un tal Sturgis
Podmore, gran amigo de Dumbledore, lo han enviado r ecientemente a Azkaban
porque entró de forma ilegal en el Ministerio e intentó robar. Quizá la noticia le
abra los ojos y le haga comprender que las personas con las que se relaciona son
una pandilla de delincuentes). Me considero muy afo rtunado por haberme librado
del estigma que conlleva asociarse con ese tipo de gente (el ministro se porta
estupendamente conmigo), y de verdad, Ron, espero q ue no dejes que los lazos
familiares te impidan ver lo erróneo de las opiniones y de los actos de nuestros
padres. Ojalá con el tiempo se den cuenta de lo equ ivocados que estaban, y, por
supuesto, cuando llegue ese día aceptaré sin reservas sus disculpas.
Piensa con detenimiento en todo lo que te he dicho, por favor,
especialmente en lo de Harry Potter, y felicidades una vez más por tu
nombramiento.
Tu hermano,
Percy

Harry levantó la cabeza y miró a Ron.
—Bueno —dijo intentando que pareciera que se había tomado aquella carta como una
broma—, si quieres... ¿Cómo era?... —volvió a mirar la carta de Percy—. ¡Ah, sí! «Cortar los

216 De hacia dónde sopla el viento

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
188
lazos» conmigo, te juro que no me pondré violento.
—Dámela —le pidió Ron tendiéndole una mano—. Es un completo... —añadió
entrecortadamente mientras rompía la carta de Percy por la mitad—, absoluto... —la rompió
en cuatro trozos—, y rematado... —la cortó en ocho trozos— imbécil. —Y los arrojó al fuego—.
Démonos prisa, hemos de terminar esto antes del ama necer —le dijo con brusquedad a Harry,
y cogió otra vez la redacción para la profesora Sinistra.
Hermione miraba a Ron con una extraña expresión en la cara.
—Dénmelas —dijo de pronto.
—¿Qué? —se extrañó Ron.
—Dádmelas, las repasaré y las corregiré —afirmó.
—¿Lo dices en serio? ¡Oh, Hermione, eres nuestra sa lvación! —exclamó Ron—¿Qué
puedo...?
—Podéis decir esto: «Prometemos que nunca volveremos a dejar nuestros deberes para
el último momento» —recitó ella tendiéndoles ambas manos para que le entregaran las
redacciones, aunque con aire divertido.
—Un millón de gracias, Hermione —dijo Harry con un hilo de voz mientras le pasaba su
redacción, y volvió a hundirse en su butaca frotándose los ojos.
Ya era más de medianoche, y en la sala común sólo e staban ellos tres y Crookshanks. Lo
único que se oía era el rasgueo de la pluma de Herm ione mientras tachaba frases aquí y allá, y
el ruido que hacía al pasar las páginas de los libros de consulta que había esparcidos sobre la
mesa cuando buscaba algún dato en ellos. Harry esta ba agotado. Además notaba una extraña
sensación de vacío y de mareo en el estómago que no tenía nada que ver con el cansancio,
pero sí con la carta de Percy, que ya había quedado reducida a cenizas en la chimenea.
Harry era consciente de que la mitad de los estudia ntes de Hogwarts lo consideraban
raro, o incluso loco, y sabía que El Profeta llevaba meses haciendo comentarios maliciosos
sobre él, pero ver todo eso escrito de puño y letra de Percy, y enterarse de que éste
aconsejaba a Ron que dejara de ser amigo suyo y que le hablara de él a la profesora
Umbridge, lo obligó a tomar conciencia real de la situación. Hacía cuatro años que conocía a
Percy, había estado en su casa durante las vacaciones de verano, había compartido una tienda
con él durante los Mundiales de quidditch, había re cibido de él la puntuación máxima en la
segunda prueba del Torneo de los tres magos el año anterior, y, sin embargo, en esos
momentos, Percy creía que era un desequilibrado y que hasta podía llegar a ser violento.
Entonces Harry sintió un arrebato de cariño hacia su padrino, y pensó que seguramente Sirius
era la única persona capaz de comprender de verdad cómo se sentía él en aquel momento,
porque Sirius estaba en la misma situación. Casi toda la comunidad de los magos creía que era
un peligroso asesino y uno de los más fieles seguid ores de Voldemort, y él había tenido que
aguantar aquello durante catorce años...
Harry parpadeó, pues acababa de ver algo en el fueg o que no podía estar allí. Había
aparecido un instante y luego había desaparecido. No, no podía ser... Se lo había imaginado
porque estaba pensando en Sirius...
—Bueno, ya puedes pasarla a limpio —le dijo Hermion e a Ron acercándole su redacción y
una hoja con lo que ella había escrito—; luego añade las conclusiones que he redactado yo.
—En serio, Hermione, eres la persona más maravillos a que he conocido jamás —repuso
Ron con timidez—, y si vuelvo a ser maleducado contigo...
—... sabré que vuelves a ser el de siempre —terminó Hermione—. Harry, la tuya está
bien, excepto este trozo del final. Creo que no oíste bien lo que decía la profesora Sinistra:
Europa está cubierta de hielo, no de pelo. ¿Me oyes, Harry?
Harry se había levantado de la butaca y estaba arro dillado en la chamuscada y raída
alfombra que había delante de la chimenea, contemplando las llamas.

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
189
—Harry —dijo Ron, desconcertado—. ¿Qué haces ahí?
—Acabo de ver la cabeza de Sirius en el fuego —explicó Harry.
Lo dijo con mucha calma; al fin y al cabo, había vi sto la cabeza de Sirius en aquella
misma chimenea el año anterior y había hablado con él. Con todo, no estaba seguro de
haberla visto esta vez... Había desaparecido tan deprisa...
—¿La cabeza de Sirius? —repitió Hermione—. ¿Como aq uella vez que quería hablar
contigo durante el Torneo de los tres magos? Pero no creo que vaya a hacerlo ahora, sería
demasiado... ¡Sirius!
La chica dio un grito ahogado y se quedó mirando el fuego mientras Ron soltaba la
pluma. En medio de las llamas, efectivamente, estaba la cabeza de Sirius, con el largo y
oscuro cabello enmarcando su sonriente rostro.
—Empezaba a pensar que subiríais a acostaros antes de que se hubieran marchado los
demás —dijo—. He venido a vigilar todas las horas.
—¿Has aparecido en el fuego hora tras hora? —le preguntó Harry conteniendo la risa.
—Sólo unos segundos, para comprobar si había moros en la costa.
—Pero ¿y si llega a verte alguien? —dijo Hermione con nerviosismo.
—Bueno, creo que antes me ha visto una chica que de bía de ser de primero, por la pinta
que tenía, pero no os preocupéis —se apresuró a añadir Sirius al ver que Hermione se llevaba
una mano a la boca—, desaparecí en cuanto volvió a mirarme, y estoy seguro de que pensó
que sólo era un tronco con forma rara o algo así.
—Pero Sirius, esto es muy arriesgado... —empezó Hermione.
—Me recuerdas a Molly —repuso Sirius—. Ésta ha sido la única manera que se me ha
ocurrido de contestar a la carta de Harry sin recurrir a un código. Además, los códigos pueden
descifrarse.
Cuando Sirius mencionó la carta de Harry, Hermione y Ron giraron la cabeza y se
quedaron observando a su amigo.
—¡No nos dijiste que habías escrito a Sirius! —protestó Hermione.
—Se me olvidó —repuso Harry, y era cierto: su encue ntro con Cho en la lechucería le
había borrado de la mente todo lo ocurrido con anterioridad—. No me mires así, Hermione, era
imposible que alguien obtuviera información secreta de esa carta, ¿verdad, Sirius?
—Sí, era muy buena —confirmó éste sonriendo—. Bueno , será mejor que nos demos
prisa, por si alguien nos molesta. A ver, tu cicatriz...
—¿Qué pasa con...? —empezó a decir Ron, pero Hermio ne lo interrumpió.
—Ya te lo contaremos más tarde, Ron. Sigue, Sirius.
—Mira, ya sé que no tiene ninguna gracia que te due la, pero no creemos que sea algo
por lo que debamos preocuparnos. El año pasado te dolía continuamente, ¿no?
—Sí, y Dumbledore dijo que sucedía cada vez que Vol demort sentía una intensa emoción
—explicó Harry, ignorando, como de costumbre, las m uecas de Ron y Hermione—. Quizá sólo
se tratara de que Voldemort estaba..., no sé, muy enfadado o algo así la noche de mi castigo.
—Bueno, ahora que ha regresado, es lógico que te du ela más a menudo —afirmó Sirius.
—Entonces, ¿no crees que tenga nada que ver con el hecho de que la profesora
Umbridge me tocara mientras estaba cumpliendo el castigo con ella? —inquirió Harry.
—Lo dudo. No la conozco personalmente, pero sé la f ama que tiene y estoy seguro de
que no es una mortífaga.

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
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—Pues es lo bastante repugnante para serlo —opinó Harry con desánimo, y Ron y
Hermione asintieron enérgicamente, dándole la razón.
—Sí, pero el mundo no está dividido en buenas perso nas y mortífagos —aclaró Sirius con
una sonrisa irónica—. De todos modos, ya sé que es una imbécil. Deberíais oír a Remus hablar
de ella.
—¿Lupin la conoce? —preguntó Harry rápidamente, rec ordando los comentarios sobre
híbridos peligrosos que la profesora Umbridge hizo en su primera clase.
—No —respondió Sirius—, pero hace dos años ella red actó el borrador de una ley
antihombres lobo, y por culpa de esa ley, Remus tiene muchos problemas para conseguir
trabajo.
Harry se acordó del descuidado y empobrecido aspecto que Lupin tenía últimamente, y
sintió aún más desprecio hacia la profesora Umbridge.
—¿Qué tiene contra los hombres lobo? —preguntó Herm ione, enojada.
—Supongo que miedo —contestó Sirius sonriendo ante la indignación de Hermione—. Por
lo visto odia a los semihumanos; el año pasado hizo una campaña para reunir a toda la gente
del agua y etiquetarla. Imaginaos, perder el tiempo y la energía persiguiendo a la gente del
agua, cuando hay tantos sinvergüenzas sueltos, como Kreacher.
Ron rió, pero Hermione estaba muy enfadada.
—¡Sirius! —exclamó en tono de reproche—. En serio, si te esforzaras un poco con
Kreacher, estoy segura de que él reaccionaría. Después de todo, eres el único miembro de la
familia que le queda, y el profesor Dumbledore dijo que...
—Bueno, ¿qué tal son las clases con Umbridge? —la i nterrumpió Sirius—. ¿Qué hace, os
entrena a todos para exterminar híbridos?
—No —contestó Harry sin hacer caso del gesto ofendi do de Hermione por haber sido
interrumpida en su defensa de Kreacher—. ¡No nos deja hacer magia!
—Lo único que hacemos es leer esos estúpidos libros de texto —añadió Ron.
—No me extraña —dijo Sirius—. Según hemos sabido po r las fuentes que tenemos en el
Ministerio, Fudge no quiere que recibáis entrenamiento para el combate.
—¿Entrenamiento para el combate? —repitió Harry, in crédulo—. ¿Qué piensa que
hacemos aquí, formar una especie de ejército mágico?
—Eso es exactamente lo que piensa que hacéis —confi rmó Sirius—, o, mejor dicho, eso
es exactamente lo que teme que hace Dumbledore: for mar su ejército privado, con el que
podrá enfrentarse al Ministerio de la Magia.
Se produjo una pausa, y luego Ron dijo:
—Es la cosa más estúpida que he oído en mi vida, incluidas todas las tonterías que dice
Luna Lovegood.
—Entonces ¿no nos dejan aprender Defensa Contra las Artes Oscuras porque Fudge teme
que utilicemos los hechizos contra el Ministerio? —preguntó Hermione, furiosa.
—Exacto —afirmó Sirius—. Fudge cree que Dumbledore no se detendrá ante nada con tal
de alcanzar el poder. Cada día que pasa está más paranoico con él. Sólo es cuestión de tiempo
que dé la orden de detenerlo bajo alguna acusación falsa.
Aquellas palabras hicieron que Harry recordara la carta de Percy.
—¿Sabes si mañana va a salir algo sobre Dumbledore en El Profeta? Percy, el hermano
de Ron, dice que sí...
—No lo sé —repuso Sirius—. No he visto a nadie de l a Orden en todo el fin de semana;

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
191
andaban todos muy ocupados. Hemos estado solos Kreacher y yo...
La voz de Sirius tenía un claro deje de amargura.
—Entonces ¿tampoco has tenido noticias de Hagrid?
—Ah... —dijo Sirius—, bueno, ya tendría que haber vuelto, nadie sabe con certeza qué le
ha pasado. —Entonces, al ver los acongojados rostro s de los tres amigos, se apresuró a
añadir—: Pero Dumbledore no está preocupado, así que no os pongáis nerviosos. Estoy seguro
de que Hagrid está bien.
—Pero si ya tendría que haber vuelto... —insistió Hermione con un hilo de voz.
—Madame Máxime estaba con él; hemos hablado con ell a y dice que se separaron en el
viaje de regreso a casa, pero nada indica que pueda estar herido o... Bueno, nada indica que
no esté perfectamente bien. —Harry, Ron y Hermione, poco convencidos, intercambiaron
miradas de preocupación—. Mirad, será mejor que no hagáis muchas preguntas sobre Hagrid
—continuó Sirius—. Con eso sólo conseguiréis atraer la atención hacia el hecho de que no ha
vuelto, y sé que a Dumbledore no le interesa. Hagrid es un tipo duro, seguro que está bien. —
Y como no pareció que sus palabras animaran a los c hicos, añadió—: Por cierto, ¿cuándo es
vuestra próxima excursión a Hogsmeade? Se me ha ocu rrido que ya que nos salió bien lo del
disfraz de perro en la estación, podríamos...
—¡NO! —saltaron Harry y Hermione a la vez, gritando.
—Sirius, ¿acaso no lees El Profeta? —le preguntó Hermione muy angustiada.
—¡Oh, El Profeta !—exclamó Sirius sonriendo—. Les encantaría saber p or dónde ando,
pero en realidad no tienen ni idea...
—Creemos que esta vez sospechan algo —intervino Harry—. Algo que comentó Malfoy en
el tren, utilizando la palabra «perro», nos hizo pensar que sabía que eras tú, y su padre estaba
en el andén, Sirius, ya sabes, Lucius Malfoy, así q ue sobre todo no te acerques por aquí. Si
Malfoy vuelve a reconocerte...
—De acuerdo, de acuerdo —repuso Sirius con aire muy contrariado—. Sólo era una idea,
pensé que te gustaría que nos viéramos.
—¡Claro que me gustaría, pero no quiero que vuelvan a encerrarte en Azkaban! —aclaró
Harry.
Hubo una pausa durante la cual Sirius se quedó mira ndo a su ahijado desde el fuego,
frunciendo el entrecejo.
—No te pareces a tu padre tanto como yo creía —come ntó entonces con frialdad—. Para
James, el riesgo habría sido lo divertido.
—Mira...
—Bueno, tengo que marcharme. Oigo a Kreacher bajand o por la escalera —dijo Sirius,
pero Harry estaba seguro de que mentía—. Ya te escribiré diciéndote a qué hora puedo volver
a aparecer en el fuego, ¿está bien? Si no lo encuentras demasiado arriesgado, claro...
Entonces se oyó un débil «¡Pum!», y donde antes est aba la cabeza de Sirius volvieron a
verse sólo llamas.

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
192

15
La Suma 217 Inquisidora de Hogwarts


Creyeron que a la mañana siguiente tendrían que rep asar El Profeta de Hermione de
arriba abajo para encontrar el artículo que Percy m encionaba en su carta. Sin embargo,
cuando la lechuza que se lo había llevado acababa de levantar el vuelo desde la jarra de leche,
Hermione soltó un grito ahogado y puso el periódico sobre la mesa para enseñar a sus amigos
una gran fotografía de Dolores Umbridge que lucía u na amplia sonrisa en los labios y
pestañeaba lentamente bajo el siguiente titular:

EL MINISTERIO EMPRENDE LA REFORMA
EDUCATIVA Y NOMBRA A DOLORES UMBRIDGE
PRIMERA SUMA INQUISIDORA

—¿La profesora Umbridge «Suma Inquisidora»? —repiti ó Harry, desconcertado. La
tostada que estaba comiendo se le cayó de los dedos—. ¿Qué significa eso?
Hermione leyó en voz alta:

Anoche el Ministerio de la Magia tomó una decisión inesperada y aprobó una nueva
ley con la que alcanzará un nivel de control sin pr ecedentes sobre el Colegio
Hogwarts de Magia y Hechicería.
«Hace tiempo que el ministro está preocupado por los sucesos ocurridos en
Hogwarts —explicó el asistente del ministro, Percy Weasley—. Y el paso que acaba
de dar ha sido la respuesta a la preocupación manif estada por muchos padres
angustiados respecto a la orientación que está tomando el colegio, una orientación
con la que no están de acuerdo.»
No es la primera vez en las últimas semanas que el ministro, Cornelius Fudge,
utiliza nuevas leyes para introducir mejoras en el colegio de magos.
Recientemente, el 30 de agosto, se aprobó el Decreto de Enseñanza n.° 22 para
asegurar que, en caso de que el actual director no pudiera nombrar a un candidato
para un puesto docente, el Ministerio tuviera derec ho a elegir a la persona
apropiada.
«Así fue como Dolores Umbridge ocupó su actual pues to como profesora en
Hogwarts —explicó Weasley anoche—. Dumbledore no en contró a nadie para
impartir la asignatura de Defensa Contra las Artes Oscuras... y por eso el ministro
nombró a Dolores Umbridge, lo que ha constituido, p or supuesto, un éxito
inmediato...»
—¿Que ha sido QUÉ? —saltó Harry.

—Espera, aún hay más —dijo Hermione, apesadumbrada.

«... por supuesto, un éxito inmediato porque ha revolucionado por completo el
sistema de enseñanza de dicha asignatura y porque a sí proporciona al ministro

217 Suprma

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
193
información de primera mano sobre lo que está pasando en Hogwarts.»
El Ministerio ha formalizado esta última función con la aprobación del Decreto
de Enseñanza n.° 23, que crea el nuevo cargo de Sum o Inquisidor de Hogwarts.
«De este modo se inicia una emocionante nueva fase del plan del ministro
para poner remedio a lo que algunos llaman el "descenso de nivel" de Hogwarts —
explicó Weasley—. El Inquisidor tendrá poderes para supervisar a sus colegas y
asegurarse de que su trabajo alcance el nivel requerido. El ministro ha ofrecido este
cargo a la profesora Umbridge, además del puesto do cente, y estamos encantados
de anunciar que ella lo ha aceptado.»
Las nuevas medidas adoptadas por el Ministerio han recibido el entusiasta
apoyo de los padres de los alumnos de Hogwarts.
«Estoy mucho más tranquilo desde que sé que Dumbled ore estará sometido a
una evaluación justa y objetiva —declaró el señor Lucius Malfoy, de 41 años, en su
mansión de Wiltshire—. Muchos padres, que queremos lo mejor para nuestros
hijos, estábamos preocupados por algunas de las descabelladas decisiones que ha
tomado Dumbledore en los últimos años y nos alegra saber que el Ministerio
controla la situación.»
Entre esas «descabelladas decisiones» están sin duda los controvertidos
nombramientos docentes, anteriormente descritos en este periódico, que incluyen
al hombre lobo Remus Lupin, al semigigante Rubeus Hagrid y al engañoso ex Auror
Ojoloco Moody.
Abundan los rumores, desde luego, de que Albus Dumb ledore, antiguo Jefe
Supremo de la Confederación Internacional de Magos y Jefe de Magos del
Wizengamot, ya no está en condiciones de dirigir el prestigioso Colegio Hogwarts.
«Creo que el nombramiento de la Inquisidora es un p rimer paso hacia la
garantía de que Hogwarts tenga un director en quien todos podamos depositar
nuestra confianza», afirmó una persona perteneciente al Ministerio.
Dos de los miembros de mayor antigüedad del Wizenga mot, Griselda
Marchbanks y Tiberius Ogden, han dimitido como protesta ante la introducción del
cargo de Inquisidor de Hogwarts.
«Hogwarts es un colegio, no un puesto de avanzada d el despacho de
Cornelius Fudge —afirmó la señora Marchbanks—. Esto no es más que otro
lamentable intento de desacreditar a Albus Dumbledore.»
(En la página 17 encontrarán una detallada descripc ión de las presuntas
vinculaciones de la señora Marchbanks con grupos subversivos de duendes.)

Hermione terminó de leer y miró a sus amigos, que e staban sentados al otro lado de la
mesa.
—¡Ahora ya sabemos por qué nos han puesto a esa Umb ridge! ¡Fudge aprobó el Decreto
de Enseñanza y nos la ha impuesto! ¡Y ahora va y le da poderes para supervisar a los otros
profesores! —Hermione respiraba muy deprisa y le brillaban los ojos—. No puedo creerlo. ¡Es
un escándalo!
—Ya lo sé —coincidió Harry, que se miró la mano der echa, apoyada con fuerza en la
mesa, y vio el débil trazo de las palabras que la profesora Umbridge le había obligado a
grabarse en la piel.
Pero en la cara de Ron estaba dibujándose una sonrisa.
—¿Qué pasa? —preguntaron Harry y Hermione al mismo tiempo, observándolo.
—Es que me muero de ganas de ver cómo supervisan a la profesora McGonagall —dijo
Ron alegremente—. Umbridge va a enterarse de lo que es bueno.
—En fin, vámonos —propuso Hermione poniéndose en pi e—. Si piensa supervisar la clase

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
194
de Binns, será mejor que no lleguemos tarde...
Pero la profesora Umbridge no supervisó la clase de Historia de la Magia, que fue tan
aburrida como la del lunes anterior; tampoco la encontraron en la mazmorra de Snape cuando
llegaron para una clase de dos horas de Pociones, e n la que a Harry le devolvieron su
redacción sobre el ópalo con una enorme y puntiaguda D negra estampada en una esquina
superior.
—Os he puesto la nota que os habrían puesto si hubierais presentado este trabajo en
vuestro TIMO —explicó Snape con una sonrisita de suficiencia mientras se paseaba entre sus
alumnos devolviéndoles los deberes corregidos—. Así os haréis una idea de los resultados que
podéis esperar de vuestros exámenes. —Snape llegó a la parte delantera de la clase y se dio la
vuelta para mirar a los alumnos—. En general, el ni vel de la redacción ha sido pésimo. La
mayoría de vosotros habríais suspendido si hubiera sido un examen. Espero que os esforcéis
mucho más en la redacción de esta semana sobre las diferentes variedades de antídotos para
veneno; si no, tendré que empezar a castigar a los burros que obtengan una D.
—¿A alguien le han puesto una D? ¡Ja! —dijo Malfoy en voz baja, y entonces Snape
esbozó una sonrisa de complicidad.
Harry se dio cuenta de que Hermione lo miraba de reojo intentando ver qué nota había
tenido, así que guardó su redacción sobre el ópalo en la mochila tan rápido como pudo, pues
prefería no divulgar esa información.
Decidido a no proporcionar un pretexto a Snape para que lo regañara en aquella clase,
Harry leyó y releyó cada una de las instrucciones escritas en la pizarra como mínimo tres
veces antes de ponerlas en práctica. Su solución fortificante no tenía exactamente el tono
turquesa claro de la de Hermione, pero al menos era azul y no rosa como la de Neville; al
finalizar la clase, fue hasta la mesa de Snape y se la entregó con una mezcla de alivio y
desafío.
—Bueno, no ha ido tan mal como la semana pasada, ¿v erdad? —comentó Hermione
cuando subían por la escalera de la mazmorra y cruzaban el vestíbulo hacia el Gran Comedor
para ir a comer—. Y los deberes tampoco están tan m al, ¿no? —Como ninguno de sus amigos
contestó, Hermione insistió—: Hombre, tampoco es qu e esperara la nota más alta, sobre todo
si Snape los ha corregido como si fueran un examen de TIMO, pero un aprobado no está mal
en esta etapa, ¿no os parece? —Harry hizo un ruidit o evasivo con la garganta—.
Evidentemente, pueden pasar muchas cosas desde ahora hasta el examen, y tenemos mucho
tiempo para mejorar, pero las notas que obtenemos a hora son una especie de punto de
referencia, ¿no? Algo sobre lo que podemos construir... —Se sentaron juntos a la mesa de
Gryffindor—. Evidentemente me habría encantado que me hubiera puesto una E...
—Hermione —dijo Ron con aspereza—, si quieres saber qué notas nos ha puesto,
pregúntanoslo, ¿vale?
—No, si yo no... Bueno, si queréis decírmelo...
—A mí me ha puesto una I —confesó Ron mientras se servía sopa—. ¿Estás contenta?
—Bueno, no tienes por qué avergonzarte de eso —dijo Fred, que acababa de llegar a la
mesa con George y Lee Jordan y se había sentado a l a derecha de Harry—. Una buena I no
tiene nada de malo.
—Pero ¿la I no significa...? —empezó Hermione.
—Sí, «Insatisfactorio» —contestó Lee Jordan—. Pero es mejor que una D de
«Desastroso», ¿no?
Harry notó que se le encendían las mejillas y fingió un acceso de tos mientras se comía el
panecillo. Cuando paró de toser lamentó comprobar q ue Hermione seguía hablando sobre las
notas de los TIMOS.
—O sea, que la mejor nota es la E de «Extraordinario» —iba diciendo—, y luego está la
A...

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
195
—No, la S —la corrigió George—, S de «Supera las expectativas». Y siempre he pensado
que Fred y yo deberíamos tener S en todo porque sup eramos las expectativas sólo con
presentarnos a los exámenes.
Todos rieron excepto Hermione, que siguió insistiendo:
—Bueno, después de la S está la A de «Aceptable», y ésa es la última nota de aprobado,
¿no?
—Sí —confirmó Fred echando un panecillo entero en s u cuenco de sopa; luego se lo
metió en la boca y se lo tragó de una vez.
—Después está la I de «Insatisfactorio»... —Ron levantó ambos brazos fingiendo que lo
celebraba—, y la D de «Desastroso».
—Y luego la T —le recordó George.
—¿La T? —repitió Hermione, desconcertada—. ¿Es más baja incluso que la D? ¿Qué
demonios significa la T?
—«Trol 218 » —contestó George.
Harry volvió a reír, aunque no estaba seguro de si George bromeaba o no. Se imaginó
que intentaba ocultar a Hermione que le habían puesto una T en todos los TI MOS, e
inmediatamente decidió que trabajaría más a partir de entonces.
—¿Ya habéis tenido alguna clase supervisada? —inqui rió Fred.
—No —contestó Hermione en el acto—. ¿Y vosotros?
—Sólo una, antes de la comida —respondió George—. E ncantamientos.
—¿Cómo ha ido? —preguntaron Harry y Hermione.
Fred se encogió de hombros.
—No ha estado tan mal. La profesora Umbridge se ha quedado en un rincón tomando
notas en un fajo de pergaminos cogidos con un sujetapapeles. Ya conocéis a Flitwick, la ha
tratado como si fuera una invitada; no parecía que le preocupara ni lo más mínimo. Y ella no
ha dicho casi nada. Le ha hecho un par de preguntas a Alicia sobre cómo son las clases
normalmente, Alicia le ha dicho que eran muy interesantes y ya está.
—No me imagino al viejo Flitwick suspendiendo la su pervisión —comentó George—. Casi
siempre aprueba a todo el mundo.
—¿A quién tenéis esta tarde? —le preguntó Fred a Harry.
—A Trelawney...
—Una T como hay pocas...
—... y a Umbridge.
—Pues hoy sé bueno y controla tu genio con la profe sora Umbridge —le aconsejó
George—. Angelina va a ponerse hecha una fiera como te pierdas otro entrenamiento de
quidditch.
Pero Harry no tuvo que esperar a la clase de Defensa Contra las Artes Oscuras para ver a
la profesora Umbridge. Estaba sentado en la última fila de la lóbrega aula de Adivinación,
sacando de su mochila el diario de sueños, cuando Ron le dio un codazo en las costillas; Harry
giró la cabeza y observó que la profesora Umbridge entraba por la trampilla del suelo. La
clase, que hasta entonces hablaba alegremente, guar dó silencio de inmediato. El brusco
descenso del ruido hizo que la profesora Trelawney, que se paseaba repartiendo copias de El
oráculo de los sueños, se volviera para ver qué sucedía.

218 Troglodita

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196
—Buenas tardes, profesora Trelawney —saludó la profesora Umbridge sonriendo
ampliamente—. Espero que haya recibido mi nota en la que le indicaba la fecha y la hora en
que la supervisaría.
La profesora Trelawney asintió con sequedad y, muy contrariada, le dio la espalda a la
profesora Umbridge y siguió repartiendo los libros. Sin dejar de sonreír, la profesora Umbridge
cogió el respaldo de la butaca que había más cerca y la arrastró hasta la parte delantera de la
clase para colocarla unos centímetros por detrás de la profesora Trelawney. Entonces se sentó,
sacó las hojas de pergamino de su floreado bolso y se quedó mirando expectante a su colega
esperando que comenzara la clase.
La profesora Trelawney se ciñó los chales con manos ligeramente temblorosas y miró a
sus alumnos a través de sus gafas de cristales de aumento.
—Hoy vamos a continuar con nuestro estudio de los s ueños proféticos —dijo en un
valeroso intento de adoptar su tono místico, aunque la voz también le temblaba un poco—.
Colocaos por parejas, por favor, e interpretad las últimas visiones nocturnas de vuestro
compañero con la ayuda del libro.
Fue hacia su butaca, pero como vio a la profesora U mbridge sentada justo detrás, de
inmediato giró hacia la izquierda, donde se hallaban Parvati y Lavender, que ya estaban
enfrascadas en un profundo análisis del último sueño de Parvati.
Harry abrió su ejemplar de El oráculo de los sueños mirando disimuladamente a la
profesora Umbridge, que había empezado a tomar nota s. Pasados unos minutos, ésta se
levantó y empezó a pasearse por el aula siguiendo a la profesora Trelawney, escuchando las
conversaciones que mantenía con los alumnos y hacie ndo preguntas de vez en cuando. Harry
agachó la cabeza sobre su libro rápidamente.
—Deprisa, piensa un sueño por si el sapo viene hacia aquí.
—Yo me lo inventé la última vez —protestó Ron—, aho ra te toca a ti.
—¡Ay, no sé! —dijo Harry, desesperado. No recordaba haber soñado nada en los últimos
días—. Digamos que soñé que estaba... ahogando a Sn ape en mi caldero. Sí, eso servirá...
Ron contuvo la risa mientras abría El oráculo de los sueños.
—Vale, tenemos que sumar tu edad a la fecha en que tuviste el sueño, y el número de
letras del tema... ¿Cuál sería el tema? ¿Ahogamiento, caldero o Snape?
—No importa, elige el que quieras —contestó Harry, y se arriesgó a mirar hacia atrás.
La profesora Umbridge estaba de pie detrás de la pr ofesora Trelawney, echando un
vistazo por encima de su hombro y tomando notas, mi entras la profesora de Adivinación
interrogaba a Neville sobre su diario de sueños.
—A ver, ¿qué noche lo soñaste? —le preguntó Ron, enfrascado en sus cálculos.
—No lo sé, anoche, o cuando te parezca —respondió H arry intentando escuchar lo que
Dolores Umbridge estaba diciéndole a la profesora Trelawney.
En ese momento ya sólo estaban a una mesa de distan cia de ellos. La profesora
Umbridge anotaba algo más, y la profesora Trelawney parecía sumamente molesta.
—Dígame —dijo la profesora Umbridge mirando a su co lega—, ¿cuánto tiempo hace
exactamente que imparte esta clase?
La profesora Trelawney la observó frunciendo el entrecejo, con los brazos cruzados y los
hombros encorvados, como si quisiera protegerse cua nto pudiera de la humillación que
suponía aquel examen. Tras una breve pausa, durante la cual pareció decidir que la pregunta
no era tan ofensiva como para ignorarla por completo, contestó con un tono que denotaba un
profundo resentimiento:
—Casi dieciséis años.

