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    Rubi Kerstin Gier


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  • Описание: En casa de Gwendolyn Sheperd nada ni nadie es del todo “normal”, empezando por su excéntrica (¡y chismosa!) tía abuela Maddy, que tiene extrañas visiones, pasando por Lucy, que se escapó de casa hace 17 años sin dejar rastro alguno... Y para acabar, también está Charlotte, su encantadora y (rabiosamente) perfecta prima, quien, según parece, ha heredado un extraño gen familiar que le permitirá viajar en el tiempo. Pero un increíble secreto está a punto de salir a la luz: la portadora del misterioso gen para viajar a través del tiempo no es Charlotte, ¡sino la propia Gwen! Ella es, en realidad, la duodécima (¡y la última!) viajera en el tiempo y se dice que cuando su sangre se una a la de los otros once viajeros, se cerrará el misterioso “Círculo de los doce”. Para obtener más información, Gwen deberá viajar al pasado y por suerte o por desgracia, no lo hará sola: la acompañará el undécimo viajero en el tiempo, el arrogante, atractivo y sarcástico Gideon, con quien va a vivir algo más que una peligrosa carrera a través del tiempo...
  • Автор: Kerstin Gier

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En casa de Gwendolyn Sheperd nada ni nadie es del todo “normal”,
empezando por su excéntrica (¡y chismosa!) tía abuela Maddy, que tiene
extrañas visiones, pasando por Lucy, que se escapó de casa hace 17 años
sin dejar rastro alguno... Y para acabar, también está Charlotte, su
encantadora y (rabiosamente) perfecta prima, quien, según parece, ha
heredado un extraño gen familiar que le permitirá viajar en el tiempo. Pero un
increíble secreto está a punto de salir a la luz: la portadora del misterioso gen
para viajar a través del tiempo no es Charlotte, ¡sino la propia Gwen! Ella es,
en realidad, la duodécima (¡y la última!) viajera en el tiempo y se dice que
cuando su sangre se una a la de los otros once viajeros, se cerrará el
misterioso “Círculo de los doce”. Para obtener más información, Gwen
deberá viajar al pasado y por suerte o por desgracia, no lo hará sola: la
acompañará el undécimo viajero en el tiempo, el arrogante, atractivo y
sarcástico Gideon, con quien va a vivir algo más que una peligrosa carrera a
través del tiempo...

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Kerstin Gier

Rubí
Trilogia de las piedras preciosas I

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Prólogo
Hyde Park, Londres
8 de abril de 1912