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
197
—Eso es mucho tiempo —repuso la profesora Umbridge, y lo anotó en sus hojas de
pergamino—. ¿Y fue el profesor Dumbledore quien le ofreció el puesto?
—Sí —respondió la profesora Trelawney con sequedad.
La profesora Umbridge lo apuntó también.
—¿Y es usted la tataranieta de la famosa vidente Cassandra Trelawney?
—Sí —respondió la profesora levantando un poco más la barbilla.
Otra nota en las hojas de pergamino.
—Pero tengo entendido, y corríjame si me equivoco, que usted es la primera de su
familia, desde Cassandra, que tiene el don de la clarividencia.
—Estos dones suelen saltarse... tres generaciones — repuso la profesora Trelawney.
La sonrisa de sapo de la profesora Umbridge se ensa nchó un poco más.
—Claro, claro —dijo con dulzura, y tomó otra nota—. ¿Podría predecirme algo, por favor?
—preguntó, y miró inquisidoramente a su colega sin dejar de sonreír.
La profesora Trelawney se puso tensa, como si no pu diera creer lo que acababa de oír.
—Perdone, pero no la entiendo —dijo cogiendo convul sivamente el chal que tenía
alrededor del esquelético cuello.
—Me gustaría que me predijera algo —repitió la profesora Umbridge con toda claridad.
Harry y Ron ya no eran los únicos que observaban y escuchaban a hurtadillas escondidos
tras sus libros. La mayoría de los estudiantes miraban perplejos a la profesora Trelawney, que
se enderezó completamente haciendo tintinear sus br azaletes y sus collares de cuentas.
—¡El Ojo Interior no ve nada por encargo! —respondió escandalizada.
—Bien —dijo la profesora Umbridge, y tomó una nueva nota.
—Pero... ¡un momento! —exclamó de pronto la profeso ra Trelawney en un intento de
recuperar su tono etéreo, aunque el efecto místico se malogró un poco porque la voz le
temblaba de rabia—. Creo..., creo... que veo algo. Algo... que la concierne a usted... Sí, noto
algo..., algo tenebroso..., un grave peligro...
La profesora Trelawney señaló con un tembloroso ded o a la profesora Umbridge, que
siguió sonriéndole de manera insulsa con las cejas arqueadas.
—Me temo... ¡Me temo que corre un grave peligro! —c oncluyó la profesora Trelawney
con dramatismo.
Se produjo un silencio. La profesora Umbridge todavía tenía las cejas arqueadas.
—Muy bien —repuso en voz baja, y volvió a hacer una anotación—. Si no es capaz de
nada mejor...
Se dio la vuelta y dejó a la profesora Trelawney plantada donde estaba mientras ésta
respiraba con agitación. Harry miró de reojo a Ron y comprendió que su amigo estaba
pensando exactamente lo mismo que él: ambos sabían que la profesora Trelawney era una
farsante, pero, por otra parte, detestaban tanto a Umbridge que se sentían inclinados a
defenderla. Bueno, al menos hasta que unos segundos más tarde la profesora Trelawney se
abatió sobre ellos.
—¿Y bien? —dijo, chasqueando los dedos bajo la nariz de Harry con una brusquedad
inusitada—. Déjame ver lo que has escrito en tu diario de sueños, por favor.
Pero cuando terminó de interpretar en voz alta los sueños de Harry (los cuales, incluso

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
198
aquellos en los que comía gachas de avena 219 , parecía que pronosticaban una muerte
espantosa y prematura), él ya no sentía tanta compasión por ella. La profesora Umbridge
permaneció todo el rato de pie, un poco alejada, sin dejar de tomar notas, y cuando sonó la
campana fue la primera en bajar por la escalerilla de plata 220 , de modo que ya los esperaba en
el aula cuando los alumnos llegaron, diez minutos m ás tarde, para su clase de Defensa Contra
las Artes Oscuras.
Cuando entraron en el aula la encontraron tarareand o y sonriendo. Harry y Ron le
contaron a Hermione, que había estado en Aritmancia, lo que había pasado en Adivinación
mientras los alumnos sacaban sus ejemplares de Teoría de defensa mágica, pero antes de que
Hermione pudiera preguntar algo, la profesora Umbri dge ya los había llamado al orden y todos
se habían callado.
—Guardad las varitas —ordenó sin dejar de sonreír, y los estudiantes más optimistas,
que las habían sacado, volvieron a guardarlas con pesar en sus mochilas—. En la última clase
terminamos el capítulo uno, de modo que hoy quiero que abráis el libro por la página
diecinueve y empecéis a leer el capítulo dos, titulado «Teorías defensivas más comunes y su
derivación». En silencio, por favor —añadió, y exhi biendo aquella amplia sonrisa de
autosuficiencia, se sentó detrás de su mesa.
Los alumnos suspiraron mientras, todos a una, abrían los libros por la página 19. Harry,
abatido, se preguntó si habría suficientes capítulos para pasarse el año leyendo en las clases
de Defensa Contra las Artes Oscuras, y cuando estab a a punto de revisar el índice se fijó en
que Hermione volvía a tener la mano levantada.
La profesora Umbridge también lo había visto, y no sólo eso, sino que al parecer había
diseñado una estrategia por si se presentaba aquella eventualidad. En lugar de fingir que no se
había fijado en Hermione, se puso en pie y pasó por la primera hilera de pupitres hasta
colocarse delante de ella; entonces se agachó y susurró para que el resto de la clase no
pudiera oírla:
—¿Qué ocurre esta vez, señorita Granger?
—Ya he leído el capítulo dos —respondió Hermione.
—Muy bien, entonces vaya al capítulo tres.
—También lo he leído. He leído todo el libro.
La profesora Umbridge parpadeó, pero recuperó el aplomo casi de inmediato.
—Estupendo. En ese caso, podrá explicarme lo que di ce Slinkhard sobre los
contraembrujos en el capítulo quince.
—Dice que los contraembrujos no deberían llamarse así —contestó Hermione sin vacilar—
. Dice que «contraembrujo» no es más que un nombre que la gente utiliza para denominar sus
embrujos cuando quieren que parezcan más aceptables . —La profesora Umbridge arqueó las
cejas y Harry se dio cuenta de que estaba impresionada, a su pesar—. Pero yo no estoy de
acuerdo —añadió Hermione.
Las cejas de la profesora Umbridge se arquearon un poco más y su mirada adquirió una
frialdad evidente.
—¿No está usted de acuerdo?
—No —contestó Hermione, quien, a diferencia de la p rofesora, no hablaba en voz baja,
sino con una voz clara y potente que ya había atraído la atención del resto de la clase—. Al
señor Slinkhard no le gustan los embrujos, ¿verdad? En cambio, yo creo que pueden resultar
muy útiles cuando se emplean para defenderse.
—¡¿Ah, sí?! —exclamó la profesora Umbridge olvidand o bajar la voz y enderezándose—.

219 Comía avena con leche 220 Escalera de plata

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199
Pues me temo que es la opinión del señor Slinkhard, y no la suya, la que nos importa en esta
clase, señorita Granger.
—Pero... —empezó a decir ella.
—Basta —la atajó la profesora Umbridge; a continuac ión, se dirigió a la parte delantera
de la clase y se quedó de pie delante de sus alumno s; todo el garbo que había exhibido al
principio de la clase había desaparecido—. Señorita Granger, voy a restarle cinco puntos a la
casa de Gryffindor.
Sus palabras desencadenaron un arranque de murmullo s.
—¿Por qué? —preguntó Harry, furioso.
—¡No te metas en esto! —le susurró Hermione, alarmada.
—Por perturbar el desarrollo de mi clase con interrupciones que no vienen al caso —
contestó la profesora Umbridge suavemente—. Estoy a quí para enseñaros a utilizar un método
aprobado por el Ministerio que no contempla la posibilidad de animar a los alumnos a expresar
sus opiniones sobre temas de los que no entienden c asi nada. Es posible que vuestros
anteriores profesores de esta disciplina os hayan permitido más libertades, pero dado que
ninguno de ellos, tal vez con la excepción del prof esor Quirrell, que al menos se limitó a
abordar temas apropiados para vuestra edad, habría aprobado una supervisión del Ministerio...
—Sí, Quirrell era un profesor excelente —dijo Harry en voz alta—, pero tenía un pequeño
inconveniente: que por su turbante se asomaba lord Voldemort.
Esa declaración fue recibida con uno de los silencios más aplastantes que Harry había
oído en su vida. Y entonces...
—Creo que le sentará bien otra semana de castigos, Potter —sentenció la profesora
Umbridge sin alterarse.

El corte que Harry tenía en la mano todavía no se había curado, y a la mañana siguiente
volvía a sangrar. Harry no se quejó durante el castigo de la tarde, pues estaba decidido a no
dar aquella satisfacción a la profesora Umbridge. E scribió una y otra vez «No debo decir
mentiras» sin que un solo sonido escapara de sus labios, aunque el corte iba haciéndose más
profundo con cada letra.
Lo peor de aquella segunda semana de castigos fue, como había predicho George, la
reacción de Angelina. El martes, a la hora del desayuno, acorraló a Harry cuando éste llegó a
la mesa de Gryffindor y se puso a gritarle de tal modo que la profesora McGonagall se acercó
desde la mesa de los profesores.
—Señorita Johnson, ¿cómo se atreve a montar semejan te escándalo en el Gran
Comedor? ¡Cinco puntos menos para Gryffindor!
—Pero profesora... Han vuelvo a castigar a Harry...
—¿Qué pasa, Potter? —preguntó la profesora McGonaga ll con enojo dirigiéndose a
Harry—. ¿Te han castigado? ¿Quién?
—La profesora Umbridge —masculló esquivando los negros y pequeños ojos de la
profesora McGonagall, que lo taladraban a través de las gafas cuadradas.
—¿Estás diciéndome que, después de la advertencia q ue te hice el lunes pasado —dijo,
bajando la voz para que no la oyera un grupo de curiosos de Ravenclaw que tenía detrás—,
has vuelto a perder los estribos en la clase de la profesora Umbridge?
—Sí —confesó Harry mirando al suelo.
—¡Tienes que aprender a controlarte, Potter! ¡Estás buscándote problemas! ¡Cinco
puntos menos para Gryffindor!

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—Pero... ¿qué? ¡No, profesora! —se rebeló Harry, furioso ante aquella injusticia—. Ya me
ha castigado ella, ¿por qué tiene que restarme puntos también?
—¡Porque por lo visto los castigos no surten el más mínimo efecto! —exclamó la
profesora McGonagall de manera cortante—. ¡No, Potter, no quiero oír ni una palabra más! ¡Y
usted, señorita Johnson, haga el favor de reservar en el futuro sus gritos para el campo de
quidditch si no quiere perder la capitanía del equipo!
Y tras pronunciar esas palabras, la profesora McGon agall se encaminó pisando fuerte
hacia la mesa de los profesores. Angelina lanzó a Harry una mirada de profundo desprecio y se
alejó de él, tras lo cual el chico se sentó en el banco junto a Ron, echando chispas.
—¡Le quita puntos a Gryffindor porque todas las tar des me abro la mano con una
plumilla! ¿Es eso justo?
—Te comprendo, Harry —dijo su amigo compasivamente mientras le servía beicon—.
Está completamente chiflada.
Hermione, sin embargo, se limitó a hojear El Profeta y no comentó nada.
—Crees que la profesora McGonagall tiene razón, ¿ve rdad? —le preguntó Harry a la
fotografía de Cornelius Fudge que le tapaba la cara a Hermione.
—Lamento que te haya quitado puntos, pero creo que hace bien advirtiéndote que no
pierdas los estribos con Umbridge —sentenció la voz de su amiga mientras Fudge gesticulaba
enérgicamente en la primera plana cuando pronunciab a un discurso.
Harry no le dirigió la palabra a Hermione en Encantamientos, pero cuando entraron en
Transformaciones se le olvidó que estaba enfadado c on ella. La profesora Umbridge estaba
sentada en un rincón sosteniendo las hojas de pergamino, y al verla, lo ocurrido durante el
desayuno se borró de su memoria.
—Estupendo —murmuró Ron cuando se sentaron en los a sientos que solían ocupar—.
Ahora veremos cómo le dan su merecido a esa Umbridge.
La profesora McGonagall entró en el aula con aire marcial sin dar ni la más leve muestra
de saber que la profesora Umbridge estaba allí.
—¡Ya basta! —exclamó, y la clase se calló de inmedi ato—. Señor Finnigan, haga el favor
de venir a buscar los trabajos y repártalos. Señorita Brown, coja esta caja de ratones, por
favor; no seas tonta, niña, no te van a hacer nada, y dale uno a cada alumno.
—Ejem, ejem.
La profesora Umbridge utilizó la misma tosecilla ri dícula con que había interrumpido a
Dumbledore la primera noche del curso. La profesora McGonagall, sin embargo, la ignoró por
completo. Seamus le devolvió su redacción a Harry, quien la cogió sin mirarlo y vio, con gran
alivio, que le habían puesto una A.
—Muy bien, escuchadme todos con atención. Dean Thom as, si vuelves a hacerle eso a tu
ratón voy a castigarte. La mayoría de vosotros ya h abéis conseguido que vuestros caracoles
desaparezcan, e incluso quienes les dejasteis un poco de caparazón habéis captado lo esencial
del hechizo. Hoy vamos a...
—Ejem, ejem —insistió la profesora Umbridge.
—¿Sí? —dijo la profesora McGonagall volviéndose con las cejas tan juntas que formaban
una larga y severa línea.
—Estaba preguntándome, profesora, si habría recibid o usted la nota en la que le
detallaba la fecha y la hora de su supervi...
—Es evidente que la he recibido, porque si no ya le habría preguntado qué está haciendo
en mi aula —la interrumpió la profesora McGonagall, y dicho eso le dio la espalda. Muchos
estudiantes intercambiaron miradas de regocijo—. Como iba diciendo, hoy vamos a practicar el

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
201
hechizo desvanecedor con ratones, lo cual resulta mucho más difícil. Bien, el hechizo
desvanecedor...
—Ejem, ejem.
—Me gustaría saber —empezó la profesora McGonagall, conteniendo su ira y volviéndose
hacia la profesora Umbridge— cómo espera hacerse una idea de mis métodos de enseñanza si
no para de interrumpirme. Verá, por lo general, no tolero que la gente hable cuando estoy
hablando yo.
La profesora Umbridge se quedó como si acabara de r ecibir una bofetada. No dijo nada,
pero colocó bien las hojas de pergamino que estaban cogidas con el sujetapapeles y empezó a
escribir furiosamente.
La profesora McGonagall, haciendo gala de una indiferencia suprema, se dirigió de nuevo
a los alumnos.
—Como iba diciendo, la dificultad del hechizo desva necedor es proporcional a la
complejidad del animal que queremos hacer desaparecer. El caracol, que es un invertebrado,
no supone un gran desafío; el ratón, que es un mamífero, plantea un reto mucho mayor. Por lo
tanto, éste no es un hechizo que podáis realizar si estáis pensando en la cena. Bien, ya
conocéis el conjuro, veamos de qué sois capaces...
—¡Cómo se atreve a sermonearme por perder los estri bos con Umbridge! —le murmuró
Harry a Ron, aunque sonreía: casi se le había pasado del todo el enfado con la profesora
McGonagall.
Dolores Umbridge no siguió a la profesora McGonagall por el aula como había hecho con
la profesora Trelawney; quizá se diese cuenta de que la profesora McGonagall no lo permitiría.
Sin embargo, tomó muchas notas, sentada en un rincó n, y cuando finalmente la profesora
McGonagall dijo a sus alumnos que podían recoger, se levantó con semblante adusto.
—Bueno, algo es algo —comentó Ron mientras cogía un a larga y escurridiza cola de
ratón y la metía en la caja que Lavender estaba pasando por los pasillos.
Cuando salían en fila del aula, Harry vio que la pr ofesora Umbridge se acercaba a la
mesa de la profesora McGonagall; entonces le dio un codazo a Ron, que a su vez le dio un
codazo a Hermione, y los tres se quedaron rezagados adrede para escuchar.
—¿Cuánto tiempo hace que imparte clases en Hogwarts ? —le preguntó la profesora
Umbridge.
—En diciembre hará treinta y nueve años —contestó l a profesora McGonagall
bruscamente, y cerró su bolso con brío.
La profesora Umbridge anotó algo una vez más.
—Muy bien —añadió—, recibirá el resultado de su supervisión dentro de diez días.
—Me muero de impaciencia —replicó la profesora McGo nagall con desprecio, y se
encaminó hacia la puerta con grandes zancadas—. Dao s prisa, vosotros tres —añadió
dirigiéndose a Harry, Ron y Hermione.
Harry no pudo evitar dirigirle una tímida sonrisa, y habría jurado que la profesora
McGonagall se la devolvía.
Harry creyó que no volvería a ver a Dolores Umbridge hasta el castigo de aquella tarde,
pero se equivocaba. Después de recorrer el césped h acia el bosque para asistir a la clase de
Cuidado de Criaturas Mágicas, la encontraron esperándolos junto a la profesora Grubbly-Plank
con sus dichosas hojas de pergamino para tomar nota s.
—Usted no siempre imparte esta clase, ¿verdad? —oyó Harry que le preguntaba a
Grubbly-Plank cuando llegaron a la mesa de caballete donde los bowtruckles cautivos, que
parecían un montón de ramitas vivas, escarbaban en busca de cochinillas.

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
202
—Correcto —confirmó la profesora con las manos cogidas detrás de la espalda mientras
se balanceaba sobre la parte anterior de la planta del pie—. Soy la sustituta del profesor
Hagrid.
Harry intercambió una mirada de desasosiego con sus dos amigos. Malfoy hablaba en voz
baja con Crabbe y Goyle; seguro que aprovecharía aq uella oportunidad para contarle patrañas
sobre Hagrid a un miembro del Ministerio.
—Humm —murmuró la profesora Umbridge, bajando la vo z, aunque Harry pudo oírla a la
perfección—. El director se muestra extrañamente re acio a proporcionarme información acerca
de este asunto... ¿Podría usted decirme cuál es el motivo de la prolongada excedencia 221 del
profesor Hagrid?
Harry vio que Malfoy levantaba la cabeza, atento.
—Me temo que no —respondió la profesora Grubbly-Pla nk con toda tranquilidad—. Sé lo
mismo que usted. Dumbledore me envió una lechuza preguntándome si me gustaría hacer una
sustitución de dos semanas, y acepté. Es lo único que puedo decirle. Bueno..., ¿ya podemos
empezar?
—Sí, por favor —respondió la profesora Umbridge tom ando notas de nuevo.
En aquella clase, la profesora Umbridge adoptó una táctica diferente: se paseó entre los
estudiantes formulando preguntas sobre criaturas má gicas. La mayoría supo contestar
correctamente, y Harry se animó un poco: al menos la clase no estaba poniendo en evidencia
a Hagrid.
—Ya que es usted miembro temporal del cuerpo docent e, y por lo tanto me imagino que
tiene una perspectiva más objetiva —dijo luego la profesora Umbridge, que había regresado
junto a la profesora Grubbly-Plank tras interrogar detenidamente a Dean Thomas—, dígame,
¿qué le parece Hogwarts? ¿Considera que recibe sufi ciente apoyo de la dirección del colegio?
—Sí, ya lo creo. Dumbledore es un excelente directo r —contestó la profesora Grubbly-
Plank con entusiasmo—. Sí, estoy muy contenta con s u forma de llevar las cosas, muy
contenta.
La profesora Umbridge adoptó una expresión de educada incredulidad, anotó algo en sus
hojas y prosiguió:
—¿Y qué materia tiene previsto enseñar a esta clase durante el curso, suponiendo, por
supuesto, que el profesor Hagrid no vuelva?
—Oh, estudiaremos las criaturas que suelen salir en el TIMO —respondió la profesora
Grubbly-Plank—. No queda mucho por hacer. Ya han es tudiado los unicornios y los escarbatos;
he pensado que podríamos dedicarnos a los porlocks y a los kneazles, y asegurarnos de que
saben reconocer a los crups y a los knarls...
—Sí, desde luego parece que usted sabe lo que hace —dijo la profesora Umbridge, que
hizo ostentosamente una señal de visto en sus notas. A Harry no le gustó el énfasis que puso
en la palabra «usted», y aún menos la pregunta que le formuló a continuación a Goyle—:
Tengo entendido que en esta clase ha habido heridos, ¿es eso cierto?
Goyle esbozó una estúpida sonrisa y Malfoy se apresuró a contestar por él.
—Fui yo —respondió—. Me golpeó un hipogrifo.
—¿Un hipogrifo? —se extrañó la profesora Umbridge, escribiendo frenéticamente en sus
pergaminos.
—Sí, pero fue porque Malfoy es tan estúpido que no escuchó las instrucciones que le dio
Hagrid —intervino Harry, furioso.
Ron y Hermione soltaron un gemido y la profesora Um bridge giró con lentitud la cabeza

221 Ausencia

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
203
hacia donde estaba Harry.
—Creo que añadiremos una tarde más de castigo —dijo impasible—. Bueno, muchas
gracias, profesora Grubbly-Plank, creo que ya tengo todo lo que necesito. Recibirá los
resultados de su supervisión dentro de diez días.
—Estupendo —repuso ella, y la profesora Umbridge regresó por la ladera de césped hacia
el castillo.

Era casi medianoche cuando Harry salió del despacho de la profesora Umbridge. La mano
le sangraba tanto que se le había manchado el pañue lo con que se la había envuelto. Se había
imaginado que al regresar encontraría la sala común vacía, pero Ron y Hermione estaban
esperándolo. Se alegró de verlos, sobre todo porque Hermione no se mostró crítica con él, sino
comprensiva.
—Toma —dijo con inquietud mientras le acercaba un p equeño cuenco lleno de un líquido
amarillo—, pon la mano en remojo, es una solución de tentáculos de murtlap pasteurizados y
escabechados. Te irá bien.
Harry metió la mano, dolorida y sangrante, en el cuenco y experimentó una agradable
sensación de alivio. Crookshanks se enroscó alrededor de sus piernas maullando fuert e; luego
saltó a su regazo y se quedó acurrucado.
—Gracias —dijo Harry reconfortado, acariciando a Cr ookshanks detrás de las orejas con
la mano izquierda.
—Sigo pensando que deberías quejarte de esto —afirm ó Ron en voz baja.
—No —contestó Harry cansinamente.
—La profesora McGonagall se pondría furiosa si supiera...
—Sí, lo más probable —admitió Harry—. Pero ¿cuánto crees que tardaría Umbridge en
aprobar otro decreto diciendo que cualquier profesor que se queje de la Suma Inquisidora será
inmediatamente despedido?
Ron despegó los labios para responder, pero no arti culó ningún sonido, y al cabo de un
momento volvió a cerrarlos, derrotado.
—Esa mujer es repugnante —afirmó Hermione con un su surro—. Repugnante. Cuando
has entrado estaba diciéndole a Ron... que tenemos que tomar cartas en el asunto.
—Yo propongo que la envenenemos —sugirió Ron con gr avedad.
—No, en serio... Tendríamos que decir algo sobre lo mala profesora que es y sobre el
hecho de que con ella no vamos a aprender nada de D efensa —propuso Hermione.
—Pero ¿qué quieres que hagamos? —le preguntó Ron co n un bostezo—. Es demasiado
tarde, ¿no? Ya le han dado el empleo, y ahora no se va a marchar. De eso se encargará Fudge.
—Bueno —aventuró Hermione—, se me ha ocurrido... —M iró con cierto nerviosismo a
Harry y prosiguió—: Se me ha ocurrido que a lo mejor ha llegado el momento... de que
actuemos por nuestra cuenta.
—¿De que actuemos por nuestra cuenta? —repitió rece losamente Harry, que todavía
tenía la mano metida en la solución de tentáculos de murtlap.
—Me refiero a... aprender Defensa Contra las Artes Oscuras nosotros solos—aclaró
Hermione.
—¿Pretendes hacernos trabajar aún más? ¿No te das cuenta de que Harry y yo volvemos
a tener los deberes atrasados y sólo llevamos dos semanas de curso?
—Pero ¡esto es mucho más importante que los deberes ! —protestó Hermione.

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
204
Harry y Ron la miraron con los ojos desorbitados.
—¡No sabía que en el universo hubiera algo más importante que los deberes! —exclamó
Ron.
—No seas tonto, claro que lo hay —replicó Hermione, y Harry percibió atemorizado que
de pronto la cara de su amiga denotaba aquel tipo de fervor que el PEDDO le solía inspirar—.
Se trata de prepararnos, como dijo Harry en la prim era clase de Umbridge, para lo que nos
espera fuera del colegio. Se trata de asegurarnos d e que verdaderamente sepamos
defendernos. Si no aprendemos nada durante un año...
—No podremos hacer gran cosa nosotros solos —repuso Ron con desánimo—. Sí,
podemos buscar embrujos en la biblioteca e intentar practicarlos, supongo...
—No, estoy de acuerdo contigo: ya hemos superado es a etapa en la que sólo podíamos
aprender cosas en los libros —dijo Hermione—. Neces itamos un profesor, un profesor de
verdad que nos enseñe a usar los hechizos y nos corrija si los hacemos mal.
—Si estás pensando en Lupin... —empezó a decir Harr y.
—No, no, no estoy pensando en Lupin —dijo Hermione— . Él está demasiado ocupado con
la Orden, y además sólo podríamos verlo los fines de semana que fuéramos a Hogsmeade, y
eso no sería suficiente.
—Entonces, ¿en quién? —preguntó Harry, mirándola co n el entrecejo fruncido.
Hermione suspiró profundamente.
—¿No lo habéis captado? —se lamentó—. Podrías hacer lo tú, Harry.
Hubo un momento de silencio. Una ligera brisa nocturna hacía crujir los cristales de las
ventanas y el fuego ardía con luz parpadeante.
—Podría hacer ¿qué? —se sorprendió él.
—Podrías enseñarnos Defensa Contra las Artes Oscuras.
Harry la miró fijamente. Luego dirigió la vista hacia Ron, dispuesto a cambiar con él una
de aquellas miradas de exasperación que compartían cuando Hermione les salía con algún
descabellado proyecto como el PEDDO. Sin embargo, p ara desesperación de Harry, Ron no
parecía nada exasperado, y, después de reflexionar unos instantes con el entrecejo un poco
fruncido, dijo:
—No es mala idea.
—¿Qué es lo que no es mala idea? —le preguntó Harry .
—Que nos enseñes tú.
—Pero si... —Harry sonrió, convencido de que sus am igos estaban tomándole el pelo—.
Pero si yo no soy profesor. Yo no puedo...
—Harry, eres el mejor de nuestro curso en Defensa Contra las Artes Oscuras —le recordó
Hermione.
—¿Yo? —dijo Harry sonriendo más abiertamente—. Eso no es verdad, tú me has
superado en todos los exámenes que...
—No, Harry —aseguró Hermione cortante—. Tú me superaste en tercero, el único curso
en que ambos hicimos el examen y tuvimos un profesor que sabía algo de la asignatura. Pero
no estoy hablando de resultados de exámenes, Harry. ¡Piensa en todo lo que has hecho!
—¿Qué quieres decir?
—¿Sabes qué? No estoy seguro de querer que me dé cl ases alguien tan estúpido —le
insinuó Ron a Hermione con una sonrisita. Luego miró a Harry e, imitando a Goyle cuando se

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
205
concentraba, dijo—: Vamos a ver... En primero salvaste la Piedra Filosofal de las manos de
Quien-tú-sabes...
—Pero no gracias a mi habilidad —explicó Harry—, sino porque tuve suerte.
—En segundo —lo interrumpió Ron— mataste al basilis co y destruiste a Ryddle.
—Sí, pero si no llega a ser por Fawkes...
—En tercero —prosiguió Ron, subiendo el tono de voz — ahuyentaste a más de un
centenar de Dementores de una sola vez...
—Sabes perfectamente que eso fue por chiripa 222 , si el giratiempo no hubiera...
—El año pasado —continuó Ron ya casi a voz en grito— volviste a vencer a Quien-tú-
sabes...
—¿Queréis hacer el favor de escucharme? —saltó Harr y casi enfadado porque Ron y
Hermione lo miraban sonriendo—. Escuchadme, ¿de acuerdo? Dicho así suena fabuloso, pero
lo que pasó fue que tuve suerte, yo ni siquiera sabía lo que estaba haciendo, no planeé nada,
me limité a hacer lo que se me ocurría, y casi siempre conté con ayuda...
Ron y Hermione seguían sonriendo y Harry se puso aú n más nervioso; ni siquiera sabía
con exactitud por qué estaba tan enfadado.
—¡No os quedéis ahí sentados sonriendo como si vosotros supierais más que yo! Era yo
el que estaba allí, ¿no? —dijo acaloradamente—. Yo sé lo que pasó. Y si salí bien parado de
esas situaciones no fue porque supiera mucho de Def ensa Contra las Artes Oscuras, sino
porque..., porque recibí ayuda en el momento preciso, o porque acerté por casualidad... Pero
me libré por los pelos 223 , no tenía ni idea de lo que estaba haciendo... ¡PARAD DE REÍR!
El cuenco que contenía la solución de murtlap cayó al suelo y se rompió y Harry se dio
cuenta de que estaba de pie, aunque no recordaba ha berse levantado. Crookshanks se
escondió debajo de un sofá y la sonrisa de Ron y He rmione desapareció.
—¡No tenéis ni idea! ¡Vosotros nunca habéis tenido que enfrentaros a él! ¿Creéis que
basta con memorizar un puñado de hechizos y lanzárs elos, como si estuvierais en clase? En
esas circunstancias eres totalmente consciente de que no hay nada que te separe de la muerte
salvo..., salvo tu propio cerebro o tus agallas o l o que sea, como si fuera posible pensar
fríamente cuando sabes que estás a milésimas de seg undo de que te maten, o de que te
torturen, o de ver morir a tus amigos... Lo que se siente cuando uno se enfrenta a situaciones
así... nunca nos lo han enseñado en las clases. Y vosotros dos me miráis como si yo fuera muy
listo porque estoy aquí de pie, vivo, y Diggory fuera un estúpido, como si él hubiera metido la
pata... No lo entendéis; pudo pasarme a mí, me habr ía pasado de no ser porque Voldemort me
necesitaba para...
—Nosotros no queríamos decir eso, Harry —se excusó Ron, que contemplaba aterrado a
su amigo—. No nos estábamos metiendo con Diggory, n o pretendíamos... Nos has interpretado
mal —añadió mirando desesperado a Hermione, que estaba muy afligida.
—Harry —dijo ella con timidez—, ¿es que no lo ves? Por eso..., por eso precisamente te
necesitamos. Necesitamos saber... có-cómo es en rea lidad... enfrentarse a..., enfrentarse a
Vo-Voldemort.
Era la primera vez que Hermione pronunciaba el nomb re de Voldemort, y fue eso más
que ninguna otra cosa lo que calmó a Harry. Se sentó en la butaca, respirando agitadamente,
y entonces se dio cuenta de que volvía a dolerle muchísimo la mano. Enseguida lamentó haber
roto el cuenco del murtlap.
—Bueno, piénsatelo 224 ... —insinuó Hermione con voz queda—. Por favor.

222 Casualidad 223 Por casualidad 224 Piénsalo

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206
Harry no sabía qué decir. Estaba arrepentido de aquel arrebato, así que asintió sin
reparar apenas en lo que estaba aceptando.
Hermione se puso en pie.
—En fin, me voy a la cama —anunció, esforzándose por hablar con naturalidad—. Buenas
noches...
Ron también se había levantado.
—¿Vienes? —le preguntó con suavidad a Harry.
—Sí. Ahora mismo... Voy a limpiar esto —dijo señalando el cuenco roto. Ron asintió y se
marchó—. ¡Reparo! —murmuró luego Harry apuntando con la varita a los trozos de porcelana
rotos. Los fragmentos se unieron solos y el cuenco quedó como nuevo, pero no había forma de
devolver la solución de murtlap al cuenco.
De pronto Harry se sintió tan cansado que estuvo te ntado de dejarse caer de nuevo en la
butaca y dormir allí mismo, pero hizo un esfuerzo p ara levantarse y siguió a Ron por la
escalera. Aquella noche durmió mal y volvió a tener sueños en los que veía largos pasillos y
puertas cerradas con llave, y al día siguiente, cuando despertó, volvía a dolerle la cicatriz.

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
207

16
Reunión en Cabeza de Puerco


Hermione no volvió a mencionar su idea de que Harry les enseñara Defensa Contra las
Artes Oscuras hasta al cabo de dos semanas. Harry ( quien no estaba seguro de que las
palabras que tenía grabadas en el dorso de la mano llegaran a desaparecer del todo) ya había
terminado los castigos con la profesora Umbridge; Ron había asistido a cuatro entrenamientos
de quidditch más, y en los dos últimos no le habían gritado; y los tres amigos habían
conseguido hacer desaparecer sus ratones en la clase de Transformaciones (es más, Hermione
había progresado y había hecho desaparecer gatitos) , antes de que volvieran a abordar el
tema durante una desapacible y tempestuosa tarde de finales de septiembre, cuando estaban
sentados en la biblioteca buscando ingredientes de pociones para un trabajo que les había
encargado Snape.
—Harry —dijo de pronto Hermione—, ¿has vuelto a pen sar en la asignatura de Defensa
Contra las Artes Oscuras?
—Pues claro —repuso Harry malhumorado—. ¿Cómo vamos a olvidarla, con la arpía que
tenemos de profesora?
—Me refería a la idea que tuvimos Ron y yo... —Ron, alarmado, le dirigió una mirada
amenazadora a Hermione, quien frunció el entrecejo y rectificó—: De acuerdo, de acuerdo, a la
idea que tuve yo de que nos dieras clase.
Harry no contestó enseguida. Fingió que leía deteni damente una página de Antídotos
asiáticos, porque no quería decir lo que estaba pensando.
Lo cierto era que durante aquellas dos semanas habí a reflexionado mucho sobre aquel
tema. A veces le parecía una idea descabellada, como le había parecido la noche que Hermione
se la propuso, pero otras se sorprendía a sí mismo pensando en los hechizos que más le
habían servido en sus diversos enfrentamientos con mortífagos y criaturas tenebrosas; y no
sólo eso, a veces se sorprendía a sí mismo planeando inconscientemente las clases...
—Bueno —dijo con lentitud, pues ya no podía continu ar simulando que le interesaba
muchísimo Antídotos asiáticos —. Sí, he pensado un poco.
—¿Y? —preguntó Hermione, esperanzada.
—No lo sé —empezó Harry para ganar tiempo. Luego le vantó la cabeza y miró a Ron.
—A mí me pareció buena idea desde el principio —afi rmó éste, que parecía más
dispuesto a participar en aquella conversación ahora que estaba seguro de que Harry no iba a
ponerse a gritar otra vez.
Harry, incómodo, cambió de postura en la silla.
—Ya os dije que gran parte de mi éxito se debió a la suerte.
—Sí, Harry —replicó Hermione suavemente—, pero de t odos modos es inútil que finjas
que no eres bueno en Defensa Contra las Artes Oscuras, porque lo eres. El año pasado fuiste
el único estudiante que supo realizar a la perfección la maldición Imperius, sabes hacer
aparecer un Patronus , sabes hacer cosas que muchos magos adultos no saben . Viktor siempre
decía...
Ron giró la cabeza hacia ella, y lo hizo tan bruscamente que dio la impresión de que se
había lastimado el cuello. Se lo frotó y dijo:

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
208
—¿Ah, sí? ¿Qué decía Vicky?
—¡Jo, jo! —dijo Hermione con voz de aburrimiento—. Decía que Harry sabía hacer cosas
que ni siquiera él sabía hacer, y eso que estaba en el último curso del Instituto Durmstrang 225 .
Ron miraba a Hermione con recelo.
—No seguirás en contacto con él, ¿verdad?
—¿Qué hay de malo en eso? —repuso Hermione en tono cortante, aunque se había
ruborizado un poco—. Si quiero, puedo tener un amigo por correspondencia...
—Eso no era lo único que él quería —comentó Ron con aire acusador.
Hermione movió negativamente la cabeza, exasperada, y sin hacer caso a Ron, que
seguía mirándola fijamente, le dijo a Harry:
—Bueno, ¿qué dices? ¿Nos enseñarás?
—Vale, pero sólo a ti y a Ron, ¿no?
—Verás... —comenzó Hermione con cierto nerviosismo— . Bueno, ahora no vuelvas a
subirte por las paredes, Harry, por favor..., pero creo que deberías enseñar a todo aquel que
quiera aprender. Mira, estamos hablando de defender nos de Vo-Voldemort. No seas ridículo,
Ron. No sería justo que no ofreciéramos a los demás la posibilidad de aprender.
Harry lo pensó un momento, y entonces respondió:
—Sí, pero dudo que haya alguien, aparte de vosotros dos, que esté interesado en que le
dé clase. Recuerda que soy un chiflado.
—Creo que te sorprenderías de la cantidad de gente a la que le apetecería escuchar lo
que tú tengas que decir —afirmó Hermione muy seria— . Mira —se inclinó hacia Harry; Ron,
que todavía la miraba ceñudo, se inclinó también para enterarse—, ¿recuerdas que el primer
fin de semana de octubre tenemos la excursión a Hog smeade? ¿Qué te parecería si le
dijéramos a los que estén interesados que se reúnan con nosotros en el pueblo para que
podamos discutirlo?
—¿Por qué tenemos que hacerlo fuera del colegio? —preguntó Ron.
—Porque no creo que Umbridge se pusiera muy content a si descubriera lo que estamos
tramando —contestó Hermione, y volvió al diagrama de la col masticadora china 226 que estaba
copiando.