Mientras ella se dejaba caer de rodillas y se echaba a llorar, él miró en todas
direcciones. Como había supuesto, a esa hora, el parque estaba vacío. Faltaba mucho
para que el jogging se pusiera de moda, y para los vagabundos que dormían en los
bancos cubiertos solo con un periódico hacía demasiado frío.
Envolvió con cuidado el cronógrafo en el paño y lo guardó en su mochila,
mientras ella permanecía acurrucada junto a uno de los árboles de la orilla norte del
Serpentine Lake sobre una alfombra de flores marchitas.
Sus hombros se sacudían convulsivamente, y sus sollozos sonaban como los
quejidos desesperados de un animal herido. Él no soportaba verla así, pero sabía por
experiencia que era mejor dejarla en paz, de modo que se sentó a su lado en la hierba
húmeda por el rocío, miró hacia la superficie lisa como un espejo del lago y esperó.
Esperó a que el dolor, que probablemente nunca la abandonaría del todo, se
aplacara un poco.
Aunque en realidad sentía lo mismo que ella, trató de dominarse.
No quería que encima tuviera que preocuparse por él.
—¿Ya se han inventado los pañuelos de papel? —preguntó finalmente, tratando
de contener el llanto y volviendo hacia él la cara mojada por las lágrimas.
—Ni idea, pero puedo ofrecerte un pañuelo de época de tela con monograma.
—G. M. No se lo habrás robado a Grace…
—Me lo dio por iniciativa propia. Puedes sonarte tranquilamente, princesa.
Ella esbozó una sonrisa mientras le devolvía el pañuelo.
—Te lo he dejado hecho un asco. Lo siento.
—¡Da igual! En esta época los cuelgan a secar al sol y los utilizan otra vez —
explicó él—. Lo importante es que has dejado de llorar.
Enseguida las lágrimas volvieron a asomar a sus ojos.
—No tendríamos que haberla dejado en la estacada. ¡Nos necesita!
No sabemos si nuestro truco funcionará, y nunca podremos saber si ha dado
resultado.
Al oír sus palabras, sintió una punzada de dolor.
—Muertos le hubiéramos servido aún menos —repuso.
—Si hubiéramos podido escondernos con ella en algún sitio, en el extranjero,
bajo nombres falsos, solo hasta que fuera lo bastante mayor…
Él la interrumpió, sacudiendo enérgicamente la cabeza.
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—Nos hubieran encontrado dondequiera que hubiésemos ido, ya lo hemos
discutido mil veces. No la hemos dejado en la estacada; hemos hecho lo único que
podíamos hacer: darle la posibilidad de vivir una vida segura. Al menos, durante los
próximos dieciséis años.
Ella calló un momento. A lo lejos se oía relinchar un caballo y, aunque ya era casi
de noche, llegaban voces del West Carriage Drive.
—Sé que tienes razón —admitió finalmente—. Pero duele tanto saber que nunca
volveremos a verla… —Se pasó la mano por los ojos llorosos—. En fin, al menos, no
nos aburriremos. Tarde o temprano también nos localizarán en esta época y nos
echarán encima a los Vigilantes.
Él no renunciará al cronógrafo ni a sus planes sin luchar.
La emoción de la aventura brillaba en sus ojos, y él sonrió aliviado al comprender
que la crisis había pasado.
—Tal vez hayamos sido más listos que él —dijo—, o al final el otro no funcione.
Entonces quedaría bloqueado.
—Sí, eso estaría muy bien. Pero, si no sucede así, nosotros somos los únicos que
podemos interponernos en sus planes.
—Precisamente por eso hemos hecho lo correcto —repuso él levantándose y
sacudiéndose la suciedad de los vaqueros—. ¡Y ahora ven! Esta hierba está empapada
y tú aún tienes que cuidarte.
Dejó que tirara de ella hacia arriba y la besara.
—¿Qué hacemos ahora? ¿Buscar un escondite para el cronógrafo?
Indecisa, miró al otro lado del puente que separaba Hyde Park de Kensington
Gardens.
—Sí. Pero antes saquearemos los depósitos de los Vigilantes y nos proveeremos
de dinero. Luego podemos coger el tren a Southampton.
El miércoles, el Titanic zarpa de allí para su viaje inaugural.
—¿Es esta tu idea de «cuidarse»? —dijo ella riendo—. No importa, estoy contigo.
Él se alegró tanto de verla sonreír de nuevo que inmediatamente volvió a besarla.
—De hecho, estaba pensando… Ya sabes que los capitanes de barco tienen
autorización para celebrar matrimonios en alta mar, ¿verdad, princesa?
—¿Quieres casarte conmigo? ¿En el Titanic? ¿Estás loco?
—Sería muy romántico.
—Bueno, hasta que llegue lo del iceberg. —Apoyó la cabeza en su pecho y
hundió la cara en su chaqueta—. Te quiero tanto… —murmuró.
—¿Quieres convertirte en mi mujer?
—Sí —respondió ella, con la cabeza enterrada en su pecho—. Pero solo si
bajamos en Queenstown como muy tarde.
—¿Lista para la siguiente aventura, princesa?

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—Estoy lista si tú lo estás —dijo ella en voz baja.