Harry estaba deseando que llegara el fin de semana para ir de excursión a Hogsmeade,
aunque había una cosa que le preocupaba. Sirius hab ía mantenido un silencio sepulcral desde
el día que apareció en el fuego de la chimenea a principios de septiembre; Harry sabía que
habían logrado que se enfadara al decirle que no querían que los acompañara, pero de vez en
cuando todavía le preocupaba más que Sirius tirara las precauciones por la borda y decidiera
presentarse. ¿Qué harían si un gran perro negro se les acercaba dando saltos por una calle de
Hogsmeade, quizá ante las narices de Draco Malfoy?
—Tienes que comprender que le apetezca salir a dars e un garbeo 227 —opinó Ron cuando
Harry compartió sus temores con él y con Hermione—. Ten en cuenta que lleva más de dos
años huyendo de la justicia, ¿no?, y ya sé que no debe de haber sido divertido, pero al menos
era libre. Sin embargo, ahora está encerrado día y noche con ese horrendo elfo.
Hermione miró con gesto reprobador a Ron, pero igno ró la alusión a Kreacher.

225 En el último año de Durmstrang 226 Repollo masticador chino 227 A dar un paseo

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209
—El problema —le dijo Hermione a Harry— es que Sirius tendrá que permanecer
escondido hasta que Vo-Voldemort, ¡Ron, por favor!, salga y dé la cara, ¿no? Quiero decir que
el imbécil del ministro no se dará cuenta de que Si rius es inocente hasta que acepte que
Dumbledore siempre le ha dicho la verdad sobre él. Y cuando esos inútiles empiecen a atrapar
a mortífagos de verdad comprenderán que Sirius no e s uno de ellos. Ni siquiera tiene la marca.
—No creo que sea tan estúpido para venir —terció Ro n convencido—. Dumbledore se
enfadaría muchísimo si lo hiciera, y Sirius siempre hace caso a Dumbledore aunque no le guste
lo que le manda.
Como Harry seguía preocupado, Hermione añadió:
—Ron y yo hemos estado sondeando a la gente que cre íamos que querría aprender algo
de Defensa Contra las Artes Oscuras, y hay un par de personas que parecen interesadas. Les
hemos dicho que se reúnan con nosotros en Hogsmeade .
—Vale —contestó Harry vagamente, pues seguía pensan do en Sirius.
—No te angusties, Harry —lo animó Hermione—. Ya tie nes bastantes problemas sin
Sirius.
Hermione tenía razón. Harry no conseguía llevar los deberes al día, aunque su situación
había mejorado mucho porque ya no debía pasarse tod as las tardes castigado con la profesora
Umbridge. Ron, en cambio, iba más atrasado aún porq ue, además de entrenar dos veces por
semana, tenía sus obligaciones de prefecto. Por su parte Hermione, que tenía más asignaturas
que ellos dos, no sólo había terminado todos sus de beres, sino que también había encontrado
tiempo para seguir tejiendo ropa para los elfos. Y Harry tenía que admitir que Hermione estaba
mejorando: ya casi siempre era posible distinguir l os gorros de los calcetines.
La mañana de la excursión a Hogsmeade amaneció desp ejada pero ventosa. Después de
desayunar formaron una fila delante de Filch, que comprobó que sus nombres aparecían en la
larga lista de estudiantes que tenían permiso de su s padres o tutores para visitar el pueblo.
Harry recordó con cierto remordimiento que, de no s er por Sirius, no habría podido hacer la
excursión.
Cuando Harry llegó frente a Filch, el conserje aspiró fuerte por la nariz, como si intentara
detectar algún tufillo en Harry. Luego hizo un brus co movimiento con la cabeza y volvió a
temblarle la parte inferior de los carrillos; Harry siguió adelante y salió a la escalera de piedra
y a la fría y soleada mañana.
—Oye, ¿por qué te ha olfateado Filch? —le preguntó Ron cuando los tres echaron a andar
a buen paso por el ancho camino hacia la verja.
—Supongo que quería comprobar si olía a bombas féti das —contestó Harry con una
risita—. Se me olvidó contároslo...
Y les explicó lo que había sucedido segundos más tarde de haber enviado la carta a
Sirius, cuando Filch entró en la lechucería exigiéndole que le enseñara la misiva. A Harry le
sorprendió un poco que Hermione considerara tan int eresante su historia, mucho más, desde
luego, de lo que a él mismo le parecía.
—¿Filch dijo que había recibido un chivatazo 228 de que ibas a encargar bombas fétidas?
Pero ¿quién se lo dio?
—No lo sé —respondió Harry, encogiéndose de hombros —. A lo mejor fue Malfoy;
seguramente creyó que sería divertido.
Pasaron entre los altos pilares de piedra coronados con sendos cerdos alados y
torcieron 229 a la izquierda por la carretera que conducía al pueblo. El viento los despeinaba y el
cabello les tapaba los ojos.

228 Que le habían contado 229 Giraron

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210
—¿Malfoy? —dijo Hermione, escéptica—. Bueno, sí, a lo mejor fue él...
Y siguió muy pensativa hasta que llegaron a las afueras de Hogsmeade.
—Bueno, ¿adonde vamos? —preguntó Harry—. ¿A Las Tre s Escobas?
—No, no —repuso Hermione saliendo de su ensimismami ento—. No, siempre está
abarrotado y hay mucho ruido. He quedado con los otros en Cabeza de Puerco, ese otro
pub 230 , ya lo conocéis, el que no está en la calle principal. Me parece que no es... muy
recomendable, pero los alumnos de Hogwarts no suele n ir allí, así que no creo que nos oiga
nadie.
Bajaron por la calle principal y pasaron por delante de la tienda de artículos de broma de
Zonko, donde no les sorprendió nada ver a Fred, Geo rge y Lee Jordan; luego dejaron atrás la
oficina de correos, de donde salían lechuzas a intervalos regulares, y torcieron por una calle
lateral al final de la cual había una pequeña posada. Un estropeado letrero de madera colgaba
de un oxidado soporte que había sobre la puerta, co n un dibujo de una cabeza de jabalí
cortada que goteaba sangre sobre la tela blanca en la que estaba colocada. Cuando se
acercaron a la puerta, el letrero chirrió agitado por el viento y los tres vacilaron un instante.
—¡Vamos! —urgió Hermione, un tanto nerviosa. Harry fue el primero en entrar.
Aquel pub no se parecía en nada a Las Tres Escobas, que era un local limpio y acogedor.
Cabeza de Puerco consistía en una sola habitación, pequeña, lúgubre y sucísima, donde se
notaba un fuerte olor a algo que podría tratarse de cabras. Las ventanas tenían tanta mugre
incrustada que entraba muy poca luz del exterior. Por eso el local estaba iluminado con cabos
de cera colocados sobre las bastas mesas de madera. A primera vista, el suelo parecía de
tierra apisonada, pero cuando Harry caminó por él, se dio cuenta de que había piedra debajo
de una capa de roña acumulada durante siglos.
Harry recordaba que Hagrid había mencionado aquel p ub en el primer año que estuvo en
Hogwarts: «Hay mucha gente rara en Cabeza de Puerco », dijo cuando les contó cómo le había
ganado un huevo de dragón a un desconocido encapuch ado que estaba allí. Entonces a Harry
le había sorprendido que Hagrid no encontrara raro que un desconocido permaneciera todo el
tiempo con la cara tapada; pero en ese momento comp rendió que permanecer con la cara
tapada era algo normal en aquella taberna. En la barra había un individuo que llevaba la
cabeza envuelta con grises y sucias vendas, aunque aun así se las ingeniaba para tragar vaso
tras vaso de una sustancia humeante y abrasadora po r una rendija que tenía a la altura de la
boca. También había dos personas encapuchadas senta das a una mesa, junto a una de las
ventanas; Harry habría jurado que eran Dementores s i no las hubiera oído hablar con un
fuerte acento de Yorkshire. Y en un oscuro rincón, al lado de la chimenea, estaba sentada una
bruja con un grueso velo negro que le llegaba hasta los pies. Lo único que se destacaba bajo el
velo era la punta de la nariz, un poco prominente.
—No sé qué decirte, Hermione —murmuró Harry mientra s avanzaban hacia la barra y
miraba con desconfianza a la bruja tapada con el grueso velo—. ¿No se te ha ocurrido pensar
que la profesora Umbridge podría estar debajo de eso?
Hermione echó una ojeada a la bruja, evaluándola.
—Umbridge es más baja que esa mujer —comentó en voz baja—. Además, aunque ella
entrara aquí, no podría hacer nada para interferir en nuestro proyecto, Harry, porque he
revisado minuciosamente las normas del colegio. No estamos fuera de los límites establecidos.
Hasta le pregunté al profesor Flitwick si a los alumnos les está permitido entrar en Cabeza de
Puerco, y me dijo que sí, aunque me aconsejó que ll eváramos nuestros propios vasos. Y he
comprobado todo lo que se me ha ocurrido sobre grup os de estudio y trabajo, y son legales.
Lo único que no tenemos que hacer es pregonar lo que estamos haciendo.
—Esta bien —dijo Harry con aspereza—, sobre todo da do que lo que estamos
organizando no es precisamente un grupo de estudio, ¿verdad?

230 Esa otra taberna

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
211
El camarero salió de la trastienda y se les acercó con sigilo. Era un anciano de aspecto
gruñón, con barba y una mata de largo cabello gris. Era alto y delgado, y a Harry su cara le
resultó vagamente familiar.
—¿Qué queréis? —gruñó.
—Tres cervezas de mantequilla —contestó Hermione.
El camarero metió una mano bajo la barra y sacó tre s botellas sucias y cubiertas de
polvo que colocó con brusquedad sobre la barra.
—Seis sickles —dijo.
—Pago yo —se apresuró a decir Harry, y le entregó las monedas de plata.
El camarero recorrió a Harry de arriba abajo con la mirada, y sus ojos se detuvieron un
momento en su cicatriz. Luego se dio la vuelta y de positó las monedas de Harry en una vieja
caja registradora de madera cuyo cajón se abrió automáticamente para recibirlas. Harry, Ron y
Hermione fueron hacia la mesa más apartada de la ba rra y se sentaron observando a su
alrededor. El individuo de los sucios y grises vendajes dio unos golpes en la barra con los
nudillos, y el camarero le sirvió otro vaso lleno de aquella bebida humeante.
—¿Sabéis qué? —murmuró Ron mirando hacia la barra c on entusiasmo—. Aquí
podríamos pedir lo que quisiéramos. Apuesto algo a que ese tipo nos serviría cualquier cosa,
seguro que le importa un rábano. Siempre he querido probar el whisky de fuego...
—¡Ron! ¡Ahora eres prefecto! —lo regañó Hermione.
—¡Ah, sí! —exclamó Ron, y la sonrisa se le borró de los labios.
—Bueno, ¿quién dijiste que iba a venir? —le pregunt ó Harry a su amiga, arrancando el
oxidado tapón 231 de su cerveza de mantequilla y dando un sorbo.
—Sólo un par de personas —repitió Hermione. Consult ó su reloj y miró nerviosa hacia la
puerta—. Ya deberían estar aquí, estoy segura de que saben el camino... ¡Oh, mirad, deben de
ser ellos!
La puerta del pub se había abierto. Un ancho haz de luz, en el que bailaban motas de
polvo, dividió el local en dos durante un instante y luego desapareció, pues lo ocultaba la
multitud que desfilaba por la puerta.
Primero entraron Neville, Dean y Lavender, seguidos de cerca por Parvati y Padma Patil
con Cho (con lo cual a Harry le dio un vuelco el corazón) y una de sus risueñas amigas. Luego
entró Luna Lovegood, sola y con aire despistado, co mo si hubiera entrado allí por
equivocación.
A continuación, aparecieron Katie Bell, Alicia Spinnet y Angelina Johnson, Colin y Dennis
Creevey, Ernie Macmillan, Justin Finch-Fletchley, H annah Abbott y una chica de Hufflepuff con
una larga trenza, cuyo nombre Harry no sabía; tres chicos de Ravenclaw que, si no se
equivocaba, se llamaban Anthony Goldstein, Michael Corner y Terry Boot; Ginny, seguida por
un chico alto y delgado, rubio y con la nariz respingona a quien Harry creyó reconocer como
miembro del equipo de quidditch de Hufflepuff, y, c errando la marcha, Fred y George Weasley
con su amigo Lee Jordan, los tres con enormes bolsa s de papel llenas de artículos de Zonko.
—¿Un par de personas? —dijo Harry con voz quebrada— . ¡Un par de personas!
—Bueno, verás, la idea tuvo mucho éxito... —comentó Hermione alegremente—. Ron,
¿quieres traer unas cuantas sillas más?
El camarero, que estaba secando un vaso con un trapo tan sucio que parecía que no lo
hubieran lavado nunca, se quedó paralizado. Seguram ente, en la vida había visto su pub tan
lleno.

231 La oxidada tapa

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
212
—¡Hola! —saludó Fred. Fue el primero en llegar a la barra, y se puso a contar con rapidez
a sus acompañantes—. ¿Puede ponernos... veinticinco cervezas de mantequilla, por favor?
El camarero lo fulminó un instante con la mirada; luego, de mala gana, dejó el trapo,
como si lo hubieran interrumpido cuando hacía algo importantísimo, y empezó a sacar
polvorientas botellas de cerveza de mantequilla de debajo de la barra.
—¡Salud! —exclamó Fred mientras las repartía—. Solt ad la pasta 232 , yo no tengo
suficiente oro para pagar todo esto...
Harry, que no salía de su asombro, contemplaba a los numerosos y ruidosos estudiantes,
que cogían sus cervezas y hurgaban en los bolsillos de sus túnicas buscando monedas. No
podía imaginar a qué había ido allí toda aquella gente, hasta que se le ocurrió, horrorizado,
que a lo mejor esperaban oír alguna especie de disc urso. Se volvió hacia Hermione y, en voz
baja, le susurró:
—¿Qué les has dicho? ¿Qué esperan?
—Ya te lo he explicado, sólo quieren oír lo que tengas que decir —contestó Hermione con
voz tranquilizadora. Sin embargo, Harry seguía mirá ndola tan enfadado que rápidamente
añadió—: Pero no tienes que hacer nada todavía, primero hablaré yo.
—¡Hola, Harry! —dijo Neville sonriendo, y se sentó frente a él.
Harry intentó devolverle la sonrisa, pero no dijo n ada, pues tenía la boca
extremadamente seca. Cho se había limitado a sonreírle y se había sentado a la derecha de
Ron. Su amiga, que tenía el cabello rizado y de un tono rubio rojizo, no sonrió, sino que lanzó
a Harry una mirada de desconfianza con la que dejó muy claro que, de haber podido elegir,
ella jamás habría acudido a aquella reunión.
Los recién llegados fueron sentándose en grupos de dos y de tres alrededor de Harry,
Ron y Hermione. Algunos parecían muy emocionados, o tros, curiosos; Luna Lovegood miraba
en torno con ojos soñadores. Cuando todos tuvieron su silla, fue cesando el parloteo. Todos
miraban a Harry.
—Esto... 233 —empezó Hermione hablando en voz más alta de lo ha bitual debido al
nerviosismo—. Esto..., bueno..., hola. —Los asistentes giraron la cabeza hacia ella, aunque de
vez en cuando las miradas seguían desviándose hacia Harry—. Bueno..., esto..., ya sabéis por
qué hemos venido aquí. Veréis, nuestro amigo Harry tuvo la idea..., es decir —Harry le había
lanzado una mirada furibunda—, yo tuve la idea de q ue sería conveniente que la gente que
quisiera estudiar Defensa Contra las Artes Oscuras, o sea, estudiar de verdad, ya sabéis, y no
esas chorradas que nos hace leer la profesora Umbri dge —de repente la voz de Hermione se
volvió mucho más potente y segura—, porque a eso no se le puede llamar Defensa Contra las
Artes Oscuras —«Eso, eso 234 », dijo Anthony Goldstein, y su comentario animó a Hermione—...
Bueno, creí que estaría bien que nosotros tomáramos cartas en el asunto. —Hizo una pausa,
miró de reojo a Harry y prosiguió—: Y con eso quiero decir aprender a defendernos como es
debido, no sólo en teoría, sino poniendo en práctica los hechizos...
—Pero supongo que también querrás aprobar el TIMO d e Defensa Contra las Artes
Oscuras, ¿no? —la interrumpió Michael Corner.
—Por supuesto. Pero también quiero estar debidamente entrenada en defensa porque...
porque... —inspiró hondo y terminó la frase— porque lord Voldemort ha vuelto.
La reacción de su público fue inmediata y predecible. La amiga de Cho soltó un grito y
derramó un chorro de cerveza de mantequilla; Terry Boot dio una especie de respingo
involuntario; Padma Patil se estremeció y Neville soltó un extraño chillido que consiguió
transformar en una tos. Todos, sin embargo, miraban fijamente, casi con avidez, a Harry.

232 Denme el dinero 233 Este... 234 Es cierto, es cierto

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
213
—Bueno, pues ése es el plan —concluyó Hermione—. Si queréis uniros a nosotros,
tenemos que decidir dónde vamos a...
—¿Qué pruebas tenéis de que Quien-vosotros-sabéis ha regresado? —preguntó el
jugador rubio de Hufflepuff con tono bastante agresivo.
—Bueno, Dumbledore lo cree... —empezó a decir Hermi one.
—Querrás decir que Dumbledore le cree a él —aclaró el muchacho rubio señalando a
Harry con la cabeza.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó Ron con brusquedad.
—Zacharias Smith —contestó él—, y creo que tenemos derecho a saber qué es
exactamente lo que os permite afirmar que Quien-tú-sabes ha regresado.
—Mira —intervino Hermione con rapidez—, ése no es e l tema de esta reunión...
—Déjalo, Hermione —dijo Harry, que acababa de compr ender por qué había acudido
tanta gente a la convocatoria.
Pensó que Hermione debería haberlo previsto. Algunos de sus compañeros, quizá incluso
la mayoría, habían ido a Cabeza de Puerco con la esperanza de oír la historia de Harry contada
por su protagonista.
—¿Quieres saber qué es exactamente lo que me permit e afirmar que Quien-tú-sabes ha
regresado? —preguntó mirando a los ojos a Zacharias—. Yo lo vi. El año pasado, Dumbledore
le contó al colegio en pleno lo que había ocurrido, pero si tú no lo creíste, no me creerás a mí,
y no pienso malgastar una tarde intentando convence r a nadie.
El grupo en su totalidad había contenido la respiración mientras Harry hablaba, y él tuvo
la impresión de que hasta el camarero, que seguía s ecando el mismo vaso con el trapo
mugriento y lo ensuciaba aún más, lo escuchaba.
A continuación Zacharias dijo desdeñosamente:
—Lo único que nos contó Dumbledore el año pasado fu e que Quien-tú-sabes había
matado a Cedric Diggory y que tú habías llevado el cadáver a Hogwarts. No nos contó los
detalles ni nos dijo cómo habían matado a Diggory, y creo que a todos nos gustaría saber...
—Si has venido a oír un relato detallado de cómo ma ta Voldemort, no puedo ayudarte —
lo interrumpió Harry. Su genio, que últimamente est aba siempre muy a flor de piel, volvía a
descontrolarse. No apartó los ojos del agresivo rostro de Zacharias Smith, y estaba decidido a
no mirar a Cho—. No voy a hablar de Cedric Diggory, ¿de acuerdo? De modo que si es a eso a
lo que has venido aquí, ya puedes marcharte.
Y entonces lanzó una airada mirada a Hermione. Ella tenía la culpa de aquella situación;
ella había decidido exhibirlo como si fuera un monstruo de feria 235 , y por eso todos habían ido
a comprobar lo descabellada que era su historia. Pe ro ninguno de sus compañeros se levantó
de la silla, ni siquiera Zacharias Smith, aunque siguió contemplando a Harry.
—Bueno —saltó Hermione con voz chillona—. Bueno..., como iba diciendo..., si queréis
aprender defensa, tenemos que decidir cómo vamos a hacerlo, con qué frecuencia vamos a
reunimos y dónde vamos a...
—¿Es verdad —la interrumpió la chica de la larga trenza, mirando a Harry— que puedes
hacer aparecer un Patronus?
Un murmullo de interés recorrió el grupo.
—Sí —contestó Harry poniéndose a la defensiva.
—¿Un Patronus corpóreo?

235 Como si fuera un bicho raro

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
214
Esa frase le sonaba de algo a Harry...
—Oye, ¿tú conoces a la señora Bones? —le preguntó.
—Es mi tía —dijo la chica sonriendo—. Me llamo Susan Bones. Me contó lo de la vista.
Bueno, ¿es verdad o no? ¿Sabes hacer aparecer un Patronus con forma de ciervo?
—Sí.
—¡Caramba, Harry! —exclamó Lee, que parecía muy imp resionado—. ¡No lo sabía!
—Mi madre hizo prometer a Ron que no lo contaría —i ntervino Fred dirigiéndole una
sonrisa a Harry—. Dijo que ya atraías suficiente atención.
—Está en lo cierto —murmuró Harry, y un par de pers onas rieron.
La bruja del velo negro que estaba sentada sola en un rincón se movió un poco en la
silla.
—¿Y mataste un basilisco con esa espada que hay en el despacho de Dumbledore? —
inquirió Terry Boot—. Eso fue lo que me dijo uno de los retratos de la pared cuando estuve allí
el año pasado...
—Pues sí, es verdad... —admitió Harry.
Justin Finch-Fletchley soltó un silbido; los hermanos Creevey se miraron atemorizados y
Lavender Brown exclamó «¡Ahí va 236 !» en voz baja. A Harry empezaron a entrarle calore s;
seguía empeñado en mirar a cualquier sitio menos a Cho.
—Y en primero —dijo Neville dirigiéndose al grupo— salvó la Piedra Filológica...
—Filosofal —lo corrigió Hermione.
—Eso, sí..., de Quien-vosotros-sabéis —concluyó Nev ille.
Hannah Abbott tenía los ojos redondos como galeones .
—Por no mencionar —intervino Cho, y a Harry se le d esviaron los ojos hacia ella, que lo
miraba sonriente, y volvió a darle un vuelco el corazón— las pruebas que tuvo que superar en
el Torneo de los tres magos el año pasado: se enfre ntó a dragones, a la gente del agua, a las
acromántulas y a todo tipo de cosas...
Los impresionados asistentes emitieron un murmullo de aprobación que recorrió la mesa.
Harry se moría de vergüenza e intentaba controlar l a expresión de su rostro para que no
pareciera que estaba demasiado satisfecho de sí mis mo. El hecho de que Cho acabara de
elogiarlo hacía que le resultara mucho más difícil decir a sus compañeros lo que se había
propuesto explicar.
—Mirad —dijo sobreponiéndose, y todos callaron al instante—, no... no quisiera pecar de
falsa modestia ni nada parecido, pero... en todas esas ocasiones conté con ayuda...
—Con el dragón no —saltó Michael Corner—. Aquello f ue un vuelo excepcional...
—Sí, bueno... —cedió Harry creyendo que sería una grosería no admitirlo.
—Y tampoco te ayudó nadie a librarte de los Demento res este verano —aportó Susan
Bones.
—No —reconoció Harry—. De acuerdo, ya sé que alguna s cosas las conseguí sin ayuda,
pero lo que intento haceros entender es...
—¿Intentas escabullirte y no enseñarnos a hacer nada de eso? —sugirió Zacharias Smith.
—Oye, tú —dijo Ron en voz alta antes de que Harry p udiera contestar—, ¿por qué no
cierras el pico?

236 ¡Increíble!

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
215
Ron, que estaba perdiendo la paciencia, miraba a Zacharias como si estuviera deseando
pegarle un puñetazo. El chico se ruborizó y se defendió diciendo:
—Hemos venido aquí a aprender de él y ahora resulta que en realidad no puede hacer
nada...
—Harry no ha dicho eso —gruñó Fred.
—¿Quieres que te limpiemos las orejas? —le preguntó George sacando un largo
instrumento metálico de aspecto mortífero de la bolsa de Zonko.
—O cualquier otra parte del cuerpo. De verdad, no t enemos manías 237 —añadió Fred.
—Sí, bueno... —los interrumpió Hermione—. Siguiendo con lo que decíamos... Lo que
importa es: ¿estamos de acuerdo en que queremos que Harry nos dé clases?
Hubo un murmullo general de aprobación. Zacharias se cruzó de brazos y no dijo nada,
aunque quizá fuera porque estaba demasiado ocupado vigilando el instrumento que Fred tenía
en la mano.
—Muy bien —dijo Hermione, que pareció aliviada al comprobar que al menos se habían
puesto de acuerdo en algo—. Entonces, la siguiente pregunta es con qué frecuencia queremos
reunimos. Creo que, como mínimo, deberíamos reunimo s una vez por semana...
—Un momento —terció Angelina—, tenemos que asegurar nos de que esto no interferirá
con nuestros entrenamientos de quidditch.
—Eso —coincidió Cho—. Ni con los nuestros.
—Ni con los nuestros —añadió Zacharias Smith.
—Estoy segura de que podremos encontrar una noche que le vaya bien a todo el mundo
—afirmó Hermione impacientándose un poco—, pero pen sad que esto es muy importante,
estamos hablando de aprender solos a defendernos de Vo-Voldemort y de los mortífagos...
—¡Así se habla! —bramó Ernie Macmillan. A Harry le sorprendía que hubiera tardado
tanto en hablar—. Personalmente creo que lo que int entamos es muy importante, con
seguridad lo más importante que haremos este curso, más incluso que los TIMOS. —Miró a su
alrededor con gesto imponente, como si esperara que los demás gritaran «¡No exageres!».
Pero como nadie dijo nada, prosiguió—: Personalmente no me explico cómo el Ministerio nos
ha endilgado una profesora tan inepta en este periodo tan crítico. Es evidente que no quieren
aceptar que Quien-vosotros-sabéis ha regresado, per o ponernos una profesora que intenta
deliberadamente impedir que utilicemos hechizos defensivos...
—Creemos que la razón por la que Umbridge no quiere entrenarnos en Defensa Contra
las Artes Oscuras —explicó Hermione— es que se le ha metido en la cabeza la idea de que
Dumbledore podría utilizar a los estudiantes del colegio como una especie de ejército privado.
Cree que podría movilizarlos para enfrentarse al Ministerio.
Aquella noticia sorprendió a casi todos; a casi todos excepto a Luna Lovegood, que soltó:
—Bueno, es lógico. Al fin y al cabo, Cornelius Fudg e tiene su propio ejército privado.
—¿Qué? —saltó Harry, absolutamente desconcertado po r aquella inesperada información.
—Sí, tiene un ejército de heliópatas —afirmó Luna con solemnidad.
—Eso no es cierto —le espetó Hermione.
—Claro que sí —la contradijo Luna.
—¿Qué son heliópatas? —preguntó Neville, perplejo.
—Son espíritus de fuego —contestó Luna, y sus salto nes ojos se abrieron aún más,

237 De verdad, no nos molesta meterlo en cualquier part e

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
216
haciéndola parecer más chiflada que nunca—, unas enormes criaturas llameantes que galopan
por la tierra quemando cuanto encuentran a su paso...
—No existen, Neville —aseguró Hermione de manera co rtante.
—¡Claro que existen! —insistió Luna, furiosa.
—Lo siento, pero ¿qué pruebas hay de que existan? —le preguntó Hermione.
—Hay muchísimos testimonios oculares. Que tú tengas una mentalidad tan cerrada que
necesites que te lo pongan todo delante de las narices para que...
—Ejem, ejem —carraspeó Ginny imitando a la perfecci ón a la profesora Umbridge; varios
estudiantes giraron la cabeza, asustados, y luego rieron—. ¿No estábamos intentando decidir
cuántas veces nos íbamos a reunir para dar clase de defensa?
—Sí —se apresuró a confirmar Hermione—, exacto. Tie nes razón, Ginny.
—Bueno, a mí una vez por semana no me parece mal —o pinó Lee Jordan.
—Siempre que... —empezó a decir Angelina.
—Sí, sí, ya sabemos lo del quidditch —concedió Hermione con voz tensa—. Bueno, la otra
cosa que queda por decidir es dónde vamos a reunimo s...
Aquello era mucho más difícil, y el grupo se quedó callado.
—¿En la biblioteca? —propuso Katie Bell tras un largo silencio.
—No creo que la señora Pince se ponga muy contenta si nos ve haciendo hechizos en la
biblioteca —comentó Harry.
—¿Y en algún aula que no se utilice? —sugirió Dean.
—Sí —afirmó Ron—. Quizá la profesora McGonagall nos deje la suya. Nos la prestó
cuando Harry tenía que practicar para el Torneo de los tres magos.
Pero Harry estaba seguro de que esa vez la profesor a McGonagall no sería tan
complaciente. Pese al convencimiento de Hermione de que los grupos de estudio y trabajo
estaban permitidos, él tenía la impresión de que co nsiderarían aquél excesivamente
subversivo.
—Bueno, ya buscaremos un sitio —dijo Hermione—. Cuando tengamos el sitio y la hora
de la primera reunión os enviaremos un mensaje a todos. —Rebuscó en su mochila, sacó un
rollo de pergamino y una pluma y vaciló un momento, como si estuviera armándose de valor
para decir algo—. Creo que ahora cada uno debería escribir su nombre, para que sepamos que
ha estado aquí. Pero también creo —añadió inspirand o hondo— que todos deberíamos
comprometernos a no ir por ahí contando lo que estamos haciendo. De modo que si firmáis, os
comprometéis a no hablar de esto ni con la profesora Umbridge ni con nadie.
Fred cogió el pergamino y, decidido, firmó en él, p ero Harry se fijó enseguida en que
varias personas no parecían muy dispuestas a poner su nombre en la lista.
—Esto... —empezó Zacharias con lentitud, y no cogió el pergamino que George intentaba
pasarle—. Bueno..., estoy seguro de que Ernie me dirá cuándo es la reunión.
Pero Ernie tampoco parecía muy decidido a firmar. H ermione lo miró arqueando las
cejas.
—Es que... ¡somos prefectos! —dijo Ernie—. Y si alguien encontrara esta lista... Bueno,
quiero decir que... ya lo has dicho tú misma, si se entera la profesora Umbridge...
—Acabas de decir que haber formado este grupo es la cosa más importante de este curso
—le recordó Harry.
—Sí, ya... —repuso Ernie—. Sí, y lo creo, pero...

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
217
—Ernie, ¿de verdad piensas que voy a dejar esta lista por ahí? —le preguntó Hermione
con irritación.
—No. No, claro que no —contestó Ernie un poco aliviado—. Yo..., sí, claro que firmo.
Después de Ernie nadie puso reparos, aunque Harry v io que la amiga de Cho la miraba
con reproche antes de escribir su nombre. Cuando hu bo firmado el último, Zacharias,
Hermione cogió el pergamino y lo guardó con cuidado en su mochila. En ese momento, el
grupo experimentaba una sensación extraña. Era como si acabaran de firmar una especie de
contrato.
—Bueno, el tiempo pasa —dijo Fred con decisión, y se puso en pie—. George, Lee y yo
tenemos que comprar unos artículos delicados. Ya nos veremos más tarde.
Los demás estudiantes se marcharon también en grupo s de dos y de tres. Cho se
entretuvo mucho cerrando el broche de su mochila antes de marcharse, mientras la larga y
oscura melena le oscilaba y le tapaba la cara; pero su amiga la esperaba con los brazos
cruzados, chasqueando la lengua, así que Cho no tuvo más remedio que irse con ella. Cuando
ambas llegaron a la puerta, Cho se volvió y se despidió de Harry con la mano.
—Bueno, creo que ha ido muy bien —opinó Hermione al egremente unos momentos más
tarde, mientras ella, Harry y Ron salían de Cabeza de Puerco a la intensa luz de la mañana.
Harry y Ron llevaban en la mano sus botellas de cerveza de mantequilla.
—Ese Zacharias es un cretino —dijo Ron mirando con rabia a Smith, que iba delante de
ellos, apenas distinguible en la distancia.
—A mí tampoco me cae muy bien —admitió Hermione—, p ero me oyó hablar con Ernie y
Hannah en la mesa de Hufflepuff y parecía muy interesado en venir. ¿Qué querías que hiciera?
Y en realidad, cuantos más seamos, mejor. Mira, Mic hael Corner y sus amigos no habrían
venido si él no estuviera saliendo con Ginny...
Ron, que estaba bebiéndose las últimas gotas de cerveza de mantequilla de su botella, se
atragantó y derramó toda la que tenía en la boca.
—¿Saliendo CON QUIÉN? —gritó. Tenía las orejas ardi endo—. ¿Que está saliendo con...
que mi hermana está saliendo con...? ¿Ginny sale con Michael Corner?
—Bueno, creo que por eso han venido él y sus amigos . Les interesa aprender defensa,
desde luego, pero si Ginny no le hubiera contado a Michael lo que estaba...
—¿Desde cuándo salen juntos?
—Se conocieron el año pasado en el baile de Navidad y a final de curso empezaron a salir
—explicó Hermione con serenidad. Habían llegado a l a calle principal, y Hermione se detuvo
frente a La Casa de las Plumas, en cuyo escaparate había una hermosa exposición de plumas
de faisán—. Humm... Me encantaría comprarme una plu ma nueva.
Y entonces Hermione entró en la tienda y Harry y Ron la siguieron.
—¿Quién de ellos era Michael Corner? —preguntó éste , furioso.
—El moreno —contestó Hermione.
—No me ha caído bien —dijo Ron de inmediato.
—No me sorprende —respondió Hermione por lo bajo.
—Pero ¡si yo creía que a Ginny le gustaba Harry! —c omentó Ron mientras seguía a
Hermione por delante de una hilera de plumas expuestas en tarros de cobre.
Hermione lo miró con desdén y movió la cabeza negat ivamente.
—A Ginny le gustaba Harry, pero se le pasó hace mes es. No es que no le caigas bien,
Harry... —aclaró, mirando a su amigo mientras examinaba una larga pluma negra y dorada.