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Los viajes incontrolados en el tiempo se anuncian,
por regla general, unos minutos, o a veces también
horas o incluso días antes, por una sensación de vértigo
en la cabeza, en el estómago y/o en las piernas. Muchos portadores
del gen han informado también de la aparición de dolores de cabeza
de tipo migrañoso. El primer salto en el tiempo—llamado Salto de
Iniciación— se produce entre los dieciséis y los diecisiete años del
portador del gen.

De las Crónicas de los Vigilantes,
volumen 2, «Leyes generales»

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La primera vez que noté un mareo fue el lunes por la mañana en la cafetería de la
escuela. Durante un instante tuve una sensación en el estómago como si estuviera en
una montaña rusa bajando a toda velocidad desde el punto más alto. Duró solo dos
segundos, pero fue suficiente para que me volcara un plato de puré de patatas con
salsa sobre el uniforme. Los cubiertos rebotaron tintineando contra el suelo, aunque
conseguí sujetar el plato a tiempo.
—De todas maneras, este mejunje sabe como si lo hubieran recogido del suelo —
me dijo mi amiga Leslie mientras yo limpiaba como podía la porquería.
(Naturalmente, todo el mundo me miraba)—. Si quieres, puedes embadurnarte la
blusa con mi ración.
—No, gracias.
Aunque casualmente la blusa del uniforme del Saint Lennox tenía el mismo color
que el puré de patatas, la mancha llamaba desagradablemente la atención, de modo
que me abroché la chaqueta azul marino para taparla.
—¡Vaya, la pequeña Gwenny ya está jugando otra vez con la comida! —exclamó
Cynthia Dale—. Sobre todo, ni se te ocurra sentarte a mi lado, babosa apestosa.
—No te preocupes, Cyn, es lo último que haría.
Por desgracia, mis pequeños accidentes con la comida en la escuela se repetían
con bastante frecuencia. Hacía solo una semana, una gelatina de frutas verde me
había saltado del molde de aluminio y había aterrizado dos metros más allá, en los
espaguetis a la carbonara de un alumno de quinto. La semana anterior se me había
volcado el zumo de cerezas y había salpicado a todos mis compañeros de mesa, que
parecía que hubieran cogido el sarampión. Por no hablar de las veces en que había
metido la estúpida corbata del uniforme en la salsa, el zumo o la leche.
Aunque anteriormente nunca había sentido vértigos.
Pensé que probablemente eran imaginaciones mías. Lo que ocurría era que desde
hacía un tiempo en casa solo se hablaba de mareos, aunque no de los míos, sino de
los de mi siempre encantadora y perfecta prima Charlotte, que se estaba tomando a
cucharadas su puré de patatas sentada junto a Cynthia.
Toda la familia esperaba a que Charlotte empezara a sentir vértigos.
Había días en que lady Arista, mi abuela, le preguntaba cada diez minutos si
notaba algo raro, y mi tía Glenda, la madre de Charlotte, aprovechaba los intervalos
para repetir exactamente la misma pregunta.
Y cada vez que Charlotte negaba con la cabeza, lady Arista apretaba los labios y
la tía Glenda suspiraba. Aunque también podía ser a la inversa.
Los demás —mamá, mi hermana Caroline, mi hermano Nick, mi tía abuela
Maddy y yo— poníamos los ojos en blanco. Naturalmente, era excitante tener a
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alguien en la familia con el gen de los viajes en el tiempo, pero con los años todo ese
asunto había ido perdiendo interés, y estábamos hasta la coronilla del teatro que se
montaba en torno a Charlotte.
La propia Charlotte acostumbraba a ocultar sus sentimientos tras una misteriosa
sonrisa de Mona Lisa. Yo, en su lugar, tampoco hubiera sabido si debía alegrarme o
enojarme por la ausencia de vértigos.
Bueno, para ser sinceros, supongo que me habría alegrado. Yo era más bien del
género asustadizo. Me gustaba la calma.
—Tarde o temprano llegará —decía lady Arista todos los días—. Y tenemos que
estar preparados para cuando eso ocurra.
De hecho, después de la comida, en la clase de historia de mister Whitman,
efectivamente ocurrió. Yo me había levantado con hambre de la mesa. Para colmo,
había encontrado un pelo negro en el postre —compota de grosella con pudin de
vainilla— y no había podido decidir si era mío o de alguno de los pinches de cocina.
Fuera como fuese, aquello me había hecho perder definitivamente el apetito.
En clase, mister Whitman nos devolvió la prueba de historia de la última semana.
—Veo que os habíais preparado bien para el examen, especialmente Charlotte. Un
sobresaliente.
Charlotte se apartó de la cara uno de sus resplandecientes mechones pelirrojos y
dijo «Oh…», como si el resultado fuera una sorpresa para ella, cuando sacaba
siempre las mejores notas en todas las asignaturas.
Pero esa vez Leslie y yo también podíamos estar satisfechas. Las dos teníamos un
notable alto, a pesar de que nuestra «buena preparación» había consistido en mirar la
película sobre la reina Isabel con Cate Blanchett en DVD mientras nos atiborrábamos
de patatas fritas y helado. Aunque también es verdad que habíamos estado siempre
atentas en clase, lo que, por desgracia, no podía decirse que pasara en otras
asignaturas.
Ocurría sencillamente que las clases de mister Whitman eran tan interesantes que
no te quedaba más remedio que escuchar. El propio mister Whitman también era muy
interesante. La mayoría de las chicas estaban enamoradas secretamente, o no tan
secretamente, de él.
Igual que nuestra profesora de geografía, mistress Counter, que se ponía roja
como un tomate cuando mister Whitman se cruzaba con ella. En cualquier caso, todo
el mundo estaba de acuerdo en que estaba como un tren. Todo el mundo excepto
Leslie, que encontraba que parecía una ardilla de dibujos animados.
«Cada vez que me mira con esos ojazos marrones, me entran ganas de darle unas
nueces», decía, e incluso llegó al extremo de dejar de llamar ardillas a las ardillas del
parque para pasar a llamarlas «mistresses Whitman». No sé por qué aquello era, de
algún modo, contagioso, y al final yo también decía siempre cuando una ardilla se