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
218
Harry, que todavía tenía vivo en la memoria el gesto de despedida de Cho, no
encontraba aquel tema tan interesante como Ron, que temblaba de indignación; pero la
cuestión le hizo pensar en algo que hasta entonces había pasado por alto.
—¿Por eso ahora me habla? —le preguntó a Hermione—. Antes nunca abría la boca
delante de mí.
—Exacto —confirmó Hermione—. Sí, creo que me quedaré ésta...
Fue al mostrador y pagó quince sickles y dos knuts mientras Ron seguía respirando con
agitación.
—Ron —dijo Hermione con severidad, y se dio la vuel ta y le dio un pisotón—, por eso
precisamente Ginny no te ha dicho que sale con Michael, porque sabía que te lo tomarías mal.
Así que haz el favor de no insistir en el tema.
—¿Qué quieres decir? ¿Quién se lo toma mal? Yo no v oy a insistir en nada... —continuó
mascullando Ron cuando salieron a la calle.
Hermione miró a Harry y puso los ojos en blanco, y luego, en voz baja, mientras Ron
seguía despotricando contra Michael Corner, dijo:
—Y hablando de Michael y Ginny... ¿Qué tal Cho y tú?
—¿Qué quieres decir? —saltó Harry, que tuvo la sens ación de que estaba lleno de agua
hirviendo. La cara le ardía a pesar del frío. ¿Tan evidente era?
—Bueno —dijo Hermione sonriendo—, no te ha quitado los ojos de encima, ¿no?
Hasta entonces, Harry nunca se había fijado en lo b onito que era el pueblo de
Hogsmeade.

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219

17
El Decreto de Enseñanza n.° 24


Desde que había comenzado el curso, Harry nunca hab ía estado tan contento como aquel
fin de semana. Ron y él pasaron gran parte del domingo poniendo al día los deberes; aunque
no era una tarea precisamente divertida, como volvía a hacer un soleado día de otoño, sacaron
sus cosas fuera y se tumbaron 238 a la sombra de una gran haya, junto al borde del l ago, en
lugar de quedarse trabajando en las mesas de la sala común. Hermione, que como era lógico
llevaba al día sus deberes, cogió unos ovillos de lana y encantó sus agujas de tejer, que
tintineaban y destellaban suspendidas en el aire de lante de ella, mientras tejían gorros y
bufandas sin parar.
Harry experimentaba un sentimiento de inmensa satisfacción cuando se acordaba de que
estaban tomando medidas para oponer resistencia a l a profesora Umbridge y al Ministerio, y
que él era un elemento fundamental en la rebelión. No paraba de recordar la reunión del
sábado: la gente que había acudido a él para aprender Defensa Contra las Artes Oscuras; la
expresión de los rostros de los demás cuando escucharon algunas de las cosas que Harry había
hecho; los elogios que Cho le dedicó, alabando su actuación en el Torneo de los tres magos...
Pensar que había tantos chicos y chicas que no lo c onsideraban un mentiroso ni un loco, sino
alguien digno de admiración, le levantó tanto el án imo que todavía estaba contento el lunes
por la mañana, pese a la inminente perspectiva de las clases que menos le gustaban.
Ron y él bajaron del dormitorio hablando acerca de la idea que había tenido Angelina de
trabajar en una nueva jugada, bautizada como «volte reta con derrape 239 », en el
entrenamiento de aquella noche, y hasta que llegaron al otro extremo de la iluminada sala
común no se fijaron en un nuevo elemento que ya hab ía atraído la atención de un pequeño
grupo de estudiantes.
En el tablón de anuncios de Gryffindor habían colgado un enorme letrero, tan grande que
tapaba casi todos los demás carteles: la lista de l ibros de hechizos de segunda mano que
estaban a la venta, los habituales recordatorios de Argus Filch sobre las normas del colegio, el
horario de entrenamiento del equipo de quidditch, l as ofertas de intercambio de cromos de
ranas de chocolate, los últimos anuncios de los Weasley para contratar cobayas, las fechas de
las excursiones a Hogsmeade y las listas de objetos perdidos y encontrados. El nuevo letrero
estaba escrito con grandes letras negras, y al final había un sello oficial junto a una pulcra
firma cargada de florituras.

POR ORDEN DE LA SUMA INQUISIDORA
DE HOGWARTS

De ahora en adelante quedan disueltas todas las org anizaciones y sociedades, y
todos los equipos, grupos y clubes.
Se considerará organización, sociedad, equipo, grupo o club cualquier reunión
asidua de tres o más estudiantes.
Para volver a formar cualquier organización, socied ad, equipo, grupo o club
será necesario un permiso de la Suma Inquisidora (profesora Umbridge).
No podrá existir ninguna organización ni sociedad, ni ningún equipo, grupo ni
club de estudiantes sin el conocimiento y la aprobación de la Suma Inquisidora.

238 Se recostaron 239 Giro con derrape

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Todo alumno que haya formado una organización o sociedad, o un equipo,
grupo o club, o bien haya pertenecido a alguna entidad de este tipo, que no haya
sido aprobada por la Suma Inquisidora, será expulsado del colegio.
Esta medida está en conformidad con el Decreto de E nseñanza n.° 24.
Firmado:
Dolores Jane Umbridge
Suma Inquisidora

Harry y Ron leyeron el letrero mirando por encima d e las cabezas de un grupo de
afligidos alumnos de segundo.
—¿Significa esto que van a cerrar el Club de Gobstones? —le preguntó uno de ellos a su
amigo.
—No creo que haya problemas con el Club de Gobstone s —dijo Ron con tristeza. El
alumno, que no lo había visto, dio un respingo—. Pero no creo que nosotros tengamos tanta
suerte, ¿no te parece? —le comentó a Harry cuando se apartaron los de segundo.
Harry estaba leyendo una vez más el letrero. El opt imismo que lo había acompañado
desde el sábado se había esfumado y el estómago se le había encogido de rabia.
—Esto no puede ser una coincidencia —afirmó apretan do los puños—. La profesora
Umbridge lo sabe.
—No puede ser —replicó Ron de inmediato.
—En aquel pub había gente escuchando. Y seamos realistas: no sabemos con certeza en
cuántas personas de las que se presentaron podemos confiar. Cualquiera de ellas pudo ir
corriendo a contárselo a la dichosa Umbridge...
Y él que había pensado que lo creían, que lo admiraban incluso...
—¡Zacharias Smith! —exclamó Ron dándose con el puño en la palma de la otra mano—.
O... ese Michael Corner también tenía un aspecto sospechoso...
—No sé si Hermione habrá visto esto ya —comentó Har ry, mirando hacia la puerta de los
dormitorios de las chicas.
—Vamos a contárselo —propuso Ron, y fue hacia la puerta de los dormitorios, la abrió y
empezó a subir la escalera de caracol.
Cuando había llegado al sexto escalón, sonó una especie de sirena y los escalones se
unieron y formaron un largo y liso tobogán de piedr a en espiral. Al principio Ron intentó
continuar el ascenso, agitando los brazos, pero cayó hacia atrás, resbaló por el recién creado
tobogán y fue a parar a los pies de Harry.
—Me parece que no nos dejan entrar en los dormitori os de las chicas —dijo Harry
conteniendo la risa mientras ayudaba a levantarse a Ron.
Dos chicas de cuarto bajaron riendo por el tobogán de piedra.
—¿Quién era el que intentaba subir? —preguntaron al egremente, poniéndose en pie y
comiéndose con los ojos a Harry y a Ron.
—Yo —contestó éste, que todavía estaba muy despeina do—. No tenía ni idea de que
pudiera pasar esto. ¡No hay derecho! —añadió dirigiéndose a Harry mientras las chicas iban
hacia la abertura del retrato sin parar de reír—. Hermione puede subir a nuestro dormitorio,
¿por qué nosotros no...?
—Bueno, es una norma anticuada —explicó Hermione, q ue acababa de bajar por el
tobogán y había aterrizado limpiamente en una alfombra que había delante de Harry y Ron—,
pero en Historia de Hogwarts se dice que los fundadores del colegio creían que l os chicos eran

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
221
menos dignos de confianza que las chicas. En fin, ¿para qué queríais subir?
—Para verte. ¡Mira eso! —dijo Ron, y la arrastró ha sta el tablón de anuncios.
Hermione leyó rápidamente el letrero y puso una exp resión glacial.
—¡Alguien se ha chivado 240 ! —exclamó Ron, indignado.
—Es imposible —murmuró Hermione en voz baja.
—¡Qué ingenua eres! —explotó Ron—. ¿Crees que porqu e tú eres honrada y digna de
confianza...?
—No, es imposible porque hice un embrujo en el rollo de pergamino en que firmamos
todos —explicó Hermione gravemente—. Créeme, si alg uien se ha chivado a Umbridge,
sabremos exactamente quién ha sido y te aseguro que lo lamentará.
—¿Qué le pasará? —preguntó Ron, intrigado.
—Bueno, para que te hagas una idea —contestó Hermio ne—, parecerá que el acné de
Eloise Midgeon se trata solamente de unas cuantas pecas. Vamos a desayunar y veamos qué
piensan los demás... ¿Habrán colgado el letrero en todas las casas?
En cuanto entraron en el Gran Comedor comprendieron que el letrero de la profesora
Umbridge no había aparecido únicamente en la torre de Gryffindor. En el comedor se percibía
un rumor de una intensidad peculiar y una agitación mayor que la habitual: los alumnos iban y
venían por sus mesas, comentando unos con otros lo que habían leído. Harry, Ron y Hermione
acababan de sentarse cuando Neville, Dean, Fred, Ge orge y Ginny formaron un corro a su
alrededor.
—¿Lo habéis visto?
—¿Creéis que lo sabe?
—¿Qué pensáis hacer?
Todos miraban a Harry, y él echó un vistazo alrededor para asegurarse de que no había
ningún profesor cerca.
—Seguiremos adelante de todos modos, desde luego —d ijo con serenidad.
—Sabía que dirías eso —repuso George, sonriente, y le dio una palmada en el brazo.
—¿Los prefectos también? —preguntó Fred observando inquisitivamente a Ron y a
Hermione.
—Por supuesto —afirmó ella con frialdad.
—Mirad, ahí vienen Ernie y Hannah Abbott —observó Ron, que había girado la cabeza—.
Y esos de Ravenclaw y Smith... Y ninguno tiene muchos granos.
Hermione parecía alarmada.
—Olvídate de los granos. ¿Se han vuelto locos? No p ueden venir aquí ahora, resultará
sumamente sospechoso. ¡Sentaos! —les dijo a Ernie y a Hannah sin que se la oyera, pero
moviendo exageradamente los labios y haciéndoles señas para que regresaran a la mesa de
Hufflepuff—. ¡Más tarde! ¡Ya... hablaremos... más tarde!
—Se lo diré a Michael —terció Ginny, impaciente, y se levantó del banco—. Qué
burros 241 , francamente...
Fue corriendo hacia la mesa de Ravenclaw y Harry la siguió con la mirada. Cho estaba
sentada cerca, hablando con la amiga del cabello rizado que la había acompañado a Cabeza de

240 ¡Alguien se lo contó! 241 Qué estupidez

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
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Puerco. ¿Y si el letrero de la profesora Umbridge la había asustado y no volvía a asistir a las
reuniones?
Pero no comprendieron el alcance de las repercusion es del anuncio hasta que salieron del
Gran Comedor y se encaminaron hacia la clase de His toria de la Magia.
—¡Harry! ¡Ron!
Era Angelina, que corría hacia ellos. Parecía absolutamente desesperada.
—No pasa nada —afirmó Harry en voz baja cuando Ange lina se le acercó lo suficiente—.
Seguiremos adelante de todos...
—¿Te das cuenta de que el quidditch está incluido en la prohibición? —le comentó
Angelina—. ¡Tenemos que ir a pedirle permiso para volver a formar el equipo de Gryffindor!
—¡¿Qué?! —exclamó Harry, incrédulo.
—¡No puede ser! —dijo Ron, atónito.
—¡Ya habéis leído el letrero! ¡Incluye los equipos! Escucha, Harry... Te lo digo por última
vez... ¡Por favor, no vuelvas a perder los estribos con la profesora Umbridge o no nos dejará
jugar!
—Está bien —aseguró Harry, pues Angelina parecía a punto de llorar—. No te preocupes,
me comportaré...
—Seguro que Umbridge está en Historia de la Magia — comentó Ron gravemente cuando
emprendieron de nuevo el camino hacia la clase de B inns—. Todavía no ha supervisado a
Binns... Me apuesto lo que quieras a que está allí...
Pero Ron se equivocaba: cuando entraron en el aula sólo encontraron al profesor Binns,
que estaba flotando un par de centímetros por encim a de su silla, como de costumbre,
mientras se preparaba para continuar su monótono discurso sobre las guerras de los gigantes.
Aquel día Harry ni siquiera intentó seguir lo que decía el profesor; se puso a garabatear,
distraído, en su pergamino, ignorando las frecuente s miradas y los codazos de Hermione,
hasta que un golpe particularmente doloroso en las costillas lo obligó a levantar la cabeza.
—¿Qué pasa? —preguntó con enojo.
Hermione señaló la ventana y Harry giró la cabeza. Hedwig estaba posada en el estrecho
alféizar, mirándolo a través del grueso cristal, co n una carta atada a la pata. Harry no lo
entendía: acababan de desayunar, ¿por qué demonios no le había entregado la carta entonces,
como hacía normalmente? Varios de sus compañeros de clase señalaban también a Hedwig.
—Siempre me ha encantado esa lechuza, es tan bonita ... —oyó Harry que Lavender le
comentaba a Parvati.
Entonces giró la cabeza y miró al profesor Binns, que continuaba leyendo sus notas con
tranquilidad, sin darse cuenta de que los alumnos l e prestaban aún menos atención de lo
habitual. Harry se levantó con sigilo de la silla, se agachó y recorrió el pasillo hasta la ventana.
Una vez allí, soltó el cierre 242 y la abrió muy despacio.
Suponía que Hedwig extendería la pata para que él pudiera retirar la c arta, y que luego
echaría a volar hacia la lechucería, pero en cuanto abrió la ventana lo suficiente, la lechuza dio
un salto y entró, ululando lastimeramente. Harry ce rró la ventana y miró preocupado al
profesor Binns; después volvió a agacharse y regresó corriendo a su asiento con Hedwig sobre
el hombro. Llegó a su silla, se puso a Hedwig en el regazo y fue a retirar la carta que llevaba
atada a la pata.
Entonces se dio cuenta de que su lechuza tenía las plumas muy alborotadas; unas
cuantas estaban del revés, y tenía un ala en una extraña postura.

242 La destrabaó

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
223
—¡Está herida! —susurró Harry agachando la cabeza. Hermione y Ron se inclinaron hacia
él; Hermione hasta dejó la pluma—. Mirad, le pasa algo en el ala...
Hedwig estaba temblando; cuando Harry le tocó el ala, la l echuza dio un respingo y se le
erizaron las plumas, como si se le inflaran, y miró a su amo con reproche.
—Profesor Binns —dijo Harry en voz alta, y todos gi raron la cabeza hacia él—, no me
encuentro bien.
El profesor Binns levantó la vista de sus notas, sorprendido, como siempre, al ver que
estaba ante un aula llena de alumnos.
—¿No se encuentra bien? —preguntó vagamente.
—No, me encuentro muy mal —aseguró Harry con firmez a, y escondiendo a Hedwig
detrás de la espalda, se levantó—. Creo que necesit o ir a la enfermería.
—Sí —repuso el profesor Binns, a quien Harry había pillado desprevenido—. Sí, ya... A la
enfermería... Bueno, pues vaya, Perkins...
En cuanto salió del aula, Harry se puso a Hedwig sobre el hombro y echó a correr por el
pasillo; sólo se paró a pensar cuando perdió de vis ta la puerta del aula de Binns.
La persona idónea para curar a Hedwig habría sido Hagrid, por descontado, pero como
no sabía dónde se hallaba su amigo, la única opción que tenía era encontrar a la profesora
Grubbly-Plank y confiar en que lo ayudara.
Miró por la ventana hacia los jardines: el cielo estaba nublado y borrascoso. No había ni
rastro de la profesora Grubbly-Plank cerca de la ca baña de Hagrid; si no estaba dando clase,
seguramente estaría en la sala de profesores. Enton ces Harry bajó por la escalera mientras
Hedwig oscilaba sobre su hombro y ululaba débilmente.
Dos gárgolas de piedra flanqueaban la puerta de la sala de profesores. Cuando Harry se
acercó, una de ellas dijo con voz ronca:
—Deberías estar en clase, hijito.
—Esto es urgente —contestó Harry con tono cortante.
—¡Oh! ¡Es urgente! ¿En serio? —repuso la otra gárgola con voz chillona—. ¡No me digas!
Harry llamó a la puerta. Oyó pasos, y entonces la puerta se abrió. Harry se encontró cara
a cara con la profesora McGonagall.
—¡No habrán vuelto a castigarte! —exclamó ella inme diatamente, alarmada, mirándolo a
través de sus gafas de montura cuadrada.
—No, profesora —contestó Harry.
—Entonces, ¿por qué no estás en clase?
—Por lo visto es urgente —afirmó la segunda gárgola con malicia.
—Busco a la profesora Grubbly-Plank —explicó Harry— . Es mi lechuza. Está herida.
—¿Una lechuza herida? —La profesora Grubbly-Plank a pareció detrás de la profesora
McGonagall, fumando una pipa y con un ejemplar de El Profeta en las manos.
—Sí —dijo Harry levantando con cuidado a Hedwig de su hombro—. Ha llegado más tarde
que el resto de las lechuzas y no sé qué le pasa en el ala, mire...
La profesora Grubbly-Plank sujetó firmemente la pip a entre los dientes y cogió a Hedwig
mientras la profesora McGonagall los miraba.
—Humm —dijo la profesora Grubbly-Plank. La pipa se le movía un poco cuando
hablaba—. Parece que la han atacado. Pero no sé qué criatura puede habérselo hecho. A veces
los thestrals atacan a los pájaros, desde luego, pero Hagrid tiene a los thestrals de Hogwarts

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
224
muy bien entrenados para que no se acerquen a las lechuzas.
Harry ni sabía qué eran los thestrals ni le importaba; lo único que le interesaba saber era
si Hedwig iba a ponerse bien. La profesora McGonagall, sin em bargo, miró con dureza a Harry
y le preguntó:
—¿Sabes si esta lechuza viene de muy lejos, Potter? —Esto... —dijo Harry—. Desde
Londres, creo. Harry miró brevemente a la profesora McGonagall, pero al ver que ésta fruncía
el entrecejo, se dio cuenta de que la profesora había comprendido que «Londres» significaba
en realidad «el número 12 de Grimmauld Place».
La profesora Grubbly-Plank sacó un monóculo de un b olsillo de su túnica y se lo colocó
en un ojo para examinar meticulosamente el ala de Hedwig.
—Si me la dejas, intentaré averiguar qué le ha pasa do, Potter —dijo—. De todos modos,
no conviene que vuele largas distancias durante unos días.
—Gracias... —dijo Harry, y entonces sonó la campana que anunciaba el descanso.
—No pasa nada 243 —dijo la profesora Grubbly-Plank con brusquedad; a continuación, se
dio la vuelta y entró en la sala de profesores.
—¡Un momento, Wilhelmina! —exclamó la profesora McG onagall—. ¡La carta de Potter!
—¡Ah, sí! —dijo Harry, que había olvidado quitarle el rollo de pergamino a Hedwig.
La profesora Grubbly-Plank se lo entregó y a contin uación desapareció en la sala de
profesores con la lechuza, que miraba a su amo como si no pudiera creer que se hubiera
desprendido de ella tan fácilmente. Harry, sintiéndose ligeramente culpable, se dio la vuelta
para marcharse, pero la profesora McGonagall lo llamó:
—¡Potter!
—¿Sí, profesora?
La profesora McGonagall miró hacia ambos lados del pasillo, por donde empezaban a
llegar alumnos.
—Recuerda —dijo rápidamente y en voz baja, mirando el pergamino que Harry tenía en
la mano— que los canales de comunicación de entrada y de salida de Hogwarts podrían estar
controlados.
—Ya 244 ... —respondió Harry, pero el tropel de alumnos que se acercaba por el pasillo casi
había llegado hasta donde se hallaban.
Entonces la profesora McGonagall hizo un brusco mov imiento con la cabeza y entró en la
sala de profesores, mientras que la multitud arrastró a Harry hacia el patio. Este vio que Ron y
Hermione estaban esperándolo en un rincón apartado, con el cuello de las capas levantado
para protegerse del viento. Harry abrió el rollo de pergamino mientras iba hacia ellos y
descubrió que sólo había cinco palabras escritas con la letra de Sirius:

«Hoy, misma hora, mismo sitio.»

—¿Cómo está Hedwig? —preguntó Hermione, preocupada, tan pronto como Har ry llegó
junto a ellos.
—¿Adonde la has llevado? —preguntó Ron a su vez.
—Se la he llevado a la profesora Grubbly-Plank —res pondió Harry—. Y he visto a

243 De nada 244 Sí

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
225
McGonagall... Escuchad...
Y les contó lo que había dicho la profesora McGonagall. Para sorpresa de Harry, ninguno
de sus dos amigos se mostró sorprendido. Más bien a l contrario: intercambiaron miradas de
complicidad.
—¿Qué pasa? —inquirió Harry observándolos con desconcierto.
—Bueno, precisamente estaba diciéndole a Ron... ¿Y si alguien ha intentado interceptar a
Hedwig? Es la primera vez que llega herida de un vuelo, ¿ve rdad?
—Bueno, ¿de quién es la carta? —preguntó Ron quitán dole la nota a Harry de las manos.
—De Hocicos —contestó Harry en voz baja.
—¿«Misma hora, mismo sitio»? ¿Se refiere a la chime nea de la sala común?
—Evidentemente —confirmó Hermione, que también habí a leído la nota. Parecía
nerviosa—. Espero que nadie más haya visto esto...
—El rollo todavía estaba sellado —comentó Harry intentando convencerse también a sí
mismo—. Y nadie entendería qué significa el mensaje si no sabe dónde hemos hablado con él
la vez anterior, ¿no?
—No lo sé —dijo Hermione, angustiada. En ese moment o volvió a sonar la campana y se
colgó la mochila del hombro—. No sería muy difícil volver a sellar el rollo mediante magia... Y
si hay alguien vigilando la Red Flu... Pero ¡no sé cómo vamos a decirle que no venga sin que
nos intercepten a nosotros también!
A continuación bajaron cansinamente la escalera de piedra que conducía a las
mazmorras donde daban la clase de Pociones. Iban los tres absortos en sus pensamientos,
pero, cuando llegaron al final de la escalera, la voz de Draco Malfoy los sacó de su
ensimismamiento. Draco estaba de pie junto a la puerta del aula de Snape y exhibía una hoja
de pergamino de aspecto oficial mientras hablaba en voz mucho más alta de lo necesario para
que lo oyera todo el mundo.
—Sí, la profesora Umbridge ha concedido permiso al equipo de quidditch de Slytherin
para seguir jugando. He ido a pedírselo esta mañana a primera hora. Bueno, ha sido
prácticamente automático, porque la profesora Umbridge conoce muy bien a mi padre, ya que
mi padre frecuenta el Ministerio... Será interesante saber si al equipo de Gryffindor también le
dan permiso para seguir jugando, ¿verdad?
—No os sulfuréis —imploró con un susurro Hermione a Harry y a Ron, que miraban a
Malfoy con los puños apretados y gesto amenazador—. Eso es precisamente lo que está
buscando.
—Lo digo —prosiguió Malfoy levantando un poco más la voz y mirando a Harry y Ron con
unos ojos que despedían malévolos destellos— porque si es cuestión de influencia en el
Ministerio, no creo que tengan muchas posibilidades... Según dice mi padre, hace años que
buscan un pretexto para despedir a Arthur Weasley.. . Y en cuanto a Potter..., mi padre dice
que cualquier día el Ministerio lo factura para 245 el Hospital San Mungo... Por lo visto, tienen
una planta reservada para gente a la que la magia ha trastornado.
Malfoy hizo una mueca grotesca, con la boca abierta y los ojos bizcos, Crabbe y Goyle se
rieron a carcajadas, como de costumbre, y Pansy Par kinson soltó una risita idiota.
De pronto, Harry notó un golpe en el hombro que lo desvió hacia un lado. Unas
milésimas de segundo más tarde, se dio cuenta de que Neville lo había apartado de un
empujón e iba derechito hacia Malfoy.
—¡No, Neville!
Harry saltó hacia delante y agarró a Neville por la túnica; éste forcejeó con ímpetu,

245 Lo encierra en

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
226
agitando los puños, e intentó abalanzarse sobre Malfoy, que durante un momento se quedó
completamente perplejo.
—¡Ayudadme! —gritó Harry.
Consiguió rodear el cuello de Neville con un brazo, tiró de él hacia atrás y lo alejó de los
de Slytherin. Crabbe y Goyle se colocaron delante d e Malfoy y flexionaron los brazos, listos
para pelear. Ron agarró a Neville por los brazos, y Harry y él lograron volver a colocarlo en la
fila de alumnos de Gryffindor. Neville estaba rojo como un tomate; la presión que Harry ejercía
sobre su cuello hacía que apenas se le entendiera, pero seguía farfullando:
—No tiene... gracia... San Mungo..., ya verás...
Entonces se abrió la puerta de la mazmorra y Snape apareció en el umbral. Recorrió con
sus negros ojos a los alumnos de Gryffindor hasta l legar a donde estaban Harry y Ron
intentando sujetar a Neville.
—¿Peleando, Potter, Weasley, Longbottom? —preguntó Snape con su fría y socarrona
voz—. Diez puntos menos para Gryffindor. Suelta a Longbottom, Potter, o serás castigado.
Todos adentro.
Harry soltó a Neville, que se quedó mirándolo y jadeando.
—He tenido que frenarte —se excusó Harry entrecorta damente mientras recogía su
mochila—. Crabbe y Goyle te habrían hecho pedazos.
Neville no dijo nada; se limitó a recoger su mochila y entró muy ofendido en la
mazmorra.
—Por las barbas de Merlín —comentó Ron en voz baja mientras seguían a Neville—. ¿Qué
le ha pasado?
Harry no contestó. Sabía perfectamente por qué aquella alusión a la gente que estaba en
San Mungo con secuelas cerebrales a causa de la mag ia había afectado tanto a Neville, pero
había jurado a Dumbledore que no revelaría a nadie el secreto de Longbottom. Ni siquiera el
propio Neville podía imaginarse que Harry estaba al corriente.
Harry, Ron y Hermione se sentaron como siempre al f ondo de la clase y sacaron
pergamino, plumas y sus ejemplares de Mil 246 hierbas y hongos mágicos. Sus compañeros de
clase cuchicheaban sobre lo que acababa de hacer Ne ville, pero cuando Snape cerró la puerta
de la mazmorra con un sonoro golpetazo, todos guardaron silencio de inmediato.
—Como veréis —dijo Snape con su queda y socarrona v oz—, hoy tenemos una invitada.
Señaló un oscuro rincón de la mazmorra y Harry vio a la profesora Umbridge sentada allí,
con las hojas de pergamino cogidas con el sujetapapeles sobre las rodillas. Harry miró de reojo
a Ron y a Hermione arqueando las cejas. Snape y Umb ridge, los dos profesores que más
odiaba: aunque era difícil decidir cuál prefería que triunfara.
—Hoy vamos a continuar con la solución fortificante . Encontraréis vuestras mezclas como
las dejasteis en la última clase; si las preparasteis correctamente deberían haber madurado
durante el fin de semana. Las instrucciones —agitó su varita— están en la pizarra. Ya podéis
empezar.
La profesora Umbridge pasó la primera media hora de la clase tomando notas en su
rincón. Harry estaba deseando escuchar cómo interrogaba a Snape, pero le interesaba tanto
enterarse que estaba volviendo a descuidar su poción.
—¡Sangre de salamandra, Harry —le avisó Hermione po r lo bajo, agarrándole la muñeca
para impedir que añadiera un ingrediente equivocado por tercera vez—, no jugo de granada!
—Vale 247 —dijo Harry, despistado. Luego empezó a verter el contenido de la botella en el

246 Mil y una 247 Tienes razón

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
227
caldero y siguió observando el rincón. La profesora Umbridge acababa de levantarse—. ¡Ja! —
exclamó en voz baja al ver que la profesora caminab a dando zancadas entre dos hileras de
pupitres hacia Snape, que estaba inclinado sobre el caldero de Dean Thomas.
—Bueno, parece que los alumnos están bastante adela ntados para el curso que hacen —
comentó la profesora Umbridge con brusquedad, dirig iéndose a Snape, que estaba de
espaldas—. Aunque no estoy segura de que sea conveniente enseñarles a preparar una poción
corno la solución fortificante. Creo que el Ministerio preferiría que fuera eliminada del
programa. —Snape se enderezó lentamente y se volvió para mirarla—. Dígame, ¿cuánto
tiempo hace que enseña en Hogwarts? —le preguntó con la pluma apoyada en el pergamino.
—Catorce años —respondió Snape. La expresión de su rostro era insondable. Sin quitarle
los ojos de encima al profesor, Harry añadió unas gotas más a su poción, que produjo un
silbido amenazador y pasó del color turquesa al naranja.
—Tengo entendido que primero solicitó el puesto de Defensa Contra las Artes Oscuras,
¿no es así? —inquirió la profesora Umbridge.
—Sí —contestó Snape con serenidad.
—Pero ¿no lo consiguió?
Snape torció el gesto y respondió:
—Es obvio.
La profesora Umbridge anotó algo en sus pergaminos.
—Y desde que entró en el colegio ha solicitado con regularidad el puesto de Defensa
Contra las Artes Oscuras, ¿verdad?
—Sí —contestó Snape, imperturbable, sin mover apena s los labios. Parecía muy
enfadado.
—¿Tiene usted idea de por qué Dumbledore ha rechazado por sistema 248 su solicitud? —
inquirió la profesora Umbridge.
—Eso debería preguntárselo a él —dijo Snape entrecortadamente.
—Oh, lo haré, lo haré —dijo la profesora Umbridge componiendo una dulce sonrisa.
—Aunque no veo qué importancia puede tener eso —aña dió Snape a la vez que
entrecerraba sus ojos negros.
—¡Oh, ya lo creo que la tiene! —replicó la profesora Umbridge—. Sí, el Ministerio quiere
conocer a la perfección el... pasado de los profesores.
Y entonces se dio la vuelta, fue hacia Pansy Parkin son y empezó a interrogarla sobre las
clases. Snape giró la cabeza hacia donde estaba Har ry y sus miradas se encontraron durante
un momento. Harry bajó rápidamente la vista hacia s u poción, que se había espesado, dando
lugar a una masa asquerosa, y desprendía un intenso olor a goma quemada.
—Otro cero, Potter —dijo Snape con malicia, y vació el caldero de Harry con una
sacudida de la varita—. Quiero que me escribas una redacción sobre la correcta composición
de esta poción, indicando dónde y por qué te has eq uivocado, y que me la entregues en la
próxima clase. ¿Entendido?
—Sí —contestó Harry, furioso.
Snape ya les había mandado un trabajo, y Harry tení a entrenamiento de quidditch
aquella tarde; eso significaba que pasaría un par de noches más sin dormir. No podía creer
que aquella mañana hubiera despertado contento. Lo único que sentía en ese instante era un
intenso deseo de que el día llegara a su fin.

248 Sistemáticamente

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
228
—A lo mejor me salto 249 Adivinación —les comentó con desánimo a Ron y a Hermione en
el patio, después de comer. El viento agitaba el ba jo de sus túnicas y las alas de sus
sombreros—. Fingiré que estoy enfermo y escribiré la redacción para Snape, así no tendré que
pasar otra noche en blanco.
—No puedes saltarte Adivinación —le regañó Hermione con severidad.
—¡Mira quién habla! ¡Tú te has borrado de esa asign atura porque no soportas a la
profesora Trelawney! —exclamó Ron, indignado.
—No la odio —aseguró Hermione con altivez—. Sencill amente pienso que es una
profesora atroz y una farsante como la copa de un pino 250 . Pero Harry ya se ha saltado Historia
de la Magia y no creo que hoy deba perderse ninguna otra clase.
Hermione tenía razón, y a Harry no le quedó más rem edio que hacerle caso. Media hora
más tarde se encontraba envuelto en el caluroso y p erfumado ambiente del aula de
Adivinación, furioso con todo el mundo. La profesora Trelawney volvió a repartir ejemplares de
El oráculo de los sueños. Harry estaba seguro de que emplearía mejor su tiemp o haciendo la
redacción que Snape le había puesto como castigo que permaneciendo allí sentado, intentando
encontrar el significado de un montón de sueños inventados.
Sin embargo, resultó que Harry no era el único que estaba de mal humor. Dando un
porrazo, la profesora Trelawney dejó un ejemplar del libro de texto sobre la mesa que había
entre Harry y Ron, y se alejó con los labios fruncidos. Lanzó el siguiente ejemplar de El oráculo
a Seamus y Dean, rozando la cabeza de Seamus, y el último libro se lo puso a Neville en el
pecho con tanto ímpetu que éste se cayó del puf donde estaba sentado.
—¡Ya podéis empezar! —gritó la profesora Trelawney con una voz chillona y un tanto
histérica—. ¡Ya sabéis lo que tenéis que hacer! ¿O soy una profesora con un nivel de
conocimientos tan bajo que ni siquiera os he enseñado a abrir un libro?
Los alumnos la observaron perplejos y luego se mira ron unos a otros. Sin embargo,
Harry creyó comprender cuál era el motivo del enfado de la profesora Trelawney. Cuando ella
volvió haciendo aspavientos a su silla, con los ojos agrandados por las gafas de aumento y
llenos de lágrimas de rabia, Harry inclinó la cabeza hacia Ron y murmuró:
—Me parece que ya ha recibido los resultados de su supervisión.
—Profesora... —dijo Parvati Patil con voz queda (La vender y ella siempre habían
admirado enormemente a la profesora Trelawney)—. Profesora, ¿le ocurre... algo?
—¡¿Si me ocurre algo?! —exclamó la profesora Trelaw ney con una voz cargada de
emoción—. ¡No, claro que no! Me han insultado, desde luego... Han hecho insinuaciones contra
mí... Han formulado acusaciones infundadas... Pero ¡no, no me ocurre nada! —Inspiró hondo
con un estremecimiento y dejó de mirar a Parvati; las lágrimas resbalaban por debajo de sus
gafas—. No me importa que no hayan tenido en cuenta mis dieciséis años de abnegado
servicio... —prosiguió entrecortadamente—. Por lo visto, eso ha pasado desapercibido... Pero
¡no voy a permitir que me insulten, no, señor!
—Pero profesora, ¿quién la ha insultado? —preguntó Parvati con timidez.
—¡Las autoridades! —contestó la profesora Trelawney con una voz grave, dramática y
temblorosa—. Sí, aquellos que tienen los ojos tan cegados por las cosas vulgares que no
pueden ver como yo veo, para saber como yo sé... Las videntes siempre han inspirado temor,
desde luego; siempre han sido objeto de persecución ... Ése es, lamentablemente, nuestro
destino.
A continuación tragó saliva, se secó las mejillas con una punta del chal, sacó un pequeño
pañuelo bordado de la manga de su túnica y se sonó la nariz, produciendo un ruido como el
que producía Peeves al hacer pedorretas.

249 A lo mejor falto a 250 Una profesora atroz y una farsante.

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
229
Ron rió por lo bajo y Lavender le lanzó una mirada de reprobación.
—Profesora... —dijo Parvati—, ¿se refiere a... la profesora Umbridge?
—¡No menciones a esa mujer en mi presencia! —gritó la profesora Trelawney poniéndose
en pie; sus collares de cuentas tintinearon y sus gafas lanzaron destellos—. ¡Haced el favor de
seguir con vuestro trabajo!
Y pasó el resto de la clase paseándose entre los al umnos. Las lágrimas continuaban
brotando detrás de sus gafas y no paraba de murmurar lo que parecían amenazas.
—... podría presentar mi dimisión... Qué humillación... Ponerme en periodo de prueba...
Ya veremos... Cómo se atreve...
—Parece que la profesora Umbridge y tú tenéis algo en común —le dijo Harry a Hermione
en voz baja cuando volvieron a verse en la clase de Defensa Contra las Artes Oscuras—. Es
evidente que ella también opina que Trelawney es un a farsante. La ha puesto en periodo de
prueba.
En ese preciso instante, la profesora Umbridge entró en el aula luciendo su lazo de
terciopelo negro y su típica expresión de suficiencia.
—Buenas tardes, chicos.
—Buenas tardes, profesora Umbridge —respondieron so mbríamente los alumnos.
—Guardad las varitas, por favor.
Esa vez no hubo ningún revuelo porque nadie se había molestado en sacarla.
—Abrid Teoría de defensa mágica por la página treinta y cuatro y leed el tercer cap ítulo,
titulado «Razones para las respuestas no agresivas a los ataques mágicos». En...
—... silencio —dijeron a coro por lo bajo Harry, Ron y Hermione.

—Nada de entrenamientos de quidditch —murmuró Angel ina con voz apagada aquella
noche cuando Harry, Ron y Hermione entraron en la sala común después de cenar.
—Pero ¡si he controlado mi genio! —exclamó Harry, h orrorizado—. No le he dicho nada,
Angelina, te lo juro...
—Ya lo sé, ya lo sé —dijo Angelina con tristeza—. Me ha dicho que necesita un poco de
tiempo para pensarlo.
—Para pensar ¿qué? —preguntó Ron muy enojado—. A lo s de Slytherin les ha dado
permiso. ¿Por qué no va a dárnoslo a nosotros?
Pero Harry se imaginaba cómo debía de estar disfrutando la profesora Umbridge al
mantener la amenaza de disolver el equipo de quiddi tch de Gryffindor, y comprendía
perfectamente por qué no quería renunciar demasiado pronto a utilizar aquel recurso contra
ellos.
—Bueno —comentó Hermione—, mira la parte positiva d el asunto. ¡Al menos ahora
tendrás tiempo para escribir la redacción para Snape!
—¿Ésa es la parte positiva? —le espetó Harry mientr as Ron miraba con incredulidad a
Hermione—. ¿Una redacción de Pociones en lugar de un entrenamiento de quidditch?
Harry se dejó caer en una butaca, sacó a regañadien tes de la mochila el material
necesario para escribir su redacción de Pociones y se puso a trabajar. Pero le costaba mucho
concentrarse, y aunque sabía que Sirius no aparecer ía en la chimenea hasta mucho más tarde,
su mirada se dirigía de forma inconsciente hacia la s llamas, por si acaso. Además, había
muchísimo ruido en la sala común: parecía que Fred y George habían perfeccionado por fin
una clase de golosinas del Surtido Saltaclases, y se turnaban para hacer una demostración de

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
230
sus efectos ante un animado grupo de curiosos.
Primero, Fred mordía un trocito del extremo de color naranja de un chicle y empezaba a
vomitar espectacularmente en un cubo que habían col ocado delante de él. A continuación se
tragaba, aunque con dificultad, el extremo de color morado del chicle, y los vómitos cesaban
de inmediato.
Lee Jordan, que desempeñaba la función de ayudante en la exhibición, hacía desaparecer
el vómito, a intervalos regulares, con el mismo hechizo desvanecedor que Snape solía utilizar
para eliminar las pociones que elaboraba Harry.
Entre el ruido de las vomiteras 251 , los vítores y los gritos de Fred y George, que no
paraban de anotar pedidos de sus compañeros, a Harr y le resultaba muy difícil pensar cuál era
el método correcto de elaboración de la solución fortificante. Hermione tampoco lo ayudaba
nada, porque a Harry lo distraían sobre todo los re soplidos de desaprobación que su amiga
dedicaba a las exclamaciones de entusiasmo y al rui do que los vómitos de los gemelos
producían al caer en el fondo del cubo.
—Si tanto te molesta, ¿por qué no vas y les dices que paren? —le preguntó Harry con
irritación después de tachar por cuarta vez una medida equivocada de polvo de zarpa de grifo.
—No puedo, porque técnicamente no están haciendo na da malo —contestó Hermione
apretando los dientes—. Están en su derecho de comerse esas porquerías, y no encuentro
ninguna norma que diga que los idiotas que los aclaman no tengan derecho a comprarlas, a
menos que esté demostrado que son peligrosas en alg ún sentido, y no parece que lo sean.
Hermione, Harry y Ron se quedaron mirando cómo Geor ge vomitaba a chorro en el
cubo 252 , se comía el resto del chicle y se enderezaba, sonriente y con los brazos extendidos,
para recibir el prolongado aplauso de su público.
—La verdad es que no entiendo por qué Fred y George sólo aprobaron tres TIMOS cada
uno —comentó Harry mientras observaba cómo los geme los y Lee recogían las monedas de
oro que les arrojaba el entusiasmado corro de alumnos—. Lo hacen muy bien.
—Ya, pero es que sólo saben hacer trucos espectacul ares que no tienen ninguna
aplicación práctica —apuntó Hermione con desdén.
—¿Ninguna aplicación práctica? —repitió Ron con crispación—. Hermione, ya llevan
ganados unos veintiséis galeones.
Pasó un buen rato hasta que el corro que rodeaba a los gemelos Weasley se dispersó;
entonces Fred, Lee y George se sentaron para contar sus beneficios, de modo que era más de
medianoche cuando Harry, Ron y Hermione dispusieron por fin de la sala común para ellos
solos. Fred había cerrado la puerta de los dormitorios de los chicos tras él, agitando
ostentosamente su caja llena de galeones, y Hermione frunció el entrecejo. Harry, que no
avanzaba mucho con su redacción de Pociones, decidi ó dejarlo por aquella noche. Cuando
estaba guardando sus libros, Ron, que dormitaba en una butaca, soltó un gruñido ahogado,
despertó y miró con cara de sueño la chimenea.
—¡Sirius! —exclamó.
Harry se volvió con brusquedad. La oscura y despein ada cabeza de su padrino había
vuelto a aparecer entre las llamas.
—¡Hola! —saludó sonriente.
—¡Hola! —corearon Harry, Ron y Hermione, y se arrod illaron en la alfombra que había
delante de la chimenea. Crookshanks se acercó al fuego, ronroneando ruidosamente, e
intentó, pese al calor, acercar su cara a la de Sir ius.
—¿Cómo va todo?

251 De los vómitos 252 Vomitaba en el balde

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
231
—No muy bien —contestó Harry mientras Hermione apartaba a Crookshanks para que no
se chamuscara los bigotes—. El Ministerio ha aproba do otro decreto por el que quedan
prohibidos los equipos de quidditch...
—... ¿y los grupos secretos de Defensa Contra las Artes Oscuras? —preguntó Sirius.
Hubo una breve pausa.
—¿Cómo sabes eso? —inquirió Harry.
—Deberíais elegir con más cuidado vuestros lugares de reunión —repuso Sirius sonriendo
abiertamente—. Mira que escoger Cabeza de Puerco, ¡ menuda ocurrencia! 253
—¡Bueno, no me negarás que era mejor que Las Tres E scobas! —replicó Hermione a la
defensiva—, porque ese local siempre está abarrotado de gente...
—Lo cual significa que no habría sido tan fácil que os oyeran —comentó Sirius—. Todavía
tienes mucho que aprender, Hermione.
—¿Quién nos oyó? —preguntó Harry.
—Mundungus, por supuesto —respondió Sirius, y como todos parecían muy
desconcertados, rió y añadió—: Era la bruja del velo negro.
—¿La bruja era Mundungus? —se extrañó Harry, atónit o—. ¿Y qué hacía en Cabeza de
Puerco?
—¿A ti qué te parece que hacía allí? —dijo Sirius, impaciente—. Vigilarte, claro.
—¿Todavía me siguen? —preguntó Harry con enojo.
—Sí —confirmó Sirius—, y me alegro de que así sea, si lo único que se te ocurre hacer en
la primera excursión es organizar un grupo ilegal de defensa.
Pero Sirius no parecía ni enfadado ni preocupado, s ino que, al contrario, miraba a Harry
con evidente orgullo.
—¿Por qué se escondió Dung de nosotros? —inquirió R on un tanto decepcionado—. A
todos nos habría encantado verlo.
—Le prohibieron la entrada en Cabeza de Puerco hace veinte años —explicó Sirius—, y
ese camarero tiene una memoria de elefante. Perdimos la capa invisible de recambio de Moody
cuando detuvieron a Sturgis, de modo que últimament e Dung se disfraza a menudo de bruja...
En fin, antes que nada, Ron, me he comprometido a hacerte llegar un mensaje de tu madre.
—¿Ah, sí? —dijo Ron con aprensión.
—Dice que ni se te ocurra, bajo ningún concepto, fo rmar parte de un grupo secreto e
ilegal de Defensa Contra las Artes Oscuras porque te expulsarán del colegio y arruinarás tu
futuro. Dice que ya tendrás tiempo de aprender a de fenderte por tus propios medios más
adelante y que aún eres demasiado joven para preocuparte por esas cosas. Del mismo modo
aconseja a Harry y a Hermione —Sirius dirigió la mirada hacia ellos— que no sigan adelante
con el grupo, aunque admite que no tiene ninguna au toridad para ordenarles nada, pero
simplemente les ruega que recuerden que sólo quiere lo mejor para ellos. Le habría gustado
explicarte todo esto por escrito, Ron, pero si hubieran interceptado la lechuza, habrías tenido
graves problemas, y no te lo puede decir en persona porque esta noche está de guardia.
—¿De guardia? ¿Dónde? —preguntó rápidamente Ron.
—Eso no es asunto tuyo, son cosas de la Orden —resp ondió Sirius—. Así que me ha
tocado a mí hacer de mensajero y asegurarme de que le comunicas que te he transmitido el
mensaje, porque me parece que no se fía de mí 254 .

253 Elegir Cabeza de Puerco ¡qué ocurrencia! 254 Que no confía en mí

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
232
Hubo otra pausa, durante la cual Crookshanks, que maullaba, intentó tocar con la pata la
cabeza de Sirius, y Ron se puso a hurgar en un aguj ero que había en la alfombrilla.
—¿Qué quieres, que te diga que no voy a participar en el grupo de defensa? —murmuró
finalmente.
—¿Yo? ¡Claro que no! —exclamó Sirius con sorpresa—. ¡Creo que es una idea excelente!
—¿Ah, sí? —dijo Harry, y se le levantaron los ánimos.
—¡Por supuesto! ¿Acaso crees que tu padre y yo nos habríamos quedado de brazos
cruzados y habríamos aceptado las órdenes de una arpía como la profesora Umbridge?
—Pero... el curso pasado 255 lo único que hiciste fue decirme que tuviera cuidado y que no
me arriesgara...
—¡El curso pasado había indicios de que dentro de H ogwarts había alguien que intentaba
matarte, Harry! —argumentó Sirius con impaciencia—. Este año sabemos que hay alguien
fuera de Hogwarts que está deseando liquidarnos a todos, así que creo que es una idea
estupenda que aprendáis a defenderos vosotros mismos.
—¿Y si nos expulsan? —preguntó Hermione, desafiante.
—¡Todo esto fue idea tuya, Hermione! —gritó Harry mirándola fijamente.
—Ya lo sé. Sólo quería saber qué opinaba Sirius —replicó ella encogiéndose de hombros.
—Bueno, estaréis mejor si os expulsan pero sois cap aces de defenderos, que si os
quedáis sentados a salvo en el colegio sin hacer nada —consideró Sirius.
—¡Eso, eso 256 ! —saltaron Harry y Ron con entusiasmo.
—Y bien —continuó Sirius—, ¿cómo pensáis organizar ese grupo? ¿Dónde vais a
reuniros?
—Bueno, ése es un problema que todavía no hemos solucionado —admitió Harry—. No
sabemos adonde podemos ir.
—¿Y la Casa de los Gritos? —propuso Sirius.
—¡Eh, no es mala idea! —exclamó Ron, pero Hermione puso cara de escepticismo y los
tres la miraron.
—Verás, Sirius, es que en la Casa de los Gritos sólo os reuníais cuatro cuando veníais a
este colegio —explicó Hermione—, y los cuatro podía is transformaros en animales; supongo
que también habríais podido apretujaros bajo una ún ica capa invisible si hubierais querido.
Pero nosotros somos veintiocho y ninguno es animago , así que no necesitaríamos una capa
invisible, sino un toldo invisible...
—Tienes razón —coincidió Sirius, que parecía un poco alicaído—. Bueno, estoy seguro de
que ya se os ocurrirá algo. Había un pasadizo secre to muy espacioso detrás de ese gran
espejo del cuarto piso; allí quizá tendríais suficiente espacio para practicar embrujos.
—Fred y George me dijeron que está bloqueado —dijo Harry haciendo un gesto negativo
con la cabeza—. Creo que se derrumbó o algo así.
—Ah... —dijo Sirius frunciendo el entrecejo—. Bueno, ya lo pensaré y os...
Se interrumpió antes de terminar la frase. De pront o, su expresión se tornó tensa y
alarmada. Se volvió hacia un lado y tuvieron la sensación de que intentaba encontrar algo en
la sólida pared de ladrillo de la chimenea.
—¡Sirius! —dijo Harry, preocupado.

255 El año pasado 256 ¡Bravo, barvo!

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
233
Pero Sirius había desaparecido. Harry se quedó mirando las llamas y luego se volvió
hacia Ron y Hermione.
—¿Por qué ha...?
Entonces Hermione soltó un grito ahogado y se puso en pie de un brinco sin apartar la
vista del fuego.
Entre las llamas había aparecido una mano que buscaba a tientas como si quisiera coger
algo; era una mano de dedos cortos y regordetes llenos de feos y anticuados anillos.
Los tres echaron a correr. Al llegar a la puerta de los dormitorios de los chicos, Harry
miró hacia atrás. La mano de la profesora Umbridge seguía agitándose entre las llamas con la
intención de agarrar algo, como si supiera exactamente dónde había estado el cabello de Sirius
hasta momentos antes y estuviera decidida a aferrar se a él.

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
234

18
El Ejército de Dumbledore


—La profesora Umbridge ha leído tu correo, Harry. N o hay otra explicación.
—¿Crees que fue ella quien atacó a Hedwig? —preguntó Harry, indignado.
—Estoy prácticamente convencida de ello —respondió Hermione con gravedad—. Cuidado
con la rana. Se te escapa.
Harry apuntó con la varita mágica a la rana toro qu e iba dando saltos hacia el otro
extremo de la mesa. «¡Accio!», exclamó, y la rana, resignada, volvió a saltarle a la mano.
La clase de Encantamientos siempre había sido una d e las mejores para charlar en
privado con los compañeros; generalmente había tanto movimiento y tanta actividad que no
había peligro de que te oyeran. Aquel día el aula estaba llena de ranas toro que no paraban de
croar y cuervos que graznaban sin cesar, y un inten so aguacero golpeaba y hacía vibrar los
cristales de las ventanas, de modo que Harry, Ron y Hermione podían hablar en voz baja y
comentar cómo la profesora Umbridge había estado a punto de atrapar a Sirius sin que nadie
reparara en ello.
—Empecé a sospechar que la profesora Umbridge te co ntrolaba el correo cuando Filch te
acusó de encargar bombas fétidas, porque me pareció una mentira ridícula —prosiguió
Hermione—. En cuanto hubiera leído tu carta habría quedado claro que no las estabas
encargando, o sea, que no habrías tenido ningún problema. Es como un chiste malo, ¿no te
parece? Pero entonces pensé: ¿y si alguien sólo buscaba un pretexto para leer tu correo? Esa
habría sido la excusa perfecta para la profesora Umbridge: le da el chivatazo a Filch, deja que
él haga el trabajo sucio y que te confisque la carta; luego busca una forma de robársela o le
exige que se la deje ver. No creo que Filch hubiera puesto objeciones, porque ¿alguna vez ha
defendido los derechos de los estudiantes? ¡Harry, estás espachurrando 257 a tu rana! —Harry
miró hacia abajo. Era verdad: estaba apretando tan fuerte a su rana que al animal casi se le
saltaban los ojos. Entonces la dejó apresuradamente sobre el pupitre—. Anoche nos salvamos
por los pelos —prosiguió Hermione—. Me pregunto si la profesora Umbridge es consciente de
lo poco que le faltó. ¡Silencius!—exclamó, y la rana con la que estaba practicando s u
encantamiento silenciador enmudeció a medio croar y la miró llena de reproche—. Si llega a
atrapar a Hocicos...
Harry terminó la frase por ella:
—... seguramente habría vuelto a Azkaban esta misma mañana.
Luego agitó la varita mágica sin concentrarse mucho, y su rana se infló como un globo
verde y empezó a emitir un agudo silbido.
—¡Silencius! —repitió Hermione con rapidez, apuntando con su var ita a la rana de Harry,
que se desinfló silenciosamente ante ellos—. Bueno, ahora ya sabemos que no debe hacerlo
más. Pero no sé cómo vamos a comunicárselo. No pode mos enviarle una lechuza.
—No creo que vuelva a arriesgarse —terció Ron—. No es estúpido, ya debe de saber que
la profesora Umbridge estuvo a punto de atraparlo. ¡Silencius!—dijo, y el enorme y
desagradable cuervo que tenía delante soltó un graz nido desdeñoso—. ¡Silencius! ¡SILENCIUS!
—repitió, y el cuervo graznó aún más fuerte.
—Es que no mueves la varita correctamente —comentó Hermione observando a Ron con

257 Aplastando

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
235
mirada crítica—. No hay que sacudirla, sino darle un golpe seco.
—Con los cuervos es más difícil que con las ranas — se defendió él.
—Cambiemos —propuso Hermione, que agarró el cuervo de Ron y puso su gruesa rana
en su lugar—. ¡Silencius! —El cuervo siguió abriendo y cerrando el afilado pi co, pero no emitió
ningún sonido.
—¡Muy bien, señorita Granger! —dijo el profesor Fli twick con su vocecilla chillona, que
sobresaltó a los tres amigos—. Y ahora veamos cómo lo haces tú, Weasley.
—¿Cómo...? Oh, sí, sí —repuso Ron muy aturullado—. Esto... ¡silencius!
Pero al apuntar a la rana con la varita dio un golp e tan brusco que le metió la punta en
un ojo; la rana croó de forma ensordecedora y saltó del pupitre.
A nadie le sorprendió que a Harry y a Ron les pusie ran como deberes que practicaran el
encantamiento silenciador.
A la hora del recreo les permitieron quedarse dentr o porque llovía. Los tres buscaron
asientos en una ruidosa y abarrotada aula del prime r piso donde Peeves flotaba con aire
soñador, cerca de la araña; de vez en cuando, sin embargo, inflaba una burbuja de tinta sobre
la cabeza de algún alumno. Cuando acababan de senta rse, Angelina fue hacia ellos abriéndose
paso entre los grupos de estudiantes chismosos.
—¡Tengo el permiso! —exclamó—. ¡Podemos volver a fo rmar el equipo de quidditch!
—¡Excelente! —respondieron Harry y Ron al unísono.
—Sí —continuó Angelina con una sonrisa de oreja a oreja—. Fui a hablar con la profesora
McGonagall y creo que ella recurrió a Dumbledore. E n fin, el caso es que la profesora
Umbridge tuvo que ceder. ¡Ja! De modo que esta tarde quiero veros en el campo a las siete en
punto porque tenemos que recuperar el tiempo perdid o. ¿Os dais cuenta de que sólo faltan
tres semanas para nuestro primer partido?
Se alejó de ellos, esquivando por los pelos 258 una burbuja de tinta de Peeves que fue a
parar sobre la cabeza de un estudiante de primer curso, y se perdió de vista.
La amplia sonrisa de Ron disminuyó un tanto cuando éste miró por la ventana, a través
de la cual ya no se veía nada, pues la lluvia había dejado los cristales opacos.
—Espero que deje de llover. ¿Y a ti qué te pasa, He rmione?
Hermione también miraba por la ventana, pero no obs ervaba nada en concreto. Tenía la
mirada perdida y el entrecejo fruncido.
—Estaba pensando... —murmuró sin dejar de mirar la ventana y la lluvia que golpeaba
los cristales.
—¿En Sir... Hocicos? —apuntó Harry.
—No, no exactamente... Más bien... me preguntaba... Supongo que estamos haciendo lo
correcto, ¿no?
Harry y Ron se contemplaron durante un momento.
—Bueno, eso lo aclara todo —dijo Ron—. Habría sido un fastidio que no te hubieras
explicado adecuadamente.
Hermione lo miró como si acabara de reparar en su presencia.
—Me preguntaba —continuó con una voz más fuerte— si estamos haciendo lo correcto al
organizar el grupo de Defensa Contra las Artes Oscuras.

258 Por poco

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
236
—¿Qué? —dijeron Harry y Ron a la vez.
—¡Fuiste tú quien tuvo la idea, Hermione! —saltó Ron, indignado.
—Ya lo sé —admitió ella entrelazando los dedos—. Pe ro después de hablar con Hocicos...
—Pero si él nos apoya... —afirmó Harry.
—Sí —dijo su amiga, y volvió a mirar hacia la venta na—. Sí, precisamente por eso pensé
que quizá no fuera tan buena idea después de todo.. .
Peeves flotó hacia ellos panza abajo, con una cerba tana preparada; automáticamente,
los tres cogieron sus mochilas y se taparon con ellas la cabeza hasta que Peeves hubo pasado
de largo.
—A ver si lo entiendo —dijo Harry de mala gana mien tras volvían a dejar las mochilas en
el suelo—: ¿Sirius está de acuerdo con nosotros y por eso tú crees que no deberíamos seguir
con el proyecto?
Hermione parecía tensa y abochornada. Mirándose las manos, replicó:
—¿Tú confías sinceramente en su criterio?
—¡Pues claro! —exclamó Harry sin vacilar—. ¡Siempre nos ha dado buenos consejos!
Una burbuja de tinta pasó zumbando al lado de ellos y le dio de lleno en la oreja a Katie
Bell. Hermione vio cómo ésta se ponía en pie y empe zaba a lanzarle cosas a Peeves; pasados
unos momentos, Hermione volvió a hablar, y tuvieron la impresión de que elegía las palabras
con mucho cuidado.
—¿No crees que se ha vuelto... un poco... imprudent e... desde que está encerrado en
Grimmauld Place? ¿No crees que... en cierto modo... vive a través de nosotros?
—¿Qué quieres decir con eso de que «vive a través d e nosotros»? —replicó Harry.
—Lo que quiero decir... Bueno, creo que a él le encantaría formar una sociedad secreta
de defensa ante las narices de alguien del Ministerio... Creo que se siente muy frustrado por lo
poco que puede hacer desde donde está... Y creo que , en cierto modo, es por eso por lo que
nos incita a crear el grupo.
Ron estaba atónito.
—Sirius tiene razón —afirmó—. Hablas igual que mi madre.
Hermione se mordió la lengua y no dijo nada más. La campana sonó justo cuando Peeves
descendía sobre Katie y le vaciaba un tintero en la cabeza.
El tiempo no mejoró a lo largo del día, y a las sie te en punto, cuando Harry y Ron
bajaron resbalando por la mojada hierba hasta el campo de quidditch para el entrenamiento,
quedaron empapados en cuestión de minutos. El cielo estaba gris oscuro y tormentoso, y
sintieron un gran alivio cuando llegaron a los vestuarios, cálidos e iluminados, pese a saber
que la tregua sólo era pasajera. Encontraron allí a Fred y George, que estaban discutiendo si
debían utilizar una golosina de su Surtido Saltaclases para no tener que volar.
—... pero seguro que nos descubriría —comentaba Fre d con voz queda—. Ojalá ayer no
le hubiera dicho que nos comprara unas cuantas pastillas vomitivas.
—Podríamos probar con un tofe 259 de la fiebre —murmuró George—. Eso todavía no lo h a
visto nadie...
—¿Funcionan? —preguntó Ron, esperanzado. El golpete o de la lluvia en el tejado se
había intensificado y el viento aullaba alrededor del edificio.
—Bueno, sí —respondió Fred—. Te sube la temperatura , desde luego.

259 Caramelo

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237
—Pero también te salen unos enormes granos llenos de pus —añadió George—. Y todavía
no hemos encontrado la forma de hacerlos desaparece r.
—Yo no veo que tengáis ningún grano —comentó Ron es cudriñando las caras de los
gemelos.
—No, bueno, es lógico —explicó Fred, compungido—. No están en un sitio que solamos
mostrar en público.
—Pero te aseguro que duelen un montón cuando te sientas en una escoba.
—Muy bien, escuchadme todos —dijo de pronto Angelin a con una voz atronadora.
Acababa de salir del despacho del capitán—. Ya sé que no hace el tiempo ideal, pero cabe la
posibilidad de que tengamos que jugar contra Slytherin en condiciones como éstas, así que no
estará mal que nos acostumbremos a apañárnoslas con ellas. Harry, ¿es verdad que les hiciste
algo a tus gafas para que la lluvia no las empañara cuando jugamos contra Hufflepuff en
medio de aquella tormenta?
—Lo hizo Hermione —contestó Harry. Y sacó su varita , dio con ella unos golpecitos en
sus gafas y dijo—: ¡Impervius!
—Creo que todos deberíamos intentarlo —propuso Ange lina—. Si conseguimos apartar la
lluvia de nuestra cara, tendremos mejor visibilidad. Vamos, todos juntos: ¡Impervius! Muy
bien, en marcha.
Todos guardaron las varitas mágicas en los bolsillo s interiores de las túnicas, se cargaron
las escobas al hombro y salieron de los vestuarios detrás de Angelina.
Fueron chapoteando por el barro, cada vez más profu ndo, hasta el centro del terreno de
juego; la visibilidad seguía siendo muy escasa a pesar del encantamiento impermeabilizante;
estaba oscureciendo y la cortina de lluvia impedía que se distinguiera el suelo.
—Muy bien, cuando dé la señal —gritó Angelina.
Harry pegó una patada en el suelo, salpicándolo tod o de barro, y emprendió el vuelo. El
viento lo desviaba ligeramente de su trayectoria. No tenía ni idea de cómo se las iba a ingeniar
para distinguir la snitch con aquel tiempo, pues ya le costaba bastante ver la única bludger con
la que practicaban. Cuando sólo llevaba un minuto v olando, la bludger casi lo derribó de la
escoba y tuvo que utilizar la voltereta con derrape para esquivarla. Desgraciadamente,
Angelina no lo vio. De hecho, parecía que no veía nada; ninguno de los jugadores tenía ni idea
de lo que estaban haciendo los otros. El viento arreciaba; incluso Harry oía a lo lejos el rumor
y el martilleo de la lluvia aporreando la superficie del lago.
Angelina insistió durante casi una hora antes de ad mitir la derrota. Acompañó al
empapado y contrariado equipo a los vestuarios e intentó convencer a sus compañeros de que
el entrenamiento no había sido una pérdida de tiemp o, aunque no lo decía muy segura. Fred y
George eran los que parecían más fastidiados; ambos caminaban con las piernas arqueadas y
hacían muecas de dolor a cada momento. Harry los oy ó quejarse por lo bajo mientras se
secaba el pelo.
—Me parece que a mí se me han reventado unos cuanto s —comentó Fred con voz
apagada.
—A mí no —replicó George apretando los dientes—. Me duelen muchísimo. Creo que se
han hecho aún más grandes.
—¡Ay! —exclamó entonces Harry.
Cerró los ojos y se tapó la cara con la toalla. Había vuelto a notar una punzada de dolor
en la cicatriz, más fuerte que las de las últimas semanas.
—¿Qué pasa? —le preguntaron varias voces.
Harry se retiró la toalla de la cara. Veía el inter ior del vestuario borroso porque no
llevaba las gafas, pero aun así se dio cuenta de que todo el mundo se había vuelto hacia él.

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
238
—Nada —masculló—. Me he metido un dedo en un ojo.
Pero lanzó una mirada de complicidad a Ron, y ambos se quedaron rezagados cuando el
resto del equipo salió del vestuario, envueltos en sus capas y con los sombreros calados hasta
las orejas.
—¿Qué te ha pasado? —le preguntó Ron en cuanto Alic ia hubo salido por la puerta—. ¿Ha
sido la cicatriz? —Harry asintió con la cabeza—. Pero... —Ron, asustado, fue hacia la ventana y
miró al exterior—. No puede estar por aquí cerca, ¿ verdad que no?
—No —dijo Harry sentándose en un banco y frotándose la frente—. Seguramente está a
kilómetros de distancia. Me ha dolido porque... está furioso.
Harry había pronunciado aquellas palabras sin haber las pensado, y al escucharlas tuvo la
sensación de que las había dicho otra persona. Sin embargo, supo inmediatamente que era
cierto. No sabía cómo lo sabía, pero lo sabía: Voldemort, estuviera donde estuviese, hiciera lo
que hiciese, estaba de muy mal humor.
—¿Lo has visto? —le preguntó Ron, horrorizado—. ¿Ha s tenido... una visión o algo así?
Harry se quedó muy quieto, mirándose los pies, y dejó que la mente y la memoria se le
relajaran tras el momento de dolor.
Una desordenada maraña de sombras, un torrente de v oces...
—Quiere que alguien haga algo, pero no va tan deprisa como a él le gustaría —dijo.
Una vez más, le sorprendió escuchar las palabras que salían por su boca, aunque a pesar
de todo estaba convencido de que lo que acababa de decir era verdad.
—Pero... ¿cómo lo sabes? —inquirió Ron.
Harry hizo un gesto negativo con la cabeza y se tap ó los ojos con las manos,
apretándolos con las palmas. Vio surgir unas pequeñas estrellas en la oscuridad. Percibía la
presencia de Ron a su lado, en el banco, y sabía que su amigo lo miraba fijamente.
—¿Has sentido lo mismo que la última vez, cuando te dolió la cicatriz en el despacho de
la profesora Umbridge? —le preguntó Ron con voz que da—. Es decir, ¿que Quien-tú-sabes
estaba enfadado? —Harry negó de nuevo con la cabeza—. Entonces, ¿qué es?
Harry hizo memoria. En aquella ocasión estaba miran do a la profesora Umbridge a la
cara... Le había dolido la cicatriz... y había notado algo raro en el estómago..., un extraño
aleteo..., una sensación de júbilo... Pero, como es lógico, no la había reconocido, porque él se
sentía muy desgraciado...
—La última vez me dolió porque él estaba contento — explicó—. Muy contento. Creía...
que iba a pasar algo bueno. Y la noche antes de que viniéramos a Hogwarts... —recordó el
momento en que le había dolido mucho la cicatriz en el dormitorio que compartía con Ron en
Grimmauld Place— estaba furioso...
Miró a Ron, que lo observaba a su vez con la boca abierta.
—Podrías quitarle la plaza a la profesora Trelawney, Harry —murmuró, sobrecogido.
—No estoy haciendo profecías —replicó Harry.
—De acuerdo, pero ¿sabes lo que estás haciendo? —se ntenció Ron, entre asustado e
impresionado—. ¡Le estás leyendo la mente a Quien-tú-sabes, Harry!
—No —corrigió éste moviendo negativamente la cabeza —. Más que su mente es su...
estado de ánimo, supongo. Recibo impresiones del estado de ánimo que tiene. Dumbledore me
habló de esto el año pasado. Dijo que yo percibía c uándo Voldemort estaba cerca de mí, o
cuándo sentía odio. Pues bien, ahora también noto cuándo está contento...
Hubo una pausa. El viento y la lluvia azotaban el edificio.