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acercaba brincando: «Mira a esa mistress Whitman tan pequeña y gordita, ¿verdad
que es una monada?».
Debido a esta comparación con las ardillas, Leslie y yo éramos las dos únicas
chicas de la clase que no estábamos coladas por mister Whitman. Yo lo intentaba una
y otra vez (aunque solo fuera porque todos los chicos de la escuela eran terriblemente
infantiles), pero no servía de nada: la comparación con las ardillas se me había
metido en la cabeza, ¡y nadie experimenta sentimientos románticos hacia una ardilla!
Cynthia había hecho correr el rumor de que mister Whitman había trabajado
como modelo mientras estudiaba en la universidad.
Como demostración había recortado un anuncio de una revista en el que un
hombre que se parecía bastante a mister Whitman se enjabonaba con un gel de ducha.
Pero, aparte de Cynthia, nadie creía que el hombre del gel fuera mister Whitman.
El modelo tenía un hoyuelo en la barbilla, y mister Whitman no.
Los chicos de la clase, en cambio, no estaban tan entusiasmados con mister
Whitman. Sobre todo, Gordon Gelderman, que no podía soportarlo. Hay que decir
que, antes de que mister Whitman llegara a la escuela, todas las chicas de nuestra
clase habían estado enamoradas de Gordon, incluida yo, aunque me cueste
reconocerlo. Pero entonces yo tenía once años y Gordon aún era una monada,
mientras que ahora, con dieciséis, no era más que un estúpido que desde hacía un par
de años se encontraba en un estado de cambio de voz permanente.
Por desgracia, los gallos y la voz de bajo no le impedían soltar estupideces sin
parar.
Gordon estaba terriblemente indignado por su suspenso en la prueba de historia.
—Esto es discriminatorio, mister Whitman. Merecía como mínimo un notable.
No hay derecho a que me ponga notas tan bajas solo porque soy un chico.
Mister Whitman le cogió el examen de la mano y lo hojeó.
—«Isabel I era tan espantosamente fea que no consiguió tener a ningún hombre.
Por eso todo el mundo la llamaba “la virgen fea”» —leyó.
Se oyeron unas risitas ahogadas.
—¿Qué pasa? Es verdad —se defendió Gordon—. Con esos ojos de besugo, esos
labios apretados y esos pelos de loca…
Habíamos tenido que estudiar a fondo las pinturas de los Tudor que había en la
National Portrait Gallery, y efectivamente en aquellos cuadros Isabel I se parecía más
bien poco a Cate Blanchett. Pero, primero, tal vez en aquella época se consideraba
que los labios finos y las narices grandes eran el colmo de la elegancia, y segundo, la
ropa que llevaba era realmente fantástica. Y, además, aunque Isabel I no tenía marido,
había tenido un montón de relaciones, entre otras una con sir… ¿cómo se llamaba?
En la película el papel lo interpretaba Clive Owen.
—Isabel se llamaba a sí misma «la reina virgen» —explicó mister Whitman a