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
239
—Tienes que contárselo a alguien —sugirió Ron.
—La última vez se lo conté a Sirius.
—¡Pues cuéntale lo que te ha pasado ahora!
—No puedo, Ron —reflexionó Harry con gravedad—. La profesora Umbridge vigila las
lechuzas y las chimeneas, ¿no te acuerdas?
—Entonces cuéntaselo a Dumbledore.
—Él ya lo sabe, acabo de decírtelo —dijo Harry de manera cortante. Se puso en pie,
cogió su capa del colgador 260 y se la echó sobre los hombros—. No tiene sentido volver a
contárselo.
Ron se abrochó el cierre de la capa mientras observaba atentamente a su amigo.
—A Dumbledore le gustaría saberlo —afirmó.
Harry se encogió de hombros.
—Vamos, todavía tenemos que practicar los encantami entos silenciadores.
Recorrieron los oscuros jardines hasta el castillo, resbalando y tropezando por la hierba
fangosa, pero no hablaron. Harry iba pensando. ¿Qué debía de ser lo que Voldemort quería
que alguien hiciera, y que no se hacía suficientemente deprisa?
«... tiene otros planes, unos planes que puede pone r en marcha con mucha discreción...
Cosas que sólo puede conseguir furtivamente... Como un arma. Algo que no tenía la última
vez.»
Harry no había vuelto a pensar en aquellas palabras desde hacía semanas; estaba
demasiado absorto en lo que estaba ocurriendo en Hogwarts, demasiado ocupado pensando en
las batallas con la profesora Umbridge, en la injusticia de la intromisión del Ministerio... Pero
en ese momento las recordó y le hicieron reflexiona r. Cabía la posibilidad de que Voldemort
estuviera furioso porque todavía no había podido ha cerse con el arma, fuera cual fuese.
¿Habría desbaratado la Orden sus planes, habría impedido que se apoderara de ella? ¿Dónde
estaba guardada? ¿Quién la tenía?
—¡Mimbulus mimbletonia! —pronunció Ron, y Harry salió de su ensimismamiento justo a
tiempo para pasar por la abertura del retrato y entrar en la sala común.
Por lo visto, Hermione se había acostado temprano, pero había dejado a Crookshanks
acurrucado en una butaca y un surtido de gorros de elfo de punto, llenos de nudos, sobre una
mesa junto al fuego. Harry se alegró de que Hermion e no estuviera allí, porque no le apetecía
seguir hablando del dolor de su cicatriz ni que su amiga insistiera en que fuera a hablar con
Dumbledore. Ron no paraba de lanzarle miradas de in quietud, pero Harry sacó sus libros de
Encantamientos y se puso a terminar la redacción, aunque lo único que hacía era fingir que
estaba concentrado. Cuando Ron anunció que él tambi én se iba a la cama, Harry no había
escrito casi nada.
Pasó la medianoche, y Harry continuaba leyendo y releyendo un párrafo sobre los usos
de la coclearia, el ligústico y la tármica sin entender ni una sola palabra.
«Estas plantas resultan muy eficaces para la inflam ación del cerebro, y de ahí que se
empleen corrientemente en la fabricación de filtros para confundir y ofuscar, o allí donde el
mago pretenda producir exaltación e imprudencia...»
... Hermione decía que Sirius estaba volviéndose im prudente porque se hallaba
encerrado en Grimmauld Place...
«... muy eficaces para la inflamación del cerebro, y de ahí que se empleen
corrientemente...»

260 Perchero

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
240
... El Profeta creería que Harry tenía el cerebro inflamado si se enteraba de que sabía lo
que sentía Voldemort...
«... corrientemente en la fabricación de filtros para confundir y ofuscar...»
... «Confundir» era la palabra, sin duda; ¿por qué sabía él lo que sentía Voldemort? ¿Qué
era aquella extraña conexión entre ambos que Dumble dore nunca había sido capaz de explicar
satisfactoriamente?
«... o allí donde el mago pretenda...»
... Qué sueño le estaba entrando a Harry...
«... producir exaltación...»
... Estaba tan calentito y cómodo en su butaca junto al fuego, escuchando el repiqueteo
de la lluvia en los cristales de las ventanas, el ronroneo de Crookshanks y el chisporroteo de
las llamas...
El libro que Harry tenía en las manos resbaló y cay ó sobre la alfombra de la chimenea,
produciendo un ruido sordo. Harry ladeó la cabeza...
Volvía a caminar por un pasillo sin ventanas, y sus pasos resonaban en el silencio. La
puerta que había al fondo fue aumentando de tamaño; el corazón de Harry latía muy deprisa
por la emoción... Si pudiera abrirla, si pudiera pasar por ella...
Extendió un brazo... Las yemas de sus dedos estaban a sólo unos centímetros de la
puerta...
—¡Harry Potter!
Harry despertó sobresaltado. Todas las velas de la sala común se habían apagado, pero
vio que algo se movía cerca de él.
—¿Quién está ahí? —preguntó incorporándose en la bu taca. El fuego estaba casi
apagado, y la estancia, oscura.
—¡Dobby tiene su lechuza, señor! —dijo una vocecilla chillona.
—¿Dobby? —se extrañó Harry con una voz pastosa, y e scudriñó la oscuridad hacia el sitio
de donde procedía el sonido.
Dobby, el elfo doméstico, estaba de pie junto a la mesa donde Hermione había dejado
media docena de gorros de punto. Sus grandes y punt iagudas orejas sobresalían por debajo de
lo que Harry sospechó que eran todos los gorros de lana que Hermione había tejido hasta
entonces; los llevaba uno encima de otro, y su cabeza parecía dos o tres palmos más larga. En
lo alto de la borla del último gorro estaba posada Hedwig, que ululaba tranquilamente y, según
todos los indicios, curada.
—Dobby se ofreció voluntario para devolverle la lec huza a Harry Potter —explicó el elfo
con voz de pito mientras miraba con manifiesta ador ación a Harry—. La profesora Grubbly-
Plank opina que ya está bien, señor —añadió, e hizo una exagerada reverencia hasta que su
puntiaguda nariz rozó la raída alfombra de la chimenea. Hedwig soltó un ululato de indignación
y voló hasta el brazo de la butaca de Harry.
—¡Gracias, Dobby! —exclamó el chico al mismo tiempo que acariciaba la cabeza de su
lechuza y pestañeaba para borrar de su mente la ima gen de la puerta que había visto en
sueños y que parecía tan real...
Entonces miró con más detenimiento a Dobby y vio qu e el elfo también llevaba varias
bufandas e innumerables calcetines, de modo que sus pies parecían desmesurados para su
cuerpo.
—Oye, ¿has cogido todas las prendas que Hermione ha dejado por ahí?
—¡Oh, no, señor! —repuso Dobby alegremente—. Dobby también ha cogido unas cuantas

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
241
para Winky, señor.
—¡Ah, sí! ¿Cómo está Winky? —le preguntó Harry.
Dobby agachó ligeramente las orejas.
—Winky todavía bebe mucho, señor —afirmó con pesar, mirando al suelo con sus
enormes, redondos y verdes ojos, del tamaño de pelotas de tenis—. Siguen sin interesarle las
prendas de ropa, Harry Potter. Y a los otros elfos domésticos tampoco. Ya nadie quiere limpiar
la torre de Gryffindor porque hay gorros y calcetin es escondidos por todas partes; los
encuentran insultantes, señor. Dobby lo hace todo él solo, señor, pero a Dobby no le importa,
señor, porque él siempre confía en encontrarse a Ha rry Potter, y esta noche, señor, ¡se ha
cumplido su deseo! —El elfo volvió a hacer una reve rencia—. Pero Harry Potter no parece
contento —prosiguió Dobby, enderezándose de nuevo y mirando tímidamente a Harry—.
Dobby lo ha oído hablar en sueños. ¿Tenía Harry Potter pesadillas?
—Sí, aunque no eran muy desagradables —explicó Harr y bostezando y frotándose los
ojos—. Las he tenido peores.
El elfo contempló a Harry con sus enormes ojos como esferas. Entonces se puso muy
serio y, agachando las orejas, dijo:
—A Dobby le encantaría poder ayudar a Harry Potter, porque Harry Potter le dio la
libertad a Dobby, y Dobby es mucho, mucho más feliz ahora.
Harry sonrió.
—No puedes ayudarme, Dobby, pero gracias de todos m odos.
Se agachó y recogió su libro de Pociones. Tendría que intentar terminar la redacción al
día siguiente. Cerró el libro, y en ese instante la luz del fuego iluminó las delgadas cicatrices
blancas que tenía en el dorso de la mano, resultado de sus castigos con la profesora
Umbridge.
—Un momento, quizá sí puedas hacerme un favor, Dobby —dijo Harry muy despacio.
El elfo miró a Harry sonriente.
—¡Harry Potter sólo tiene que pedírmelo, señor!
—Necesito encontrar un sitio donde veintiocho personas puedan practicar Defensa Contra
las Artes Oscuras sin que las descubra ningún profe sor, sobre todo —añadió, agarrando con
tanta fuerza el libro que las cicatrices brillaron con un tono blanco y perlado— la profesora
Umbridge.
Se había imaginado que la sonrisa del elfo desapare cería con rapidez y que Dobby
agacharía las orejas o diría que eso era imposible, o como mucho que intentaría buscar algún
sitio, pero se equivocó. Lo que no esperaba era que Dobby pegara un saltito, agitando
alegremente las orejas, y diera una palmada.
—¡Dobby conoce el sitio perfecto, señor! —exclamó—. Dobby oyó hablar de él a los otros
elfos domésticos cuando llegó a Hogwarts, señor. ¡L o llamamos la Sala que Viene y Va 261 ,
señor, o la Sala de los Menesteres 262 !
—¿Por qué la llamáis así? —preguntó Harry, intrigado.
—Porque es una sala en la que uno sólo puede entrar —explicó Dobby poniéndose muy
serio— cuando tiene verdadera necesidad. A veces está allí y a veces no, pero cuando aparece
siempre está equipada para satisfacer las necesidades de la persona que la busca. Dobby la ha
utilizado en algunas ocasiones, señor —añadió el el fo bajando la voz, como si tuviera
remordimientos—, cuando Winky estaba muy borracha; Dobby la ha escondido en la Sala de
los Menesteres y ha encontrado allí antídotos contra la cerveza de mantequilla, y una bonita

261 La Sala que Va y Viene 262 Sala Multipropósito

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242
cama de tamaño adecuado para los elfos donde ponerla a dormir, señor... Y Dobby sabe que el
señor Filch ha encontrado allí productos de limpieza extra cuando se le han terminado, señor,
y...
—Y si necesitas urgentemente un lavabo —terció Harr y, que de pronto había recordado
algo que había dicho Dumbledore en el baile de Navi dad el curso anterior—, ¿se llena de
orinales 263 ?
—Dobby se imagina que sí, señor —afirmó el elfo asi ntiendo enérgicamente con la
cabeza—. Es una sala muy especial, señor.
—¿Cuánta gente conoce su existencia? —le preguntó Harry enderezándose un poco más
en la butaca.
—Muy poca, señor. La mayoría tropiezan con ella cuando la necesitan, señor, pero no
suelen volver a encontrarla porque no saben que siempre está allí esperando a que se solicite
su servicio, señor.
—¡Parece estupendo! —exclamó Harry muy animado—. ¡P arece perfecto, Dobby!
¿Cuándo podrás enseñarme dónde está?
—Cuando Harry Potter quiera, señor —repuso Dobby, que se mostraba encantado con el
entusiasmo del chico—. ¡Podríamos ir ahora mismo si así lo quiere Harry Potter!
Harry estuvo tentado de ir con Dobby a buscar la Sa la de los Menesteres. Ya se estaba
levantando de la butaca, con la intención de subir a toda prisa a su dormitorio para coger la
capa invisible, cuando una voz (que no era la prime ra vez que oía) que se parecía mucho a la
de Hermione le susurró al oído: «Imprudente.» Realm ente era muy tarde y estaba agotado.
—Esta noche no, Dobby —dijo Harry a regañadientes, y volvió a sentarse en la butaca—.
Esto es muy importante... No quisiera estropearlo, necesito planearlo todo muy bien. Oye,
¿puedes decirme dónde está con exactitud esa Sala de los Menesteres, y cómo entrar en ella?

  

Las túnicas ondeaban al viento y se les enroscaban alrededor del cuerpo mientras
atravesaban chapoteando los inundados huertos para asistir a una clase de dos horas de
Herbología. El martilleo de las gotas de lluvia, duras como piedras de granizo, apenas les
dejaba oír lo que les decía la profesora Sprout. Aquella tarde la clase de Cuidado de Criaturas
Mágicas tuvo que trasladarse de los jardines, azota dos por la tormenta, a un aula libre de la
planta baja, y para gran alivio de los miembros del equipo de quidditch, Angelina se había
dirigido a ellos a la hora de la comida para inform arles de que se había suspendido el
entrenamiento.
—Genial —comentó Harry en voz baja cuando Angelina se lo comunicó—, porque hemos
encontrado un sitio para celebrar nuestra primera reunión de defensa. Hoy a las ocho en punto
en el séptimo piso, frente al tapiz en que los trol s están dándole garrotazos a Barnabás el
Chiflado. ¿Podrás avisar a Katie y a Alicia?
Angelina se mostró un poco acobardada, pero prometi ó decírselo a las demás. Harry, que
estaba muerto de hambre, siguió comiendo salchichas y puré de patata. Cuando levantó la
cabeza para beber un sorbo de zumo de calabaza, vio que Hermione lo observaba
atentamente.
—¿Qué pasa? —le preguntó con la boca llena.
—Bueno... Es que no sé si debemos fiarnos de Dobby. ¿No te acuerdas de que te dejó sin
huesos en un brazo?

263 Inodoros

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
243
—Esa sala no es una idea descabellada de Dobby. Dumbledore también la conoce, me
habló de ella en el baile de Navidad.
La expresión de Hermione se relajó un tanto.
—¿Dumbledore te habló de ella?
—Sólo de pasada —comentó Harry encogiéndose de homb ros.
—Ah, bueno, entonces de acuerdo —dijo Hermione con decisión, y ya no puso más
reparos.
Harry, Ron y Hermione habían dedicado gran parte del día a buscar a los compañeros
que habían firmado en la lista para decirles dónde iban a reunirse aquella noche. Por desgracia
para Harry, fue Ginny la que encontró primero a Cho y a su amiga; finalizada la cena estaba
convencido de que la noticia ya había llegado a las veinticinco personas que habían acudido a
la cita del pub.
A las siete y media, los tres amigos salieron de la sala común de Gryffindor. Harry
llevaba un trozo de pergamino viejo en una mano. Lo s alumnos de quinto curso podían estar
en los pasillos hasta las nueve en punto, pero aun así los tres volvían continuamente la
cabeza, nerviosos, mientras se dirigían hacia el séptimo piso.
—Un momento —dijo Harry al llegar al final del últi mo tramo de escaleras, y desenrolló el
trozo de pergamino. Le dio un golpe con la varita y recitó en voz baja—: ¡Juro solemnemente
que mis intenciones no son buenas!
Un mapa de Hogwarts apareció en la superficie en bl anco del pergamino. Unos diminutos
puntos negros móviles, etiquetados con nombres, mos traban dónde se encontraban en aquel
momento algunas personas.
—Filch está en el segundo piso —afirmó Harry acercándose el mapa a los ojos—. Y la
Señora Norris está en el cuarto.
—¿Y la profesora Umbridge? —le preguntó Hermione, i nquieta.
—En su despacho —contestó él, y lo señaló—. Vale, s igamos. —Echaron a andar a buen
ritmo por el pasillo hasta el lugar que Dobby le había descrito a Harry: un tramo vacío de
pared frente a un enorme tapiz que representaba el absurdo intento de Barnabás el Chiflado
de enseñar ballet a los trols—. Muy bien —dijo Harry en voz baja mientras un apolillado trol
dejaba por un momento de aporrear despiadadamente a su frustrado profesor de ballet para
observarlos—. Dobby dijo que teníamos que pasar tres veces por delante de este trozo de
pared, concentrándonos en lo que necesitamos.
Así lo hicieron: dieron media vuelta bruscamente al llegar a la ventana que había más
allá del tramo vacío de pared, y luego regresaron a l alcanzar el jarrón del tamaño de una
persona que había en el otro extremo. Ron tenía los ojos cerrados con fuerza, Hermione
susurraba algo y Harry tenía los puños apretados y miraba al frente.
«Necesitamos un sitio donde aprender a luchar... —p ensó—. Danos un sitio donde
practicar... Un sitio donde no puedan encontrarnos...»
—¡Harry! —exclamó Hermione cuando se dieron la vuel ta después de hacer el recorrido
por tercera vez.
Una puerta de brillante madera había aparecido en la pared. Ron la miraba fijamente y
parecía un poco receloso. Harry extendió un brazo, agarró el picaporte de latón, abrió y entró
el primero en una amplia estancia en la que ardían parpadeantes antorchas como las que
iluminaban las mazmorras, ocho pisos más abajo.
Las paredes estaban cubiertas de estanterías de madera, y en lugar de sillas había unos
enormes cojines de seda en el suelo. En unos estant es, en la pared del fondo de la sala, se

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
244
veían una serie de instrumentos, como chivatoscopios 264 , sensores de ocultamiento y un gran
reflector de enemigos rajado que Harry estaba segur o de haber visto el año anterior en el
despacho del falso Moody.
—Esto nos vendrá muy bien cuando practiquemos hechi zos aturdidores —comentó Ron
con entusiasmo dándole unos golpecitos con el pie a uno de los cojines.
—¡Y mirad los libros! —gritó Hermione, emocionada, mientras pasaba un dedo por los
lomos de los grandes volúmenes encuadernados en pie l—. Compendio de maldiciones básicas
y cómo combatirlas... Cómo burlar las artes oscuras ... Hechizos de autodefensa... ¡Uf! —
Radiante, se volvió y miró a Harry, quien comprendi ó que la presencia de aquellos cientos de
libros había convencido definitivamente a Hermione de que lo que estaban haciendo era
correcto—. Esto es fabuloso, Harry. ¡Aquí está todo lo que necesitamos!
Y sin más preámbulos, cogió Embrujos para embrujados del estante, se sentó en el
primer cojín que encontró y se puso a leer.
Entonces oyeron unos golpecitos en la puerta. Harry se dio la vuelta. Habían llegado
Ginny, Neville, Lavender, Parvati y Dean.
—¡Vaya! —exclamó Dean observando lo que lo rodeaba impresionado—. ¿Qué es esto?
Harry empezó a explicárselo, pero antes de que hubiera terminado llegó más gente y
tuvo que empezar de nuevo. A las ocho en punto todos los cojines ya estaban ocupados. Harry
fue hacia la puerta y giró la llave que había en la cerradura con un ruido lo bastante fuerte
para convencer a los asistentes; éstos, por su parte, guardaron silencio y se quedaron mirando
a Harry. Hermione marcó con cuidado la página que e staba leyendo de Embrujos para
embrujados y dejó el libro a un lado.
—Bueno —dijo Harry un poco nervioso—. Éste es el si tio que hemos encontrado para
nuestras sesiones de prácticas, y por lo que veo... todos lo aprobáis.
—¡Es fantástico! —exclamó Cho, y varias personas ex presaron también su aprobación.
—Qué raro —comentó Fred echando un vistazo a su alr ededor con la frente arrugada—.
Una vez nos escondimos de Filch aquí, ¿te acuerdas, George? Pero entonces esto no era más
que un armario de escobas.
—Oye, Harry, ¿qué es eso? —preguntó Dean desde el f ondo de la sala, señalando los
chivatoscopios y el reflector de enemigos.
—Detectores de tenebrismo —contestó Harry, y fue hacia ellos sorteando los cojines—.
Indican cuándo hay enemigos o magos tenebrosos cerc a, pero no hay que confiar demasiado
en ellos porque se les puede engañar... —Miró un mo mento en el rajado reflector de
enemigos; dentro se movían unas figuras oscuras, aunque ninguna estaba muy definida.
Luego se dio la vuelta—. Bueno, he estado pensando por dónde podríamos empezar y... —Vio
una mano levantada—. ¿Qué pasa, Hermione?
—Creo que deberíamos elegir un líder —sugirió ella.
—Harry es el líder —saltó Cho mirando a Hermione co mo si estuviera loca.
A Harry volvió a darle un vuelco el corazón.
—Sí, pero creo que deberíamos realizar una votación en toda regla —afirmó Hermione sin
inmutarse—. Queda más serio y le confiere autoridad a Harry. A ver, que levanten la mano los
que opinan que Harry debería ser nuestro líder.
Todos levantaron la mano, incluso Zacharias Smith, aunque lo hizo sin entusiasmo.
—Bueno, gracias —dijo Harry, que tenía las mejillas ardiendo—. Y... ¿qué pasa,
Hermione?

264 Falsoscopios

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245
—También creo que deberíamos tener un nombre —propuso alegremente sin bajar la
mano—. Eso fomentaría el espíritu de equipo y la unidad, ¿no os parece?
—Podríamos llamarnos Liga AntiUmbridge —terció Ange lina.
—O Grupo Contra los Tarados del Ministerio de la Magia —sugirió Fred.
—Yo había pensado —insinuó Hermione mirando ceñuda a Fred— en un nombre que no
revelara tan explícitamente a qué nos dedicamos, para que podamos referirnos a él sin peligro
fuera de las reuniones.
—¿Entidad de Defensa? —aventuró Cho—. Podríamos abr eviarlo ED y nadie sabría de qué
estamos hablando.
—Sí, ED me parece bien —intervino Ginny—. Pero sería mejor que fueran las siglas de
Ejército de Dumbledore, porque eso es lo que más teme el Ministerio, ¿no?
El comentario de Ginny fue recibido con risas y murmullos de conformidad.
—¿Estáis todos a favor de ED? —preguntó Hermione en tono autoritario, y se arrodilló en
el cojín para contar—. Sí, hay mayoría. ¡Moción aprobada!
Clavó el trozo de pergamino donde habían firmado to dos en la pared, y en lo alto escribió
con letras grandes:

EJÉRCITO DE DUMBLEDORE

—Muy bien —dijo Harry cuando Hermione se hubo senta do de nuevo—, ¿empezamos a
practicar? He pensado que lo primero que deberíamos hacer es practicar el expelliarmus, es
decir, el encantamiento de desarme. Ya sé que es mu y elemental, pero lo encontré muy útil...
—¡Vaya, hombre! —exclamó Zacharias Smith mirando al techo y cruzándose de brazos—.
No creo que el expelliarmus nos ayude mucho si tenemos que enfrentarnos a Quien -tú-sabes.
—Yo lo utilicé contra él —dijo Harry con serenidad—. En junio, ese encantamiento me
salvó la vida. —Smith se quedó con la boca abierta, con cara de estúpido. Los demás
estudiantes estaban muy callados—. Pero si crees que está por debajo de tus conocimientos,
puedes marcharte —añadió Harry. Smith no se movió. Los demás tampoco—. Bien —continuó
Harry. Había tantos ojos fijos en él que se le estaba secando la boca—. Podríamos dividirnos
en parejas y practicar.
A Harry le resultaba muy extraño dar instrucciones, pero más extraño aún le resultaba
ver que los demás las seguían. Todos se pusieron en pie a la vez y se colocaron de dos en dos.
Como era de esperar, Neville se quedó sin pareja.
—Tú practicarás conmigo —le dijo Harry—. Muy bien, contaré hasta tres: uno, dos, tres...
De pronto, la sala se llenó de gritos de ¡Expelliarmus! Las varitas volaban en todas
direcciones; los hechizos mal ejecutados iban a par ar contra los libros de las estanterías y los
hacían saltar por los aires. Harry era demasiado rá pido para Neville, cuya varita saltó de su
mano, giró sobre sí misma, golpeó el techo producie ndo una lluvia de chispas y aterrizó con
estrépito en lo alto de una estantería, de donde Ha rry la recuperó con un encantamiento
convocador. Entonces miró a su alrededor y comprobó que había hecho bien al proponer que
practicaran los hechizos elementales en primer lugar, pues sus compañeros estaban haciendo
unas chapuzas tremendas. Muchos no conseguían desar mar a sus oponentes y sólo lograban
que saltaran hacia atrás unos pocos pasos o que hicieran muecas de dolor cuando su débil
hechizo pasaba rozándoles la coronilla.
—¡Expelliarmus! —exclamó Neville. Había pillado a Harry desprevenid o, y la varita saltó

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de la mano de éste—. ¡LO HE CONSEGUIDO 265 ! —exclamó Neville, emocionado—. No lo había
hecho nunca. ¡LO HE CONSEGUIDO!
—¡Muy bien! —lo animó Harry, y decidió no comentarle que en un duelo real no era
probable que su oponente estuviera mirando hacia otro lado con la varita en la mano, pero sin
apretarla—. Oye, Neville, ¿por qué no te turnas un rato para practicar con Ron y con
Hermione? Así podré pasearme por la sala y ver cómo les va a los demás.
Harry se colocó en el centro de la estancia. A Zacharias Smith le estaba pasando algo
muy raro. Cada vez que abría la boca para desarmar a Anthony Goldstein, su propia varita
salía despedida de su mano pese a que Anthony no de cía nada. A Harry no le costó mucho
resolver aquel misterio: Fred y George estaban cerca de Smith y se turnaban para apuntarle a
la espalda con sus varitas.
—Lo siento, Harry —se apresuró a decir George al co mprobar que Harry lo miraba—. No
he podido evitarlo.
Harry se paseó entre las otras parejas e intentó co rregir a los que realizaban mal el
hechizo. Ginny se había emparejado con Michael Corn er; lo estaba haciendo muy bien,
mientras que Michael o lo hacía muy mal o no quería hechizar a Ginny. Ernie Macmillan blandía
exageradamente su varita, con lo que daba tiempo a su compañero para ponerse en guardia.
Los hermanos Creevey practicaban con entusiasmo per o de manera irregular, y eran ellos los
responsables de que los libros saltaran de los estantes. Luna Lovegood también tenía altibajos:
a veces hacía saltar la varita de la mano de Justin Finch-Fletchley, y otras sólo conseguía que
se le pusiera el pelo de punta.
—¡Alto! —gritó Harry—. ¡Alto! ¡ALTO! —«Necesito un silbato», pensó, e inmediatamente
vio uno en lo alto de la hilera de libros más cercana. Lo cogió, sopló con fuerza y todos bajaron
las varitas en el acto—. No está mal —dijo Harry— p ero todavía podéis mejorar mucho. —En
ese momento Zacharias le lanzó una mirada de desdén —. Volvamos a intentarlo.
Siguió paseándose por la sala deteniéndose de vez e n cuando para hacer alguna
sugerencia. Poco a poco los estudiantes fueron mejorando. Durante un rato evitó acercarse a
Cho y a su amiga, pero después de aproximarse dos v eces a las demás parejas, tuvo la
impresión de que ya no podía seguir ignorándolas.
—¡Oh, no! —exclamó Cho al ver que Harry se dirigía hacia ellas—. ¡Expelliarmonos! ¡Ay,
no! ¡Expelliemillus! ¡Oh, Marietta, lo siento! —La manga de la túnica de su amiga de cabello
rizado se había prendido fuego; Marietta apagó las llamas con su propia varita y miró con odio
a Harry, como si él tuviera la culpa de todo—. ¡Me has puesto nerviosa, hasta ahora lo estaba
haciendo bien! —le dijo Cho a Harry con tristeza.
—Está muy bien —mintió Harry, pero al ver que Cho a rqueaba las cejas se corrigió—:
Bueno, no, está fatal, pero ya sé que lo sabes hacer muy bien. He estado observándote desde
allí.
Cho rió y su amiga Marietta los miró con cara de pocos amigos y se apartó.
—No le hagas caso —murmuró Cho—. En realidad prefer iría no estar aquí, pero yo la he
obligado a venir. Sus padres le han prohibido hacer cualquier cosa que pueda molestar a la
profesora Umbridge. Verás, su madre trabaja para el Ministerio.
—¿Y tus padres? —le preguntó Harry.
—Bueno, también me han prohibido llevarle la contra ria a la profesora Umbridge —afirmó
Cho irguiéndose con orgullo—. Pero si creen que no voy a luchar contra Quien-tú-sabes
después de lo que le pasó a Cedric...
No terminó la frase; se quedó confundida, y entre ellos dos se hizo un incómodo silencio.
Entonces la varita de Terry Boot pasó volando junto a la oreja de Harry y le dio de lleno a
Alicia Spinnet en la nariz,

265 ¡LO LOGRÉ!

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—¡Pues mi padre apoya cualquier acción contra el Ministerio! —afirmó Luna Lovegood
también muy orgullosa mientras Justin Finch-Fletchley intentaba colocarse bien la túnica con la
que se había tapado la cabeza. Luna estaba detrás d e Harry y era evidente que había estado
escuchando la conversación que éste había mantenido con Cho—. Siempre dice que cree a
Fudge capaz de cualquier cosa. ¡Con la cantidad de duendes que ha asesinado! Además, utiliza
el Departamento de Misterios para fabricar pociones terribles que hace beber a todo el que no
está de acuerdo con él. Y luego está su umgubular slashkilter...
—No hagas preguntas —recomendó Harry por lo bajo a Cho al ver que ésta abría la boca,
desconcertada. Cho rió.
—Oye, Harry —gritó Hermione desde el otro extremo de la sala—. ¿Has mirado la hora?
Harry consultó su reloj y se llevó una sorpresa al ver que ya eran las nueve y diez, lo
cual significaba que tenían que volver a sus salas comunes inmediatamente si no querían que
Filch los pescara y los castigara por estar en los pasillos fuera de los límites permitidos.
Entonces hizo sonar el silbato, los estudiantes dejaron de gritar «¡Expelliarmus!» y las dos
últimas varitas cayeron al suelo.
—Bueno, ha estado muy bien —comentó Harry—, pero la sesión se ha prolongado más
de lo previsto. Tenemos que dejarlo aquí. ¿Quedamos la semana que viene a la misma hora en
el mismo sitio?
—¡Antes! —exclamó Dean Thomas con entusiasmo, y muc hos compañeros asintieron con
la cabeza.
Angelina, en cambio, dijo:
—¡La temporada de quidditch está a punto de empezar y el equipo también tiene que
practicar!
—Entonces el próximo miércoles por la noche —determ inó Harry—. Ya decidiremos si
hacemos alguna reunión adicional. ¡Ahora será mejor que nos vayamos!
Volvió a sacar el mapa del merodeador y lo revisó m eticulosamente para ver si había
algún profesor en el séptimo piso. Dejó salir a sus compañeros en grupos de tres y de cuatro,
y luego siguió con inquietud los diminutos puntos q ue los representaban en el mapa para
asegurarse de que regresaban sanos y salvos a sus dormitorios: los de Hufflepuff se dirigieron
hacia el pasillo del sótano, que también conducía a las cocinas; los de Ravenclaw, a una torre
situada en el ala oeste del castillo, y los de Gryffindor, por el pasillo del retrato de la Señora
Gorda.
—Ha sido estupendo, Harry —confesó Hermione cuando por fin se quedaron solos él, ella
y Ron.
—¡Sí, genial! —coincidió éste, entusiasmado. Salieron por la puerta y vieron cómo ésta
volvía a convertirse en piedra—. ¿Has visto cómo he desarmado a Hermione, Harry?
—Sólo una vez —puntualizó ella, dolida—. Yo te he d esarmado muchas más veces que tú
a mí.
—No te he desarmado sólo una vez; han sido como mín imo tres.
—Sí, claro, contando la vez que has tropezado y al caerte me has quitado la varita de un
manotazo.
Siguieron discutiendo hasta que llegaron a la sala común, pero Harry no les hacía caso.
Observaba muy atento el mapa del merodeador, pero a l mismo tiempo recordaba que Cho le
había dicho que la ponía nerviosa.

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
248

19
El león y la serpiente


Durante las dos semanas siguientes, Harry tuvo la impresión de que llevaba una especie
de talismán dentro del pecho, un secreto íntimo que lo ayudaba a soportar las clases de la
profesora Umbridge y que incluso le permitía sonreír de manera insulsa cuando la miraba a los
espantosos y saltones ojos. Harry y el ED le oponía n resistencia delante de sus propias
narices, practicando precisamente lo que más temían ella y el Ministerio, y durante sus clases,
cuando se suponía que Harry estaba leyendo el libro de Wilbert Slinkhard, lo que hacía en
realidad era recordar los momentos más satisfactorios de las últimas reuniones del ED: Neville
había conseguido desarmar a Hermione; Colin Creevey había realizado a la perfección el
embrujo paralizante; después de tres sesiones de duros esfuerzos, Parvati Patil había hecho
una maldición reductora tan potente que había conve rtido en polvo la mesa de los
chivatoscopios...
Resultaba casi imposible escoger una noche a la semana para las reuniones del ED,
porque tenían que adaptarse a los horario de entrenamientos de tres equipos de quidditch, que
muchas veces se modificaban debido a las adversas c ondiciones climáticas. Pero eso no
preocupaba a Harry: tenía la sensación de que, seguramente, era mejor que sus reuniones no
tuvieran un horario fijo. Si alguien estaba observándolos, iba a costarle mucho descubrir un
sistema predeterminado.
Hermione no tardó en idear un método muy ingenioso para comunicar la fecha y la hora
de la siguiente reunión a los miembros del ED por s i había que cambiarlas en el último
momento, porque habría resultado sospechoso que los estudiantes de diferentes casas
cruzaran el Gran Comedor para hablar entre ellos demasiado a menudo. Entregó a cada uno
de los miembros del ED un galeón falso (Ron se emoc ionó mucho cuando vio por primera vez
el cesto, convencido de que estaba regalando oro de verdad).
—¿Veis los números que hay alrededor del borde de l as monedas? —dijo Hermione
mostrándoles una para que la examinaran al final de su cuarta reunión. La moneda, gruesa y
amarilla, reflejaba la luz de las antorchas—. En los galeones auténticos no son más que un
número de serie que se refiere al duende que acuñó la moneda. En estas monedas falsas, sin
embargo, los números cambiarán para indicar la fech a y la hora de la siguiente reunión. Las
monedas se calentarán cuando cambie la fecha, de mo do que si las lleváis en un bolsillo lo
notaréis. Cogeremos una cada uno, y cuando Harry decida la fecha de la siguiente reunión, él
modificará los números de su moneda, y los de las demás también cambiarán para imitar los
de la de Harry porque les he hecho un encantamiento proteico. —Las palabras de Hermione
fueron recibidas con un silencio sepulcral. Ella observó a sus compañeros, que la miraban
desconcertados—. No sé, me pareció buena idea —balb uceó—. Porque aunque la profesora
Umbridge nos ordenara vaciar nuestros bolsillos, no hay nada sospechoso en llevar un galeón,
¿no? Pero..., bueno, si no queréis utilizarlas...
—¿Sabes hacer un encantamiento proteico? —le pregun tó Terry Boot.
—Sí.
—Pero si eso..., eso corresponde al nivel de ÉXTASIS —comentó con un hilo de voz.
—Ya —repuso Hermione intentando parecer modesta—. Y a..., bueno..., sí, supongo que
sí.
—¿Por qué no te pusieron en Ravenclaw? —inquirió Ro n mirando a Hermione
maravillado—. ¡Con el cerebro que tienes!...
—Verás, el Sombrero Seleccionador estuvo a punto de mandarme a Ravenclaw —

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
249
contestó Hermione alegremente—, pero al final se decidió por Gryffindor. Bueno, ¿qué decís?
¿Queréis usar los galeones?
Hubo un murmullo de aprobación general, y los compa ñeros se acercaron al cesto para
coger su moneda. Harry miró de reojo a Hermione.
—¿Sabes a qué me recuerda esto?
—No, ¿a qué?
—A las cicatrices de los mortífagos. Cuando Voldemort toca a uno de ellos, todos notan
que les queman las cicatrices y así saben que tienen que reunirse con él.
—Sí, ya —contestó Hermione con tranquilidad—. De ah í fue de donde saqué la idea...
Pero te habrás dado cuenta de que decidí grabar la fecha en unos trozos de metal, y no en la
piel de los miembros del grupo.
—Sí, claro... Lo prefiero así —respondió Harry, sonriente, y se guardó un galeón en el
bolsillo—. Supongo que el único peligro de este sistema es que nos gastemos las monedas sin
querer.
—Lo veo difícil —intervino Ron, que estaba examinan do su galeón falso con cierta
tristeza—. Yo no tengo ni un solo galeón auténtico con el que confundirlo.
Al acercarse el día del primer partido de quidditch de la temporada, Gryffindor contra
Slytherin, las reuniones del ED quedaron suspendida s porque Angelina se empeñó en hacer
entrenamientos casi diarios. Dado que hacía mucho t iempo que no se celebraba la Copa de
quidditch, el inminente encuentro había producido grandes expectativas y emoción. Como era
lógico, los de Ravenclaw y los de Hufflepuff demostraban un vivo interés por el resultado del
partido, pues ellos jugarían contra ambos equipos e n el curso de aquel año. Los jefes de las
casas de cada uno de los dos equipos enfrentados, p ese a que intentaban disimularlo bajo un
considerable alarde de espíritu deportivo, estaban ansiosos por ver ganar a los suyos. Harry
comprendió hasta qué punto le importaba a la profes ora McGonagall que Gryffindor venciera a
Slytherin cuando la semana previa al partido decidió abstenerse de ponerles deberes. —Creo
que ya tenéis suficiente trabajo de momento —dijo c on altivez. Nadie dio crédito a lo que
acababa de oír hasta que la profesora McGonagall miró directamente a Harry y Ron y añadió
con gravedad—: Ya me he acostumbrado a ver la Copa de quidditch en mi despacho,
muchachos, y no tengo ningunas ganas de entregársela al profesor Snape, así que emplead el
tiempo libre para entrenar, ¿entendido?
Snape tampoco disimulaba que defendía los intereses de su equipo. Había reservado
tantas veces el campo de quidditch para los entrenamientos de Slytherin que los de Gryffindor
tenían dificultades para utilizarlo. También hacía oídos sordos a los continuos informes de los
intentos de los de Slytherin de hacer maleficios a los jugadores de Gryffindor en los pasillos del
colegio. El día que Alicia Spinnet se presentó en la enfermería con las cejas tan crecidas que le
impedían ver y le tapaban la boca, Snape insistió e n que debía de haber probado por su cuenta
un encantamiento crecepelo 266 y no quiso escuchar a los catorce testigos que ase guraban
haber visto cómo el guardián de Slytherin, Miles Bletchley, le lanzaba un embrujo por la
espalda mientras ella estaba estudiando en la biblioteca.
Harry era optimista en cuanto a las posibilidades q ue Gryffindor tenía de ganar; al fin y al
cabo nunca habían perdido contra el equipo de Malfo y. Había que admitir que Ron todavía no
había alcanzado el nivel de rendimiento que Wood habría aprobado, pero se estaba esforzando
muchísimo para mejorar. Su punto débil era la tende ncia a perder la confianza en sí mismo
después de meter la pata; cuando le marcaban un tan to, se aturullaba mucho y entonces era
probable que le marcaran más goles. Por otra parte, Harry había visto a Ron hacer algunas
paradas francamente espectaculares cuando su amigo estaba inspirado; en uno de los
entrenamientos más memorables, Ron se había quedado colgado de la escoba, cogido con una
sola mano, y le había dado una patada tan fuerte a la quaffle para alejarla del aro de gol que
la pelota recorrió todo el terreno de juego y se coló por el aro central del extremo opuesto. El

266 Engruesapelo

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250
resto del equipo comentó que aquella parada no tenía nada que envidiar a la que había hecho
poco antes Barry Ryan, el guardián de la selección irlandesa, contra un lanzamiento del
cazador estrella de Polonia, Ladislaw Zamojski. Hasta Fred había dicho que quizá Ron lograra
que él y George se sintieran orgullosos de su herma no, y que estaban planteándose muy en
serio reconocer que Ron tenía algún parentesco con ellos, lo cual le aseguraron que llevaban
cuatro años cuestionándose.
Lo único que de verdad preocupaba a Harry era lo mu cho que a Ron le afectaban las
tácticas usadas por el equipo de Slytherin antes de que llegara el enfrentamiento. Harry,
lógicamente, también había soportado los insidiosos comentarios de los de Slytherin durante
cuatro años, de modo que cuando alguien le susurrab a al oído: «Eh, Potty, me han dicho que
Warrington ha jurado que el sábado te derribará de la escoba», en lugar de asustarse se ponía
a reír. «Warrington tiene tan mala puntería que me preocuparía más si apuntara al jugador
que estuviera a mi lado», replicó en aquella ocasión, con lo que Ron y Hermione se echaron a
reír, y la sonrisita de suficiencia se borró del rostro de Pansy Parkinson.
Pero Ron nunca había estado sometido a una implacab le campaña de insultos, burlas e
intimidaciones. Cuando los de Slytherin, entre ellos algunos de séptimo curso mucho más altos
que él, murmuraban al cruzárselo en un pasillo: «¿Y a has reservado una cama en la
enfermería, Weasley?», Ron no se reía, sino que se ponía verde en cuestión de segundos.
Cuando Draco Malfoy intimidaba a Ron dejando caer la quaffle (y lo hacía cada vez que ambos
se veían), a éste se le ponían las orejas coloradas y empezaban a temblarle las manos de tal
modo que si en ese momento llevaba algo en ellas, t ambién se le caía.
El mes de octubre fue una sucesión ininterrumpida d e días de viento huracanado y lluvia
torrencial, y cuando llegó noviembre, hizo un frío glacial; el gélido viento y las intensas
heladas matinales herían las manos y las caras si no se protegían. El cielo y el techo del Gran
Comedor adoptaron un tono gris claro y perlado; las montañas que rodeaban Hogwarts
estaban coronadas de nieve, y la temperatura dentro del castillo descendió tanto que muchos
estudiantes llevaban puestos sus gruesos guantes de piel de dragón cuando iban por los
pasillos de una clase a otra.
La mañana del partido amaneció fría y despejada. Cuando Harry despertó, giró la cabeza
hacia la cama de Ron y lo vio sentado muy tieso, abrazándose las rodillas y mirando fijamente
el vacío.
—¿Estás bien? —le preguntó Harry. Ron asintió con l a cabeza sin decir nada. Harry se
acordó de cuando Ron, por error, se hizo a sí mismo un encantamiento vomitababosas; estaba
tan pálido y sudoroso como entonces, y se mostraba igual de reacio a abrir la boca—. Lo que
necesitas es un buen desayuno —le dijo Harry para animarlo—. ¡Vamos!
El Gran Comedor estaba casi a rebosar cuando llegar on; los alumnos hablaban más alto
de lo habitual y reinaba una atmósfera llena de vida y de entusiasmo. Cuando pasaron junto a
la mesa de Slytherin, aumentó el nivel del ruido. H arry se volvió y vio que, además de los
acostumbrados gorros y bufandas de color verde y pl ateado, todos llevaban una insignia de
plata con una forma que parecía la de una corona. C uriosamente, muchos alumnos de
Slytherin saludaron con la mano a Ron riendo a mandíbula batiente. Harry intentó leer lo que
estaba escrito en las insignias, pero como le interesaba mucho conseguir que Ron pasara de
largo rápidamente, no quiso entretenerse demasiado.
Llegaron a la mesa de Gryffindor y recibieron una c alurosa bienvenida. Todos iban
vestidos de rojo y dorado, pero, lejos de levantarle los ánimos a Ron, los vítores no lograron
más que minar la poca moral que le quedaba; Ron se dejó caer en el banco más cercano con
el aire de quien se sienta a comer por última vez.
—Debo de estar loco para hacer lo que voy a hacer —dijo con un susurro ronco—. Loco
de atar.
—No seas tonto —repuso Harry con firmeza, y le pasó un surtido de cereales—. Jugarás
muy bien. Es lógico que estés nervioso.
—Lo haré fatal —lo contradijo Ron—. Soy malísimo. N o acierto ni una. ¿Cómo se me

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
251
ocurriría meterme en semejante lío?
—Contrólate —le ordenó Harry severamente—. Piensa en la parada que hiciste con el pie
el otro día. Hasta Fred y George comentaron que había sido espectacular.
Ron giró el atormentado rostro hacia Harry.
—Eso fue un accidente —susurró muy afligido—. No lo hice a propósito. Resbalé de la
escoba cuando nadie miraba, y en el momento en que intentaba volver a montarme en ella le
di una patada a la quaffle sin querer.
—Bueno —dijo Harry recuperándose rápidamente de aqu ella desagradable sorpresa—,
unos cuantos accidentes más como ése y tendremos el partido ganado, ¿no?
Hermione y Ginny se sentaron enfrente de ellos; lle vaban bufandas, guantes y
escarapelas de color rojo y dorado.
—¿Cómo te encuentras? —le preguntó Ginny a Ron, que contemplaba la leche que había
en el fondo de su cuenco de cereales vacío como si estuviera planteándose muy en serio la
posibilidad de ahogarse en ella.
—Está un poco nervioso —puntualizó Harry.
—Eso es buena señal. Creo que en los exámenes nunca obtienes tan buenos resultados si
no estás un poco nervioso —comentó Hermione con opt imismo.
—¡Hola! —saludó entonces una vocecilla tenue y soñadora detrás de ellos.
Harry levantó la cabeza: Luna Lovegood se había ale jado de la mesa de Ravenclaw y
había ido a la de Gryffindor. Mucha gente la miraba sin parar, y unos cuantos estudiantes reían
sin disimulo y la señalaban con el dedo. Luna había conseguido un gorro con forma de cabeza
de león de tamaño natural y lo llevaba precariament e colocado en la cabeza.
—Yo estoy con Gryffindor —declaró la chica señaland o su gorro pese a que no hacía
ninguna falta—. Mirad lo que hace... —Levantó una mano y le dio unos golpecitos con la varita.
El gorro abrió la boca y soltó un rugido extraordinariamente realista que hizo que todos los que
había cerca pegaran un brinco—. ¿Verdad que es geni al? —preguntó Luna muy contenta—.
Quería que tuviera en la boca una serpiente que rep resentara a Slytherin, pero no hubo
tiempo. En fin... ¡Buena suerte, Ronald!
Y tras decir eso, la chica se marchó. Cuando todavía no se habían recuperado de la
impresión que les había causado el gorro, Angelina fue muy deprisa hacia ellos acompañada de
Katie y de Alicia, cuyas cejas habían vuelto a su estado normal gracias a la señora Pomfrey 267 .
—Cuando terminéis de desayunar —les indicó—, podéis ir directamente al terreno de
juego. Comprobaremos las condiciones del campo y nos cambiaremos.
—Iremos enseguida —le aseguró Harry—. Es que Ron to davía tiene que comer un poco.
Sin embargo, pasados diez minutos quedó claro que R on no podía ingerir nada más, y
Harry creyó que lo mejor que podía hacer era bajar con él a los vestuarios. Cuando se
levantaron de la mesa, Hermione se levantó también y, cogiendo a Harry por un brazo y
apartándolo un poco, le susurró:
—No dejes que Ron lea lo que hay escrito en las insignias de los de Slytherin. —Harry la
miró de manera inquisitiva, pero ella negó con la c abeza para avisarle, porque Ron se
acercaba a ellos sin prisa, con aire perdido y desesperado—. ¡Buena suerte, Ron! —le deseó
Hermione poniéndose de puntillas y besándolo en la mejilla—. Y a ti también, Harry...
Pareció que Ron volvía un poco en sí cuando recorri eron el Gran Comedor hacia la
puerta. Entonces se tocó el sitio donde Hermione lo había besado, un tanto aturdido, como si
no estuviera muy seguro de lo que acababa de ocurri r. Estaba tan distraído que no se daba
cuenta de lo que sucedía a su alrededor, pero Harry, intrigado, al pasar junto a la mesa de

267 Madame Pomfrey

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252
Slytherin echó una ojeada a las insignias con forma de corona, y esa vez vio las palabras que
había grabadas en ellas:

A Weasley vamos a coronar.

Con la desagradable sensación de que aquello no pod ía presagiar nada bueno, Harry se
llevó a toda prisa a Ron por el vestíbulo; bajaron la escalera de piedra y salieron a la fría
mañana.
La helada hierba crujió bajo sus pies cuando descendieron por la ladera hacia el estadio.
No había ni gota de viento y el cielo era una extensión uniforme de un blanco perlado, lo cual
significaba que la visibilidad sería buena, pues el sol no los deslumbraría. Harry le remarcó a
Ron aquellos esperanzadores factores mientras camin aban, pero no estaba seguro de que su
amigo estuviera escuchándolo.
Angelina ya se había cambiado y estaba hablando con el resto del equipo cuando ellos
entraron. Harry y Ron se pusieron las túnicas (Ron estuvo un buen rato intentando ponérsela
del revés, hasta que Alicia se compadeció de él y f ue a ayudarlo); luego se sentaron para
escuchar la charla previa al partido, mientras en e l exterior el murmullo de voces iba
aumentando de intensidad a medida que el público sa lía del castillo y bajaba al campo de
quidditch.
—Bueno, acabo de enterarme de la alineación definitiva de Slytherin —anunció Angelina
consultando una hoja de pergamino—. Los golpeadores del año pasado, Derrick y Bole, ya no
están en el equipo, pero por lo visto Montague los ha sustituido por los gorilas de rigor, y no
por dos jugadores que vuelen particularmente bien. Son dos tipos que se llaman Crabbe y
Goyle, no sé mucho acerca de ellos...
—Nosotros sí —dijeron Harry y Ron a la vez.
—Bueno, no parecen lo bastante listos para distinguir un extremo de la escoba del otro
—observó Angelina mientras se guardaba la hoja de p ergamino—, pero la verdad es que
siempre me sorprendió que Derrick y Bole consiguieran encontrar el camino hasta el campo sin
necesidad de letreros.
—Crabbe y Goyle están cortados por el mismo patrón 268 —afirmó Harry.
Oían cientos de pasos que ascendían por los bancos escalonados de las tribunas del
público. Había gente que cantaba, aunque Harry no logró entender la letra de la canción.
Estaba empezando a ponerse nervioso, pero sabía que sus nervios no eran nada comparados
con los de Ron, que volvía a presionarse el estómago con la mirada perdida en el vacío, la
mandíbula apretada y la piel de un verde pálido.
—Ya es la hora —anunció Angelina con voz queda, con sultando su reloj—. ¡Ánimo,
chicos! ¡Buena suerte!
Los miembros del equipo se levantaron, se cargaron las escobas al hombro y salieron del
vestuario en fila india hacia el luminoso exterior. Los recibió un fuerte estallido de gritos y
silbidos entre los cuales Harry seguía escuchando a quella canción, aunque en ese momento se
oía amortiguada.
Los jugadores del equipo de Slytherin los esperaban de pie en el campo. Ellos también
llevaban las insignias plateadas con forma de coron a. El nuevo capitán, Montague, tenía la
misma constitución que Dudley Dursley, con unos ant ebrazos enormes que parecían jamones
peludos. Detrás de Montague acechaban Crabbe y Goyl e, casi tan corpulentos como él,
parpadeando con pinta de estúpidos y blandiendo sus bates nuevos de golpeadores. Malfoy
estaba a un lado, y la luz arrancaba destellos a su rubio pelo. Al ver a Harry, sonrió y dio unos
golpecitos a la insignia con forma de corona que llevaba prendida en el pecho.

268 Por la misma tijera

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253
—Daos la mano, capitanes —ordenó la señora Hooch, que hacía de arbitro, cuando
Angelina y Montague se encontraron. Harry se dio cuenta de que Montague intentaba
aplastarle los dedos a Angelina, aunque ella no hizo el más mínimo gesto de dolor—. Montad
en vuestras escobas...
La señora Hooch se puso el silbato en la boca y pitó.
A continuación soltaron las pelotas y los catorce jugadores emprendieron el vuelo. Harry
vio con el rabillo del ojo cómo Ron salía como un r ayo hacia los aros de gol. Harry subió un
poco más y esquivó la primera bludger; luego dio un a amplia vuelta por el terreno de juego
mirando a su alrededor en busca de un destello dorado; en el otro extremo del estadio, Draco
Malfoy estaba haciendo exactamente lo mismo.
—Y es Johnson, Johnson con la quaffle, cómo juega e sta chica, llevo años diciéndolo,
pero ella sigue sin querer salir conmigo...
—¡JORDAN! —gritó la profesora McGonagall.
—Sólo era un comentario gracioso, profesora, para añadir un poco de interés... Ahora ha
esquivado a Warring-ton, ha superado a Montague, ¡a y!, la bludger de Crabbe ha golpeado a
Johnson por detrás... Montague atrapa la quaffle, Montague sube de nuevo por el campo y...
Una buena bludger de George Weasley le ha dado de l leno en la cabeza a Montague, que
suelta la quaffle, la atrapa Katie Bell; Ka-tie Bell, de Gryffindor, le hace un pase hacia atrás a
Alicia Spinnet, y Spinnet sale disparada...
Los comentarios de Lee Jordan resonaban por el esta dio y Harry aguzaba el oído para
escucharlos pese al viento que silbaba en sus oídos y el barullo del público, que gritaba,
abucheaba y cantaba sin descanso.
—... Regatea 269 a Warrington, esquiva una bludger, te has salvado por los pelos, Alicia, y
el público está entusiasmado, escuchadlo, ¿qué es lo que canta?
Lee hizo una pausa para escuchar, y la canción se e levó, fuerte y clara, desde el mar
verde y plata de los de Slytherin que se hallaban en las gradas.

Weasley no atrapa las pelotas
y por el aro se le cuelan todas.
Por eso los de Slytherin debemos cantar:
a Weasley vamos a coronar.

Weasley nació en un vertedero 270
y se le va la quaffle por el agujero.
Gracias a Weasley hemos de ganar 271 ,
a Weasley vamos a coronar.

—... ¡Y Alicia vuelve a pasársela a Angelina! —grit ó Lee. Harry hizo un viraje brusco,
rabiando por lo que acababa de escuchar, y comprend ió que Lee intentaba apagar la letra de
la canción con sus comentarios—. ¡Vamos, Angelina! ¡Ya sólo tiene que superar al guardián!...
LANZA... ¡¡¡AAAYYY!!!
Bletchley, el guardián de Slytherin, había parado 272 la pelota; luego le lanzó la quaffle a
Warrington, que salió como un rayo con ella, zigzagueando entre Alicia y Katie; los cánticos
que ascendían desde las tribunas se hacían más y má s fuertes a medida que Warrington se
acercaba a Ron.


269 Esquiva 270 Basurero 271 Vamos a ganar 272 Atajado

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
254
A Weasley vamos a coronar.
A Weasley vamos a coronar.
Y por el aro se le cuelan todas.
A Weasley vamos a coronar.

Harry no pudo evitarlo: dejó de buscar la snitch y giró su Saeta de Fuego para mirar a
Ron, que era una figura solitaria al fondo del campo y estaba suspendido ante los tres aros de
gol mientras el corpulento Warrington iba como un b ólido hacia él.
—... Warrington tiene la quaffle, Warrington va hacia la portería 273 , está fuera del alcance
de las bludgers y sólo tiene al guardián delante...
De las gradas de Slytherin ascendió otra vez aquell a canción:

Weasley no atrapa las pelotas
y por el aro se le cuelan todas...

—... Va a ser la primera prueba para Weasley, el nu evo guardián de Gryffindor, hermano
de los golpeadores Fred y George, y una nueva prome sa del equipo... ¡Ánimo, Ron! —Pero un
grito colectivo de alegría surgió de la zona de Sly therin: Ron se había lanzado a la
desesperada, con los brazos en alto, y la quaffle había pasado volando entre ellos y había
entrado limpiamente por el aro central de la portería de Ron—. ¡Slytherin ha marcado! —sonó
la voz de Lee entre los vítores y los silbidos del público—. Diez a cero para Slytherin... Mala
suerte, Ron.
Los de Slytherin entonaron aún más fuerte:

WEASLEY NACIÓ EN UN VERTEDERO
Y SE LE VA LA QUAFFLE POR EL AGUJERO...

—... Gryffindor vuelve a estar en posesión de la qu affle, y ahora es Katie Bell quien
recorre el campo... —gritó Lee con valor, aunque lo s cantos eran tan ensordecedores que
apenas se le oía.

GRACIAS A WEASLEY HEMOS DE GANAR,
A WEASLEY VAMOS A CORONAR.

—¿Qué haces, Harry? —gritó Angelina al pasar a toda velocidad por su lado para alcanzar
a Katie—. ¡MUÉVETE!
Entonces Harry se dio cuenta de que llevaba más de un minuto quieto en el aire,
contemplando el desarrollo del partido sin acordarse siquiera de la snitch; horrorizado, hizo un
descenso en picado y empezó de nuevo a describir cí rculos por el terreno de juego mirando
alrededor e intentando no hacer caso del coro de voces que llenaba el estadio:

A WEASLEY VAMOS A CORONAR.
A WEASLEY VAMOS A CORONAR.

Harry no paraba de mirar hacia uno y otro lado, per o no había ni rastro de la snitch;
Malfoy también describía círculos por el estadio, igual que él. Hacia la mitad del campo se
cruzaron y Harry oyó que Malfoy cantaba:

273 Hacia el arco

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
255
WEASLEY NACIÓ EN UN VERTEDERO...
—... Ahí va Warrington otra vez —bramó Lee—, se la pasa a Pucey, Pucey deja atrás a
Spinnet, vamos, Angelina, tú puedes alcanzarlo... Pues no, no ha podido... Pero Fred Weasley
golpea una bonita bludger, no, ha sido George Weasl ey, bueno, qué más da, uno de los dos, y
Warrington suelta la quaffle y Katie Bell... también la deja caer... Montague se hace con ella:
Montague, el capitán de Slytherin, coge la quaffle y empieza a recorrer el campo, ¡vamos,
Gryffindor, bloqueadlo!
Harry pasó por detrás de los aros de gol de Slytherin y evitó mirar qué estaba ocurriendo
en la portería de Ron. Al pasar junto al guardián de Slytherin, oyó a Bletchley cantando a coro
con el público:
WEASLEY NO ATRAPA LAS PELOTAS...
—... Pucey ha vuelto a regatear a Alicia y se dirig e hacia los postes de gol... ¡Párala,
Ron 274 !
Harry no tuvo que mirar para saber qué había sucedi do: hubo un terrible gemido en el
extremo del campo de Gryffindor, acompañado de nuev os gritos y aplausos de los de
Slytherin. Harry echó un vistazo hacia abajo y vio a Pansy Parkinson con su nariz chata,
delante de las gradas y de espaldas al terreno de j uego, dirigiendo a los seguidores de
Slytherin, que cantaban:

POR ESO LOS DE SLYTHERIN DEBEMOS CANTAR:
A WEASLEY VAMOS A CORONAR.

Pero veinte a cero no era nada, Gryffindor todavía tenía tiempo para remontar el
resultado o para atrapar la snitch. Unos cuantos tantos y volverían a ponerse por delante,
como siempre; Harry estaba convencido de ello mient ras se colaba entre los otros jugadores y
perseguía un resplandor que resultó ser la correa del reloj de Montague.
Pero Ron se dejó marcar dos tantos más, y Harry emp ezó a buscar la snitch con
desesperación, casi con pánico. Ojalá pudiera atraparla pronto y poner así fin al partido.
—... Katie Bell de Gryffindor dribla a Pucey, elude a Montague, buen viraje, Katie, y le
lanza la quaffle a Johnson, Angelina Johnson con la quaffle, ha superado a Warrington, va
hacia la portería, vamos, Angelina, ¡GRYFFINDOR HA MARCADO! Cuarenta a diez en el
marcador, cuarenta a diez para Slytherin, y Pucey con la quaffle...
Harry oyó los rugidos del ridículo sombrero con for ma de cabeza de león de Luna
Lovegood entre los vítores de Gryffindor, y eso lo animó; sólo les llevaban treinta puntos de
ventaja, eso no era nada, podían remontar fácilment e. En ese momento Harry esquivó una
bludger que Crabbe había lanzado contra él y reanudó su desesperado registro del campo en
busca de la snitch, sin perder de vista a Malfoy por si éste daba señales de haberla divisado;
pero Malfoy, al igual que Harry, continuaba volando alrededor del estadio buscando en vano...
—... Pucey se la lanza a Warrington, Warrington a M ontague, Montague se la devuelve a
Pucey... Interviene Johnson, Johnson atrapa la quaf fle, se la pasa a Bell, buena pasada, no,
mala: Bell ha recibido el impacto de una bludger de Goyle, de Slytherin, y Pucey vuelve a estar
en posesión...

WEASLEY NACIÓ EN UN VERTEDERO
Y SE LE VA LA QUAFFLE POR EL AGUJERO.
GRACIAS A WEASLEY HEMOS DE GANAR...

Pero Harry la había visto por fin: la diminuta snit ch dorada estaba suspendida a unos

274 ¡Ataja, Ron!

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256
palmos del suelo en el extremo del campo de Slytherin.
Bajó en picado...
Sin embargo, en cuestión de segundos Malfoy descend ió como un rayo hacia la izquierda
de Harry; Draco era una figura borrosa, verde y plateada, que volaba pegada a su escoba...
La snitch bordeó el pie de uno de los postes de gol y salió disparada hacia el extremo
opuesto de las gradas; aquel cambio de dirección fa vorecía a Malfoy, que estaba más cerca;
Harry giró su Saeta de Fuego y a partir de ese momento él y Malfoy fueron a la par...
Volando a unos palmos del suelo, Harry soltó la man o derecha de la escoba y la estiró
hacia la snitch... A su derecha, Malfoy también extendió el brazo, estirándolo al máximo,
intentando alcanzar la bola...
Sólo duró un par de desesperantes, angustiosos y ve rtiginosos segundos: los dedos de
Harry se cerraron alrededor de la diminuta bola alada; Malfoy le arañó el dorso de la mano sin
éxito; Harry tiró de la escoba hacia arriba, aprisionando la rebelde snitch en la mano, y los
seguidores de Gryffindor gritaron de satisfacción...
Estaban salvados. Ya no importaba que Ron se hubier a dejado marcar aquellos tantos,
nadie lo recordaría porque Gryffindor había ganado. Pero entonces...
¡PUM!
Una bludger golpeó con fuerza a Harry en la parte b aja de la espalda, y cayó de la
escoba. Afortunadamente, estaba a menos de dos metr os del suelo porque había descendido
mucho para atrapar la snitch, pero aun así se le cortó la respiración cuando aterrizó de
espaldas en el helado campo. Enseguida oyó el estridente silbato de la señora Hooch, un
rugido en las gradas formado por silbidos, gritos furiosos y abucheos, un ruido sordo y luego la
desesperada voz de Angelina:
—¿Estás bien?
—Claro que estoy bien —contestó Harry muy serio; le cogió la mano y dejó que Angelina
lo ayudara a levantarse.
La señora Hooch volaba hacia uno de los jugadores d e Slytherin que estaba por encima
de Harry, aunque desde donde él estaba no pudo ver quién era.
—Ha sido ese matón, Crabbe —dijo Angelina, furiosa— , te ha lanzado la bludger en
cuanto ha visto que habías atrapado la snitch. Pero ¡hemos ganado, Harry, hemos ganado!
Harry oyó un bufido detrás de él y se dio la vuelta sin soltar la snitch: Draco Malfoy había
aterrizado cerca. Pese a que estaba pálido por el d isgusto, todavía era capaz de mirar a Harry
con aire despectivo.
—Le has salvado el pellejo a Weasley, ¿eh? —le dijo —. Nunca había visto un guardián
más patoso 275 ... Pero claro, nació en un vertedero... ¿Te ha gustado la letra de mi canción,
Potter?
Harry no contestó. Dio media vuelta y fue a reunirse con el resto de los jugadores de su
equipo, que entonces descendían uno a uno, gritando y agitando los puños, triunfantes; todos
excepto Ron, que había desmontado de su escoba junt o a los postes de gol e iba despacio,
solo, hacia los vestuarios.
—¡Queríamos escribir un par de versos más! —gritó M alfoy mientras Katie y Alicia
abrazaban a Harry—. Pero no se nos ocurría nada que rimara con gorda y fea... Queríamos
cantarle también a su madre, ¿sabes?
—Hay que ser desgraciado... —dijo Angelina mirando a Malfoy con desprecio.
—Tampoco pudimos incluir «pobre perdedor» para refe rirnos a su padre, claro...

275 Un guardián peor

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
257
Entonces Fred y George oyeron lo que estaba diciendo Malfoy. Le estaban estrechando la
mano a Harry y, de pronto, se pusieron muy rígidos y se volvieron para mirar a Malfoy.
—¡No le hagáis caso! —exclamó Angelina sujetando a Fred por el brazo—. No le hagas
caso, Fred, deja que grite todo lo que quiera. Lo que ocurre es que no sabe perder, el muy
creído...
—Pero a ti te caen muy bien los Weasley, ¿verdad, P otter? —continuó Malfoy con una
sonrisa burlona—. Hasta pasas las vacaciones en su casa, ¿no es cierto? No entiendo cómo
soportas el hedor, aunque supongo que cuando te has criado con muggles, hasta ese tugurio
de los Weasley debe de oler bien...
Harry sujetó a George. Entre tanto, Angelina, Alicia y Katie habían unido sus fuerzas para
impedir que Fred se abalanzara sobre Malfoy, que se reía a carcajadas. Harry buscó con la
mirada a la señora Hooch, pero vio que todavía esta ba amonestando a Crabbe por aquel
ataque ilegal con la bludger.
—A lo mejor —añadió Malfoy lanzando a Harry una mir ada de asco antes de darse la
vuelta— es que todavía te acuerdas de cómo apestaba la casa de tu madre, Potter, y la pocilga
de los Weasley te lo recuerda...
Harry no se enteró 276 de que había soltado a George, pero un segundo más tarde ambos
corrían a toda velocidad hacia Malfoy. Harry no se detuvo a pensar que los profesores lo
estaban mirando: lo único que quería era hacerle a Draco todo el daño que pudiera; no le dio
tiempo a sacar la varita mágica, así que echó hacia atrás el puño en el que tenía la snitch y se
lo hundió a Malfoy con todas sus fuerzas en el estómago...
—¡Harry! ¡HARRY! ¡GEORGE! ¡NO!
Oía chillidos de chicas, los gritos de dolor de Malfoy, a George, que maldecía, un silbato y
el bramido del público a su alrededor, pero nada de eso le importaba. Hasta que alguien que
estaba cerca gritó «¿Impedimenta!» y Harry cayó hacia atrás por la fuerza del hechizo, n o
abandonó su propósito de machacar a puñetazos a Mal foy.
—¿Qué demonios te pasa? —gritó la señora Hooch cuan do Harry se puso en pie.
Por lo visto, había sido ella quien le había lanzado el embrujo paralizante; llevaba el
silbato en una mano y la varita mágica en la otra, y había dejado abandonada su escoba a
unos metros de allí. Malfoy estaba acurrucado en el suelo, gimiendo y lloriqueando, y sangraba
por la nariz. George tenía un labio partido; las tres cazadoras todavía sujetaban con dificultad
a Fred, y Crabbe reía socarronamente un poco más al lá.
—¡Nunca había visto un comportamiento como éste! ¡A l castillo, los dos, y directamente
al despacho del jefe de vuestra casa! ¡Ahora mismo!
Harry y George salieron del campo, jadeantes y sin decirse nada. Los pitidos y los
abucheos del público se debilitaron gradualmente hasta que ambos llegaron al vestíbulo,
donde ya no se oía nada más que sus propios pasos. Harry se dio cuenta de que todavía había
algo que se movía en su mano derecha, cuyos nudillo s se había lastimado al golpear a Malfoy
en la mandíbula. Miró hacia abajo y vio las plateadas alas de la snitch, que sobresalían entre
sus dedos con la intención de liberarse.
Tan pronto como llegaron a la puerta del despacho d e la profesora McGonagall, ésta
apareció en el pasillo, caminando a grandes zancadas hacia ellos. Llevaba una bufanda de
Gryffindor, pero se la quitó del cuello con manos temblorosas antes de llegar a donde estaban
Harry y George. Estaba furiosa.
—¡Adentro! —les ordenó, y señaló la puerta. Harry y George entraron en el despacho. La
profesora McGonagall se colocó detrás de su mesa, f rente a los muchachos, temblando de ira
mientras tiraba la bufanda de Gryffindor al suelo—. ¿Y bien? Jamás había visto una exhibición
tan vergonzosa. ¡Dos contra uno! ¡Explicaos ahora m ismo!