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Gordon— porque… —Se detuvo en seco—. ¿No te encuentras bien, Charlotte? ¿Te
duele la cabeza?
Todos miraron a Charlotte, que se estaba sujetando la cabeza con las manos.
—No, solo es que… estoy un poco mareada —dijo, y me miró—. Todo me da
vueltas.
Cogí aire. Al parecer, había llegado el momento. Nuestra abuela estaría
encantada. Y la tía Glenda aún más.
—Uala, qué guay —me susurró Leslie al oído—. ¿Ahora se volverá transparente?
Aunque lady Arista se había encargado de inculcarnos en la cabeza desde
pequeños que en ningún caso, sin excepción, debíamos hablar con nadie de las
peculiaridades de nuestra familia, yo había decidido por mi cuenta hacer una
excepción con Leslie. Al fin y al cabo, era mi mejor amiga, y las mejores amigas no
tienen secretos.
Por primera vez desde que la conocía (lo que, bien mirado, era toda mi vida),
Charlotte parecía casi incapaz de valerse por sí misma.
Pero yo estaba preparada y sabía lo que había que hacer. La tía Glenda no se
había cansado de recordármelo.
—Acompañaré a Charlotte a casa —dije a mister Whitman, y me levanté—. Si le
parece bien.
Mister Whitman seguía con la mirada fija en Charlotte.
—Me parece una buena idea, Gwendolyn —respondió—. Que te mejores,
Charlotte.
—Gracias —murmuró Charlotte, y se dirigió hacia la puerta con paso vacilante
—. ¿Vienes, Gwenny?
Me apresuré a cogerla del brazo. Por primera vez me sentía importante en
presencia de Charlotte. Era una sensación agradable poder ser útil para variar.
—Sobre todo, llámame y explícamelo todo —tuvo tiempo de susurrarme Leslie.
En el pasillo, la zozobra que había experimentado Charlotte ya se había
volatilizado. De hecho, me dijo que antes de marcharse quería recoger sus cosas de la
taquilla.
La sujeté con fuerza de la manga.
—¡Olvídalo, Charlotte! Tenemos que ir a casa lo más rápido posible. Lady Arista
ha dicho…
—Ya se me ha pasado —dijo Charlotte.
—¿Y qué? De todos modos, puede volver en cualquier momento. —Charlotte
dejó que la arrastrara en la dirección contraria—. ¿Dónde demonios tengo la tiza? —
Sin dejar de caminar, empecé a revolver en el bolsillo de la chaqueta—. Ah, aquí
está. Y el móvil. ¿Quieres que llame a casa? ¿Tienes miedo? Oh, qué pregunta más
tonta, lo siento. Es que estoy nerviosa.

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—Tranquila, no pasa nada. No