276 No se dio cuenta

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
258
—Malfoy nos provocó —respondió Harry fríamente.
—¿Que os provocó? —gritó la profesora McGonagall golpeando la mesa con el puño. La
lata de cuadros escoceses dio tal bote que cayó, se abrió y cubrió el suelo de tritones de
jengibre—. El acababa de perder el partido, ¿no? ¡C laro que quería provocaros! Pero ¿qué
demonios ha dicho que pueda justificar que vosotros dos...?
—Ha insultado a mis padres —gruñó George—. Y a la m adre de Harry.
—Y en lugar de dejar que lo solucionara la señora Hooch, vosotros dos decidís hacer una
exhibición de duelo muggle, ¿verdad? —bramó la prof esora McGonagall— ¿Tenéis idea de lo
que...?
—Ejem, ejem.
Harry y George giraron rápidamente la cabeza. Dolores Umbridge estaba plantada en el
umbral, envuelta en una capa verde de tweed que ace ntuaba aún más su parecido con un
sapo gigantesco, y sonreía de aquella forma asquerosa, forzada y siniestra que Harry había
acabado por asociar con un desastre inminente.
—¿Necesita ayuda, profesora McGonagall? —preguntó l a profesora Umbridge con su
dulce y venenosa voz.
La sangre se agolpó en la cara de la profesora McGonagall.
—¿Ayuda? —repitió, controlando la voz—. ¿Qué clase de ayuda?
La profesora Umbridge entró en el despacho exhibiendo su repugnante sonrisa y se situó
junto a la mesa de la profesora McGonagall.
—Verá, me ha parecido que agradecería la intervención de alguien con autoridad.
A Harry no le habría sorprendido ver salir chispas por las aletas de la nariz de la
profesora McGonagall.
—Pues se ha equivocado —replicó ésta, y siguió habl ando con los chicos como si la
profesora Umbridge no estuviera allí—. Y vosotros dos a ver si me escucháis bien. ¡No me
importa que Malfoy os haya provocado, por mí puede haber insultado a todos los miembros de
vuestras respectivas familias; vuestro comportamiento ha sido lamentable y voy a poneros a
los dos una semana de castigos! ¡No me mires así, P otter, tú te lo has buscado! ¡Y si me
entero de que alguno de los dos vuelve a...!
—Ejem, ejem.
La profesora McGonagall cerró los ojos, como si estuviera haciendo un esfuerzo para no
perder la paciencia, y volvió a mirar a la profesora Umbridge.
-¿Sí?
—Creo que merecen algo más que castigos —apuntó Dol ores Umbridge, y su sonrisa se
hizo más amplia.
La profesora McGonagall abrió mucho los ojos.
—Pero por desgracia es más importante lo que yo crea, porque estos dos alumnos están
en mi casa, Dolores —dijo forzando una sonrisa que pretendía imitar a la de su interlocutora y
que le produjo una rigidez total en el rostro.
—Perdone, Minerva —replicó la profesora Umbridge co n una sonrisa tonta—, pero ahora
comprobará que mi opinión importa más de lo que ust ed cree. A ver, ¿dónde está? Cornelius
acaba de enviármelo... Bueno —soltó una risita falsa mientras hurgaba en su bolso—, el
ministro acaba de enviármelo... ¡Ah, sí..., aquí está! —Sacó un trozo de pergamino y lo
desenrolló, aclarándose la garganta remilgadamente antes de empezar a leer lo que había
escrito en él—. Ejem, ejem... «Decreto de Enseñanza Número Veinticinco.»
—¡Otro decreto! —exclamó la profesora McGonagall co n violencia.

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
259
—Pues sí —repuso Dolores Umbridge sin dejar de sonreír—. De hecho, Minerva, fue usted
quien me hizo ver que necesitábamos una enmienda... ¿Recuerda que invalidó mi orden
cuando no quise permitir que se volviera a formar el equipo de quidditch de Gryffindor? Usted
le presentó el caso a Dumbledore, quien insistió en que se permitiera jugar al equipo, ¿verdad?
Pues bien, yo no podía tolerar eso. Hablé inmediata mente con el ministro, y coincidió conmigo
en que la Suma Inquisidora debe tener poder para re tirar privilegios a los alumnos, porque de
no ser así, ella, es decir, yo, tendría menos autoridad que los simples profesores. Y supongo,
Minerva, que ahora entenderá que yo tenía mucha raz ón cuando intenté impedir que se
volviera a formar el equipo de Gryffindor. ¡Qué genio tan espantoso! En fin, estaba leyendo
nuestra enmienda... Ejem, ejem... «En lo sucesivo, la Suma Inquisidora tendrá autoridad
absoluta sobre los castigos, las sanciones y la supresión de privilegios de los estudiantes de
Hogwarts, y podrá modificar los castigos, las sanciones y la supresión de privilegios que hayan
podido ordenar otros miembros del profesorado. Firm ado, Cornelius Fudge, ministro de la
Magia, Orden de Merlín, Primera Clase, etc., etc.» —Enrolló el pergamino y lo guardó en su
bolso con la sonrisa en los labios—. Así pues... Me veo obligada a suspender a estos dos
alumnos de por vida —sentenció, mirando primero a H arry y luego a George.
Harry notó que la snitch se agitaba furiosa en su mano.
—¿Suspendernos? —repitió, y su voz sonó extrañament e distante—. ¿No podremos
volver a jugar al quidditch... nunca más?
—En efecto, señor Potter, creo que una suspensión d e por vida conseguirá su
propósito 277 —confirmó la profesora Umbridge, y su sonrisa se ensanchó aún más mientras
observaba a Harry, que intentaba asimilar lo que ella acababa de decir—. Tanto a usted como
a su amigo, el señor Weasley. Y creo que, para esta r seguros, deberíamos suspender también
al gemelo de este joven. Si sus compañeros no lo hu bieran sujetado, estoy convencida de que
también habría atacado al señor Malfoy. Les confisc aré las escobas, por descontado; las
guardaré en mi despacho para asegurarme de que se c umpla mi prohibición. Pero seré
razonable, profesora McGonagall —prosiguió, volviéndose de nuevo hacia ésta, que estaba de
pie y la miraba fijamente, tan quieta como si fuera una estatua de hielo—. El resto del equipo
puede seguir jugando, pues no he detectado señales de violencia en ningún otro jugador.
Buenas tardes.
Y con un aire de máxima satisfacción, la profesora Umbridge salió del despacho dejando
tras ella un silencio espeluznante.
—Suspendidos —dijo Angelina con voz apagada aquella noche en la sala común—.
Suspendidos de por vida... Nos hemos quedado sin buscador y sin golpeadores. ¿Qué vamos a
hacer ahora?
No tenían la sensación de haber ganado el partido. Allá donde mirara, Harry sólo veía
caras de desconsuelo y de enfado; los miembros del equipo estaban repantigados alrededor de
la chimenea; todos excepto Ron, al que nadie había visto desde que había finalizado el partido.
—Es una injusticia —declaró Alicia, como atontada—. ¿Qué ha pasado con Crabbe y con
esa bludger que te lanzó después de que sonara el silbato? ¿Acaso a él lo han suspendido?
—No —contestó Ginny con tristeza; ella y Hermione e staban sentadas a ambos lados de
Harry—. Sólo tiene que copiar algo, he oído a Montague reírse de eso en la cena.
—¡Y suspender a Fred, cuando él no ha hecho nada! — añadió Alicia, furiosa, golpeándose
la rodilla con el puño.
—No he hecho nada porque no me habéis dejado —inter vino él con una expresión muy
desagradable en la cara—. Si no me hubierais sujetado 278 , habría hecho puré a ese cerdo.
Harry, abatido, se quedó mirando la oscura ventana. Estaba nevando. La snitch que
había atrapado en el partido volaba en esos momento s describiendo círculos por la sala
común; los estudiantes la miraban como hipnotizados, y Crookshanks saltaba de una butaca a

277 Solucionará el problema 278 Si no me hubieran agarrado

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260
otra intentando cogerla 279 .
—Voy a acostarme —anunció Angelina, y se puso lentamente en pie—. A lo mejor resulta
que todo esto no es más que una pesadilla... A lo m ejor mañana me despierto y me doy
cuenta de que todavía no hemos jugado el partido... Alicia y Katie no tardaron en seguirla.
Fred y George se fueron a la cama poco después y fulminaron con la mirada a todo aquel con
el que se cruzaron; Ginny también se marchó ensegui da. Harry y Hermione fueron los únicos
que se quedaron junto al fuego.
—¿Has visto a Ron? —le preguntó Hermione con voz qu eda. Harry negó con la cabeza—.
Creo que nos evita. ¿Dónde crees que...?
Pero en aquel preciso momento oyeron un crujido detrás de ellos. El retrato de la Señora
Gorda se abrió y por el hueco entró Ron. Estaba tre mendamente pálido y tenía nieve en el
pelo. Al ver a Harry y a Hermione, se quedó paralizado.
—¿Dónde has estado? —le preguntó ésta con inquietud levantándose de un brinco.
—Paseando —balbuceó Ron. Todavía llevaba puesto el uniforme de quidditch.
—Debes de estar congelado —observó Hermione—. ¡Ven y siéntate aquí!
Ron se acercó a la chimenea, se dejó caer en la butaca más alejada de Harry y esquivó
su mirada. La snitch robada seguía volando por encima de sus cabezas.
—Perdóname —murmuró Ron mirándose los pies.
—¿Por qué tengo que perdonarte? —preguntó Harry.
—Por creer que podía jugar al quidditch —respondió Ron—. Voy a renunciar mañana por
la mañana.
—Si renuncias —repuso Harry con fastidio— sólo qued arán tres jugadores en el equipo.
—Como Ron lo miraba con extrañeza, Harry añadió—: M e han suspendido de por vida. Y
también a Fred y a George.
—¿Qué? —gritó Ron.
Hermione le contó la historia con todo detalle porque Harry se sentía incapaz de volver a
explicarla. Cuando hubo terminado, Ron parecía aún más angustiado.
—Todo ha sido culpa mía...
—Tú no me hiciste pegar 280 a Malfoy —dijo Harry con enfado.
—Si no fuera tan malo jugando al quidditch...
—Eso no tiene nada que ver...
—Es que esa canción me puso histérico...
—Habría puesto histérico a cualquiera... —Hermione se levantó, fue hasta la ventana
para retirarse de la discusión y contempló la nieve que caía formando remolinos detrás del
cristal—. Basta, ¿me oyes? —estalló Harry—. ¡Ya estamos bastante fastidiados, y sólo falta que
tú te eches la culpa de todo!
Ron se calló y se quedó mirando, muy triste, el emp apado dobladillo de su túnica. Al
cabo de un rato, dijo con un hilo de voz:
—Nunca me había sentido tan mal.
—Ya somos dos —contestó Harry con amargura.
—Bueno —empezó a decir Hermione con voz ligeramente temblorosa—, se me ha

279 Atraparla 280 Pegarle

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261
ocurrido una cosa que a lo mejor os anima un poco a los dos.
—No me digas —dijo Harry, escéptico.
—Sí —afirmó Hermione, y se apartó del negro cristal de la ventana salpicado de nieve.
Una amplia sonrisa iluminaba su rostro—. Hagrid ha vuelto.

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
262

20
La historia de Hagrid


Harry subió a todo correr al dormitorio de los chic os para coger la capa invisible y el
mapa del merodeador, que guardaba en su baúl; se di o tanta prisa que Ron y él estaban listos
para salir por lo menos cinco minutos antes de que Hermione bajara del dormitorio de las
chicas, provista de bufanda, guantes y uno de los gorros de elfo llenos de nudos.
—¡Es que fuera hace mucho frío! —se justificó cuand o Ron chasqueó la lengua con
impaciencia.
Salieron por la abertura del retrato y se apresuraron a cubrirse con la capa; Ron había
crecido tanto que ahora tenía que encorvarse para q ue no le asomaran los pies por debajo.
Bajaron despacio y con cuidado las diferentes escaleras, y se detenían de vez en cuando para
comprobar, con ayuda del mapa, si Filch o la Señora Norris andaban cerca. Tuvieron suerte:
no vieron a nadie más que a Nick Casi Decapitado, q ue se paseaba flotando y tarareando
distraídamente «A Weasley vamos a coronar». Cruzaron el vestíbulo con sigilo y salieron a los
silenciosos y nevados jardines. A Harry le dio un vuelco el corazón cuando vio unos pequeños
rectángulos dorados de luz y el humo que salía en e spirales por la chimenea de la cabaña de
Hagrid. Echó a andar hacia allí a buen paso, y los otros dos lo siguieron dando traspiés.
Bajaron emocionados por la ladera, donde la capa de nieve cada vez era más gruesa, y por fin
llegaron frente a la puerta de madera de la cabaña. Harry levantó el puño y llamó tres veces, e
inmediatamente se oyeron los ladridos de un perro.
—¡Somos nosotros, Hagrid! —susurró Harry por la cer radura.
—¡Debí imaginármelo! —respondió una áspera voz. Los tres amigos se miraron
sonrientes debajo de la capa invisible; la voz de Hagrid denotaba alegría—. Sólo hace tres
segundos que he llegado a casa... Aparta, Fang, ¡quita de en medio, chucho 281 ! —Se oyó cómo
descorría el cerrojo, la puerta se abrió con un chi rrido y la cabeza de Hagrid apareció en el
resquicio. Hermione no pudo contener un grito— ¡Por las barbas de Merlín, no chilles! —se
apresuró a decir Hagrid, alarmado, mientras observa ba por encima de las cabezas de los
chicos—. Lleváis la capa ésa, ¿no? ¡Vamos, entrad, entrad!
—¡Lo siento! —se disculpó Hermione mientras los tre s entraban apretujándose en la
cabaña y se quitaban la capa para que Hagrid pudiera verlos—. Es que... ¡Oh, Hagrid!
—¡No es nada, no es nada! —exclamó él rápidamente. Cerró la puerta y corrió todas las
cortinas, pero Hermione seguía mirándolo horrorizada.
Hagrid tenía sangre coagulada en el enmarañado pelo , y su ojo izquierdo había quedado
reducido a un hinchado surco en medio de un enorme cardenal 282 de color negro y morado.
Tenía diversos cortes en la cara y en las manos, algunos de los cuales todavía sangraban, y se
movía con cautela, lo que hizo sospechar a Harry qu e Hagrid tenía alguna costilla rota. Era
evidente que acababa de llegar a casa. Había una gruesa capa negra de viaje colgada en el
respaldo de una silla, y una mochila donde habrían cabido varios niños pequeños apoyada en
la pared, junto a la puerta. Hagrid, que medía dos veces lo que mide un hombre normal, fue
cojeando hasta la chimenea y colocó una tetera de cobre sobre el fuego.
—¿Qué te ha pasado? —le preguntó Harry mientras Fan g danzaba alrededor de los chicos
intentando lamerles la cara.
—Ya os lo he dicho, nada —contestó Hagrid con firme za—. ¿Queréis una taza de té?

281 ¡Quítate de en medio! 282 Moretón

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263
—¡Vamos, Hagrid! —le espetó Ron—. ¡Si estás hecho polvo!
—Os digo que estoy bien —insistió Hagrid enderezánd ose y volviéndose para mirarlos
sonriente, pero sin poder disimular una mueca de dolor—. ¡Vaya, cuánto me alegro de volver a
veros a los tres! ¿Habéis pasado un buen verano?
—¡Hagrid, te han atacado! —exclamó Ron.
—¡Por última vez: no es nada! —repitió Hagrid con rotundidad.
—¿Acaso dirías que no es nada si alguno de nosotros apareciera con casi medio kilo de
carne picada donde antes tenía la cara? —inquirió Ron.
—Deberías ir a ver a la señora Pomfrey, Hagrid —ter ció Hermione, preocupada—.
Algunos de esos cortes tienen mala pinta.
—Ya me estoy encargando de ellos, ¿de acuerdo? —res pondió Hagrid intentando
imponerse.
Entonces fue hacia la enorme mesa de madera que había en el centro de la cabaña y
levantó un trapo de cocina que había encima. Debajo del trapo había un filete 283 de color
verdoso, crudo y sangrante, del tamaño de un neumático de coche.
—No pensarás comerte eso, ¿verdad, Hagrid? —pregunt ó Ron inclinándose sobre el filete
para examinarlo—. Tiene aspecto venenoso.
—Tiene un aspecto perfectamente normal, es carne de dragón —replicó Hagrid—. Y no
pensaba comérmelo. —Cogió el filete y se lo colocó sobre la parte izquierda de la cara. Un hilo
de sangre verdosa resbaló por su barba y Hagrid emi tió un débil gemido de satisfacción—. Así
está mejor. Va muy bien para aliviar el dolor.
—¿Piensas contarnos lo que te ha pasado, o no? —inquirió Harry.
—No puedo, Harry. Es secreto. Si os lo cuento me juego el empleo.
—¿Te han atacado los gigantes, Hagrid? —preguntó He rmione con voz queda.
Los dedos de Hagrid resbalaron por el filete de dragón, que descendió hasta el pecho
haciendo un ruido parecido al de la succión.
—¿Los gigantes? —repitió Hagrid mientras agarraba e l filete antes de que le llegara al
cinturón y se lo colocaba de nuevo en la cara—. ¿Quién ha dicho nada de gigantes? ¿Con quién
habéis estado hablando? ¿Quién os ha dicho que he.. .? ¿Quién os ha dicho que estaba...?
—Nos lo imaginamos nosotros —respondió Hermione en tono de disculpa.
—¿Ah, sí? —dijo Hagrid mirándola fijamente con el ojo que el filete no le tapaba.
—Era... evidente —añadió Ron, y Harry asintió con la cabeza.
Hagrid los miró a los tres con severidad; entonces dio un resoplido, dejó el filete en la
mesa y fue a grandes zancadas hasta la tetera, que había empezado a silbar.
—No sé qué os pasa, pero siempre tenéis que saber m ás de lo que deberíais —masculló
mientras vertía agua hirviendo en tres tazas con forma de cubo—. Y no os creáis que es un
cumplido. Sois unos entrometidos. Y muy indiscretos.
Sin embargo, le temblaban los pelos de la barba.
—Entonces ¿es verdad que fuiste a buscar a los gigantes? —preguntó Harry, sonriente, al
mismo tiempo que se sentaba a la mesa.
Hagrid colocó una taza de té delante de cada uno de los chicos, se sentó, volvió a coger
el filete y se lo puso de nuevo en la cara.

283 Había un trozo de carne

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264
—Sí, es verdad —gruñó.
—¿Y los encontraste? —inquirió Hermione con un hilo de voz.
—Verás, los gigantes no son muy difíciles de encontrar, francamente —contestó Hagrid—.
Son bastante grandes, ¿sabes?
—¿Dónde viven? —preguntó Ron.
—En las montañas —respondió Hagrid a regañadientes.
—Entonces, ¿cómo es que los muggles no...?
—Te equivocas —se adelantó Hagrid—. Lo que pasa es que sus muertes siempre se
atribuyen a accidentes de alpinismo.
Se ajustó un poco el filete para que le tapara la parte más magullada de la cara y Ron
insistió:
—¡Vamos, Hagrid, cuéntanos lo que has estado hacien do! Si nos dices lo que te pasó con
los gigantes, Harry te explicará cómo lo atacaron los Dementores...
Hagrid se atragantó con el té y al mismo tiempo se le cayó el filete de la cara; una gran
cantidad de saliva, té y sangre de dragón salpicó la mesa mientras Hagrid tosía y farfullaba. El
filete resbaló y cayó al suelo produciendo un fuerte ¡paf!
—¿Qué es eso de que te atacaron los Dementores? —ma sculló Hagrid.
—¿No lo sabías? —le preguntó Hermione con los ojos como platos.
—No sé nada de lo que ha pasado desde que me marché . Tenía una misión secreta, ¿de
acuerdo? Y no era cuestión de que las lechuzas me siguieran por todas partes. ¡Esos malditos
Dementores!... ¿Lo dices en serio?
—Sí, claro. Fueron a Little Whinging y nos atacaron a mi primo y a mí, y entonces el
Ministerio de la Magia me expulsó...
—¿QUÉ?
—... y tuve que presentarme a una vista y todo, per o primero cuéntanos lo de los
gigantes.
—¿Que te expulsaron del colegio?
—Cuéntanos lo que te ha pasado este verano y yo te contaré lo que me ha ocurrido a mí.
Hagrid lo fulminó con la mirada de su único ojo san o y Harry le sostuvo la mirada con
una expresión que era mezcla de inocencia y determinación.
—Está bien —aceptó Hagrid, resignado. Se agachó y l e arrancó el filete de dragón a Fang
de la boca.
—¡No hagas eso, Hagrid, es antihigiénico...! —excla mó Hermione, pero él ya se había
vuelto a poner el enorme trozo de carne en la hinchada cara.
Bebió otro tonificante sorbo de té y comenzó:
—Bueno, salimos de aquí en cuanto terminó el curso. ..
—Entonces, ¿Madame Máxime iba contigo? —lo interrum pió Hermione.
—Sí, exacto —confirmó Hagrid, y una expresión más s uave apareció en los pocos
centímetros del rostro que no estaban tapados ni por la barba ni por aquel filete verde—. Sí,
íbamos los dos solos. Y he de decir que a Olympe no le importa prescindir de las comodidades.
Veréis, ella es muy fina y siempre va muy bien vest ida, y como yo sabía adonde íbamos, me
preguntaba cómo encajaría eso de trepar por rocas y dormir en cuevas, pero os aseguro que

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265
no la oí rechistar 284 ni una sola vez.
—¿Sabías adonde ibais? —le preguntó Harry—. ¿Sabías dónde viven los gigantes?
—Bueno, Dumbledore lo sabía y nos lo dijo.
—¿Están escondidos? —inquirió Ron—. ¿Es un lugar secreto?
—No, no del todo —respondió Hagrid moviendo la greñ uda cabeza—. Lo que pasa es que
a la mayoría de los magos no les interesa saber dónde están, con tal de que estén bien lejos.
Pero es muy difícil llegar hasta allí, al menos para los humanos, así que necesitábamos las
instrucciones de Dumbledore. Tardamos cerca de un m es en llegar a...
—¡¿Un mes?! —exclamó Ron, como si no concibiera que un viaje pudiera durar tanto—.
Pero... ¿por qué no utilizasteis un traslador o algo así?
Hagrid entrecerró el ojo que no estaba hinchado y m iró a Ron con una expresión extraña,
casi de lástima.
—Nos vigilaban, Ron —respondió con brusquedad.
—¿Qué quieres decir?
—Vosotros no lo entendéis. El Ministerio vigila de cerca a Dumbledore y a todos los que
están a su favor, y...
—Eso ya lo sabemos —intervino Harry, ansioso por es cuchar el resto de la historia de
Hagrid—, ya sabemos que el Ministerio vigila a Dumbledore...
—¿Y no podíais utilizar la magia para llegar hasta allí? —terció Ron, estupefacto—.
¿Teníais que comportaros como muggles todo el tiempo?
—Bueno, no siempre —puntualizó Hagrid cautelosament e—. Pero teníamos que ir con
mucho cuidado, porque Olympe y yo... destacamos un poco 285 ... —Ron hizo un ruidito
ahogado, un sonido entre un bufido y un resuello, y rápidamente bebió un sorbo de té—, de
modo que no resulta muy difícil seguirnos la pista. Fingimos que nos íbamos de vacaciones
juntos. Llegamos a Francia e hicimos ver que nos di rigíamos al colegio de Olympe, porque
sabíamos que alguien del Ministerio estaba siguiéndola. Teníamos que avanzar muy despacio
porque no debíamos emplear la magia, pues también s abíamos que el Ministerio buscaba
cualquier excusa para echarnos el guante. Pero en Dijon conseguimos dar esquinazo al imbécil
que nos seguía...
—¿En Dijon? —repitió Hermione, emocionada—. ¡Yo est uve allí de vacaciones! ¿Visteis
el...?
Hermione se calló al ver la expresión de Ron.
—Después de eso pudimos hacer un poco de magia y el viaje no estuvo tan mal. En la
frontera polaca nos topamos con un par de trols chiflados, y yo tuve un pequeño percance con
un vampiro en una taberna de Minsk, pero aparte de eso el viaje fue pan comido.
«Entonces llegamos a las montañas y empezamos a bus car señales de los gigantes...
»Cuando nos acercábamos a donde estaban, tuvimos qu e dejar de emplear la magia. En
parte porque a ellos no les gustan los magos y no queríamos irritarlos antes de tiempo, pero
también porque Dumbledore nos había advertido que Q uien-vosotros-sabéis también debía de
andar buscando a los gigantes. Dijo que lo más probable era que ya les hubiera enviado un
mensajero. Nos aconsejó que tuviéramos mucho cuidad o y no llamáramos la atención cuando
estuviéramos cerca, por si había mortífagos por allí.
Hagrid hizo una pausa y bebió un largo sorbo de té.

284 Quejarse 285 Llamamos un poco la atención

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—¡Sigue! —le pinchó Harry.
—Los encontramos —continuó Hagrid sin andarse con rodeos—. Una noche alcanzamos la
cresta de una montaña y allí estaban, diseminados a nuestros pies. Allá abajo ardían pequeñas
hogueras y unas sombras inmensas... Era como si vié ramos moverse trozos de montaña.
—¿Son muy grandes? —murmuró Ron.
—Miden unos seis metros —respondió Hagrid con indif erencia—. Los más altos llegan a
medir casi ocho metros.
—¿Y cuántos había? —preguntó Harry.
—Calculo que setenta u ochenta.
—¿Sólo? —se extrañó Hermione.
—Sí —confirmó Hagrid con tristeza—. Sólo quedan och enta, y eso que antes había
muchísimos. Debía de haber unas cien tribus diferentes en todo el mundo, pero hace años que
se están extinguiendo. Los magos mataron a unos cua ntos, desde luego, pero básicamente se
mataron entre ellos, y ahora desaparecen más rápido que nunca porque no están hechos para
vivir amontonados de esa forma. Dumbledore opina qu e es culpa nuestra, es decir, que fuimos
los magos los que los obligamos a irse a vivir tan lejos de nosotros, y que ellos no tuvieron
más remedio que unirse para protegerse.
—Bueno —intervino Harry—, los visteis, y entonces, ¿qué?
—Esperamos a que se hiciera de día; no queríamos ap arecer entre ellos a oscuras porque
era peligroso —prosiguió Hagrid—. Hacia las tres de la madrugada se quedaron dormidos
donde estaban, aunque nosotros no nos atrevimos a d ormir. Primero, porque no queríamos
que ninguno despertara y nos descubriera, y además, porque los ronquidos eran increíbles.
Antes del amanecer provocaron un alud. En fin, cuando se hizo de día, bajamos a verlos.
—¿Así, sin más? —preguntó Ron, perplejo—. ¿Bajastei s como si tal cosa a un
campamento de gigantes?
—Bueno, Dumbledore nos explicó cómo teníamos que ha cerlo —puntualizó Hagrid—.
Había que llevarle regalos al Gurg y mostrarse respetuoso con él, ya sabéis.
—¿Llevarle regalos a quién? —preguntó Harry.
—¡Ah, al Gurg! Significa «jefe».
—¿Y cómo supisteis cuál de ellos era el Gurg? —inqu irió Ron.
Hagrid soltó una risotada.
—No resultó difícil —respondió—. Era el más grande, el más feo y el más vago de todos.
Estaba allí sentado esperando a que los otros le llevaran la comida. Cabras muertas y cosas
así. Se llamaba Karkus. Debía de medir unos siete m etros y pesar como dos elefantes macho.
Y tenía una piel que parecía de rinoceronte.
—¿Y fuiste tranquilamente a hablar con él? —le preguntó Hermione, impresionada.
—Bueno, más o menos. Los gigantes estaban instalado s en una hondonada entre cuatro
montañas muy altas, junto a un lago, y Karkus estaba tumbado a orillas del lago y les gritaba
a los otros que les llevaran comida a él y a su esposa. Olympe y yo bajamos por la ladera de la
montaña...
—Pero ¿no intentaron mataros cuando os vieron? —pre guntó Ron, incrédulo.
—Estoy seguro de que a unos cuantos se les ocurrió esa idea —dijo Hagrid encogiéndose
de hombros—, pero nosotros hicimos lo que nos había recomendado Dumbledore: sostener en
alto nuestro regalo, mirar siempre al Gurg e ignorar a los demás. Y eso fue lo que hicimos. Los
otros gigantes se quedaron callados al vernos pasar , y nosotros llegamos a donde estaba
Karkus, lo saludamos con una reverencia y dejamos nuestro regalo en el suelo, a sus pies.

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
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—¿Qué se le regala a un gigante? —preguntó Ron con impaciencia—. ¿Comida?
—No, ellos ya se las apañan solos 286 para conseguir comida. Le llevamos magia. A los
gigantes les encanta la magia, lo que no les gusta es que nosotros la utilicemos contra ellos. El
primer día le llevamos una rama de fuego de Gubrait h.
—¡Vaya 287 ! —exclamó Hermione con voz queda, pero Harry y Ron miraron a Hagrid sin
comprender.
—¿Una rama de...?
—Fuego eterno —explicó Hermione con irritación—. Ya deberíais saberlo. ¡El profesor
Flitwick lo ha mencionado al menos dos veces en las clases!
—Veréis —continuó rápidamente Hagrid, interviniendo antes de que Ron tuviera ocasión
de replicar—, Dumbledore hechizó aquella rama para que ardiera eternamente, algo que no
todos los magos son capaces de hacer. La dejé sobre la nieve, a los pies de Karkus, y dije:
«Un regalo de Albus Dumbledore para el Gurg de los gigantes, con sus cordiales saludos.»
—¿Y qué dijo Karkus? —preguntó Harry con avidez.
—Nada. No sabía hablar nuestro idioma.
—¡No me digas!
—Pero no tuvo importancia —comentó Hagrid, impertur bable—. Dumbledore ya nos
había advertido sobre esa posibilidad. Karkus entendió lo suficiente para llamar a gritos a un
par de gigantes que sí sabían, y ellos hicieron de intérpretes.
—¿Y le gustó el regalo? —inquirió Ron.
—Ya lo creo, se puso loco de contento cuando compre ndió qué era —contestó Hagrid
mientras le daba la vuelta al filete de dragón y se ponía la parte que estaba más fresca sobre
el ojo hinchado—. Estaba entusiasmado. Y entonces l e dije: «Albus Dumbledore ruega al Gurg
que hable con su mensajero cuando mañana regrese co n otro regalo.»
—¿Por qué no podías hablar con ellos aquel día? —preguntó Hermione.
—Dumbledore quería tomarse las cosas con calma para que vieran que cumplíamos
nuestras promesas. Si les dices «Mañana volveremos con otro regalo», y al día siguiente
cumples con lo que has prometido, les causas una buena impresión, ¿entendéis? Además, así
tienen tiempo de probar el primer regalo y comproba r que es un buen obsequio, y entonces
quieren más. En fin, si los agobias con mucha información, los gigantes como Karkus te matan
aunque sólo sea para simplificar las cosas. Así que nos marchamos de allí, haciendo
reverencias, y buscamos una bonita cueva donde pasa r la noche; a la mañana siguiente
volvimos al campamento de los gigantes, y esta vez encontramos a Karkus sentado muy tieso,
esperándonos impaciente.
—¿Y hablasteis con él?
—Sí, sí. Primero le entregamos un precioso yelmo fa bricado por duendes, indestructible.
Luego nos sentamos a hablar con él.
—¿Y qué dijo?
—No gran cosa —contestó Hagrid—. En realidad se lim itó a escuchar. Pero vimos algunos
buenos indicios. Karkus había oído hablar de Dumble dore y sabía que no había estado de
acuerdo con el exterminio de los últimos gigantes de Gran Bretaña. Le interesaba mucho
enterarse de lo que quería decirle Dumbledore. Algunos gigantes, sobre todo los que entendían
algo de nuestro idioma, se acercaron a escuchar. Aq uel día nos marchamos muy
esperanzados. Prometimos volver a la mañana siguiente con otro regalo. Pero aquella noche
todo salió mal.

286 Ellos se las arreglan solos 287 ¡Increíble!

Harry Potter y la Orden del Fénix J.K. Rowling
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—¿Qué quieres decir? —preguntó rápidamente Ron.
—Ya os he dicho que los gigantes no están hechos para vivir en grupos tan numerosos —
respondió Hagrid, apesadumbrado—. No pueden evitarl o, se pelean a cada momento. Los
hombres riñen entre sí, y las mujeres, entre ellas; del mismo modo, los que quedan de las
antiguas tribus riñen entre ellos, y eso sin que ha ya discusiones por la comida, ni por las
mejores hogueras ni por los mejores enclaves para dormir. Lo lógico sería que vivieran en paz,
dado que su raza está a punto de extinguirse, pero. .. —Hagrid suspiró profundamente—.
Aquella noche se armó una pelea —prosiguió—. Nosotr os lo vimos todo desde la entrada de